sábado, 11 de mayo de 2013

capítulo 5


CAPITULO V

REGIMIENTO VALPARAÍSO

EN UN POTRERO A LAS AFUERAS DE BARRANCO



El comandante Marchant era uno de los tantos soldados oriundos de Chillán, hasta antes de la guerra se decía que los mejores soldados chilenos venían de esa zona, había ingresado al Ejército en 1848 y a la escuela de Cabos en el 49, veterano de las guerras civiles del 51 y el 59, sirviendo en la primera como Sargento y como Capitán en la segunda, se había batido en Loncomilla y Cerro Grande, habiendo pasado a retiro el 76 con el grado de Teniente Coronel; el hecho de haber servido varios años con la tropa, hacían que al igual que Lagos mantuviera aún algunas de las cualidades y defectos de los clases y suboficiales, de esta forma que él también había sentido desde la mañana el “olor a muerte” en el ambiente, y presintiendo el combate había mantenido consigo durante todo el día a un corneta junto a él; por eso al sentirse las primeras descargas, este le fue de gran ayuda, y al sonido del clarín el sorprendido Regimiento “Valparaíso” pudo rápidamente comenzar a agruparse y formar.  

Ramón se repetía por segunda vez la cazuela de pollo que ese día almorzaban los oficiales de la Segunda Compañía del Segundo Batallón, el Comandante de la misma por su parte acababa de encender un cigarrillo, cuando comenzaron los primeros estampidos, todos los hombres se miraron en silencio – ¿Limpieza de cañones? – se atrevió a decir uno de ellos, más el Capitán con un gesto de su mano se puso de pie y escuchó – No, también hay descargas de fusilería, el armisticio se ha roto – apenas terminada la última frase se escuchó el sonido del clarín llamando a formar; instintivamente los oficiales se pararon alrededor de su jefe directo, el Capitán sin apurarse dio una nueva – Preparen a los niños, el Valparaíso vuelve a combatir, no debo señalar que es lo que se espera de ustedes, guíen bien a su tropa, sin vacilar en la línea, buena suerte caballeros –  

El improvisado campamento comenzó a agitarse como un avispero, rápidamente los pabellones de los fusiles fueron desechos y el Regimiento del puerto comenzó a formar, la mayor parte de los hombres que aún no terminaban de comer apuraron el contenido de sus platos presintiendo que lo más probable era que no volverían a probar bocado en muchas horas, el ordenanza de Ramón, de alguna manera se las había ingeniado para echar dentro de su morral varías sopaipillas que aún le quedaban del trato con el ranchero y media botella de coñac que había robado de una casa de Barranco, hasta donde se había aventurado buscando provisiones para los oficiales de la compañía.  

Un pelotón de jinetes pasó al galope hacía el frente de batalla, al tiempo que el sonido del combate parecía haberse extendido a toda la línea de la División Lagos. 

Tras algunos momentos de confusión el grueso del Regimiento estaba formado, algunos hombres aún llegarían corriendo a incorporarse a las filas, mientras la unidad esperaba ordenes y otros, los menos, los que se habían alejado mucho del campamento no llegarían a tiempo para unirse a sus filas o alcanzarían a la columna una vez que esta estuviera en marcha, lo cierto es que a la mayor parte de los soldados, especialmente entre los Guardias Nacionales no les agradaba la idea de batirse o morir en compañía de hombres que no fueran de su unidad o al menos de su Provincia.

Ya los dispersos que llegaban a formar eran los menos, y tanto soldados como oficiales se sentían nerviosos ante el ruido de la batalla y la ausencia de ordenes de marcha, cuando los Comandantes Marchant y La Rosa máximos jefes de la unidad se presentaron frente a sus hombres, antes de dirigirse al Regimiento como era de esperarse, Marchant se dirigió a Ramón que era el oficial más cercano que tenía – Subteniente tomé usted mí caballo de reserva y diríjase inmediatamente donde mí Coronel Martínez e informe que el Regimiento “Valparaíso” está formado y listo para marchar – Ramón se cuadró marcialmente – A su orden mí comandante – y corrió a cumplir su comisión, de este modo no escuchó la arenga que el jefe del regimiento daría a sus hombres; su cabeza además estaba puesta en el hecho de que nadie le había dicho donde encontrar al Coronel Martínez, pero obviamente no podía pedir más instrucciones, la orden estaba dada, como la ejecutaba era su problema, pero no era algo que le complicara en absoluto, pues hacía no más de dos minutos, que había visto pasar a un numeroso grupo de jinetes por el camino y pensó se trataba sin duda del cuartel general de la reserva, de este modo apenas montado se dirigió al galope en esa dirección por el camino real; tras unos cinco minutos divisó a un costado del camino a la comitiva; los altos oficiales a pie bajo unos árboles conferenciaban, mientras la escolta montada esperaba en el más completo silencio, dudó unos segundos, de modo que se les acercó al trote, tras desmontar los hombres le quedaron mirando, al cuadrarse delante de los oficiales superiores, cayó en cuenta que no solo el Coronel Arístides Martínez quien se encontraba presente, sino que también, el mismísimo General Baquedano y su Cuartel General, le habían ordenado pedir ordenes al Comandante General de la Reserva, pero el General en Jefe estaba presente, de modo que optó por dirigirse a él – Mí General, mí Comandante Marchant informa que su Regimiento esta formado y esperando ordenes ¿Avanza el Valparaíso? – Baquedano le miró unos segundos, como pensando en las órdenes a dar, tras unos segundos se limitó simplemente a decir – Qué avance, que avance – Tras saludar Ramón nuevamente volvió a montar para alejarse, el Comandante Martínez comentó – Los porteños siempre están listos rápidamente cuando se trata de pelear – Baquedano agregó mientras veía al oficial alejarse de regreso en busca de su unidad – Buen regimiento, buen regimiento, pronto toda la reserva en línea, en línea y si Lagos se mantiene, mañana almorzamos en Lima –

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