viernes, 6 de septiembre de 2013

IV/cap I

CUARTA PARTE
CRISOL 

CAPITULO I
LIMA
ROBERT RAMSAY STURROCK



Al sonido de los disparos de cañón, y el desbande de gran parte de la multitud de refugiados de la casa Gibbs, habían puesto los ánimos de punta entre los miembros del grupo de Robert, más aún al ver la gran cantidad de maletas y bultos tirados por la calle, la mujer de Rey, chillaba histéricamente pidiendo un coche.

Cuando ya perdían la esperanza de dar con los demás, Dambury, apareció providencialmente en una esquina agitando su sombrero – Ramsay, acá, por Dios pensé que los habíamos perdido – al encontrarse los hombres, Dambury les puso al corriente de las malas noticias – Hay una multitud que no deja pasar, debemos tomar otro camino – La advertencia fue providencial para el grupo, pues les evitó mezclarse con la turba que comenzaba a inundar las calles; los otros refugiados, acobardados por la visión de la muchedumbre que gritaba y se movía en todas direcciones habían quedado estáticos frente a la visión.

Ried, tuvo una inspiración repentina entonces y comenzó a gritar y agitar los brazos sobre un banco de la calle, de modo que ayudado por Robert y Dambury, pudieron encauzar a los suyos hacía una callejuela lateral.

Pronto, al trote y casi arrastrando a las mujeres y niños lograron dar con una vía que les condujo directamente hasta el puente peatonal que les permitiría cruzar el río Rimac, y alcanzar por fin la añorada estación de ferrocarril, la visión del puente les dio nuevas fuerzas a los hombres, no así a las damas, cuyos gritos histéricos se multiplicaban, ya no solo eran los quejidos de la mujer de Rey pidiendo un coche, sino que también los de decenas más.

Al volver atrás la mirada Reid súbitamente pensó en lo peligroso de la situación, una muchedumbre desorientada puede  transformarse rápidamente en una masa de alborotadores, de modo que señaló a sus compañeros –No hay quien ponga orden en la ciudad – Dambury movió la cabeza con pesadumbre al tiempo que se secaba la frente con su pañuelo – La Guardia Civil también fue enviada al frente, me dicen que anteayer fueron destrozados, y que la mayor parte están muertos – Pero entonces ¿Quien guarda el orden de la ciudad? – Me temo amigo que los únicos relativamente organizados son los bomberos, pero muchos también están en las trincheras? – El Alcalde debiera acuartelarlos – Lo sé, pero circulan rumores de que los chilenos están fusilando a los Bomberos que intentan apagar los incendios –

En los precisos momentos en que el numeroso grupo comenzaba a cruzar el puente, se escuchó por primera vez fuerte y claro el tronar de los cañones del cerro San Cristóbal, y todos quedaron petrificados, acaso los chilenos atacaban la ciudad por ese sector, en esta ocasión fue Robert el primero en reaccionar – Debemos seguir adelante, ese fue solo un cañonazo, el fuerte del cerro tiene más de un cañón, si hubiese un ataque, habría más fuego – Reid se encargó de apoyarle – De seguro ha sido una señal, debemos apresurarnos –



Increíblemente todos los refugiados de Gibbs & Co. y la familia Rey lograron llegar a la estación, sin embargo, ni una décima parte del equipaje que llevaban al salir de sus refugios logró llegar, un grupo de guardias les impidió el paso durante unos instantes, pero solo el tiempo necesario, para que un par de funcionarios chequearan su condición de extranjeros y refugiados, de modo que pronto se encontraron amontonados en el andén esperando la llegada del convoy, que debería ponerles a salvo en la añorada Ancón.  

sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo XI

CAPITULO XI
FRENTE DE BATALLA ZONA ORIENTAL

SOLDADO  JOSÉ TORRES LARA SUBTENIENTE JUSTO ABEL ROSALES

II CUERPO DEL CORONEL SUAREZ
I BRIGADA DE LA 3ª DIVISIÓN



El asalto peruano ya se realizaba en toda regla por parte del I Cuerpo de Ejército al oeste de la línea de ferrocarril, el entusiasmo de los hombres había rápidamente contagiado a las tropas del  II Cuerpo del Coronel Suarez, un grupo de soldados del Batallón “Concepción” permanecían apoyados contra la muralla que les servía de parapeto, fieles a la consigna de disparar más lentos, se asomaban sobre el muro y disparaban por turnos, un soldado apareció repentinamente junto a ellos casi sin aliento – El Batallón de Marina ataca a la bayoneta – De inmediato el resto lo atosigó pidiendo detalles – Los he visto, yo mismo…. estaba en el Reducto Nº 2 y los vi salir clarito, y no solo ellos sino que casi todos los del otro lado de la línea – Un Sargento se apresuró a decir – Caballeros, un cigarrillo – los hombres volvieron a apoyarse en la tapia al tiempo que se repartían los cigarros – ¿Que pasará ahorita? – Preguntó un serrano – Pues hay que esperar la orden y atacar – El Capitán Sotillo apareció junto a ellos, a pesar de comandar otra compañía, era tenido por uno de los oficiales más caracterizados del Batallón – Prepararse muchachos – luego siguió de largo avisando a otros grupos. Los hombres apresuraron los cigarros, ya dos habían apagado sus colillas, cuando repentinamente el morral de municiones del Sargento estalló, todos saltaron en medio de la mayor confusión, un tiro chileno había golpeado el morral del Sargento pasando justo por medio de una de las pequeñas troneras del muro haciendo estallar tres o cuatro tiros, milagrosamente ninguno de los hombres salió herido, pero el susto que se llevaron fue colosal.

El Subteniente Rosales, había tomado el mando de cerca de una quincena de hombres del Aconcagua y del Naval, los que se habían adelantado a la línea de murallas que protegía a las líneas chilenas, el fuego de aquella tropa también se había reducido “para ahorrar municiones”, el Sargento que mandaba a los Navales se había sentado junto al Subteniente y ambos también compartían un cigarrillo al tiempo que observaban el fuego de sus hombres; el soldado del Puerto comentaba a Rosales, que hasta hacía muy poco era hijo de un auxiliar del Tribunal Civil del puerto, a lo que Rosales, sorprendido le contó que él era oficial de Secretaría de la Corte de Apelaciones de Santiago, de modo que la conversación había derivado en un reconocimiento mutuo de personajes y situaciones judiciales, hasta que una bala  había alcanzado en el codo al Sargento, este maldijo a viva voz al Perú, a los peruanos, a Lima,  al Pisco, y a todo lo que sonara a Perú.

Sin esperar órdenes, el Comandante del  Batallón “Zepita” ordenó a su Batallón lanzarse al asalto,  el ruido de los clarines que ordenaban a dicha fuerza pasará a la ofensiva, fue escuchado por una parte del Batallón “Concepción”, de modo que antes de darse cuenta, los hombres del Batallón del Coronel Valladares, saltaban de sus parapetos y comenzaban a cargar contra el enemigo.

La compañía del Capitán Sotillo, al completo había saltado tras su comandante, cuando este ordenó a la carga, el oficial no había dudado, alentando a sus hombres ordenaba – ¡Adelante muchachos! No malgasten tiros – los soldados avanzaban sin preocuparse conservar filas, disparando a cuanto chileno creían ver en medio de feroces gritos de –  ¡Viva el Perú! ¡Viva el Perú! –

En el lado chileno, imperaba la confusión, la Brigada de Urriola estaba siendo machacada por el fuego incesante de los Batallones peruanos lanzados al asalto, y comenzaban a perder terreno, el Naval se mantenía firme, pero el desorden del Aconcagua era preocupante, la artillería de campaña del Coronel Velásquez retrocedía, de modo que el apoyo quedaba restringido a la Brigada de artillería de montaña de la División, muchos dispersos de los distintos cuerpos comenzaban a abandonar la línea, huyendo hacía retaguardia, el Comandante Gorostiaga, observaba preocupado los acontecimientos al tiempo que masticaba silenciosamente un palo cigarro sin encender; solo el grito de uno de sus ayudantes le hizo recuperar algo de confianza, la Reserva del Coronel Martínez avanzaba desplegada aún a pesar de la terrible confusión de chinos y mujeres que huían a la desbandada –

La tropa del “Aconcagua” y del “Naval” que mandaba el Subteniente Rosales se encontraba en una espantosa situación, de modo que el oficial intentaba buscar un punto hacía el cual retirarse, mirando hacia atrás se dio cuenta de una arboleda a unos cien metros hacía su derecha, solo debían llegar a ese punto; el Sargento del Naval vendado le llamó la atención – Debemos irnos mi Subteniente – Rosales tragó saliva –Escuchen todos, a mi orden daremos dos descargas, la primera los Navales y la segunda los del Aconcagua, luego nos retiraremos a la carrera a esos árboles – Rosales miró al enemigo estaban a unos doscientos metros de su posición, los soldados les observaban en la mayor tensión – Bien Sargento, buena suerte, nos vemos en los árboles – El Sargento asintió con la cabeza,  los hombres esperaron – Fuego – Pero no todos los soldados corrieron hacia atrás, varios salieron hacía adelante.

El soldado Torres se había  juntado a los hombres del Capitán Sotillo, hacía unos instantes se había percatado de que el grueso de su compañía no había saltado el parapeto, de modo que ante la disyuntiva había decidido continuar siguiendo a un buen oficial; el Capitán marchaba solo armado de la espada, pero la fortuna aquel día había decidido que el oficial no había pagado aún con suficiente sangre la gloria, repentinamente alcanzado en la cara, quedó tendido al sol, dos de sus hombres lograron llegar a él, y sacarlo en de la línea de fuego, en una frazada, de modo que en el momento crítico, las tropas del Concepción quedaron sin su oficial más veterano y caracterizado.

Pero no todos los chilenos corrieron hacía los árboles como se les había ordenado, un pequeño grupo de cuatro o cinco de ellos salió al frente de su refugio dispuestos al sacrificio máximo para posibilitar la salvación de sus compañeros; sin embargo, fueron prontamente liquidados, por la fuerza peruana que avanzaba, pronto los hombres del “Concepción quedaron dueños de la posición, y desde allí comenzaron a seguir con su fuego a los enemigos que huían, en ese momento fue cuando en realidad se sintió la falta de un oficial enérgico como el caído  Capitán Sotillo, pues en dicho lugar el avance se detuvo, más cuando repentinamente uno de los chilenos muertos revivió y disparó ultimando a un soldado, este no tuvo tiempo de recargar su arma, rápidamente fue ultimado a balazos, Torres observó como uno de sus compañeros, comenzó a registrar al cadáver, y pronto lo descalzó de sus botas amarillas, y allí mismo bajo fuego, se cambio sus destrozados zapatos por el calzado del chileno en medio de la risa de todos los que contemplaban la escena, quienes recordaban la promesa del soldado de “cazar a un mapocho para quitarle las botas”.

El Subteniente Rosales llegó a los árboles, sin aliento, pero ninguno de sus compañeros se detuvo en el lugar, de modo que, tras recobrar un poco el aliento, en solitario se dirigió hacía retaguardia buscando unirse a cualquier grupo que encontrara.

La oportunidad perdida por los hombres del “Concepción”, que no siguieron empeñándose a fondo en explotar su éxito, no fue desaprovechada por los chilenos, repentinamente desde un muro a la derecha de la posición recién conquistada por los peruanos apareció un grueso pelotón de soldados chilenos, era casi toda una compañía, la Reserva chilena entraba de lleno en la lid.




sábado, 24 de agosto de 2013

CAPITULO X

FRENTE DE BATALLA
ZONA OCCIDENTAL

 I CUERPO DE EJÉRCITO 
II BRIGADA DE LA 3ª DIVISIÓN
REGIMIENTO DE ARTILLERÍA Nº 2


Al mismo tiempo que el Regimiento “Valparaíso” se desplegaba, y el Batallón “Guarnición de Marina”, iniciaba su asalto, otras unidades peruanas  del Cuerpo del Coronel Cáceres aumentaban la cadencia de fuego, e iniciaban su avance, pronto salieron a descubierto gruesos pelotones del Batallón "Canta", si bien no necesariamente avanzaban con el mismo ímpetu que los “chalacos”, eran suficientes para causar gran preocupación entre los chilenos. 

Un grupo de cómo veinte hombres de este último batallón, remanente de una compañía de infantería casi destruida durante la batalla del 13, se movió en dirección tal que, repentinamente quedaron a la vista de una batería chilena, el Teniente que mandaba a los hombres, sonrió triunfante, no podía creerlo, a trescientos o trescientos cincuenta metros estaban las despreciadas piezas chilenas, no necesitó gritar la orden, y la mayor parte de su grupo abrió fuego a aquella distancia. 

En el lado chileno, un artillero tragó saliva, sin dudas les estaban disparando a ellos – Quien puede ser tan huevón para mandar las piezas a primera línea a quedar expuestas al fuego del enemigo en cualquier momento – pensó, al tiempo que las balas rebotaban en un muro, sin embargo se cuidó muy bien de no dar a conocer públicamente su opinión, una bala de fusil arrancó astillas de la rueda del armón a su lado, y el hombre pestañeó – dos pesos al mes más que un infante o un jinete – se dijo pensando en la diferencia salarial con respecto a las otras armas, y es que de todas las armas los artilleros, con su capacidad de enviar la muerte a más larga distancia que los fusileros o los sableadores, eran los soldados más apreciados, no era un mal trabajo, pues normalmente quedaban menos expuestos al fuego enemigo que cualquier otra arma, además ya se habían ganado una notable reputación al detener el asalto aliado en su asalto al cerro San Francisco, durante la batalla de Dolores.

Sin embargo, la suerte de los atacantes no podía durar, pronto habían atraído sobre sí el fuego de varios grupos del Regimiento "Santiago", de forma que pronto sufrieron cuatro bajas, entre ellos el Teniente, que con un quejido sordo, cayó al suelo herido en su rodilla derecha, de esta forma no pudieron seguir disparando a los cañones, un joven sargento, se las arreglo como pudo para cargar al cada vez más pálido Teniente herido, con ayuda de otro soldado, sentaron al oficial en un fusil y lo sacaron de la línea de frente retirándose a un muro cercano, donde ya había convergido otros dispersos a tomar aliento o amunicionarse – Mi teniente tranquilo, que de acá lo mandamos a retaguardia – El oficial le apretó el brazo con fuerza desmedida, y medio desfalleciente le alargo un pañuelo que sacó del interior de su casaca – Esperaba casarme con ella – Una lagrima rodo por su mejilla.  

El artillero, suspiro aliviado cuando las balas dejaron de llover sobre su pieza, vio al grupo de peruanos situarse en una tapia a unos cuatrocientos metros, vio entonces al Teniente jefe de su pieza abrir la boca y taparse los oídos, al tiempo que el cañón abría fuego estruendosamente, no necesitó orden para maquinalmente agacharse y sacar una nueva munición – Mierda solo nos quedan ocho, y al ritmo que estamos tirando, no nos duran ni quince minutos – maquinalmente entregó la munición al tiempo que fijaba la vista en el proyectil de su pieza que estalló justo en la muralla de piedras donde se habían refugiados los peruanos que quedó envuelta en una nube de tierra – En el blanco – pensó feliz.

Con los botones abiertos, y la cara negra por la pólvora otro artillero metía el “chiporro” en la boca de su pieza, a fin de limpiar los residuos en el ánima del cañón, el Teniente y el Sargento se felicitaban mutuamente por el gran tiro que habían realizado, sin embargo, un soldado les llamó la atención sobre el “Rucio”, el caballo había sido alcanzado por el fuego enemigo, y ahora tendido en una posición que le hacía recordar más bien un quiltro apaleado que a un brioso percherón, respiraba dificultosamente, el soldado con los ojos llenos de lágrimas, no atinaba a nada, el artillero reacciono, hizo a un lado a su camarada de un empujón, y le dirigió algunas palabras de afecto al corcel, al tiempo que le acariciaba las crines, y es que resultaba difícil no encariñarse con el animal, pues era junto al “malacara”, los únicos de los caballos que habían servido con la batería desde Antofagasta, casi desde el principio mismo de la guerra, luego con voz tronante gritó – ¡Mi Teniente! ¡El Rucio no da pa’ más, se nos muere! –

El oficial, se despreocupó de las labores de carga de su pieza, y se acercó junto al caballo, con gesto de fastidio, sacó su revólver, no era algo que le gustara hacer, pero era lo que tenía que hacerse, sin embargo, al apuntar dudó un segundo, durante la marcha a Tacna casi la mitad de los caballos de la batería fueron dados de baja por inútiles, de modo que los hombres y solo cinco caballos debieron soportar el peso de la batalla, y todos ellos, hombres y bestias trabajando en conjunto lo habían logrado, el Artillero apretó los dientes y miró para otro lado, siguió un tiro y el olor a humo y sangre del Rucio, no hubo tiempo para llantos o lamentaciones, antes de que la pieza fuera cargada, un Capitán Ayudante apareció al Galope.

– Teniente la batería se repliega por escasez de municiones, enganchen su pieza  y sigan a la pieza número uno, nos situaremos quinientos metros a retaguardia – El teniente simplemente se cuadró y ladró algunas  órdenes que los hombres entendieron más por costumbre, pues la mayoría estaban ensordecidos por los estruendos, y en pocos instantes, la pieza comenzó a moverse, dejando tras de sí un montón de desechos y un caballo muerto.

En medio de las ruinas de un muro el Sargento, sacudió la cabeza, estaba vivo, buscó a sus compañeros con la mirada y no vio a ninguno, le dolía la cabeza, y pensó – Qué bueno sería un trago de agua – de pronto se encontró con el cuerpo del Teniente, estaba muerto, el oficial estaba muerto, aunque más bien parecía dormido, una amarga sensación le quedó en la garganta, sabía que tenía que moverse, pero no lo deseaba, se dio cuenta que en su mano aún sostenía el pañuelo que le diera el oficial, era de seda, y en uno de sus extremos tenía bordadas dos iniciales, con cuidado, lo abrió y tapó la cara del cadáver, luego gateando, sin arma, pues no la pudo encontrar se alejó.

miércoles, 21 de agosto de 2013

CAPÍTULO IX

LINEA DE BATALLA PERUANA

CAPITAN DE NAVÍO JUAN FANNING



El Capitán Fanning observó una vez más a su tropa – No hay dudas es el mejor cuerpo del Ejército – Se dijo lleno de orgullo. 

Los hombres permanecían agazapados junto a la pared dispuestos a lanzarse adelante apenas recibieran la orden, solo algunos pocos disparaban de vez en cuando sobre el enemigo que envalentonándose había comenzado a desplegar al frente de sus líneas a sus compañías guerrilleras 

– Equivalen al menos a uno o dos batallones – Se dijo Fanning confiado en lo que sus hombres pudieran hacer; con estudiada calma contempló su reloj casi con fastidio, faltaban aún algunos segundos, había decidido que como buen marino no era un buen jinete, de modo que había decidido encabezar el asalto como un infante, al ver a su jefe desmontar un soldado no pudo contenerse al hablarle a un compañero – Linda estatua sería un marino a caballo – el otro soldado sonrió de vuelta, un Sargento los fulminó a ambos con la mirada – Silencio en la fila – los hombres apretaron sus fusiles y callaron.

Fanning casi como si se tratara de un vulgar ejercicio, o si fuera a encabezar un desfile, desenvainó su espada, el Corneta de Ordenes escupió y rápidamente se llevó el instrumento a la boca, se produjo un silencio solemne –Ya está hecho, de aquí solamente nos espera la gloria – Pensó al tiempo que apuntaba hacia adelante, quinientos pares de ojos atentos a su comandante le vieron avanzar, y por fin el clarín con su sonido les alentaba a salir hacia delante, casi como un rugido se escuchó un sonoro  ¡Viva el Perú! – Y rápidamente los hombres salieron de sus refugios, haciendo un fuego devastador a las fuerzas enemigas. 

Más atrás mirando con su anteojo de campaña el Coronel Cáceres observaba la maniobra de los soldados del Callao junto con sus ayudantes estos en un silencio religioso entendían que en esos momentos estaban contemplando uno de esos momentos solemnes de la historia, el veterano Coronel solo se limitó a exclamar un seco – Magnifico – 

En el flanco del “Guarnición de Marina” un poco retrasado con respecto a la puntualidad de sus compañeros, el otro Batallón del Callao también comenzaba a avanzar; notoriamente el fuego en la línea peruana comenzó a incrementarse, y a lo largo de la línea, a medida que los Batallones del reconstituido I Cuerpo estaban listos también comenzaban a salir de sus atrincheramientos en medio de entusiastas ¡vivas al Perú!.

domingo, 11 de agosto de 2013

capitulo VIII

CAPÍTULO VIII

REGIMIENTO “VALPARAISO”

RAMÓN FREX

EN MARCHA A LA LÍNEA DE BATALLA



Al trote, el Regimiento avanzaba hacía la batalla, las descargas de fusilería habían comenzado a caer sobre ellos desde hacía unos instantes y ya dos o tres hombres habían caído alcanzados por los mortales proyectiles, de modo que la columna de “Valparaísos”, se había apretado inmediatamente, y a partir de ese momento los hombres habían continuado la marcha encorvados hacía adelante, con los fusiles al hombro, repentinamente la segunda mitad de la compañía de Ramón se vio estremecida por un golpe sordo en el suelo, y un montón de polvo arrojado al aire, una granada de cañón había caído en medio de las filas.

La cueva del chivato, la terrorífica historia que le contaba la Menche para mortificarlo un par de años atrás, cuando aún se le consideraba un niño, y que dicho sea de paso, lo tuvo casi sin dormir por dos o tres semanas, sí, la cueva del chivato, el mítico lugar en la costa de Valparaíso, donde por las noches aparecía el diablo con forma de macho cabrío, y arrojaba al acantilado a los imprudentes transeúntes que inadvertidamente osaran pasar de noche por la cercanías de sus dominios, su mente obsesiva no había cesado de imaginar la bestial criatura desde entonces, de alguna manera todo el resto había desaparecido de su mente, y ahí estaba “el mandinga”, el mismisimo chivato frente a él, llevando una vara de fuego en la mano izquierda y mirado hacía el mar, por más de seis meses, la cueva del chivato, le había obsesionado  y luego tras de que su padre le dijera que si bien la cueva existía, en realidad el único demonio que moraba en ella era un grupo de bandidos, que la utilizaban de refugio, pero que todo ello había terminado, cuando los ingleses a petición del Intendente, habían desembarcado un grupo de marinos, que habían limpiado el lugar, desde entonces creía que el chivato había desaparecido de su mente, sin embargo ahí estaba frente a él moviendo su bastón de fuego y riéndose de él, una mezcla de miedo y vergüenza le invadió el alma, quien pensaba que era él, su galón dorado era un simple adorno en su guerrera, no lo volvía un oficial, un soldado o un hombre; el chivato le estaba venciendo, sin embargo los sacudones de su ordenanza volvieron repentinamente a la realidad a Ramón, por unos instantes había estado de pie paralizado mientras el resto de la tropa continuaba adelante, la explosión del proyectil peruano había sido solo a pocos pasos de Ramón, y le había dejado irreconocible de tierra, cerca de él, un hombre se retorcía, en el suelo, le faltaba la pantorrilla derecha, que le había arrancado el cañonazo enemigo, un poco más allá, otro soldado sentado había quedado sordo, y le costaba mantener el equilibrio, tras pestañear un par de veces, Ramón volvió a tomar el control y el chivato desapareció, agarrando por la muñeca a su ordenanza ordenó – Adelante, no nos podemos quedar atrás – los otros dos hombres quedaron donde estaban sin ayuda, ni atención; mientras que el Regimiento “Valparaíso”, ya desplegado en batalla por orden de su comandante Marchant, comenzaba a avanzar dislocándose poco a poco mientras los obstáculos del terreno les impedía mantener cualquier tipo de formación.

Al trote el Aspirante y su ordenanza rápidamente alcanzaron a los grupos de retaguardia del Regimiento, a gritos Ramón animó a los rezagados a moverse, unos cuantos les siguieron, sin embargo, antes de alcanzar al grueso del Regimiento, la mitad ya se había quedado atrás, o echados al pie de las murallas tratando de recobrar el aliento.


El Comandante Marchant claramente visible montado en su caballo, serenamente impartía órdenes, el Segundo Comandante La Rosa, había desmontado, y observaba al enemigo detrás de una pirca, el Regimiento ya no se movía, aparentemente se había parapetado, y algunos comenzaban a abrir fuego esporádicamente, muchos más sin embargo, se mantenían agachados desorientados o esperando órdenes, había llamado la atención de Ramón que un numeroso grupos de chinos y mujeres, corrían asustados por un callejón hacía Barranco “A quien mierda se le ocurre ir al frente de batalla con mujeres” pensó Ramón, cuando una histérica “camarada” se había plantado frente al grupo de porteños gritándoles con los ojos desmezuradamente abiertos al tiempo que movái teatralmente los brazos – ¡Traición! ¡Traición! Los cholos están masacrando a la tercera división – los hombres quedaron impresionados, Ramón reaccionó gritando a los que le rodeaban – Nada de dudar, vamos adelante a luchar con los nuestros – y siguió adelante seguido por su ordenanza y cinco hombres.





sábado, 3 de agosto de 2013

CAPITULO VII

CAPÍTULO VII
ROBERT RAMSAY
LIMA


El estruendo de la batalla, semejante a una tormenta, que por momentos parecía arrecia, hicieron que Robert Ramsay recordara las palabras de un Flag officer del Almirante Stirling, con el que había hablado menos de una hora antes – El Almirante me ha confidenciado que las negociaciones para garantizar la propiedad de los neutrales en Lima han fracasado, le recomiendo que vaya a casa empaque lo que pueda y salga cuanto antes de la ciudad – Pero ¿Existe un lugar seguro donde ir? – Marche a Ancón, el Almirante ha decidido desembarcar los Royal Marines de la Shannon, se hacen gestiones para que personal del Ferrocarril Inglés, pueda operar un convoy especial a ese punto, son casi 30 millas de viaje, si fracasa el tren viaje como pueda, Ancón será el único lugar seguro en los próximos días.

Nervioso, Robert se había dirigido hasta su residencia dispuesto a salir cuanto antes hacía Ancón, mientras realizaba la marcha lamentó profundamente el reclutamiento de los encargados del transporte público de la ciudad, por un instante a medida que se había internado por las calles deseo correr, sin embargo, su orgullo le impidió hacerlo, por el contrario se limitó simplemente a caminar al ritmo de un hombre apurado, a su paso notó que la gente comenzaba a encerrarse en sus casas, cerrándose las ventanas y poniendo pesadas trancas en las puertas ya en la casa Ried, y él comenzaron a trazar los planes para marcharse cuanto antes de la ciudad, por sobre todas las cosas, tenían claro que era su deber proteger a las mujeres y niños – Tenga usted por seguro que si bien es cierto Rey ni los hombres de la Reserva no son los Granaderos Reales, tendrán la conciencia cierta de que nada podrá defender a sus familias si ellos no resisten el máximo de tiempo posible – De acuerdo, pero por sobre todas las cosas debemos llegar a la estación de Abajo del Puente,y confiar con que el ferrocarril haga el viaje – La señora de la casa apareció frente a los hombres ofreciéndoles hacerles servir una taza de té, los hombres correctamente rechazaron el ofrecimiento – La mujer de Rey pareciera no pensar en que el enemigo está en las puertas de su ciudad – Reid asintió al tiempo que encendía un cigarrillo – Repentinamente detuvo su acción dirigiéndose a la ventana, la abrió, con un gesto evitó que Robert le preguntara algo, luego dio una chupada a su cigarro – Escuche usted, son disparos – Robert asintió, al tiempo que simplemente se limitó a señalar – Debemos pedir a las damas que preparen a los niños, aunque debamos marchar a pie, debemos llegar a Ancón sea como sea – Dicho esto, se limitaron a hacer llamar la gente al salón, mientras esperaban a las damas y niños, el vecino Danburry entró apresuradamente a la casa, se le veía algo agitado, más no acobardado, cuando hubo retomado un poco el aliento les señaló – Logramos que el Tren de Ancón haga un viaje especial, saldrá en unos momentos, debemos llegar rápidamente a la estación, o saldrán sin nosotros, los refugiados de la casa Gibbs ya han comenzado a moverse a la estación, pero yo no podía partir sin avisarles – Reid y Robert agradecieron sinceramente el noble acto de Danburry, mientras se movían, Robert, tomó su escobilla de dientes del baño, unos pañuelos limpios y un abrigo gris.


En la calle pudieron ver, a los refugiados que había asilado la casa Gibbs & Co. marchando apresuradamente rumbo al Rimac – Por Dios, Danburry, ¿Cuanta gente habían tomado bajo su protección? – El aludido se secó la frente con un pañuelo, y sin pararse respondió – Pues, 175 personas, en su mayoría mujeres y niños – Pronto el grupo de Robert y Reid, se unieron a la columna, la señora de Rey, reclamaba por que no habían conseguido un coche para marchar cómodamente  Robert atribuyó el comentario a los nervios, o bien la señora abría olvidado que los hombres y animales estaban ahora en el frente de batalla, el sonido de los cañones se sintió claramente antes de que hubiesen avanzado una cuadra, algunas mujeres sollozaban en silencio, otras con grandes alaridos clamaban a Dios.

sábado, 27 de julio de 2013

Capítulo VI

CAPITULO VI

CORONEL ANDRÉS CÁCERES

COMANDANTE DEL I CUERPO DE EJÉRCITO

EN LOS ALREDEDORES DE LA ESTACIÓN FERROVIARIA DE MIRAFLORES



Al comenzar el intercambio de fuego, el Coronel Andrés Cáceres había de inmediato hecho montara su Cuartel General y a su Estado Mayor, habiendo recorrido rápidamente el sector comprendido entre el Oceano Pacifico y el Reducto N° 2.

De esta forma, a diferencia de la mayor parte de los jefes peruanos, casi de inmediato pudo hacerse un panorama más o menos claro de la situación, los chilenos si bien mantenían un fuerte fuego sobre las posiciones peruanas, no se habían lanzado al asalto de la línea, las tropas se mantenían en general con buen ánimo, y contrariamente a los vaticinios más pesimistas no habían corrido desbandados a la primera descarga, por otro lado el enemigo, no mostraba seguir un plan de asalto coordinado, en esos momentos sentenció lacónicamente, mientras prendia un cigarro, señalando a la línea enemiga – Vacilan –

Tras expulsar el humo de sus pulmones, casi de inmediato comenzó a hablar en voz alta, dejándose llevar por una súbita inspiración – Aún tenemos una oportunidad, no mantienen fuego a lo largo de toda nuestra línea, parecen concentrar sus fuegos solo hasta el Reducto N° 2, si lanzamos en este momento un asalto coordinado es posible que los desalojemos, quien sabe, talvez podríamos hacerlos retroceder hasta Chorrillos, y en el peor de los casos, si se recuperan, podemos recibir refuerzos de las tropas que no se han visto envueltas en la batalla, en el peor de los casos si nos mantenemos hasta la noche, un empate equivale a una victoria – El Jefe de Estado Mayor señaló – Pero no tenemos jurisdicción sobre todas las tropas de nuestro sector – Cáceres lo fulminó con la mirada – Prefiero que de momento la reserva en sus reductos nos proporcione unas base de fuego, que apoyen el ataque, pero en realidad creo que las tropas frescas llegadas del Callao servirán de punta de lanza para el asalto – 

Haciendo un gesto a uno de sus ayudantes ordenó que tomara nota – “Al Coronel Suarez, informo a SS que pasaremos a la ofensiva, ello con el fin de que tome las medidas que considere adecuadas, recomendando a SS haga lo mismo en su sector. Cáceres” Envíe también un propio al General Silva, para que coordine el asalto – Rápidamente dos ayudantes partieron al galope, dejando a su Jefe de Estado Mayor preparando las órdenes al galope se dirigió con un grupo de ayudantes en busca de las tropas llegadas del Callao.

Desde su posición en la chacra de Armendariz, las seis compañías que formaban el Batallón “Guarnición de Marina” desplegadas en batalla mantenían el fuego contra el enemigo, a una decena de metros más atrás menores en número, formado solo por tres Compañías, el Batallón “Guardia Chalaca” esperaban expectantes órdenes para entrar en batalla.

Paseando por entre las líneas de su Batallón, dirigiendo de vez en cuando alguna frase a algún soldado y con notorio gesto indiferente a la batalla, como sí simplemente preparara a sus tropas para un desfile, el Capitán de Navío Juan Fanning, animaba a sus hombres, si bien es cierto que el Batallón era relativamente nuevo, creado a principios del año anterior, los hombres que lo componían en su mayoría eran veteranos, en efecto una parte del contingente estaba formado por los soldados de disuelta Columna “Constitución”, que hasta hacía muy poco cubría las guarniciones de los buques de la Marina, otra parte importante del personal correspondía a un grupo de veteranos ex prisioneros del ejército que habían sido repatriados, tras ser canjeados con los chilenos.

Hasta el momento se habían producido muy pocas bajas entre la tropa, y entre los oficiales solo había sido alcanzado el Teniente Federico Valega, pero este se había negado a ser retirado del campo de batalla, consintiendo apenas ser vendado de emergencia por el Doctor Rotalde, para retornar a la batalla.


La llegada del Coronel Cáceres fue advertida casi de imediato por el Sargento Mayor Ugarte, que comandaba la Primera Compañía quien apresuradamente le salió al encuentro, y le indicó donde se hallaba el Comandante Fanning, al encontrarse ambos hombres intercambiaron saludos protocolares – Veo Capitán, que sus muchachos se mantienen bien – Podemos resistir sin problemas hasta que se enfríe el infierno – Se siente usted con fuerzas para lanzarse adelante y desalojar el enemigo – Mí tropa puede rechazar al enemigo pero ¿Contaremos con apoyo para sostenernos? – Enviaré con ustedes al “Guardia Chalaca”, y también lanzaré adelante a mí Cuerpo de Ejército, le he pedido al Coronel Suarez que haga lo mismo con el suyo – ¿En cuanto tiempo nos lanzamos adelante? – Tomese cinco minutos a contar de ahora, y recuerde que la suerte de Lima y del Callao depende de lo que hagamos hoy – Tras saludarse marcialmente, ambos hombres se separaron, no volverían a verse nunca más.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Pido las disculpas pertinentes a todos los lectores de este blog, por el retraso en subir nuevos capítulos, debo decir que no he estado flojeando, sino por el contrario estoy afinando detalles, sobretodo los que dicen relación con la ubicación temporal de los actores, ello se debe a que acabamos de llegar al clímax que es el desarrollo de la batalla en sí misma, por lo que el relato de los hechos comienza a ser cada vez más caótico, por si se lo preguntan, en el lado chileno, seguiremos la ruta de Justo Abel Rosales del Aconcagua, del Sargento Tapia del Cazadores, de Ramón Frex del Valparaíso, de los principales jefes del Ejército chileno y de algunos personajes que hasta ahora no han aparecido, por el lado peruano seguiremos la acción desde el puesto de mando de Cáceres, y de los batallones Guarnición de Marina, Concepción y los cuerpo de la reserva.-  

Atte


Jorge Ojeda F.

sábado, 11 de mayo de 2013

capítulo 5


CAPITULO V

REGIMIENTO VALPARAÍSO

EN UN POTRERO A LAS AFUERAS DE BARRANCO



El comandante Marchant era uno de los tantos soldados oriundos de Chillán, hasta antes de la guerra se decía que los mejores soldados chilenos venían de esa zona, había ingresado al Ejército en 1848 y a la escuela de Cabos en el 49, veterano de las guerras civiles del 51 y el 59, sirviendo en la primera como Sargento y como Capitán en la segunda, se había batido en Loncomilla y Cerro Grande, habiendo pasado a retiro el 76 con el grado de Teniente Coronel; el hecho de haber servido varios años con la tropa, hacían que al igual que Lagos mantuviera aún algunas de las cualidades y defectos de los clases y suboficiales, de esta forma que él también había sentido desde la mañana el “olor a muerte” en el ambiente, y presintiendo el combate había mantenido consigo durante todo el día a un corneta junto a él; por eso al sentirse las primeras descargas, este le fue de gran ayuda, y al sonido del clarín el sorprendido Regimiento “Valparaíso” pudo rápidamente comenzar a agruparse y formar.  

Ramón se repetía por segunda vez la cazuela de pollo que ese día almorzaban los oficiales de la Segunda Compañía del Segundo Batallón, el Comandante de la misma por su parte acababa de encender un cigarrillo, cuando comenzaron los primeros estampidos, todos los hombres se miraron en silencio – ¿Limpieza de cañones? – se atrevió a decir uno de ellos, más el Capitán con un gesto de su mano se puso de pie y escuchó – No, también hay descargas de fusilería, el armisticio se ha roto – apenas terminada la última frase se escuchó el sonido del clarín llamando a formar; instintivamente los oficiales se pararon alrededor de su jefe directo, el Capitán sin apurarse dio una nueva – Preparen a los niños, el Valparaíso vuelve a combatir, no debo señalar que es lo que se espera de ustedes, guíen bien a su tropa, sin vacilar en la línea, buena suerte caballeros –  

El improvisado campamento comenzó a agitarse como un avispero, rápidamente los pabellones de los fusiles fueron desechos y el Regimiento del puerto comenzó a formar, la mayor parte de los hombres que aún no terminaban de comer apuraron el contenido de sus platos presintiendo que lo más probable era que no volverían a probar bocado en muchas horas, el ordenanza de Ramón, de alguna manera se las había ingeniado para echar dentro de su morral varías sopaipillas que aún le quedaban del trato con el ranchero y media botella de coñac que había robado de una casa de Barranco, hasta donde se había aventurado buscando provisiones para los oficiales de la compañía.  

Un pelotón de jinetes pasó al galope hacía el frente de batalla, al tiempo que el sonido del combate parecía haberse extendido a toda la línea de la División Lagos. 

Tras algunos momentos de confusión el grueso del Regimiento estaba formado, algunos hombres aún llegarían corriendo a incorporarse a las filas, mientras la unidad esperaba ordenes y otros, los menos, los que se habían alejado mucho del campamento no llegarían a tiempo para unirse a sus filas o alcanzarían a la columna una vez que esta estuviera en marcha, lo cierto es que a la mayor parte de los soldados, especialmente entre los Guardias Nacionales no les agradaba la idea de batirse o morir en compañía de hombres que no fueran de su unidad o al menos de su Provincia.

Ya los dispersos que llegaban a formar eran los menos, y tanto soldados como oficiales se sentían nerviosos ante el ruido de la batalla y la ausencia de ordenes de marcha, cuando los Comandantes Marchant y La Rosa máximos jefes de la unidad se presentaron frente a sus hombres, antes de dirigirse al Regimiento como era de esperarse, Marchant se dirigió a Ramón que era el oficial más cercano que tenía – Subteniente tomé usted mí caballo de reserva y diríjase inmediatamente donde mí Coronel Martínez e informe que el Regimiento “Valparaíso” está formado y listo para marchar – Ramón se cuadró marcialmente – A su orden mí comandante – y corrió a cumplir su comisión, de este modo no escuchó la arenga que el jefe del regimiento daría a sus hombres; su cabeza además estaba puesta en el hecho de que nadie le había dicho donde encontrar al Coronel Martínez, pero obviamente no podía pedir más instrucciones, la orden estaba dada, como la ejecutaba era su problema, pero no era algo que le complicara en absoluto, pues hacía no más de dos minutos, que había visto pasar a un numeroso grupo de jinetes por el camino y pensó se trataba sin duda del cuartel general de la reserva, de este modo apenas montado se dirigió al galope en esa dirección por el camino real; tras unos cinco minutos divisó a un costado del camino a la comitiva; los altos oficiales a pie bajo unos árboles conferenciaban, mientras la escolta montada esperaba en el más completo silencio, dudó unos segundos, de modo que se les acercó al trote, tras desmontar los hombres le quedaron mirando, al cuadrarse delante de los oficiales superiores, cayó en cuenta que no solo el Coronel Arístides Martínez quien se encontraba presente, sino que también, el mismísimo General Baquedano y su Cuartel General, le habían ordenado pedir ordenes al Comandante General de la Reserva, pero el General en Jefe estaba presente, de modo que optó por dirigirse a él – Mí General, mí Comandante Marchant informa que su Regimiento esta formado y esperando ordenes ¿Avanza el Valparaíso? – Baquedano le miró unos segundos, como pensando en las órdenes a dar, tras unos segundos se limitó simplemente a decir – Qué avance, que avance – Tras saludar Ramón nuevamente volvió a montar para alejarse, el Comandante Martínez comentó – Los porteños siempre están listos rápidamente cuando se trata de pelear – Baquedano agregó mientras veía al oficial alejarse de regreso en busca de su unidad – Buen regimiento, buen regimiento, pronto toda la reserva en línea, en línea y si Lagos se mantiene, mañana almorzamos en Lima –

viernes, 10 de mayo de 2013

capitulo 4


CAPITULO IV

QUINTA SCHELL

CUARTEL GENERAL PERUANO



Los Diplomáticos apenas si habían alcanzado a saludar a Piérola, cuando el ronco rugido de la batalla comenzó, el Jefe Supremo de la República, guardó silencio y se quedó mirando al cielo, el Ministro Spencer Saint Jhon, pareció perder por un momento la flema, y notoriamente palideció, el Ministro Vorges, que hasta el momento había hablado en un perfecto español dejó escapar un – Mon Dieu... – en tanto el señor Tezanos Pinto se limitó a mover la cabeza tristemente; Piérola, se quedó parado, sus ojos se abrieron desorbitadamente, al tiempo que seguía mirando fijamente al cielo como buscando una explicación, hacía solo unos minutos que había ordenado no abrir fuego; el General Buendia a su lado, fue el primero en notar que el rostro de Piérola se volvía a cada momento más rojo, y temió que el Jefe Supremo fuera a caer fulminado por un ataque de apoplejía  tal como se decía había ocurrido con el Ministro chileno Rafael Sotomayor, en la previa de la batalla de Tacna, sin embargo, lo que ocurría con Piérola era en realidad más asimilable a un volcán a punto de estallar.

Efectivamente, tras un instante que pareció interminable, Piérola paseó su mirada por los rostros de todos los presentes, como si esperara que alguien hablara, un ayudante nerviosamente jugueteaba con los botones de su casaca, Piérola gritó por fin – ¡Traición! ¡Los chilenos han roto el armisticio! – El General Buendia avanzó hacía el Jefe Supremo, este brúscamente le ordenó – ¡Mi espada! Traiga mi espada, debemos correr al frente de batalla, la suerte del Perú esta en juego – El General se irguió en todo su porte cuadrándose – Ayudante prepare mi caballo, partimos de inmediato – El aludido como impulsado por un rayo salió corriendo, al tiempo que repentinamente los demás militares subitamente se ponían en movimiento, saliendo rápidamente de la estancia, al cabo de unos instantes el Ministro Saint John llamó la atención de los demás Diplomáticso – Señores estamos ante una grave situación – Vorges asintió – Se acercan días negros para Lima – No me refiero solo a eso señores, miren ustedes, hemos quedado solos –

Los Diplomáticos miraron incrédulos a su alrededor, y recorrieron la solitaria estancia – Pero.... quien garantiza nuestra inmunidad – El Guardia de la puerta también se ha ido – a solo unas decenas de metros de la puerta a la vista de los hombres, una de las gruesas granadas de la armada chilena estalló levantando una gran polvareda  y haciendo desaparecer un árbol y parte de una reja, los hombres trastabillaron uno de ellos calló en la entrada de la puerta, al tiempo que los vidrios de la quinta estallaban, el señor Tezanos Pinto, con gestos llamó a los hombres aún ensordecidos por la explosión; la decisión era lógica, los diplomáticos optaban por huir hacía la ciudad.

domingo, 28 de abril de 2013

capitulo 3


CAPITULO III

REGIMIENTO “ACONCAGUA”

TERCERA DIVISIÓN LAGOS



El fuego había sorprendido al Regimiento “Aconcagua” mientras aún marchaba hacía el frente, de modo que debió desplegarse en batalla, en medio de la mayor confusión, recibiendo fuego oblicuo creyeron estar bajo fuego amigo, por lo que habían asomado su viejo estandarte para ser reconocido como unidad chilena, sin embargo, el viejo estandarte que había guiado a los soldados en el cruce del río Ancach, durante la guerra de 1839 en vez de servir para detener el fuego, este se había intensificado; el Comandante Díaz Muñoz a gritos ordenó a los hombres que se protegieran en las murallas, cuando vio que la mayor parte de los hombres había cumplido la orden desmontó, y abriendo los brazos ordenaba una y otra vez – No se amontonen, desplieguense en guerrilla – su corneta de órdenes no paraba de transmitir la orden con su instrumento, pero el ruido de la batalla, ahogaba las notas.

Levantando la cabeza un Sargento repentinamente gritó – ¡Nos dispara los Navales! – ¿Cómo? –  Sí miren esos hueones que nos fusilan son los del Naval – El Capitán Ricci observa la línea desde donde les disparan, es difícil orientarse en medio del fuego, el oficial duda, no puede ver muy bien, de modo que mira al comandante quien ordena parar el fuego, de modo que sólo hay una cosa por hacer, de modo que volviéndose a los hombres que tiene más cerca en dirección al estandarte grita a todo pulmón – ¡Suban el estandarte para que nos reconozcan! – La orden es repetida por varios más hasta que esta llega al abanderado – ¡Arriba el estandarte para que los Navales paren el fuego! – Maldiciendo lo que le parece una mala idea el Subteniente obedece de forma que el viejo estandarte  sube una vez más para ponerse a la vista sobre el muro, sin embargo el resultado no es el cese del fuego, sino por el contrario, este se acrecienta, el oficial siente que la enseña sufre un golpe, y rápidamente lo baja, dos soldados curiosos le señalan el extremo superior, un bala ha volado la punta de la alabarda – ¡¡¡Cholos maricones!!! ¡Peleén a pecho descubierto como los hombres! – sin embargo, por más grandes que fueran los insultos, estos no eran suficientes para ganar la batalla.

La alabarda del estandarte no es lo único que ha perdido el “Aconcagua”, tres hombres del grupo del Aconcagua, colocado de avanzada ya han sido herido de diversa gravedad uno de ellos con una horrible herida en la cabeza, los hombres aprendieron de esta forma lo peligroso que resultaba asomarse dos veces por el mismo sitio, pocos instantes después, el Capitán Augusto Nordenflytch, en circunstancias de que intentaba subir a su caballo para intentar enlazar con el resto de su retrasado Regimiento, recibió dos balas en el pecho, el animal, ni se inmuto cuando su jinete con el pie enredado aún en el estribo, cayo silencioso, un Sargento segundo le vio caer, y rápidamente se dirigió gateando a socorrerlo, sin embargo, era un esfuerzo inútil, en medio de convulsiones  el Capitán moría ahogado por su propia sangre, el Sargento, le sostuvo la cabeza de su superior por un instante, pero pronto cae en cuenta que ahora el reducido pelotón del “Aconcagua” está bajo su mando, sin culpa, el suboficial se apropia del revolver del cadáver, por un segundo tiene la tentación de revisarle los bolsillos, pero sabe que todos sus hombres le observan y de las decisiones que tome dependen sus vidas, de modo que cerrándole los ojos en un gesto cariñoso lo deja tendido, con emoción piensa al tiempo que se dirige a su puesto – Lástima que no pueda hacerle una tumba de inmediato, pues ya vendrán esos malditos buitres a desplumarlo mí capitán – al mismo tiempo comenzó a poner orden entre los suyos– Vamos niños, disparen, que a la guerra se viene a triunfar o morir, Ortíz y Godoy cubran el flanco derecho, no desperdicien balas – el Sargento no se ha dado cuenta aún, pero ha sufrido más bajas, aunque no producto del fuego enemigo, en medio de la confusión dos hombres se han escabullido silenciosamente hacía retaguardia.

El Subteniente Rosales, apenas se ha dado cuenta que el corneta del Comandante a tocado fuego en avance, este tras revisar su revólver se parado y a la carrera al grito de – Adelante aconcagüinos – se ha lanzado al frente por un muro derrumbado, todos los hombres que se encontraban junto a él, le siguen, otro soldado cae como si hubiese chocado con un muro invisible, sin embargo, ninguno para a ver si esta vivo, los hombres siguen al comandante quien avanza con la cabeza agachada, como si corriera en medio de un temporal de lluvia con viento, avanzando varios metros hasta otra tapia, donde se vuelven a parapetar, pero otros muchos soldados permanecen desorientados, el desorden es tremendo.

Rosales se da cuenta de que algunos soldados disparan sus armas por encima de la muralla sin apuntar – Esta tarde San Pedro quedará agujereado – se dice para sí mismo, el Subteniente sabe que debe calmar a la tropa y convencerlos de hacer su trabajo – Muchachos las batallas no las ganan los que hacen más ruido – increpa a un soldado que le mira con ojos desmesuradamente abiertos – Dame tú fusil un momento – el soldado duda un instante pero se la entrega, con gesto despreocupado el Subteniente lo carga y se asoma con calma sobre el muro y dispara, lo cierto es que no sabe si le ha dado a alguien pero presume – Lo vez ahora hay un cholo menos con quien combatir – al tiempo que le devuelve el fusil al soldado, este maquinalmente carga nuevamente el arma y esta vez se asoma a disparar, y vuelve a cargar – disparen con calma niños – poco a poco los hombres comienzan a seguir el ejemplo.

sábado, 20 de abril de 2013

capítulo 2


CAPITULO II

BATALLON “CONCEPCION” N° 27

II CUERPO DE EJÉRCITO DEL CORONEL SUAREZ



El estallido de la batalla también había sorprendido a los soldados peruanos, pero rápidamente, casi sin esperar orden superior pronto comenzaron a abrir fuego sobre sus enemigos.

El Mayor Teodoro Peñaloza Arauco, envió a su ordenanza a traer su caballo rápidamente, el hombre tragó saliva y partió a la carrera en busca del animal.

Repentinamente al frente, sobre una muralla, a solo unos centenares de metros, los soldados vieron alzarse alto y desafiante un estandarte enemigo, los soldados casi por instinto transformaron la enseña enemiga en una diana, y dispararon numerosas descargas, con toda la velocidad que les permitían sus fusiles Peabody sobre ella, rápidamente el estandarte enemigo bajó, ante la algarabía de los soldados.

Algunos instantes después, al ronco ruido de los fusiles y cañones de los ejércitos, se sumó el fuego de las gruesas piezas de los buques chilenos, por un momento los hombres dejaron de disparar y se quedaron observando la parábola que una gigantesca bala de cañón naval trazaba para ir a caer en medio de una huaca, al torbellino de polvo que se elevó alto como una torre de iglesia se sumó un efecto inesperado, cientos de piedras lanzadas, en todas direcciones multiplicaban el efecto destructor, como si se tratara de una mortal metralla; los hombres se agazaparon institintivamente, uno de ellos dejó escapar un – Qué la parió.... –

El ayudante del Mayor Peñaloza Arauco, reapareció repentinamente trayendo el caballo de su jefe tirándolo por las riendas, el hombre avanzaba agachado, como si quisiera evitar las mortales balas enemigas, al hacerse más pequeño, sin embargo, no era de las balas de fusiles de las que debía cuidarse, en medio del horror de todos los que lo observaban desapareció en medio de un torbellino de humo y una explosión, una bala de cañón había reventado a los pies del animal; tras disiparse el polvo de la explosión, los hombres pudieron ver una silueta sin Kepí levantándose con las riendas aún en la mano, su mirada estaba desorientada, pero milagrosamente, salvo por el polvo y alguna que otra pequeña contusión, estaba indemne, pero el animal no había tenido tanta suerte alcanzado de lleno había sido volado, al presentarse aún con las riendas en la mano ante el Mayor, este le preguntó por su caballo, el hombre aún confuso no reaccionó – Ordenanza ¿Donde está mi yegua? – Reaccionando por fin el aludido solo atinó a balbucear – Se ha volado mi Mayor –

Un poco más allá los Monasterio, padre e hijo, y que ostentaban los grados de Teniente y Cabo de la 5° Compañía respectivamente, disparaban indiferentes a lo que pasaba a su alrededor, el muchacho era conocido entre los hombres como “el cabito”, de solamente 14 años había seguido a su padre cuando este se enlistó, despierto y jovial, había ganado su rango en base a sus méritos  silenciosamente disparaba con calma al tiempo que su padre orgulloso le alentaba – Más rápido Cabo Monasterio, no desperdicie munición – tras cargar su fusil se asomó sobre el parapeto para disparar por enesima vez, pero esta vez fue distinto, repentinamente el joven se ajitó en su puesto y cayó en silencio, una bala enemiga le había dado en la frente; el Teniente Monasterio no reaccionó inmediatamente, miró dos veces antes de darse cuenta que el caído era su propio hijo, y entonces sencillamente se dejó caer de rodillas a su lado, sin decir palabra acarició los cabellos del caído, deteniéndose en la herida, y entonces indiferente a lo gritos, órdenes, disparos y explosiones, se echó a llorar primero en un ahogado sollozo, y pronto desconsoladamente como un niño como el que acababa de perder.

El Capitán Sotillo en tanto, comandante de la 4° Compañía ordenaba a sus soldados – No malgasten municiones muchachos, calmen el ritmo de fuego, aún queda mucha batalla, disparen sobre seguro – Los hombres de la compañía respetaban tremendamente al oficial, a pesar de ser un hombre aún joven, de solo 25 años, pues era todo un veterano, que había pagado con sangre el servicio a la patria, antes de la guerra había servido en las Columnas de Celadores de Tarapacá e Iquique como Sargento, y una vez empezada esta había servido como Teniente del famoso Batallón de Guardias Nacionales “Tarapacá”, pasando luego al comando de la V División, tras la sangrienta batalla del mismo nombre, el 27 de noviembre de 1879, fue herido de gravedad, no pudiendo marchar junto con el resto del Ejército, fue capturado algunos días después por los chilenos, canjeado, nuevamente había vuelto al servicio y participado en la batalla de Tacna el 26 de mayo de 1880, donde también salió herido, esta vez en una de sus piernas, sin embargo, en esta ocasión pudo marchar al norte, pasando entonces al Batallón “Concepción”, en el reciente combate del 13, nuevamente había sido herido, aunque levemente; no hacía mucho rato había comentado al Mayor Peñaloza Arauco – He sido herido en todas las batallas de esta guerra en las que he participado, pero no me arrepiento de la sangre que me he dado por mí patria – Procuré cuidarse capitán, no vaya a ser que está vez le toque la definitiva – A lo que había respondido con una enigmática sonrisa.