CAPÍTULO
IX
MOMENTOS
DECISIVOS
GENERAL
MANUEL BAQUEDANO GONZALEZ COMANDANTE EN JEFE DEL EJÉRCITO CHILENO
REALIZANDO
UN RECONOCIMIENTO DE SUS LÍNEAS Y LAS POSICIONES PERUANAS
NICOLÁS
DE PIÉROLA JEFE SUPREMO DE GOBIERNO Y PROTECTOR DE LA RAZA INDIGENA
EN
LA QUINTA SCHELL, CUARTEL GENERAL AVANZADO DEL EJÉRCITO PERUANO
Y
DIVERSOS
ACTORES EN OTROS LUGARES
CERCA
DE LAS DOS DE LA TARDE DEL DÍA 15 DE ENERO DE 1881
Previo
a su encuentro con el Regimiento “Aconcagua” el General Baquedano
se había entrevistado unos instantes con el Coronel Lagos en la casa
italiana, el Coronel se había apersonado hasta la puerta, cuando se
le informó que el General en Jefe entraba en el pueblo, desmontando,
pero sin entrar a la casa, Baquedano saludó al jefe de la Tercera
División, rápidamente este le puso al corriente de la situación,
aprobando el General sus disposiciones, confirmándole que había
ordenado tanto a la Reserva General como a la caballería dirigirse a
Barranco; el General Marcos Maturana, Jefe del Estado Mayor General,
quien también formaba parte del grupo del Comandante en Jefe, le
confidenció antes de marcharse que los tres regimientos de Martínez
que componían la Reserva General, estaban acampados en las afueras
de Barranco a unos pocos minutos del frente en caso necesario
– Mí
General ha enviado orden también a la Primera y Segunda Divisiones
para que levanten sus campamentos y se dirijan a ocupar las
posiciones que se les habían señalado ayer – Velásquez que se
había allegado al ver tantos oficiales juntos le cortó el paso –
Mi General, ¿Donde está situado el Parque General? – El general
con gesto apurado se limitó a decir sobre la marcha – Sigue
estando en la Escuela de Cabos, lo resguarda el “Esmeralda –
Luego apurando el paso alcanzó al resto de la comitiva que ya
montaba para salir hacía el frente.
En
la Quinta Schell, también se respiraba un cierto aire agitado, ya
habían llegado partes de los más importantes comandantes del frente
en cuanto a los movimientos chilenos, en efecto, el Comandante
General de las Baterías ya había enviado dos avisos de que la
escuadra enemiga evolucionaba frente a la batería “Alfonso
Ugarte”, el Jefe de Estado Mayor General, el Jefe del I Cuerpo de
Ejército, y el del I Cuerpo de Reserva también habían avisado de
los movimientos de las tropas chilenas frente a las líneas; sin
embargo, Nicolás de Piérola había mantenido firme sus órdenes de
no romper el fuego contra los chilenos, en efecto, esperaba tener
durante ese día dos importantes reuniones, a medio día con los
representantes diplomáticos, a los que había invitado a almorzar, y
en la tarde otra con las autoridades civiles, representantes de los
otros Poderes del Estado, la opinión de los militares ya le era bien
conocida, y a pesar de que la mayoría opinaba que debían presentar
batalla, le daba la impresión de que ellos hablaban más por la
necesidad de mantener el honor, pero que ninguno de ellos se atrevía
a presagiar un triunfo militar, de esta forma teniendo la opinión de
los estamentos, entonces y solo entonces, tomaría la decisión final
de si continuaba las operaciones militares.
El
General Juan Buendia, quien comandara el 1° Ejército del Sur en
Tarapacá, era uno de los militares en los que más confiaba Piérola,
sin embargo el oficial que había sido incluso procesado por aquella
desastrosa campaña, ya no era aquel hombre de carácter fuerte, de
modo que poco podía decir en cuanto a la verdadera influencia que
tenía, sobre el hombre sobre el que descansaba el destino del Perú.
A aquella hora el General parecía más bien distraído a toda las
voces de alerta, como si pensara en las consecuencias políticas de
la campaña, mostrándose algo indiferente a las operaciones
militares mismas;sin embargo, su semblante cambio al serle anunciado
por un Capitán que los Diplomáticos encabezados por el señor
Tezanos Pintos acababan de presentarse en la Guardia de la Quinta –
Haga que sean conducidos al salón principal, y envie alguien a
informar a Su Excelencia, yo los recibiré de inmediato –
El
General Baquedano se había mostrado preocupado por el espacio
existente entre la línea férrea y las posiciones del Batallón
“Naval”, informado que el Regimiento “Aconcagua”, el mismo
que habían dejado atrás hace un rato era la unidad que no había
tomado posición todavía el General con un gesto de desagrado ordenó
a uno de sus ayudantes marchar en busca de dicho Regimiento – El
“Aconcagua”, “Aconcagua”, debe apresurar su marcha – El
oficial tras cuadrarse salió al galope a cumplir su comisión.
Uno
de los Cazadores que formaba la escolta cuchicheó a uno de sus
compañeros – Mí General parece estar nervioso – El Cabo 1° le
devolvió una mirada mezcla entre incredulidad y decepción –
Parece que usted Sotito es el único que no se da cuenta de que es
cosa de minutos para que comience la batalla, mire bien si el
“Aconcagua” no llega a tiempo, por este forado se colará el
enemigo partiendo en dos a la División Lagos – El aludido abrió
la boca sin saber que replicar, al girar la cabeza hacía el grupo de
jefe que custodiaban vio a dos de los oficiales vestidos con
uniformes navales extranjeros que en otro idioma intercambiaban opiniones al tiempo que uno de ellos señalaba con el dedo a los
fuertes enemigos, y recién entonces comprendió la gravedad de la
situación – La “parca” hará una cosecha muy fecunda este día
–
El
Capitán de Navío Patricio Lynch, había recibido ordenes de ponerse
en marcha hacía el frente, de modo que había remitido las órdenes
pertinentes a sus dos maltrechas brigadas, en la batalla del 13, la
primera División que el comandaba, había soportado lo más pesado
de la batalla, de modo que había sufrido muchísimas bajas,
poniéndose montando a caballo seguido de su pequeño Cuartel General
y Estado Mayor tomó posición para presenciar el paso silencioso de
los veteranos soldados de la I Brigada.
El
General Buendia había dado la bienvenida a los Diplomáticos, estos
habían agradecido el gesto de que tan alto oficial les hiciese los
honores al tiempo que les acompañara a esperar al Jefe Supremo del
Gobierno Peruano, De Vorges, le dijo – General me siento optimista
de que merced el acercamiento que pueda hacer el Cuerpo Diplomático,
los beligerantes puedan llegar a un acuerdo razonable, que mantenga
el honor de ambas naciones – Buendia replicó – Por cierto, que
esperamos que la razón se imponga a la fuerza bruta señoría, pero
tenga por seguro que el Perú no está en ni remotamente cerca de ser
derrotado, créame que entre ayer y hoy las posiciones de nuestro
ejército han sido tremendamente mejoradas, y nuestras tropas
reforzadas – El Ministro Saint John sonrió en un gesto que bien
podía entenderse como un gesto de simpatía o irónico.
Por
fin, haciendo una impresionante entrada desde el segundo piso
apareció Nicolás de Piérola, inmediatamente los oficiales más
jóvenes se pusieron firmes automáticamente, al tiempo que el Jefe
Supremo descendía paso a paso la escala, engalanado con un uniforme
de gala en el que destacaban sus famosas botas federicas de charol,
don Nicolás sonreía, la suya no era una sonrisa forzada de un
hombre sometido a tremendas presiones, sino más bien era como la de
un dueño de casa que recibe viejos e importantes amigos que no veía
hace tiempo.
El
Regimiento “Aconcagua” había abandonado el camino principal
internándose por una huella hacía el este, los hombres, aún se
mantenían en un alegre relajo, el Subteniente Rosales de la tercera
del primero, se adelantó unos metros a su compañía acercándose al
Subteniente Byssivinger de la segunda del primero, que se había ido
quedando un poco rezagado a su fuerza, una vez juntos en un espacio
entre las dos compañías, Byssivinger le convida un cigarro al
tiempo que Rosales le pasa un billete de un Inca “encontrado por
ahí”– Con eso creo te puedes comprar hasta la plaza de Acho en
Lima – ambos hombres rieron.
La
Quinta Brigada de Caballería ha regresado a su campamento, los
hombres han desmontado y forman para almorzar, un Sargento Mariscal
armado con un martillo y una tenaza en sus manos, marcha entre los
caballos acompañado por un Corneta que no se separa de su
instrumento, han decidido no formar para comer todavía, por el
contrario, comienzan a inspeccionar los caballos, saben que hay al
menos dos de ellos cojos, y otros varios que han perdido herraduras
durante la revista, el Sargento maldice entre murmuraciones apenas
entendibles a los chilenos, al ejército y sobretodo a los políticos
que han permitido que las cosas se desmadraran a ese estado.
Nuevos
incendios, amagaban con destruir el pueblito de Barrancos, por sus
calles vagaban muchos chinos, a los cuales los chilenos llamaban
“compales”, por su manera de pronunciar la palabra “compadre”,
y “compañeras”, y también algunos dispersos que buscaban
víveres o algún tesoro abandonado; en las afueras de la población,
la reserva acampaba a la espera de órdenes, con los fusiles armados
en pabellón, y tan pasado medio día el hambre comenzaba a
manifestarse entre los soldados, en varias de las compañías del
Regimiento “Valparaíso”, los oficiales habían decidido enviar a
sus ordenanzas en “comisión de servicio” a buscar víveres en el
pueblo y alrededores, los de la compañía de Ramón habían decidido
enviar a los cuatro asistentes juntos, proveyéndolos de los
caballos, algún dinero y un salvoconducto firmado por el comandante
de compañía “por si acaso”; los hombres se habían mostrado muy
diligentes en el desempeño de su misión, regresando con una
gallina, media docena de huevos, y algunas verduras, interrogados de
cómo lo habían conseguido tan rápido, uno de los ordenanzas
respondió sin dejar de hacer una pequeña fogata – un “compale”
nos vendió la gallina y nos regalo los huevos a cambio de protección
por evitar que lo asaltaran – Ramón sospechó que los asaltantes
del chino pudieron ser los mismos ordenanzas, pero se cuidó de decir
algo; estaba agradecido de que aquellos hubiesen regresado tan
pronto, pues de momento su mayor preocupación en ese momento era
comer algo rápidamente. Repentinamente un pelotón de jinetes que
pasó al galope y les llenó de tierra, ganándose una serie de
insultos que si bien es cierto eran de grueso calibre, dejaron
indiferentes a los jinetes.
El
Batallón Peruano “Concepción” permanecía atrincherado, por
orden superior se les había prohibido a los soldados subirse arriba
de las tapias, estos maldecían en silencio a los enemigos, que
valiéndose de la tregua aprovechaban de acercar sus tropas
confiadamente, casi hasta las barbas de los defensores, más de una
acariciaba nervioso el gatillo de su arma, más tensos se pusieron
los hombres cuando los sargentos revistaron las municiones y se les
completó la dotación para el combate, 200 tiros llenaron los
morrales de los soldados; sin embargo, no todos los batallones habían
sido tan afortunados, el que ocupaba el frente del Reducto N° 3,
apenas si se les habían completado solamente 60 tiros por hombre,
apenas lo necesario para mantenerse media o tres cuarto de hora de
combate.
El
Regimiento chileno “Concepción”, permanecía en observación de
las posiciones enemigas, sus posiciones propias eran las menos
protegidas de la línea chilena, en efecto, su sector del frente
había sido el único donde los peruanos habían realizado algunas
obras de demolición, derrumbando parte de los muros que debían dar
protección a los chilenos, aunque en honor a la verdad, los
escombros habían sido simplemente amontonados y no retirados,
creando de esta forma algunos refugios más precarios para los
hombres, sin embargo, una parte de la tropa permanecía a la vista y
sin refugio para eventuales fuegos del enemigos.
En
aquellos momentos el General Baquedano, se había adelantado a sus
líneas en la extrema derecha de su ejército, señalando al General
Maturana la posición que debía ocupar la Primera División, uno de
los oficiales llamaba la atención a un compañero sobre lo cercano
de las posiciones peruanas – No se arriesga demasiado mí General
al acercarse tanto –
El
grupo de altos oficiales chilenos era observado desde sus posiciones
por muchos ojos, a unos pocos cientos de metros, un grupo de soldados
peruanos, no mas de una veintena, mantienen la posición, los
hombres, por seguridad habían recibido orden de pasar bala a sus
armas y con ellas obviamente apuntaban hacía los jinetes; el oficial
a cargo, un Subteniente muy joven, se mantenía en un silencio
expectante, sus órdenes eran “mantenerse alertas”, el oficial no
necesitaba órdenes para saber que hacer en caso de un ataque
enemigo, sin dudar ordenaría abrir fuego, pero, nadie le había
dicho nada sobre que hacer, si el General en Jefe enemigo se
presentaba a unos centenares de metros de su posición, obviamente
había una tregua, pero el enemigo estaba realizando un
reconocimiento, de modo que estaba la disyuntiva de saber hasta donde
se le podía tolerar acercarse, los hombres también observaban
nerviosos mientras mantenían en los puntos de mira a los jinetes,
todos recordaban los terribles momentos vividos el 13, cuantos miles
de hombres habían caído muertos ya, cuantos más habían sido
transformado en tullidos, cuantos más estaban prisioneros, amigos,
padres, hijos, compatriotas, cuantos de ellos ni siquiera pensaron
tener a su alcance al máximo líder del Ejército enemigo, más de
uno se preguntó – ¿Qué pasaría sí me lo cargo de un balazo? –
sin embargo, la línea de fusileros solo permanecía en silencio
apuntando al enemigo, pasaron unos instantes más, casi al mismo
tiempo, dos hombres dejaron de mirar al frente, en su interior sabían
que era lo que tenían que hacer, pero no tenían órdenes, por una
fracción de segundo se miraron casi de reojo, nada se dijeron, pero
con solo mirarse tenían una decisión tomada, ambos volvieron a
mirar al grupo de jinetes enemigos a travez de sus miras, y apuntaron
al que parecía el oficial superior, le veían claramente, al centro
del grupo señalando en una y otra dirección, seguro, insultante,
lentamente apretaron los gatillos, uno de ellos cerró los dos ojos
pero no dejó de presionar, la suerte estaba echada.
Sonaron
dos balazos, luego otros dos o tres más, luego una docena,
finalmente a lo largo de toda la línea como una erupción volcánica
que silenciosamente había estado juntando magma, comenzó a
encenderse con el fuego de fusilería.
El
grupo del General Baquedano, al galope tendido abandonaba la zona de
fuego, el General maldecía a grandes voces, dos tiros habían estado
muy cerca de ofenderle, uno de ellos le había volado la espuela de
su bota derecha, y otro se había incrustado en su silla de montar,
por suerte para el grupo los caballos instintivamente al sentir el
fuego, se alejaron al galope hacía el sur, la escolta de “Cazadores”
disparó sin mucho convencimiento algunos tiros a fin de dar
cobertura al alto mando, retirándose también al galope.
FIN DE LA II PARTE