CAPITULO X
FRENTE DE BATALLA
ZONA OCCIDENTAL
ZONA OCCIDENTAL
I CUERPO DE EJÉRCITO
II BRIGADA DE LA 3ª DIVISIÓN
REGIMIENTO DE ARTILLERÍA Nº 2
Al mismo tiempo que el Regimiento “Valparaíso” se desplegaba, y el Batallón “Guarnición de Marina”, iniciaba su asalto, otras unidades peruanas del Cuerpo del Coronel Cáceres aumentaban la cadencia de fuego, e iniciaban su avance, pronto salieron a descubierto gruesos pelotones del Batallón "Canta", si bien no necesariamente avanzaban con el mismo ímpetu que los “chalacos”, eran suficientes para causar gran preocupación entre los chilenos.
Un grupo de cómo veinte hombres de este último batallón, remanente de una compañía de infantería casi destruida durante la batalla del 13, se movió en dirección tal que, repentinamente quedaron a la vista de una batería chilena, el Teniente que mandaba a los hombres, sonrió triunfante, no podía creerlo, a trescientos o trescientos cincuenta metros estaban las despreciadas piezas chilenas, no necesitó gritar la orden, y la mayor parte de su grupo abrió fuego a aquella distancia.
En el lado chileno, un artillero tragó saliva, sin dudas les estaban disparando a ellos – Quien puede ser tan huevón para mandar las piezas a primera línea a quedar expuestas al fuego del enemigo en cualquier momento – pensó, al tiempo que las balas rebotaban en un muro, sin embargo se cuidó muy bien de no dar a conocer públicamente su opinión, una bala de fusil arrancó astillas de la rueda del armón a su lado, y el hombre pestañeó – dos pesos al mes más que un infante o un jinete – se dijo pensando en la diferencia salarial con respecto a las otras armas, y es que de todas las armas los artilleros, con su capacidad de enviar la muerte a más larga distancia que los fusileros o los sableadores, eran los soldados más apreciados, no era un mal trabajo, pues normalmente quedaban menos expuestos al fuego enemigo que cualquier otra arma, además ya se habían ganado una notable reputación al detener el asalto aliado en su asalto al cerro San Francisco, durante la batalla de Dolores.
Sin embargo, la suerte de los atacantes no podía durar, pronto habían atraído sobre sí el fuego de varios grupos del Regimiento "Santiago", de forma que pronto sufrieron cuatro bajas, entre ellos el Teniente, que con un quejido sordo, cayó al suelo herido en su rodilla derecha, de esta forma no pudieron seguir disparando a los cañones, un joven sargento, se las arreglo como pudo para cargar al cada vez más pálido Teniente herido, con ayuda de otro soldado, sentaron al oficial en un fusil y lo sacaron de la línea de frente retirándose a un muro cercano, donde ya había convergido otros dispersos a tomar aliento o amunicionarse – Mi teniente tranquilo, que de acá lo mandamos a retaguardia – El oficial le apretó el brazo con fuerza desmedida, y medio desfalleciente le alargo un pañuelo que sacó del interior de su casaca – Esperaba casarme con ella – Una lagrima rodo por su mejilla.
El artillero, suspiro aliviado cuando las balas dejaron de llover sobre su pieza, vio al grupo de peruanos situarse en una tapia a unos cuatrocientos metros, vio entonces al Teniente jefe de su pieza abrir la boca y taparse los oídos, al tiempo que el cañón abría fuego estruendosamente, no necesitó orden para maquinalmente agacharse y sacar una nueva munición – Mierda solo nos quedan ocho, y al ritmo que estamos tirando, no nos duran ni quince minutos – maquinalmente entregó la munición al tiempo que fijaba la vista en el proyectil de su pieza que estalló justo en la muralla de piedras donde se habían refugiados los peruanos que quedó envuelta en una nube de tierra – En el blanco – pensó feliz.
Con los botones abiertos, y la cara negra por la pólvora otro artillero metía el “chiporro” en la boca de su pieza, a fin de limpiar los residuos en el ánima del cañón, el Teniente y el Sargento se felicitaban mutuamente por el gran tiro que habían realizado, sin embargo, un soldado les llamó la atención sobre el “Rucio”, el caballo había sido alcanzado por el fuego enemigo, y ahora tendido en una posición que le hacía recordar más bien un quiltro apaleado que a un brioso percherón, respiraba dificultosamente, el soldado con los ojos llenos de lágrimas, no atinaba a nada, el artillero reacciono, hizo a un lado a su camarada de un empujón, y le dirigió algunas palabras de afecto al corcel, al tiempo que le acariciaba las crines, y es que resultaba difícil no encariñarse con el animal, pues era junto al “malacara”, los únicos de los caballos que habían servido con la batería desde Antofagasta, casi desde el principio mismo de la guerra, luego con voz tronante gritó – ¡Mi Teniente! ¡El Rucio no da pa’ más, se nos muere! –
El oficial, se despreocupó de las labores de carga de su pieza, y se acercó junto al caballo, con gesto de fastidio, sacó su revólver, no era algo que le gustara hacer, pero era lo que tenía que hacerse, sin embargo, al apuntar dudó un segundo, durante la marcha a Tacna casi la mitad de los caballos de la batería fueron dados de baja por inútiles, de modo que los hombres y solo cinco caballos debieron soportar el peso de la batalla, y todos ellos, hombres y bestias trabajando en conjunto lo habían logrado, el Artillero apretó los dientes y miró para otro lado, siguió un tiro y el olor a humo y sangre del Rucio, no hubo tiempo para llantos o lamentaciones, antes de que la pieza fuera cargada, un Capitán Ayudante apareció al Galope.
– Teniente la batería se repliega por escasez de municiones, enganchen su pieza y sigan a la pieza número uno, nos situaremos quinientos metros a retaguardia – El teniente simplemente se cuadró y ladró algunas órdenes que los hombres entendieron más por costumbre, pues la mayoría estaban ensordecidos por los estruendos, y en pocos instantes, la pieza comenzó a moverse, dejando tras de sí un montón de desechos y un caballo muerto.
En medio de las ruinas de un muro el Sargento, sacudió la cabeza, estaba vivo, buscó a sus compañeros con la mirada y no vio a ninguno, le dolía la cabeza, y pensó – Qué bueno sería un trago de agua – de pronto se encontró con el cuerpo del Teniente, estaba muerto, el oficial estaba muerto, aunque más bien parecía dormido, una amarga sensación le quedó en la garganta, sabía que tenía que moverse, pero no lo deseaba, se dio cuenta que en su mano aún sostenía el pañuelo que le diera el oficial, era de seda, y en uno de sus extremos tenía bordadas dos iniciales, con cuidado, lo abrió y tapó la cara del cadáver, luego gateando, sin arma, pues no la pudo encontrar se alejó.

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