domingo, 27 de enero de 2013

CAPITULO IX


CAPÍTULO IX

TREN ESPECIAL DEL CUERPO DIPLOMÁTICO EXTRANJERO ACREDITADO EN LIMA

El Ministro de Vorges, representante de Francia en Lima, miró con cierto nerviosismo a Sir Spenser St John, representante del Reino Unido y al Decano del Cuerpo Diplomático, el Ministro del Salvador Jorge Tezanos Pinto, no cabían dudas que la gran flota que los neutrales habían reunido, compuesta por naves Italianas, Francesas y Británicas eran un excelente disuasor para proteger los intereses de las naciones europeas, pero en aquel momento el convoy ferroviario que acababan de abordar, compuesto por un solo carro y la locomotora, contaba con una única protección, el prestigio de las tres naciones que representaban, y la gran bandera blanca de parlamento que hondeaba en ella.

El informe del Teniente Le Leon, agregado al Cuartel General chileno, traído la noche anterior por el Teniente de Navío Ratomski del Hussard, era decidor, el ejército chileno, había vuelto a ponerse en un pie de disciplina suficiente para acometer operaciones ofensivas; de manera que las posibilidades de que dichas tropas se encontraran en condiciones de lanzar un asalto contra la segunda línea de defensa de la capital eran altisimas, y si superaban dicha línea, lo que le parecía muy probable, los intereses de los neutrales estaban realmente en grave peligro, el Ministro St. John, había obtenido informes iguales de su agregado en el Cuartel General Chileno; de esta manera, el cónsul alemán había expresado durante la reunión sostenida por el cuerpo diplomático la tarde anterior, que dicha situación resultaría fatal no solo para los bienes sino que también para las vidas de los cerca de 25.000 extranjeros residentes en Lima; el contralmirante Bergasse du Petit – Thouars, le había confidenciado que a su juicio era poco probable que en tal caso la mera presencia de los buques neutrales fuera un obstáculo para que la soldadesca, que sin lugar a dudas incendiaría Lima hasta sus cimientos, en tal caso, lo único que podían hacer el comandante francés era atacar a la escuadra chilena y hundirla; lo que por demás tendría consecuencias insospechadas, y no necesariamente impediría a los chilenos arrasar Lima, El Callao y así como los pequeños pueblos y haciendas del departamento.

De esta manera, sobre los hombros de los tres diplomáticos descansaba talvez la única posibilidad de evitar la destrucción de la ciudad de los virreyes.

Durante todo el día habían intentado convencer a Piérola de la necesidad de negociar, a lo que tosudamente este se había negado, no fue hasta bien entrada la noche que el Jefe Supremo de la nación había dado el beneplácito para iniciar algún sondeo diplomático a los chilenos; pero entonces, cerca de la media noche, por medio del Teniente Ratomski y otro oficial extranjero, con gran peligro de sus vidas, lograron llegar hasta las líneas chilenas, y solicitaron audiencia con el Comandante en Jefe Chileno, el General Baquedano, tras ser despertado les había mandado decir que les concedería audiencia para las siete de la mañana del día siguiente; que en ese momento que Ratomski pudo intercambiar algunas palabras con el Teniente Le Leon. Al saberse el resultado de la misión el Ministro St John había comentado íntimamente al secretario de la legación – Por cierto que no tiene apuro, lo han hecho esperar todo el día, si Piérola quiere un gran final, Baquedano solo reúne madera para la gran hoguera –

Sin embargo, nuevamente los diplomáticos estaban dispuestos a intentar conjurar la tormenta; mientras esperaban que el tren se pusiera en marcha comenzaron a hablar en francés, único idioma común a todos los diplomáticos – Mientras exista una esperanza, podemos salvar la ciudad – Creo que la actitud de Piérola, solo trata de guardar las formas, pero finalmente rendirá la ciudad – ¿Creé usted que se atreverá a dar una nueva batalla con su ejército mayormente destrozado? – No creo que pretenda sacrificar a lo mejor de la sociedad limeña que tiene reclutada en la reserva –

Lentamente el maquinista movió las palancas, chorros de vapor anunciaron que todo estaba listo, cuando la locomotora inició la marcha los diplomáticos guardaron silencio, el plan que habían fraguado consistía en dejar que el decano del Cuerpo Diplomático fuera quien dirigiera las conversaciones, los puntos a tratar ya estaban claros, de modo que los dados del destino ya estaban echados; el tren hizo sonar su silbato y comenzó a moverse hacía el sur.

Al atravesar el camino férreo de Miraflores, por las ventanas, los pasajeros pudieron notar gruesos diversos grupos de soldados moviéndose al iniciar el día, algunas nuevas obras de defensa habían sido construidas apresuradamente el día anterior, pudieron ver a simple vista algunos gruesos cañones navales extraidos de algún barco o bien talvez del mismísimo Callao; uno de los hombres exclamó – Esto es una locura –

Al cruzar al campo chileno, una multitud de soldados les salio al paso junto a las vías, en la medida que le tren pasaba por el centro del dispositivo chileno, los hombres agitaban sus kepíes al paso del convoy, y vivaban a Chile, saludando al mensajero de la paz – Tal vez aún exista esperanza – 

sábado, 26 de enero de 2013

CAPITULO VIII


CAPITULO VIII

POSICIONES DEL BATALLÓN N° 27 “CONCEPCIÓN”
MADRUGADA DEL 15 DE ENERO DE 1881

Las diferencias entre los limeños y los que venían del interior se hacían más y más notorias con el curso de los acontecimientos, en efecto, imperaba entre los capitalinos un aire de manifiesta superioridad sobre sus compatriotas, este sentimiento se hacía especialmente insoportable para los serranos, en efecto los soldados del Batallón “Concepción”, eran un grupo afiatado y en general se les podía definir como veteranos, un buen número de ellos permanecía bajo las banderas desde hacía casi dos años, cuando habían dejado su provincia para instalarse en la capital, algunos de los oficiales nuevos, como el Capitán Sotillo eran veteranos de las campañas del sur, de modo que los reclutas eran los menos; durante la batalla del 13 habían tenido un buen comportamiento, al punto de haber combatido no solo en los alrededores de San Juan, sino que habían podido retirarse en orden y ser lanzados nuevamente al combate cuando el Estado Mayor General intentó recuperar el pueblo de Chorrillos, pero incluso en medio de aquella confusión, soldados y oficiales supieron guardar la cohesión, de forma que llegada la hora del repliegue general ante la imposibilidad de lograr una ventaja sobre el enemigo, lo habían realizado en orden y sin perder la cohesión.

Pero todo el heroísmo y sangre derramados de poco había servido, pues cuando llegaban a la línea de Miraflores, formados y en orden, los Reservistas lejos de demostrar respeto por la disciplina del cuerpo, incluso aún dolían a los soldados el solo recordar los comentarios de los improvisados reservistas – Estos se vinieron al completo – dando a entender que se habían retirado en masa sin combatir.

Cuando el batallón se detuvo y se le asignó una improvisada zona de responsabilidad en los alredores del Reducto N° 2, y luego se pasó la lista, se supo que el Batallón había perdido en combate alrededor de un centenar de hombres, más de uno de los soldados sintió los criminales deseos de vaciar sus arma contra su compatriota de la Reserva.

El Batallón del Coronel Valladares, cubría los alrededores del Reducto N° 2, metido en un potrero al costado de las posiciones de los restos del Batallón “Zepita” N° 29; muchos de los hombres dormían exhaustos por los esfuerzos de los días anteriores, sin embargo un grupo no menor observaba silenciosamente las llamas del pueblo de Barranco, incendiado por órdenes del Coronel Lagos durante la noche – Es que los chilenos pretenden quemarlo todo – Le había dicho el soldado Porfias a su compañero, el joven soldado Lara; y en esos momentos la ira de los hombres contra el enemigo del sur aumentó.

Los hombres, comenzaron lentamente a incorporarse, mientras la claridad del alba comenzaba a anunciar un nuevo día, un centinela bostezó largamente, los hombres que tímidamente se incorporaban lo hacían acompañados por sus fusiles Peabody, no lo sabían pero sus armas eran las mismas que utilizaba el ejército inglés, un arma de cadencia de tiro más lenta que los Comblain o Gras de los chilenos, pero bastante robusta y a juicio incluso de sus propios enemigos de mucho mayor alcance.

Un soldado de la tercera compañía, se sacó los zapatos, y con un trozo de cuerda trató de arreglar la suela abierta, y es que deficiencias en la logística del ejército habían impedido que el calzado de la tropa fuera repuesto oportunamente, peor aún, desde hacía más de un mes, que la gran mayoría de los que tenían dinero para procurárselos de forma particular, no tenían donde hacerlo – Ya me cazaré a un Araucano y me verás calzado con patas amarillas – dijo a su compañero que le observaba realizar la operación, haciendo alusión a las botas descarnadas con las que estaban equipados los chilenos.
Uno de los serranos sacó de su morral un trozo de pan duro, partiéndolo se lo dio a uno de sus compañeros, pronto se formaron algunos pequeños grupos entre los hombres que no estaban de servicio, en el grupo de Porfias y Lara un soldado sacó un diario – Podría leerlo para todos “distinguido” – dijo alargándole las dos hojas a Lara, este lo observó unos instantes y luego lo leyó para su grupo:

DIARIO DE LA CAMPAÑA
Lima, enero 14 de 1881
¡A las armas!
Ya el enemigo acerca su planta aleve y Lima debe pagar su tributo de sangre.
Mucho tiempo hemos estado esperando estos  momentos y nuestra energía debe retemplarse al aproximarse la hora de la venganza.
Antes la muerte que la deshonra.
Este debe ser nuestro único credo.
Tenemos al frente a la horda que viene asesinando, desde hace tiempo, a nuestras débiles mujeres, a los inválidos ancianos, a los tiernos niños.
Un momento de debilidad, entregará al enemigo la honra y la vida de nuestras esposas, de nuestros hijos, de todo lo más caro para nosotros.
¿Habrá quién pueda sobrevivir a la deshonra de su hermana, de su esposa o hija?
¡No, mil veces no!
No hay en Lima quien pueda soportar tamaña infamia.
¡A las armas, pues!
Y aunque nuestro ejército sabrá contener al enemigo e impedirle la entrada a Lima, que Lima se levante y presente el hermoso aspecto de una reserva inagotable.”

El grupo de hombres, comenzó a crecer rápidamente, pronto eran más de una decena los que escuchaban atentos la lectura.

LA CAMPAÑA
Hoy se presentó en el campamento de Miraflores, con las formalidades usuales, y como parlamentario, el señor doctor don Isidoro Errázuriz, redactor de La Patria de Valparaíso.
Acompañábale el señor Secretario de Guerra coronel Iglesias que en el combate de ayer cayó prisionero.
Ambos regresaron al campamento chileno después de haberse detenido en el nuestro poco rato.
Después llegó un segundo parlamentario el señor Guillermo Lira Errázuriz que entregó un pliego.
En la tarde se ha reunido una junta de los oficiales generales de nuestro ejército cuya deliberación ignoramos.

Entonces hay paz – preguntó con duda un serrano – Vino el Coronel Iglesias – Lara continuó leyendo mientras los hombres continuaban comentando cada palabra que leía

Sr.Director:
Nada nuevo ha ocurrido hoy aquí.
Las fuerzas enemigas no avanzan de su línea, a pesar de que las nuestras las hostilizan con frecuencia a corta distancia de sus posiciones.
Han quedado fatigados de la jornada de ayer y procuran reorganizarse.
Se dice que sus bajas son grandes y se han desalentado.
Nuestro ejército, por el contrario, en medio del más grande entusiasmo y con la fe del triunfo, aguarda impaciente la hora suprema.
Y en esta solemne situación, tócale una gran parte, talvez la principal, el ejército de Reserva, que desde la organización ha venido dando ejemplos de abnegación y patriotismo.

Ante el nombre de la Reserva, se produjo un silencio, varios aún estaban lastimados por la fría recepción de los reservistas cuando volvían de Chorrillos, Porfias se dijo así mismo “Estos se vinieron al completo”; la lectura continuó:

Es preciso recorrer su línea y revistar todos y cada uno de los batallones que la componen, para comprender el entusiasmo que reina entre ellos.
Serenos como siempre y seguros de cumplir con sus deberes hasta el sacrificio, aguardan la hora de la prueba para convertir en hechos sus promesas.
Y ese espíritu alentador, esa fe en el triunfo la transmite, como por la acción galvánica, al ejército activo, con quien forma hoy un solo cuerpo.
¡Un saludo entusiasta a esos valientes!

- Bah las señoritas de Lima se batirán encerrados en su reducto, mientras los serranos del Concepción lo hacen de frente al enemigo – un murmullo se aprobación y a la vez de protesta salio de todo el grupo obligando a Lara a callar, su mente le recordó el jactancioso santa, seña y contraseña de la noche que recién moría – Reserva – Dara – Triunfo – quisó unirse a las protestas de sus camaradas, pero en vez de eso continuó leyendo:
En el combate de ayer, nuestras fuerzas tomaron algunos prisioneros. Su número debió haber sido grande, pero como muchos de ellos tenían uniforme exactamente igual a varios de nuestros cuerpos de línea y aún de la Reserva, lograron escapar.
Hemos visto también un competente número de rifles comblain arrebatados a los enemigos.
La guerra que nos hacen hoy los chilenos es la misma que nos han hecho siempre.
Ayer, poco después de haber ocupado Chorrillos, saquearon los pocos establecimientos al por menor que allí existían, especialmente las pulperías y chinganas.
Los soldados se embriagaron y cometieron las iniquidades de siempre, de tal modo, que hasta sus mismos jefes se avergonzaban de los hechos.
Poco después de las tres de la tarde principiaron a saquear los ranchos y enseguida a incendiarlos.
Los de los señores Tenderini, Canevaro, General Pezet, fueron los primeros que desaparecieron.
El Ministro de la Guerra, General Vergara, tuvo que abandonar antes, el tercero de los ranchos que ocupaba, junto con nuestros prisioneros, pues calculaba que debían incendiarlo.
Ni los jefes ni los oficiales se creen seguros de la salvaje ferocidad de sus tropas.

Los hombres instintivamente miraron sobre el parapeto a las largas columnas de humo que se elevaban al cielo, tomando conciencia de la suerte que esperaba a Miraflores y a todos los pueblos de los alrededores de Lima, e incluso a la misma capital si es que el enemigo no era detenido. 


CAPITULO VII





POSICIONES AVANZADAS DEL EJÉRCITO CHILENO AL NORTE DEL PUEBLO DE BARRANCO
REGIMIENTO DE CABALLERÍA CAZADORES A CABALLO

Los “Cazadores” del Alférez Araya se habían mantenido en silencio largo rato, ello desde que el día anunciara su llegada y el oficial había ordenado montar, todos los rostros reflejaban la tensión de una noche agotadora, pero a la larga tranquila, poco antes de las cuatro, el Oficial había ordenado al Sargento 1° Ríos, acompañarlo a realizar un reconocimiento más cercano de la línea enemiga, este había elegido a cuatro compañeros y dirigió el avance discretamente hasta donde creyó una distancia segura, luego por medio de gestos desplegó a sus compañeros, mientras él seguía en solitario adelante.

La elección del Alférez para la temeraria aventura no había sido casual, Ríos había servido en la frontera, allá en el sur, donde los feroces mapuches seguían resistiendo la invasión a sus territorios, iniciada hace más de tres siglos; el 1° Ríos, había aprendido de los indios el arte del sigilo; desagradable sorpresa para un ejército regular habían sido los “gateadores”; un grupo seleccionado de guerreros mapuches, que en caso de combate debían aproximarse utilizando el terreno, hasta sus enemigos y liquidarlos cuerpo a cuerpo, la naturaleza le había dotado al 1° Ríos con un gran instinto para medir el peligro y una habilidad prodigiosa para infiltrarse sin ser detectado, incluso en el más custodiado de los campamentos mapuche.

Apenas había desapareció por entre las sombras, cuando el resto de los hombres se dispuso a esperarle en silencio y con bala pasada en sus carabinas Winchester modelo 1873, al tiempo que el oficial intentaba taladrar la oscuridad con su mirada, mientras desenfundaba su revolver, un Colt no reglamentario, pero sí muy confiable.

Tensos por la espera y peligro de que algo saliera mal, ninguno tuvo conciencia de cuanto tiempo pasó, más de una vez incluso su propia respiración o la del compañero más cercano les parecía obscenamente ruidosa, pero a pesar de lo incomodo de la posición, ninguno de ellos titubeo un segundo, cuando una silueta apenas distinguible se dirigió hacia ellos, no fue necesaria una orden, rápidamente las armas apuntaron en su dirección, incluso el Alférez amartillo lentamente su revolver.

¿Quién vive? – Preguntó una voz apenas audible en dirección a la sombra, esta se quedó quieta y desapareció, durante una fracción de tiempo que pareció eterno los hombres apretaron suavemente los gatillos hasta que se escucho un murmullo apenas audible – ¡Chile! –el Sargento Ríos había regresado de su misión; un suspiro generalizado aflojó la tensión, el Sargento se arrastró silenciosamente hasta el Alférez y dio su informe – Hay muchos parapetos llenos de enemigos en todo el frente, más atrás hay una suerte de fortín al que no pude llegar, parecen ser gente recluta, pero están en guardia y no se ven para nada desmoralizados – ¿Cuántos crees que haya frente nuestro? – No se bien, al menos debe ser una compañía, conté como 60 u 80, probablemente a izquierda y derecha de la posición deben haber más – Araya asintió, y deseo haber tenido un mapa para marcar la posición enemiga, pero no se lo habían dado antes de partir – De acuerdo, ya sabemos entonces, si el ejército avanza por acá, tendrá que pasar peleando – El Alférez guardó su revolver en su funda y dio la orden de retirarse a los caballos; tan silenciosamente como llegaron los hombres marcharon hacía retaguardia.

De eso, había pasado más de una hora, y ahora la pequeña columna marchaba rumbo al este, pasando hacía algún rato la hoguera que era el pueblo de Surco; la razón de elegir aquella ruta, más que seguir una orden, decía más bien relación con el hecho de que para el Alférez Araya no resultaba suficiente el resultado de su misión, mientras marchaban recordó la aventura de su compañero el Alférez Agustín Almarza, quien al inicio de la campaña, tras el desembarco y ocupación de San Pedro, había recibido orden directa del mismísimo General Baquedano de abrirse paso “a cualquier precio” desde Curayaco hasta el lugar donde encontrara a la Brigada de Lynch, que avanzaba por tierra desde Pisco, la temeridad con que había cumplido su comisión, le habían valido al “Cucho” Almarza el despacho de Teniente; misma situación que le había valido no hace muchos días, ser citado en la orden del día y los despachos de Teniente al Alférez Vivanco del “Granaderos a Caballo”, quien demostró su temerario valor el combate de Ate el 9 de enero.

Una claridad mínima en el ambiente comenzó a notarse, el Sargento Ríos, que hacía las veces de segundo al mando, llamó la atención sobre el ruido de cascos que se escuchaban muy cerca de ellos, en una arboleda junto a un muro, los hombres se detuvieron en seco ante el gesto del Sargento – ¿Nuestros? – Preguntó en un susurro el oficial a su Sargento – Lo dudo – fue la respuesta, Araya tenía que tomar una decisión rápida, talvez en otro momento o circunstancias lo hubiese pensado mejor, pero en ese estado de cosas estaba dispuesto a asumir el riesgo, el Ruido del otro grupo de hombres se detuvo y se sintieron algunas voces apagadas, Araya había tomado su decisión y susurró – Sables, los cargaremos – La voz de “sables” recorrió la pequeña columna.

Por unos segundos, el tiempo pareció detenerse, luego los hombres de Araya, sacaron lo más silenciosamente posible sus afilados sables y esperaron la orden, desde el otro grupo de hombres se escuchó una voz con inconfundible acento peruano – ¿Quién vive? – La respuesta fue – ¡¡¡A la carga!!! –sorprendiendo totalmente a los diez jinetes peruanos que formaban una patrulla adelantada.

Aunque se sintieron algunos disparos de carabina provenientes de la patrulla enemiga, el entrevero no tardó en resolverse a favor de los hombres de Araya, los peruanos rápidamente se retiraron al galope, al tiempo que desde las posiciones cercanas se abría un intenso fuego sin dirección definida, Araya reunió a sus hombres y al trote corto se retiró.

La breve escaramuza dejó un saldo de dos peruanos muertos y dos “Cazadores” heridos a bala, el Sargento Godoy llevaba ensartado en la punta de su sable, como recuerdo de la escaramuza un kepí enemigo tomado del suelo, uno de esos que llamaban Ros de Olano, en honor a un militar español, los hombres se retiraron contentos, habían conseguido su tan anhelada cuota de gloria.

jueves, 17 de enero de 2013

CAPITULO VI



CAPÍTULO VI

CAMPAMENTO DEL REGIMIENTO CIVICO “VALPARAÍSO”
A RETAGUARDIA DE LA III DIVISIÓN

La Provincia de Valparaíso había realizado un generoso aporte en hombres al esfuerzo de la guerra, todos daban por hecho que  el grueso de los 3.000 o más hombres que vestían el uniforme de la armada eran oriundos del puerto, pero además en el ejército, al Regimiento “Valparaíso” organizado para remplazar al batallón del mismo nombre, y que había sido formado con la policía municipal, se sumaban los Batallones “Artillería naval” y “Quillota”, además del Regimiento “Lautaro”, de suerte que los porteños representaban alrededor del 15% del total de soldados que amenazaban Lima.

De todas las unidades del ejército se decía que habían muy pocas tan bien uniformadas como los hombres del puerto, y es que sus equipos habían sido costeados por algunos de los personajes con mayores fortunas en Chile, destacando el aporte de Agustín Edwards, eso se sumaba al hecho de que por un desconocido azar la tropa del Regimiento era en promedio más alta que los de la mayoría de los otros cuerpos.

Oficialmente aún no se levantaba el día para los miembros del cuerpo porteño, pero muy pocos de ellos dormían en esos momentos, “el aire huele a muerte” habían dicho algunos, augurando un nuevo combate, y si bien los oficiales hablaban de los rumores de un posible acuerdo de paz, no habían podido sustraer del ambiente de pesimismo que se había ido apoderando de la unidad.

Un joven subteniente sentado en un cajón de municiones meditaba en silencio sobre su experiencia guerrera, hacía no mucho había recibido sus despachos de “Aspirante” a oficial, un rango que le hacía tener los mismos privilegios y responsabilidades que un “Subteniente”, pero con solo la mitad de sueldo, hijo de un inmigrante llegado de Alemania, que se había establecido en el principal puerto de la República, ya pocos de los que le conocían recordaban este origen, de forma que cuando a mediados del año anterior se supo que se organizaría un nuevo regimiento en el puerto, Ramón no pudo sino rogar a su familia el beneplácito para enlistarse 
– Pero si usted apenas sabe limpiarse la nariz y quiere ir a la guerra – fue el primer comentario de su padre, pero la resistencia fue meramente simbólica, “los Frex son los seres más porfiados de Europa, por eso me echaron de allá” solía decir en son de broma y en el joven Ramón Frex ese rasgo parecía haberse acentuado aún más; de esta forma y tras ingentes gestiones de su padre ante viejos conocidos de la colonia Alemana de Valparaíso había conseguido el apoyo necesario para ingresar en el Regimiento con un rango superior al de soldado.

Distraídamente, con una mano tocaba la gran “V” de genero que utilizaban en el brazo izquierdo como marca táctica del Regimiento todos los miembros de la unidad, la guerra no era como se la había imaginado, la mayor parte de la vida militar era monótona, en su vida recordaba haber caminado tantas leguas como en los últimos meses, aún estaba fresco en su memoria el apretón de estomago ante los primeros disparos en el bautizo de fuego de la unidad, no es que se sintiera avergonzado de su actuación, y es que el Comandante Marchant, jefe del Regimiento, había sido muy explicito al hablar con la oficialidad más joven – Oficiales siempre al frente mandando con el ejemplo, los soldados siempre siguen a los valientes y menosprecian a los cobardes – Y en el “Valparaíso” aquella máxima se seguía con sumo rigor, sin embargo, aún le molestaba la sensación de temor al saber que desde “el otro lado” uno o más peruanos estaban dispuestos a matarlo.

Se decía así mismo, a modo de consuelo que a pesar de sus quejas al menos las comidas eran regulares, y su ordenanza se las había arreglado muy bien para conseguir abundantes pertrechos de boca, y es que a pesar de la seriedad exterior del Subteniente, solía estar casi siempre hambriento, por suerte los oficiales de la 2ª compañía del II Batallón habían formado un grupo cohesionado, de suerte que se había establecido la sana costumbre de realizar las comidas en común.

– No la piense tanto mí Suteniente – La voz del ordenanza, le trajo de nuevo a la realidad, en un gran jarro de loza tomado quien sabe de donde, este le alargaba un humeante café – Me conseguí también sopaipillas con el ranchero – Ramón agradecido de la buena voluntad del hombre encargado de servirle, no quiso preguntar como había convencido al ranchero, pero si podía imaginar que seguramente las habría cambiado por “algo” de lo que encontró en Chorrillos; luego del primer trago, observó que el ordenanza traía con el un lápiz y un papel, y recordó que el hombre le había pedido que le escribiera una carta a su familia, él mismo sintió la nostalgia del hogar lejano, y no pudo dejar de pensar en la frase “huele a muerte”, mientras que al este el sol comenzaba a anunciar que pronto asomaría.

CAPITULO V


CAPITULO V
NOCHE DEL 14 AL 15 DE ENERO DE 1881

BATERÍA DEL PINO



El Teniente Coronel Manuel Gonzáles Prada apenas si había logrado dormir la noche del 13 al 14, y aunque el agotamiento le había obligado derrotado la noche que moría, las emociones de los últimos días le habían obligado a levantarse cerca de las 4 de la mañana. 

Desde entonces con un anteojo de campaña observaba con un morbo incredulo los incendios de Chorrillos y los otros pueblos capturados por los chilenos. 

A la luz del macabro espectáculo recordó una de las muchas bolas que se escuchaban en el campamento después de la batalla “se dice que estos bestias fusilan hasta los bomberos que intentan apagar los incendios”; la incredulidad inicial había dado paso lentamente al temor de que lo que se decía fuera cierto.

Mirando fijamente la antorcha en la que se habia transformado el pueblito de Surco, pensó que lejos quedaban los que había llamado “días de los entorchados”, en que la mayor parte de los miembros del Ejército de Reserva de Lima marchaban orgullosos y con la frente en alto a los ejercicios diarios a los que eran llamados por las campanas de todas las iglesias de la capital, ahora al calor de los incendios y de la polvora habían sido reemplazados por los “días de los guerreros”, donde el heroismo petulante desplegado ante las limeñas, había dado paso al temor, las grandezas y bajezas.

Con una mezcla de ironía y negro humor, había comentado durante la última cena al hijo de Bolognesi, Francisco, quien también servía en la Batería, que cuando se formó la Reserva, en Julio a él sin ninguna experiencia o mérito le habían dado el grado de Capitán, y que en diciembre, cuando ya la batalla era inminente le habían ascendido rápidamente a Teniente Coronel – De haberse esperado los chilenos hasta Marzo, no me hubiese extrañado que me hubieran encontrado como General –

Sin embargo, también recordaba amargamente los incidentes tras la batalla; grandes pelotones de fugados de la primera línea, habían cruzado frente a la batería, pero muy pocos se habían dirijido al fuerte, o a algún lugar donde existieran tropas organizadas, más bien marchaban directamente a refugiarse a Lima; un Sargento enviado a cargo de una comisión para recoger dispersos y llevarlos a la batería, indignado le comentó – Los cobardes han abierto fuego contra nosotros mientras corrían a la ciudad, esos maricones, esperan que nosotros muramos defendiendolos –

Sin embargo, no todos los dispersos se fugaron, algunos al ver las comisiones se les unieron y fueron conducidos hasta la batería; de entre los hombres que formaban uno de dichos grupos, destacaban un par de indios serranos, sus atuendos eran una mezcla entre lo militar y lo autóctono; ambos hombres estaban visiblemente shockeados, quien sabe que peripecias habían debido pasar para llegar a retaguardia, pero aún así conservaban sus curiosos sombreros y sus fusiles, no hablaban mucho español, pero si lo suficiente para señalar que eran “Morocuchos”, un nombre que no les dijo mucho al grupo de oficiales que les interrogaba, irónicamenete Gonzales pendó al observar la escena “esta es la versión más sudaméricana de los zuavos”; un Cabo al que llamaban “el pirata” porque le faltaba un ojo, que aseguraba haber perdido en las campañas del sur, tomó el fusil de uno de los serranos, tras mirarlo unos instantes dijo – Este fusil está nuevo ni siquiera lo han disparado – al ser interrogados de por que no habían disparado contra el enemigo, uno de ellos respondió tras varios intentos en su medio español, que no habían podido cargar sus armas, esto provocó muchos comentarios, pues a juicio de “el pirata” señaló que el mecanismo estaba en perfecto estado, de modo que para terminar con el misterio se ordenó a uno de ellos “carga tú rifle”, las caras de incredulidad de los oficiales había sido mayúscula cuando vieron al soldado intentar cargar su arma por la boca del cañón, tal como se hacía con los viejos fusiles de chispa, la situación desencadenó entonces la furia de uno de los varios Coroneles que servían en la Batería, quien no dudó un segundo en propinar un fuerte golpe al hombre que tenía más a la mano – Indio imbécil – el serrano sorprendido no reaccionó cuando un empujón lo hizo caer al suelo – cobarde, mal peruano – fueron los epítetos más suaves con los que lo bombardeó al tiempo que descargaba su furia sobre el soldado.

No lo sabía Gonzáles, pero los dos hombres que tenía al frente pertenecían al Batallón de “Morocuchos” que se había formado en Ayacucho, por iniciativa del Coronel Pedro José Miota, en septiembre de 1880, y tras una muy elemental instrucción, el 12 de octubre habían iniciado la marcha a Lima, donde arribaron a principios de noviembre, su acantonamiento fue la estancia “Manzanilla”, donde efectivamente recibieron fusiles Minie para el servicio, mismos que se cargaban por la boca del fusil, y que muy poco antes de la batalla se les habían cambiado en parte, por armas más modernas, y que por falta de instructores adecuados y tiempo no todos los integrantes de dicho cuerpo habían logrado ser instruidos adecuadamente en su manejo, de allí la confusión de los pobres soldados al realizar la operación ante el Coronel.

En medio de los insultos Gonzáles decidió defender a los hombres – Oiga mí Coronel, estos pobres son más dignos de compasión que golpes – Pero el Coronel fuera de sí, continúo dando golpes al soldado que solo atinaba a cubrirse la cabeza; de este modo Gonzáles perdió el control y tomando fuertemente por el antebrazo al Coronel le había detendo al tiempo que le decía – Si pone usted las manos en otro soldado, tendrá usted que habérselas conmigo – el gesto, las palabras y la mirada furiosa del Comandante habían bastado para terminar con la paliza al soldado, sin embargo, el Coronel furioso de un tirón se liveró al tiempo que le enrostraba al Comandante su calidad de reservista.

– Soy un Coronel de Ejército, y usted es un “cachimbo” – le gritó con desdén, produciéndose un tenso silencio entre los hombres, por un  momento pareció, que los altos oficiales hecharían manos a las armas, sin embargo, el Comandante Gozáles si bien puede que no haya sido un experto en los lances donde las bayonetas eran los argumentos decisivos a la hora de convencer a otro de la fuerza de sus argumentos, no era un hombre corto en palabras, o de los que se dejase intimidar por estas, casí sin pensarlo, como lo hubiera hecho en el salón de cualquier club de caballeros disparó certeramente las palabras.

– Si fuera usted un militar de honor, no se hallaría en la Reserva, sino batiéndose con la tropa de línea – 
El Coronel se puso pálido de ira, y por un segundo se quedó pasmado sin atinar a decir nada, sin que se diera cuenta fue dio media vuelta y se alejó refunfuñando. 

Gonzáles dueño del campo tras esa pequeña victoria, ordenó como si nada hubiese pasado que los hombres traídos a la batería fueran distribuidos para el servicio, muchos hombres sonrieron, y cuchichearon en torno a la torpeza de los serranos, nunca lo sabrían, pero de los poco más de doscientos hombres que formaron en el Batallón “Morocuchos”, solo bastarían los dedos de las manos para contar a los que retornarían vivos a sus hogares, el resto moriría defendiendo la ciudad que parecía despreciarles.

CAPITULO IV


CAPITULO IV
NOCHE DEL 14 AL 15 DE ENERO DE 1881
PUESTO DE MANDO DEL CORONEL ANDRÉS CÁCERES COMANDANTE DEL I CUERPO DE EJÉRCITO (EX IV CUERPO)

Un ayudante se apersonó a la puerta del improvisado despacho del Jefe del Cuerpo, la mayor parte de las casas más lujosas del sector ya estaban ocupadas cuando el Comando del Cuerpo debió instalarse; sin embargo a pesar de la improvisación reinante por todos lados, el oficial no pudo sino llamarle la atención del orden reinante en este comando, esperando ordenes dos jóvenes ayudantes esperaban prestos a salir, al tiempo que ordenanzas cuidaban los caballos ya ensillados; otro oficial con aspecto cansado, reprimía un bostezo, pero seguía transcribiendo órdenes para los distintos cuerpos de tropas y reparticiones.

Al entrar al despacho, el oficial pudo ver al Coronel, Comandante del Cuerpo sentado tras un tosco escritorio, al tiempo que otros oficiales se movían afanosos, se acercó hasta que el Coronel reparó en él y le puso atención, entonces, cuadrándose reglamentariamente informó – Parte del Estado Mayor General mí Coronel – Cáceres devolvió el saludo y estiró la mano, el oficial sacó de su cartera un legajo de sobres, y los alargó al Coronel; hacía poco menos de una hora que Cáceres se había levantado, pero al igual que Pedro Silva, poco había podido dormir.

Tras estudiar rapidamente los documentos, siguió con la vista puesta en uno que ya estudiaba desde hacía algún rato, era el detalle del estado del personal del Cuerpo, lista que había ido creciento conforme se reorganizaban las unidades, y parte de los dispersos de San Juan se unían a sus cuerpos.
El Coronel parpadeo un par de veces al ver la suma final; a pesar del esfuerzo desplegado aún no era el ideal, la tenue luz que iluminaba la estancia hizo muy visible la cicatriz que mucho tiempo atrás una bala le dejara cerca del ojo, tras unos segundos en silencio al fin habló
– Esto es definitivo – Preguntó en tono perentorio

– Si mí Coronel, esta basado en la última lista de anoche, debí esperarlo antes de venir, pues aún estaban confeccionandolo, fue el último documento que me entregaron –

Cáceres a la sazón de 44 años, era uno de los oficiales más destacados del ejército peruano, entró siendo casi un niño al servicio, en el año 1854, cuando se alistó a raíz de rebelión de Vivanco, además era un veterano de la guerra civil del 1856, y en su bocamanga derecha llevaba cocido el parche bordado que lo acreditaba como defensor del Callao el famoso 2 de mayo de 1866, sin embargo, su nombre se había ligado indeleblemente al “Zepita” batallón de infantería de línea que comandara desde el año 1872, hasta la campaña de Tarapacá.

Durante la guerra había participado activamente, siendo nombrado comandante de la 2° División del I Ejército del Sur, en la campaña de Tarapacá, fue uno de los actores principales de la sangrienta victoria en la quebrada del mismo nombre, el 27 de noviembre de 1879, tras el desastre que supuso la batalla de Tacna, fue llamado desde el sur para la defensa de Lima, originalmente se le había confiado el comando de la 5° División del Ejército del Centro, y cuando se organizaron los Cuerpos de Ejército, le dieron el mando del IV, el segundo más grande después del I de Iglesias, el 13 sus hombres habían peleado bien en San Juan, pero los batallones habían sufrido muchas bajas durante la batalla y la retirada.

Ahora tras la debacle, su Cuerpo había sido reorganizado, rebautizado como I, y al igual que los Cuerpos de Dávila y Suarez disponía solo de dos divisiones, una menos que para la anterior batalla, como compensación se le había agregado un batallón y una compañía improvisados con dispersos de varios cuerpos desaparecidos en la batalla anterior, además se le había prometido enviar a su zona una unidad fresca del Callao, una cuyo nombre le sonó algo extraño, se trataba de la “Brigada Naval”, sin contar estas tropas su Cuerpo solo agrupaba en números redondos a 2.500 soldados, número que se le antojó muy reducido para frenar al potente ejército chileno que acampaba sobre los aún humeantes escombros de lo que fuera el famoso balneario limeño de Chorrillos.

Cáceres frunció el entrecejo, su apoyo más próximo debía ser otorgado por el Ejército de Reserva de Lima, más específicamente por los batallones número dos y cuatro, de la 1° División de Reserva, los que cubrían los reductos del sector, y aunque oficialmente no estaban bajo su comando, sumaban alrededor de 700 u 800 soldados “Qué estupidez” pensó el Coronel “dos cadenas de mando, superponiéndose en un mismo sector”; a diferencia de otros Cáceres tenía una relativamente buena impresión de los soldados de reserva, los batallones eran pequeños, pero a su juicio, los hombres compensaban cualquier falencia con determinación, “los cobardes y pusilanimes ya se fueron, los que quedan no correran a los primeros disparos”; los jefes de la reserva habían mostrado la mejor disposición el día anterior, cuando el Coronel visitó los reductos, sin embargo, le pareció bastante extraño, por decirlo de alguna manera, ver a varios conocidos suyos, incluso cuando se acercó a un conocido Juez de la Capital que ahora era oficial del Batallón N° 2, este le había dicho – Ya ve don Andrés, ayer mandaba en mí despacho, hoy mis únicos despachos son los de Capitán de Infantería –

Y Cáceres se sintió emocionado ante dicha muestra de patriotismo, si tan solo lograra que el resto de los hombres tuviesen un poco más de confianza en el triunfo, entonces, el enemigo sería incapaz de entrar a Lima.

A lo largo de los años y de numerosos combates, tanto internos como contra los enemigos externos, Cáceres había llegado a convencerse de que tan importante como tener los medios para el combate, era necesaria una “voluntad de victoria”, un elemento subjetivo, tan antigüo como se podía recordar, y del que incluso los romanos se valieron más de una vez durante las inumerables crisis que debieron sortear, a su juicio solo después que los romanos renunciaron a este simple principio, cuando ya no desearon prevalecer sobre los otros pueblos que les asediaban, prefiriendo pagar “un precio en oro por la paz” que “vencerlos sin importar el sacrificio” que empezó la verdadera decadencia de su mundo.
Cáceres fijó su atención entonces sobre los documentos que acababa de recibir, y pudo leer sus órdenes, incrédulo, releyó la firmada por el Jefe de Estado Mayor General Pedro Silva, haciendo una mueca con el labio preguntó a uno de sus subordinados – ¿Redactaron ya la orden del día? – Sí mi Coronel – Pues hay que hacerla de nuevo – Cáceres tomó el lápiz del escritorio y tras vacilar un segundo firmó una copia del documento recibido, acusando recibo del mismo, al tiempo que lo alargaba de vuelta al oficial que se la había entregado; no le agradaba mucho la idea de realizar una revista con el enemigo victorioso al frente, pero que diablos órdenes eran órdenes, tras un segundo de silencio Cáceres siguió adelante – Necesito que se me confirme por parte de los jefes de cuerpo, si sus tropas están debidamente amunicionadas, y necesito que se me informe antes de las nueve de las municiones que mantenemos en el parque, si estalla una batalla no sería grato quedarnos sin balas – 

Tras recibir su copia el oficial se retiró, de regreso al Estado Mayor General, no le quedaba dudas de que en caso de lucha, los hombres del Cuerpo de Cáceres opondrían sin duda una gran resistencia, mientras se alejaba pudo aún escuchar a Cáceres dirigiéndose a otro oficial – Hay que asegurarse de que las capsulas correspondan a las del armamento de la tropa, menos grato es encontrarse que hay balas pero no sirven, de modo que coordine usted con los jefes de batallón para alistar un adecuado transporte de municiones desde el parque hasta el frente, también asegurese de saber de que sistema son las municiones que usan en los reductos, ello puede ser de vital importancia en caso de que debamos compartir municiones con el ejército de reserva –

capitulo III


CAPITULO III

NOCHE DEL 14 AL 15 DE ENERO DE 1881
PUESTO DE MANDO DEL CORONEL PEDRO LAGOS COMANDANTE DE LA III DIVISIÓN CHILENA

El Regimiento “Santiago” era el único Regimiento de Línea, es decir del ejército regular, de la 3ª División del Ejército chileno, una fuerza que por diversas circunstancias se hallaba reducida a unos 4.400 hombres, la mayor parte de ellos Guardias Nacionales, que solo con la excepción de los “Navales” de Valparaíso, apenas si habían hecho vida de guarnición.

Su comandante, era el Coronel Pedro Lagos Marchant, quien en esos momentos bebía la taza de café que un ordenanza había mezclado con un poco de aguardiente a fin de hacerla más fuerte, y es que desde el inicio de la campaña, cuando se ocupó el puerto peruano de Pisco a medio camino entre Arica y El Callao, lugar donde además se producía el excelente aguardiente del mismo nombre, este se había ido transformando en muy apreciado a lo largo de toda la cadena de mando del Ejército chileno.

De amplia frente, y mirada penetrante, Pedro Lagos era uno de los jefes más caracterizados del Ejército, sin embargo las bolsas bajo sus ojos, daban cuenta del hecho de que el Coronel no había dormido mucho en los últimos días, agachado ante un mapa, escasamente iluminado por dos cabos de vela, Lagos observaba sin hacer comentarios, los hombres que le rodeaban, sus ayudantes y su Estado Mayor esperaban pacientemente en silencio – ¿Es lo mejor que me han podido conseguir? – preguntó al más cercano de sus ayudantes – Ese lo conseguimos hoy en una casa de Barranco, antes de prender fuego al pueblo mí Coronel, es pequeño, pero parece mejor que el que nos dio el Estado Mayor General – Lagos frunció el ceño, en ninguna campaña o guerra, de las que había librado la República hasta ese momento un ejército chileno había contado con los recursos materiales conque disponía en ese momento, si hasta se le había dotado incluso de una imprenta, donde el Estado Mayor General, con asesoría del Servicio Hidrográfico de la Armada, encabezado por el Capitán de Navío Francisco Vidal Gormaz, había impreso para uso de los distintos comandantes del ejército unos pésimos mapas terrestres, y es que los hombres en general se tenía poco conocimiento del terreno del Teatro de Operaciones, razón por la cual debieron realizarse una serie de intensos reconocimientos, que permitieron actualizar algo la información, pero ahora que se había superado la primera línea de defensa peruana, nuevamente se estaba ante terreno desconocido.

A pesar de ser enero, y existir lo que se podía llamar un clima excelente, Lagos mantenía desde hace algunos días una desagradable molestia en la garganta, de modo que uno de sus ayudantes le había facilitado una bufanda blanca con la que se envolvía el cuello, los hombres le observaban, veían como la amplia frente de su oficial superior se arrugaba, seguramente producto de la profunda reflexión que debía estar haciendo en base a los informes que le habían entregado, a pesar de que la estancia estaba suavemente iluminada por las velas, podían ver claramente como el bigote del Coronel se movía, producto de suaves murmuraciones que se hacía a sí mismo.
El Coronel era considerado una leyenda por sus hombres, se comentaba frecuentemente entre estos que había iniciado su vida de militar “entre la tropa” y que a base de merito había ido ganando sus barras de oficial.

Antes de la guerra, había llegado a comandar al Batallón 4° de Línea, uno de los cuerpos más destacados del Ejército regular, el que había dirigido incluso durante las campañas araucanas, pero por sus ideas políticas, había sido llamado a retiro parcial por el Gobierno; viviendo modestamente con un medio sueldo, parecía que estaba llamado a pasar el resto de su vida en un oscuro anonimato; pero la guerra, obligó al Gobierno de Pinto a llamar a servicio a todos los jefes y oficiales disponibles, a Lagos, que por su experiencia merecía comandar una unidad de Línea, pero que por sus antecedentes podría significar problemas políticos, se le encargó organizar un nuevo Regimiento, no de Guardias Nacionales, sino que el único Regimiento de Infantería de Línea, que se había organizado hasta entonces, el “Santiago”, mismo que a diferencia de los demás cuerpos de Infantería de Línea, tenía solo el nombre y no un número asignado.

Una vez que su unidad, formada con una mezcla de voluntarios sin experiencia, veteranos retornados al servicio y que no encontraban colocación en sus cuerpos de origen, aventureros, e incluso algunos delincuentes condenados por delitos menores sacados de la cárcel de Santiago, a los que se les ofreció conmutarles sus sentencias por el servicio a la patria, se encontró en un pie más o menos aceptable de instrucción, fue enviado al norte, donde cubrieron largamente guarnición en el punto más adelantado de las posiciones chilenas en la zona, fue en dicho lugar, de frente al enemigo, donde “sus niños” sostuvieron algunos encuentros menores, Lagos apoyado decididamente por su segundo y tercero al mando, los eficientes Barceló y León, terminaron la instrucción de la tropa; producto de esto, lo que entonces se consideró un “buen trabajo”, el hasta entonces Teniente Coronel comenzó a recibir mejores comisiones, dirigiendo algunas pequeñas expediciones en Tarapacá, y ascendiendo al grado de Coronel, viendo catapultada su carrera a lo que pareció el cielo, en efecto, fue nombrado Jefe del Estado Mayor General, el segundo cargo en importancia en la estructura del Ejército.

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro, frecuentes choques con el Comandante en Jefe, General Erasmo Escala, hicieron que los dos hombres más importantes de ese momento en el ejército chileno, y que se suponía debían actuar coordinadamente, como un solo hombre con dos cerebros, terminaran no hablando entre sí, en este estado de tensión bastaba una simple chispa para que, aquel polvorín explotase, y en efecto llegó de la manera más dolorosa para Lagos, le tocaron el Regimiento “Santiago”, por un asunto disciplinario menor, Escala ordenó el arresto de Barceló, el ex segundo al mando de Lagos, este asumió la situación como un insulto personal, cuento corto, el Coronel recibió orden de dirigirse al sur a “calificar servicios”, dicho de otra manera, su carrera militar había terminado de no mediar un milagro.

E increíblemente, ese milagro ocurrió, el General Escala también enemistado con el Ministro de Guerra Emilio Sotomayor, a raíz del apoyo que este le brindara a Lagos, lanzó un ultimátum al Gobierno, “el Ministro o yo”, y contra los cálculos del General, el Gobierno eligió al Ministro; de esta forma el hasta entonces, salvo por su brillante triunfo en la toma de la cuesta de Los Ángeles, oscuro General Manuel Baquedano González, asumió el comando en jefe del Ejército, y Lagos fue llamado nuevamente al frente, esta vez como ayudante del Comandante en Jefe, esto no significaba mucho menos un retorno triunfal, pero sí una oportunidad, y poco después de la sangrienta batalla de Tacna, esta se concretó, Baquedano, encargó a Lagos la toma de la plaza de Arica, el último reducto peruano en la zona, la posición estaba defendida por dos pequeñas divisiones de infantería, pero con buen sistema de atrincheramientos, minas eléctricas y mucha artillería, incluyendo la presencia del Monitor “Manco Capac”, lo que hacía de Arica una plaza formidable, de modo que todo hacía presagiar un largo y sangriento sitio, pero Lagos supo ponerle fin rápidamente, y a un costo más que aceptable, alrededor de 400 bajas entre muertos y heridos.

Tras el fracaso de las negociaciones de paz, realizadas en el “USS Lackawana”, el Gobierno chileno había optado por acelerar la mayor y más ambiciosa expedición emprendida hasta entonces, el objetivo fijado al Ejército fue ni más ni menos que Lima, la capital del Perú, y él, Pedro Lagos, había recibido uno de los puestos más importantes para la ocasión, comandante de una de las tres divisiones del Ejército, de hecho fue originalmente el único comandante de división de rango inferior a General de Brigada.
Por fin, Lagos dejo de murmurar para sí, se había hecho un cuadro de situación bastante claro – Comandante – dijo dirigiéndose a su Jefe de Estado Mayor, uno de los hermanos Gorosteaga – Es menester que hagas un reconocimiento del frente, sabemos que el enemigo mantiene muchas tropas atrincheradas al norte del río Surco, y en caso de que tengamos que combatir, no conocemos el terreno en que debemos movernos – luego agregó tajante – La tercera es la única división que se encuentra en el frente de batalla, y en caso de un ataque enemigo deberíamos resistir en solitario al menos una hora antes de recibir refuerzos – El aludido, José Eustaquio Gorosteaga, asintió, compartía el juicio de Lagos, luego agregó al tiempo que recorría con su dedo el mapa – La 1° División de Lynch descansa en los alrededores de Chorrillos, mientras que la 2° de Sotomayor lo hace sobre San Juan, ambas están demasiado retiradas para llegar rápidamente al frente en caso de un ataque, solo podríamos contar con la reserva, que sabemos acampa en algún lugar a nuestra retaguardia – Lagos asintió, cierto era que el 13 habían dado cuenta de una buena porción del ejército peruano, pero poco se sabía de la segunda línea de defensa y las tropas que la guarnecían, habían oído muchas cosas al respecto, pero existían pocas certezas, se calculaba que el grueso de los defensores pertenecerían a una reserva de cívicos, que habían comenzado su instrucción a mediados del año anterior, se sabía también que la escuadra chilena no había tenido mucho éxito en capturar los numerosos transportes con armas que habían llegado vía Panamá, de modo que se les presumía bien armadas, especialmente con rifles de largo alcance Peabody, mismos que constituían una de las más desagradables armas del ejército peruano, peor aún había sido encontrar al servicio del enemigo muchas piezas de artillería de fabricación local, donde se destacaban unas copias casi idénticas de cañones de montaña Krupp de calibre 60 mm, y que pese a los interrogatorios a que habían sido sometidos mucho de los artilleros prisioneros solo habían logrado establecer que estas se fabricaban ahuecando ejes de ferrocarril, pero no había logrado saber cuantas y desde cuando se habían estado fabricado.

Pero la orden de Lagos, aunque correcta, pero en apariencia tímida, pues se trataba solo de un elemental reconocimiento del frente, era todo cuanto podían hacer de momento pues se había anunciado que existía la posibilidad cierta de una rendición definitiva del enemigo; durante el día se había enviado como plenipotenciario a don Eulogio Altamirano, acompañado del Coronel enemigo Miguel Iglesias, quien hasta hace muy poco fuera Ministro de Guerra y comandante del I Cuerpo de Ejército, y que había sido capturado durante la batalla del día 13, también se decía que el Cuerpo Diplomático acreditado en Lima también había comenzado gestiones al respecto, de hecho Lagos era uno de los pocos que sabía que el General Baquedano ofuscado por la actitud altanera de Piérola ante Altamirano, había estado apunto de obviar los esfuerzos de los diplomáticos, en efecto, el General en jefe se había negado a atender al Cuerpo Diplomático acreditado en Lima, que había solicitado audiencia a altas horas de la noche, pero que finalmente había optado por conceder entrevista a los Ministros durante la mañana del día siguiente, y es por esta razón que había que evitar a toda costa el estallido accidental de una nueva batalla, pues si los peruanos estaban dispuestos a entregar Lima sin combatir, entonces otra carnicería carecía de sentido, ello al menos hasta que se despejara la incógnita diplomática.

Un Capitán ayudante, salió rápidamente para cursar las ordenes pertinentes, conforme a la costumbre de Lagos había que preparar todo rápidamente, así fue que el ordenanza del Jefe de Estado Mayor, salió a ensillar uno de sus caballos, al pasar junto un Sargento del Carabineros de Yungay jefe de la guardia que cuidaba los animales de los oficiales superiores de la División se vio interrumpido – Y García …. ¿Qué dicen los jefes? ¿Peleamos o entramos marchando a Lima? – Lo cierto compañero, es que ni don Pedro ni don Eustaquio han querido confiarme el plan, y solo me consideran digno de ensillarles el caballo – Pero tú algo habrás escuchado pues – Puede que sí, pero necesito un cigarrito pa recordar – El Carabinero sonrió y sacó uno que recién había liado y se lo alargó al ordenanza – Sabís que hay pena de vida pal que haga fuego – El ordenanza hizo una mueca entre sonrisa y resignación – Pero usted es un hombre de recursos gancho – al tiempo que le tocaba el poncho al Carabinero – Sea, entonces… – El Sargento hizo una seña a un soldado muy joven que se había mantenido a distancia de los dos hombres – Martínez ensíllale el Bayo a mí Comandante Gorosteaga – Los dos hombres se alejaron un poco, había mucho que conversar, la tensión vivida desde la batalla del 13, hacía que los hombres estuvieran habidos de información, y hasta el más elemental detalle era sumamente comentado, y uno de los ordenanzas de los jefes era en apariencia una de las mejores fuentes de información.

Al poco rato el Comandante Bulnes, comandante de los carabineros ya había designado la escolta que debía acompañar al Jefe de Estado Mayor, Lagos solicitó un nuevo café, y el ordenanza se acercó el caballo del Coronel Gorosteaga, los otros oficiales del pequeño Estado Mayor divisionario también se prepararon para montar, mientras un pequeño grupo de “Carabineros de Yungay” abrigados bajo gruesos ponchos de castilla, y que les servirían de escolta, les observaban impacientes, por fin tras algunos minutos el grupo, encabezado por el Comandante Gorosteaga se puso en movimiento; Lagos anotó la hora en una pequeña libreta, el grupo de jinetes se dirigió hacía la costa, desde allí, Gorosteaga planeaba dirigirse hasta lo más cerca que pudiese llegar del famoso lecho del Río Surco, y entonces recorrerlo en dirección Oeste a Este, y era que sin conocerlo aun efectivamente, al Oficial le pareció que sería el lugar más obvio para establecer la línea de batalla.