CAPITULO
V
REGIMIENTO
VALPARAÍSO
EN
UN POTRERO A LAS AFUERAS DE BARRANCO
El
comandante Marchant era uno de los tantos soldados oriundos de
Chillán, hasta antes de la guerra se decía que los mejores soldados
chilenos venían de esa zona, había ingresado al Ejército en 1848
y a la escuela de Cabos en el 49, veterano de las guerras civiles del
51 y el 59, sirviendo en la primera como Sargento y como Capitán en
la segunda, se había batido en Loncomilla y Cerro Grande, habiendo
pasado a retiro el 76 con el grado de Teniente Coronel; el hecho de
haber servido varios años con la tropa, hacían que al igual que
Lagos mantuviera aún algunas de las cualidades y defectos de los
clases y suboficiales, de esta forma que él también había sentido
desde la mañana el “olor a muerte” en el ambiente, y
presintiendo el combate había mantenido consigo durante todo el día
a un corneta junto a él; por eso al sentirse las primeras descargas,
este le fue de gran ayuda, y al sonido del clarín el sorprendido
Regimiento “Valparaíso” pudo rápidamente comenzar a agruparse y
formar.
Ramón
se repetía por segunda vez la cazuela de pollo que ese día
almorzaban los oficiales de la Segunda Compañía del Segundo
Batallón, el Comandante de la misma por su parte acababa de encender
un cigarrillo, cuando comenzaron los primeros estampidos, todos los
hombres se miraron en silencio – ¿Limpieza de cañones? – se
atrevió a decir uno de ellos, más el Capitán con un gesto de su
mano se puso de pie y escuchó – No, también hay descargas de
fusilería, el armisticio se ha roto – apenas terminada la última
frase se escuchó el sonido del clarín llamando a formar;
instintivamente los oficiales se pararon alrededor de su jefe
directo, el Capitán sin apurarse dio una nueva – Preparen a los
niños, el Valparaíso vuelve a combatir, no debo señalar que es lo
que se espera de ustedes, guíen bien a su tropa, sin vacilar en la
línea, buena suerte caballeros –
El
improvisado campamento comenzó a agitarse como un avispero,
rápidamente los pabellones de los fusiles fueron desechos y el
Regimiento del puerto comenzó a formar, la mayor parte de los
hombres que aún no terminaban de comer apuraron el contenido de sus
platos presintiendo que lo más probable era que no volverían a
probar bocado en muchas horas, el ordenanza de Ramón, de alguna
manera se las había ingeniado para echar dentro de su morral varías
sopaipillas que aún le quedaban del trato con el ranchero y media
botella de coñac que había robado de una casa de Barranco, hasta donde
se había aventurado buscando provisiones para los oficiales de la
compañía.
Un
pelotón de jinetes pasó al galope hacía el frente de batalla, al
tiempo que el sonido del combate parecía haberse extendido a toda la
línea de la División Lagos.
Tras
algunos momentos de confusión el grueso del Regimiento estaba
formado, algunos hombres aún llegarían corriendo a incorporarse a
las filas, mientras la unidad esperaba ordenes y otros, los menos,
los que se habían alejado mucho del campamento no llegarían a
tiempo para unirse a sus filas o alcanzarían a la columna una vez
que esta estuviera en marcha, lo cierto es que a la mayor parte de
los soldados, especialmente entre los Guardias Nacionales no les
agradaba la idea de batirse o morir en compañía de hombres que no
fueran de su unidad o al menos de su Provincia.
Ya
los dispersos que llegaban a formar eran los menos, y tanto soldados
como oficiales se sentían nerviosos ante el ruido de la batalla y la
ausencia de ordenes de marcha, cuando los Comandantes Marchant y La
Rosa máximos jefes de la unidad se presentaron frente a sus hombres,
antes de dirigirse al Regimiento como era de esperarse, Marchant se
dirigió a Ramón que era el oficial más cercano que tenía –
Subteniente tomé usted mí caballo de reserva y diríjase
inmediatamente donde mí Coronel Martínez e informe que el
Regimiento “Valparaíso” está formado y listo para marchar –
Ramón se cuadró marcialmente – A su orden mí comandante – y
corrió a cumplir su comisión, de este modo no escuchó la arenga
que el jefe del regimiento daría a sus hombres; su cabeza además
estaba puesta en el hecho de que nadie le había dicho donde
encontrar al Coronel Martínez, pero obviamente no podía pedir más
instrucciones, la orden estaba dada, como la ejecutaba era su
problema, pero no era algo que le complicara en absoluto, pues hacía
no más de dos minutos, que había visto pasar a un numeroso grupo de
jinetes por el camino y pensó se trataba sin duda del cuartel
general de la reserva, de este modo apenas montado se dirigió al
galope en esa dirección por el camino real; tras unos cinco minutos
divisó a un costado del camino a la comitiva; los altos oficiales a
pie bajo unos árboles conferenciaban, mientras la escolta montada
esperaba en el más completo silencio, dudó unos segundos, de modo
que se les acercó al trote, tras desmontar los hombres le quedaron
mirando, al cuadrarse delante de los oficiales superiores, cayó en
cuenta que no solo el Coronel Arístides Martínez quien se
encontraba presente, sino que también, el mismísimo General
Baquedano y su Cuartel General, le habían ordenado pedir ordenes al
Comandante General de la Reserva, pero el General en Jefe estaba
presente, de modo que optó por dirigirse a él – Mí General, mí
Comandante Marchant informa que su Regimiento esta formado y
esperando ordenes ¿Avanza el Valparaíso? – Baquedano le miró
unos segundos, como pensando en las órdenes a dar, tras unos
segundos se limitó simplemente a decir – Qué avance, que avance –
Tras saludar Ramón nuevamente volvió a montar para alejarse, el
Comandante Martínez comentó – Los porteños siempre están listos
rápidamente cuando se trata de pelear – Baquedano agregó mientras
veía al oficial alejarse de regreso en busca de su unidad – Buen
regimiento, buen regimiento, pronto toda la reserva en línea, en
línea y si Lagos se mantiene, mañana almorzamos en Lima –

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