jueves, 25 de abril de 2024

 

CAPITULO III

SALAVERRINA

 


El fuego graneado de los “Zapadores” chilenos, cobraba un gran precio sobre los muchachos del “Concepción”, una de las Brigadas del Regimiento chileno, superaban con mucho en personal a las 2 compañías y media del cuerpo peruano empeñadas en la lucha, de esta forma, los peruanos diezmados por el fuego,  además de no contar con un liderazgo enérgico, comenzaron a retirarse de regreso al amparo de los reductos.

Sin embargo, los restos de las compañías empeñadas no volvieron directamente a sus posiciones originales, sino que a la derecha de ellas, colocándose directamente en la línea de fuego de los cañones colocados para cubrir el flanco izquierdo del reducto. José ya casi tocaba una de las piezas de artillería, dispuesto a pasar al otro lado de la línea, cuando un artillero le alcanzó a gritar – ¡¡¡Atrás!!! –  el sorprendido Torres, solo atinó a lanzarse de cabeza al suelo, al mismo tiempo que el cañón era disparado casi encima mismo del “Distinguido”, conmocionado y ayudado por uno de sus camaradas, José pudo llegar a la relativa seguridad de la posición; por atrás de las piezas el batallón “Unión” pasaba formado rumbo a la derecha, y a sus filas se unieron una buena parte de los hombres recién regresados del frente.

Sin embargo en su marcha el “Unión”, en vez de esquivar la huaca que flanqueaba al Reducto N° 2, paso por sobre ella, exponiendo a los soldados que sin cobertura se transformaron en un montón de dianas que clamaban ser derribadas, instantáneamente cientos de  fusiles chilenos dirigieron su fuego contra ellos, y en instantes la huaca quedó cubierta por incontables cuerpos de uniformes blancos de la infantería de línea peruana.

José, estaba entre los sobrevivientes, que entraron al Reducto, en dicho lugar, los hombres de blanco se arremolinaban sobre unas cajas de munición, tomando puñados de ellas llenando los morrales y bolsillos, José se acercó al grupo dispuesto a tomar municiones, cuando notó que uno de los reservistas, vestidos de azul y rojo, se encontraba armado con un fusil Remington, de esos que eran conocidos como modelo “español”, rápidamente se dirigió a uno de los oficiales de Reserva – Mi Teniente – El aludido le miró indiferente – Debe usted detener la repartición de municiones – El oficial arqueó una ceja, detener a los soldados que solamente estaban tomando municiones para el combate, no dijo nada – Mi Teniente, esas municiones son para fusil Remington, y los soldados de línea tenemos Peabody, la munición es ligeramente diferente, y si se utiliza en otras armas, se corre el riesgo de inutilizar el armamento – el oficial comprendió y rápidamente puso fin a la repartición de balas.

En ese instante el Director de la banda del Batallón N° 2 de Reserva había hecho formar a sus músicos en el centro del reducto, allí no molestaban a nadie, hasta ese momento, sus hombres se habían mostrado confundidos, no tenían órdenes, muchos sentían deseos de tomar las armas y ponerse a disparar, sin embargo no pocos de ellos no lo habían hecho nunca, por lo que se sentían inútiles, dándose cuenta de eso el Director decidió que debían hacer su parte, y cómo él tampoco sabía disparar se limitó a gritar – Vamos con “la Salaverrina” – e inmediatamente los músicos subieron sus instrumentos, el Director marcó el compás, los soldados, tanto reservistas como de línea, se sorprendieron gratamente al escuchar los rápidos acordes de la marcha llamada “El ataque de Uchumayo”, popularmente conocida como “la Salaverrina” por quien fuera Presidente de Perú don Felipe Santiago Salaverry Escobar; inmediatamente dejándose llevar por los alegres acordes los soldados comenzaron a vivar al Perú.

Los gritos de José Torres, atrajeron la atención de uno de los oficiales del Batallón de Reserva, quien tras mirarlo con algo de duda le gritó – José, acá – el aludido no tardó en reconocer a Arturo Flores, quien vestido como oficial de reserva le llamaba, los hombres, amigos desde la más tierna  infancia se fundieron en un caluroso abrazo – Quién te iva a reconocer si estas negro de pólvora – Y tus hermanos ¿Qué es de Ernesto y Oscar? – Preguntó José – Pues velos tú mismo – Dijo Flores al tiempo que señalaba uno de los muros del reducto, allí maquinalmente dos soldados realizaban fluidamente los movimientos de manual, de carga y descarga de sus fusiles contra el enemigo – ¿Y mi tío? – Flores sonrió mostrándole la derecha del Reducto, allí un Capitán con un habano en la boca dirigía el fuego de sus hombres – El Capitán Rocavero, tampoco reconoció inmediatamente al soldado que se plantaba frente a él – Hijo mío – Gritó por fin y le dio un gran y alegre abrazo – Quédate aquí hijo – se atrevió a decir con vos emocionada, pero al ver la cara de José, comprendió que el muchacho debía abandonar el reducto con sus compañeros, y sólo se limitó a decir – Cuídate hijo, cuídate – Torres junto a un grupo de soldados de línea abandonó el reducto.



miércoles, 24 de abril de 2024

 

CAPITULO II

PERDIDAS FUNESTAS   



La llegada de los Regimientos “Zapadores” y “Valparaíso”, y el Batallón “Naval”, fue proverbial, y comenzó primero a ralentizar el avance peruano, y poco a poco contenerlo.

En los primeros tres reductos, los reservistas peruanos, mantenían a raya a los chilenos, que visiblemente habían retrocedido manteniendo desde  lejos el fuego contra las posiciones peruanas, mientras por los flancos de estos, una buena parte de las tropas de línea, se habían lanzado a la ofensiva. Más allá, en las posiciones más lejanas, los otros reservistas, situados en los reductos del flanco izquierdo, e incluso de lugares tan lejanos como Puente de piedra, en el camino a Ancón, ansiosamente dirigían sus miradas hacía Miraflores ¿Les llamarían como refuerzos?, y ¿Si el enemigo aparecía repentinamente a su frente?  

El Coronel  Cáceres, parado sobre un muro, lanzó un improperio al cielo, con su anteojo de campaña pudo ver claramente una gran polvareda que se levantaba entre Barranco y Chorrillos, y no necesitó explicaciones, refuerzos chilenos se movilizaban hacía el campo de batalla, en efecto, era la primera división de Lynch, que se acercaba a marchas forzadas, desde su campamento, el Coronel calculó que dichas tropas entrarían en acción en unos cuarenta minutos o máximo en una hora, calculadamente miró hacía el reducto N° 2, inmediatamente lo supo, eso era, si se lanzaban en ese momento fuera de los reductos los batallones de la Reserva, al menos la primera división de reserva, podría mantener el impulso, y con un poco de suerte desbandar a las tropas chilenas que tenían en frente, trato de calcular cuantas tropas tenía esa división, unos 1.500  hombres se dijo…. pero súbitamente no pudo seguir pensando en ello, una bala le alcanzó en la pierna, dejó caer los anteojos, y con un esfuerzo sobrehumano, se afirmó en el muro para evitar caer al suelo del dolor.

En el flanco derecho en tanto, casi al mismo tiempo que el Coronel Cáceres era herido; los hombres del Batallón “Guarnición de Marina”, que habían mantenido el peso del avance peruano, producto de haber sufrido alrededor de un centenar y medio de caídos entre muertos y heridos, comenzaban a perder bríos, de modo que agotados y perseguidos por el intenso fuego de la infantería chilena, comenzaban a detener el avance y comenzaban a ponerse a cubierto, el Capitán de Navío Juan Fanning, se dio cuenta que quedarse a medio camino significaría aumentar exponencialmente las bajas pues quedarían expuestos no solo al fuego de frente sino que también del flanco izquierdo, pues el enemigo comenzaba a reorganizarse, poniéndose de pie, y al grito de  – ¡¡Adelante Guarnición de Marina!! – animó a los suyos a avanzar, centenares de ojos se volvieron hacía el comandante del Batallón, y los hombres se sintieron contagiados del entusiasmo y valor del marino, sin embargo, antes de que pudiesen levantarse, los hombres vieron con horror como en una extraña contorción caía alcanzado por varios balazos chilenos.

Más hacía el centro el Coronel Canevaro, quien mantuviera la idea de lanzar un audaz asalto a las líneas chilenas la noche del 13, en circunstancias que desmontaba de su caballo a fin de apretar la cincha, repentinamente se llevó la mano al cuello, dejando salir un sonido gutural, uno de sus ayudantes reaccionó rápidamente, saltando desde su montura y ayudando al Coronel a sentarse de espalda apoyándose contra un muro, el hombre se dio cuenta que la herida era grave, pues el Coronel no podía hablar, y su guerrera estaba tinta de sangre, de alguna manera, se le ocurrió limpiar la herida con agua, y luego vendarla con una bufanda de seda que el Coronel tenía en uno de sus bolsillos.

El Coronel Cáceres, apoyado contra un árbol, rabiando por el dolor, sólo podía pensar – Que avance la reserva sino será muy tarde, aún estamos a tiempo, debemos traer más batallones de reservista de la izquierda y de la retaguardia – Sin embargo, poco a poco sus fuerzas comenzaban a abandonarle, su fiel caballo, sin embargo se mantenía junto a él, de modo que mordiéndose el labio el Coronel decidió montar

Los hombres de Fanning, se acercaron incrédulos a contemplar el cuerpo de su jefe, que yacía muerto frente a ellos, para entonces la mayor parte de los oficiales del Batallón estaban muertos o heridos, y los que quedaban en su mayoría eran jóvenes subtenientes que no se sintieron con fuerzas para asumir el comando de la unidad, y aunque no retrocedieron, dejaron de avanzar.

El ayudante del Coronel Canevaro logró que un par de soldados trajeran el caballo del Coronel y le ayudaran a montar, el oficial, ya sin fuerzas, se desmayó por la pérdida de sangre y el dolor, el ayudante, visiblemente conmovido llevando su caballo a tiro asistido por dos soldados, sólo pudo pensar en sacar de la línea de batalla a su comandante, lo más rápido posible.  

De esta forma, en el momento clave del combate, los defensores perdían a tres de sus más importantes jefes, Fanning muerto, y Cáceres y Canevaro heridos.

 

viernes, 6 de septiembre de 2013

IV/cap I

CUARTA PARTE
CRISOL 

CAPITULO I
LIMA
ROBERT RAMSAY STURROCK



Al sonido de los disparos de cañón, y el desbande de gran parte de la multitud de refugiados de la casa Gibbs, habían puesto los ánimos de punta entre los miembros del grupo de Robert, más aún al ver la gran cantidad de maletas y bultos tirados por la calle, la mujer de Rey, chillaba histéricamente pidiendo un coche.

Cuando ya perdían la esperanza de dar con los demás, Dambury, apareció providencialmente en una esquina agitando su sombrero – Ramsay, acá, por Dios pensé que los habíamos perdido – al encontrarse los hombres, Dambury les puso al corriente de las malas noticias – Hay una multitud que no deja pasar, debemos tomar otro camino – La advertencia fue providencial para el grupo, pues les evitó mezclarse con la turba que comenzaba a inundar las calles; los otros refugiados, acobardados por la visión de la muchedumbre que gritaba y se movía en todas direcciones habían quedado estáticos frente a la visión.

Ried, tuvo una inspiración repentina entonces y comenzó a gritar y agitar los brazos sobre un banco de la calle, de modo que ayudado por Robert y Dambury, pudieron encauzar a los suyos hacía una callejuela lateral.

Pronto, al trote y casi arrastrando a las mujeres y niños lograron dar con una vía que les condujo directamente hasta el puente peatonal que les permitiría cruzar el río Rimac, y alcanzar por fin la añorada estación de ferrocarril, la visión del puente les dio nuevas fuerzas a los hombres, no así a las damas, cuyos gritos histéricos se multiplicaban, ya no solo eran los quejidos de la mujer de Rey pidiendo un coche, sino que también los de decenas más.

Al volver atrás la mirada Reid súbitamente pensó en lo peligroso de la situación, una muchedumbre desorientada puede  transformarse rápidamente en una masa de alborotadores, de modo que señaló a sus compañeros –No hay quien ponga orden en la ciudad – Dambury movió la cabeza con pesadumbre al tiempo que se secaba la frente con su pañuelo – La Guardia Civil también fue enviada al frente, me dicen que anteayer fueron destrozados, y que la mayor parte están muertos – Pero entonces ¿Quien guarda el orden de la ciudad? – Me temo amigo que los únicos relativamente organizados son los bomberos, pero muchos también están en las trincheras? – El Alcalde debiera acuartelarlos – Lo sé, pero circulan rumores de que los chilenos están fusilando a los Bomberos que intentan apagar los incendios –

En los precisos momentos en que el numeroso grupo comenzaba a cruzar el puente, se escuchó por primera vez fuerte y claro el tronar de los cañones del cerro San Cristóbal, y todos quedaron petrificados, acaso los chilenos atacaban la ciudad por ese sector, en esta ocasión fue Robert el primero en reaccionar – Debemos seguir adelante, ese fue solo un cañonazo, el fuerte del cerro tiene más de un cañón, si hubiese un ataque, habría más fuego – Reid se encargó de apoyarle – De seguro ha sido una señal, debemos apresurarnos –



Increíblemente todos los refugiados de Gibbs & Co. y la familia Rey lograron llegar a la estación, sin embargo, ni una décima parte del equipaje que llevaban al salir de sus refugios logró llegar, un grupo de guardias les impidió el paso durante unos instantes, pero solo el tiempo necesario, para que un par de funcionarios chequearan su condición de extranjeros y refugiados, de modo que pronto se encontraron amontonados en el andén esperando la llegada del convoy, que debería ponerles a salvo en la añorada Ancón.  

sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo XI

CAPITULO XI
FRENTE DE BATALLA ZONA ORIENTAL

SOLDADO  JOSÉ TORRES LARA SUBTENIENTE JUSTO ABEL ROSALES

II CUERPO DEL CORONEL SUAREZ
I BRIGADA DE LA 3ª DIVISIÓN



El asalto peruano ya se realizaba en toda regla por parte del I Cuerpo de Ejército al oeste de la línea de ferrocarril, el entusiasmo de los hombres había rápidamente contagiado a las tropas del  II Cuerpo del Coronel Suarez, un grupo de soldados del Batallón “Concepción” permanecían apoyados contra la muralla que les servía de parapeto, fieles a la consigna de disparar más lentos, se asomaban sobre el muro y disparaban por turnos, un soldado apareció repentinamente junto a ellos casi sin aliento – El Batallón de Marina ataca a la bayoneta – De inmediato el resto lo atosigó pidiendo detalles – Los he visto, yo mismo…. estaba en el Reducto Nº 2 y los vi salir clarito, y no solo ellos sino que casi todos los del otro lado de la línea – Un Sargento se apresuró a decir – Caballeros, un cigarrillo – los hombres volvieron a apoyarse en la tapia al tiempo que se repartían los cigarros – ¿Que pasará ahorita? – Preguntó un serrano – Pues hay que esperar la orden y atacar – El Capitán Sotillo apareció junto a ellos, a pesar de comandar otra compañía, era tenido por uno de los oficiales más caracterizados del Batallón – Prepararse muchachos – luego siguió de largo avisando a otros grupos. Los hombres apresuraron los cigarros, ya dos habían apagado sus colillas, cuando repentinamente el morral de municiones del Sargento estalló, todos saltaron en medio de la mayor confusión, un tiro chileno había golpeado el morral del Sargento pasando justo por medio de una de las pequeñas troneras del muro haciendo estallar tres o cuatro tiros, milagrosamente ninguno de los hombres salió herido, pero el susto que se llevaron fue colosal.

El Subteniente Rosales, había tomado el mando de cerca de una quincena de hombres del Aconcagua y del Naval, los que se habían adelantado a la línea de murallas que protegía a las líneas chilenas, el fuego de aquella tropa también se había reducido “para ahorrar municiones”, el Sargento que mandaba a los Navales se había sentado junto al Subteniente y ambos también compartían un cigarrillo al tiempo que observaban el fuego de sus hombres; el soldado del Puerto comentaba a Rosales, que hasta hacía muy poco era hijo de un auxiliar del Tribunal Civil del puerto, a lo que Rosales, sorprendido le contó que él era oficial de Secretaría de la Corte de Apelaciones de Santiago, de modo que la conversación había derivado en un reconocimiento mutuo de personajes y situaciones judiciales, hasta que una bala  había alcanzado en el codo al Sargento, este maldijo a viva voz al Perú, a los peruanos, a Lima,  al Pisco, y a todo lo que sonara a Perú.

Sin esperar órdenes, el Comandante del  Batallón “Zepita” ordenó a su Batallón lanzarse al asalto,  el ruido de los clarines que ordenaban a dicha fuerza pasará a la ofensiva, fue escuchado por una parte del Batallón “Concepción”, de modo que antes de darse cuenta, los hombres del Batallón del Coronel Valladares, saltaban de sus parapetos y comenzaban a cargar contra el enemigo.

La compañía del Capitán Sotillo, al completo había saltado tras su comandante, cuando este ordenó a la carga, el oficial no había dudado, alentando a sus hombres ordenaba – ¡Adelante muchachos! No malgasten tiros – los soldados avanzaban sin preocuparse conservar filas, disparando a cuanto chileno creían ver en medio de feroces gritos de –  ¡Viva el Perú! ¡Viva el Perú! –

En el lado chileno, imperaba la confusión, la Brigada de Urriola estaba siendo machacada por el fuego incesante de los Batallones peruanos lanzados al asalto, y comenzaban a perder terreno, el Naval se mantenía firme, pero el desorden del Aconcagua era preocupante, la artillería de campaña del Coronel Velásquez retrocedía, de modo que el apoyo quedaba restringido a la Brigada de artillería de montaña de la División, muchos dispersos de los distintos cuerpos comenzaban a abandonar la línea, huyendo hacía retaguardia, el Comandante Gorostiaga, observaba preocupado los acontecimientos al tiempo que masticaba silenciosamente un palo cigarro sin encender; solo el grito de uno de sus ayudantes le hizo recuperar algo de confianza, la Reserva del Coronel Martínez avanzaba desplegada aún a pesar de la terrible confusión de chinos y mujeres que huían a la desbandada –

La tropa del “Aconcagua” y del “Naval” que mandaba el Subteniente Rosales se encontraba en una espantosa situación, de modo que el oficial intentaba buscar un punto hacía el cual retirarse, mirando hacia atrás se dio cuenta de una arboleda a unos cien metros hacía su derecha, solo debían llegar a ese punto; el Sargento del Naval vendado le llamó la atención – Debemos irnos mi Subteniente – Rosales tragó saliva –Escuchen todos, a mi orden daremos dos descargas, la primera los Navales y la segunda los del Aconcagua, luego nos retiraremos a la carrera a esos árboles – Rosales miró al enemigo estaban a unos doscientos metros de su posición, los soldados les observaban en la mayor tensión – Bien Sargento, buena suerte, nos vemos en los árboles – El Sargento asintió con la cabeza,  los hombres esperaron – Fuego – Pero no todos los soldados corrieron hacia atrás, varios salieron hacía adelante.

El soldado Torres se había  juntado a los hombres del Capitán Sotillo, hacía unos instantes se había percatado de que el grueso de su compañía no había saltado el parapeto, de modo que ante la disyuntiva había decidido continuar siguiendo a un buen oficial; el Capitán marchaba solo armado de la espada, pero la fortuna aquel día había decidido que el oficial no había pagado aún con suficiente sangre la gloria, repentinamente alcanzado en la cara, quedó tendido al sol, dos de sus hombres lograron llegar a él, y sacarlo en de la línea de fuego, en una frazada, de modo que en el momento crítico, las tropas del Concepción quedaron sin su oficial más veterano y caracterizado.

Pero no todos los chilenos corrieron hacía los árboles como se les había ordenado, un pequeño grupo de cuatro o cinco de ellos salió al frente de su refugio dispuestos al sacrificio máximo para posibilitar la salvación de sus compañeros; sin embargo, fueron prontamente liquidados, por la fuerza peruana que avanzaba, pronto los hombres del “Concepción quedaron dueños de la posición, y desde allí comenzaron a seguir con su fuego a los enemigos que huían, en ese momento fue cuando en realidad se sintió la falta de un oficial enérgico como el caído  Capitán Sotillo, pues en dicho lugar el avance se detuvo, más cuando repentinamente uno de los chilenos muertos revivió y disparó ultimando a un soldado, este no tuvo tiempo de recargar su arma, rápidamente fue ultimado a balazos, Torres observó como uno de sus compañeros, comenzó a registrar al cadáver, y pronto lo descalzó de sus botas amarillas, y allí mismo bajo fuego, se cambio sus destrozados zapatos por el calzado del chileno en medio de la risa de todos los que contemplaban la escena, quienes recordaban la promesa del soldado de “cazar a un mapocho para quitarle las botas”.

El Subteniente Rosales llegó a los árboles, sin aliento, pero ninguno de sus compañeros se detuvo en el lugar, de modo que, tras recobrar un poco el aliento, en solitario se dirigió hacía retaguardia buscando unirse a cualquier grupo que encontrara.

La oportunidad perdida por los hombres del “Concepción”, que no siguieron empeñándose a fondo en explotar su éxito, no fue desaprovechada por los chilenos, repentinamente desde un muro a la derecha de la posición recién conquistada por los peruanos apareció un grueso pelotón de soldados chilenos, era casi toda una compañía, la Reserva chilena entraba de lleno en la lid.




sábado, 24 de agosto de 2013

CAPITULO X

FRENTE DE BATALLA
ZONA OCCIDENTAL

 I CUERPO DE EJÉRCITO 
II BRIGADA DE LA 3ª DIVISIÓN
REGIMIENTO DE ARTILLERÍA Nº 2


Al mismo tiempo que el Regimiento “Valparaíso” se desplegaba, y el Batallón “Guarnición de Marina”, iniciaba su asalto, otras unidades peruanas  del Cuerpo del Coronel Cáceres aumentaban la cadencia de fuego, e iniciaban su avance, pronto salieron a descubierto gruesos pelotones del Batallón "Canta", si bien no necesariamente avanzaban con el mismo ímpetu que los “chalacos”, eran suficientes para causar gran preocupación entre los chilenos. 

Un grupo de cómo veinte hombres de este último batallón, remanente de una compañía de infantería casi destruida durante la batalla del 13, se movió en dirección tal que, repentinamente quedaron a la vista de una batería chilena, el Teniente que mandaba a los hombres, sonrió triunfante, no podía creerlo, a trescientos o trescientos cincuenta metros estaban las despreciadas piezas chilenas, no necesitó gritar la orden, y la mayor parte de su grupo abrió fuego a aquella distancia. 

En el lado chileno, un artillero tragó saliva, sin dudas les estaban disparando a ellos – Quien puede ser tan huevón para mandar las piezas a primera línea a quedar expuestas al fuego del enemigo en cualquier momento – pensó, al tiempo que las balas rebotaban en un muro, sin embargo se cuidó muy bien de no dar a conocer públicamente su opinión, una bala de fusil arrancó astillas de la rueda del armón a su lado, y el hombre pestañeó – dos pesos al mes más que un infante o un jinete – se dijo pensando en la diferencia salarial con respecto a las otras armas, y es que de todas las armas los artilleros, con su capacidad de enviar la muerte a más larga distancia que los fusileros o los sableadores, eran los soldados más apreciados, no era un mal trabajo, pues normalmente quedaban menos expuestos al fuego enemigo que cualquier otra arma, además ya se habían ganado una notable reputación al detener el asalto aliado en su asalto al cerro San Francisco, durante la batalla de Dolores.

Sin embargo, la suerte de los atacantes no podía durar, pronto habían atraído sobre sí el fuego de varios grupos del Regimiento "Santiago", de forma que pronto sufrieron cuatro bajas, entre ellos el Teniente, que con un quejido sordo, cayó al suelo herido en su rodilla derecha, de esta forma no pudieron seguir disparando a los cañones, un joven sargento, se las arreglo como pudo para cargar al cada vez más pálido Teniente herido, con ayuda de otro soldado, sentaron al oficial en un fusil y lo sacaron de la línea de frente retirándose a un muro cercano, donde ya había convergido otros dispersos a tomar aliento o amunicionarse – Mi teniente tranquilo, que de acá lo mandamos a retaguardia – El oficial le apretó el brazo con fuerza desmedida, y medio desfalleciente le alargo un pañuelo que sacó del interior de su casaca – Esperaba casarme con ella – Una lagrima rodo por su mejilla.  

El artillero, suspiro aliviado cuando las balas dejaron de llover sobre su pieza, vio al grupo de peruanos situarse en una tapia a unos cuatrocientos metros, vio entonces al Teniente jefe de su pieza abrir la boca y taparse los oídos, al tiempo que el cañón abría fuego estruendosamente, no necesitó orden para maquinalmente agacharse y sacar una nueva munición – Mierda solo nos quedan ocho, y al ritmo que estamos tirando, no nos duran ni quince minutos – maquinalmente entregó la munición al tiempo que fijaba la vista en el proyectil de su pieza que estalló justo en la muralla de piedras donde se habían refugiados los peruanos que quedó envuelta en una nube de tierra – En el blanco – pensó feliz.

Con los botones abiertos, y la cara negra por la pólvora otro artillero metía el “chiporro” en la boca de su pieza, a fin de limpiar los residuos en el ánima del cañón, el Teniente y el Sargento se felicitaban mutuamente por el gran tiro que habían realizado, sin embargo, un soldado les llamó la atención sobre el “Rucio”, el caballo había sido alcanzado por el fuego enemigo, y ahora tendido en una posición que le hacía recordar más bien un quiltro apaleado que a un brioso percherón, respiraba dificultosamente, el soldado con los ojos llenos de lágrimas, no atinaba a nada, el artillero reacciono, hizo a un lado a su camarada de un empujón, y le dirigió algunas palabras de afecto al corcel, al tiempo que le acariciaba las crines, y es que resultaba difícil no encariñarse con el animal, pues era junto al “malacara”, los únicos de los caballos que habían servido con la batería desde Antofagasta, casi desde el principio mismo de la guerra, luego con voz tronante gritó – ¡Mi Teniente! ¡El Rucio no da pa’ más, se nos muere! –

El oficial, se despreocupó de las labores de carga de su pieza, y se acercó junto al caballo, con gesto de fastidio, sacó su revólver, no era algo que le gustara hacer, pero era lo que tenía que hacerse, sin embargo, al apuntar dudó un segundo, durante la marcha a Tacna casi la mitad de los caballos de la batería fueron dados de baja por inútiles, de modo que los hombres y solo cinco caballos debieron soportar el peso de la batalla, y todos ellos, hombres y bestias trabajando en conjunto lo habían logrado, el Artillero apretó los dientes y miró para otro lado, siguió un tiro y el olor a humo y sangre del Rucio, no hubo tiempo para llantos o lamentaciones, antes de que la pieza fuera cargada, un Capitán Ayudante apareció al Galope.

– Teniente la batería se repliega por escasez de municiones, enganchen su pieza  y sigan a la pieza número uno, nos situaremos quinientos metros a retaguardia – El teniente simplemente se cuadró y ladró algunas  órdenes que los hombres entendieron más por costumbre, pues la mayoría estaban ensordecidos por los estruendos, y en pocos instantes, la pieza comenzó a moverse, dejando tras de sí un montón de desechos y un caballo muerto.

En medio de las ruinas de un muro el Sargento, sacudió la cabeza, estaba vivo, buscó a sus compañeros con la mirada y no vio a ninguno, le dolía la cabeza, y pensó – Qué bueno sería un trago de agua – de pronto se encontró con el cuerpo del Teniente, estaba muerto, el oficial estaba muerto, aunque más bien parecía dormido, una amarga sensación le quedó en la garganta, sabía que tenía que moverse, pero no lo deseaba, se dio cuenta que en su mano aún sostenía el pañuelo que le diera el oficial, era de seda, y en uno de sus extremos tenía bordadas dos iniciales, con cuidado, lo abrió y tapó la cara del cadáver, luego gateando, sin arma, pues no la pudo encontrar se alejó.

miércoles, 21 de agosto de 2013

CAPÍTULO IX

LINEA DE BATALLA PERUANA

CAPITAN DE NAVÍO JUAN FANNING



El Capitán Fanning observó una vez más a su tropa – No hay dudas es el mejor cuerpo del Ejército – Se dijo lleno de orgullo. 

Los hombres permanecían agazapados junto a la pared dispuestos a lanzarse adelante apenas recibieran la orden, solo algunos pocos disparaban de vez en cuando sobre el enemigo que envalentonándose había comenzado a desplegar al frente de sus líneas a sus compañías guerrilleras 

– Equivalen al menos a uno o dos batallones – Se dijo Fanning confiado en lo que sus hombres pudieran hacer; con estudiada calma contempló su reloj casi con fastidio, faltaban aún algunos segundos, había decidido que como buen marino no era un buen jinete, de modo que había decidido encabezar el asalto como un infante, al ver a su jefe desmontar un soldado no pudo contenerse al hablarle a un compañero – Linda estatua sería un marino a caballo – el otro soldado sonrió de vuelta, un Sargento los fulminó a ambos con la mirada – Silencio en la fila – los hombres apretaron sus fusiles y callaron.

Fanning casi como si se tratara de un vulgar ejercicio, o si fuera a encabezar un desfile, desenvainó su espada, el Corneta de Ordenes escupió y rápidamente se llevó el instrumento a la boca, se produjo un silencio solemne –Ya está hecho, de aquí solamente nos espera la gloria – Pensó al tiempo que apuntaba hacia adelante, quinientos pares de ojos atentos a su comandante le vieron avanzar, y por fin el clarín con su sonido les alentaba a salir hacia delante, casi como un rugido se escuchó un sonoro  ¡Viva el Perú! – Y rápidamente los hombres salieron de sus refugios, haciendo un fuego devastador a las fuerzas enemigas. 

Más atrás mirando con su anteojo de campaña el Coronel Cáceres observaba la maniobra de los soldados del Callao junto con sus ayudantes estos en un silencio religioso entendían que en esos momentos estaban contemplando uno de esos momentos solemnes de la historia, el veterano Coronel solo se limitó a exclamar un seco – Magnifico – 

En el flanco del “Guarnición de Marina” un poco retrasado con respecto a la puntualidad de sus compañeros, el otro Batallón del Callao también comenzaba a avanzar; notoriamente el fuego en la línea peruana comenzó a incrementarse, y a lo largo de la línea, a medida que los Batallones del reconstituido I Cuerpo estaban listos también comenzaban a salir de sus atrincheramientos en medio de entusiastas ¡vivas al Perú!.

domingo, 11 de agosto de 2013

capitulo VIII

CAPÍTULO VIII

REGIMIENTO “VALPARAISO”

RAMÓN FREX

EN MARCHA A LA LÍNEA DE BATALLA



Al trote, el Regimiento avanzaba hacía la batalla, las descargas de fusilería habían comenzado a caer sobre ellos desde hacía unos instantes y ya dos o tres hombres habían caído alcanzados por los mortales proyectiles, de modo que la columna de “Valparaísos”, se había apretado inmediatamente, y a partir de ese momento los hombres habían continuado la marcha encorvados hacía adelante, con los fusiles al hombro, repentinamente la segunda mitad de la compañía de Ramón se vio estremecida por un golpe sordo en el suelo, y un montón de polvo arrojado al aire, una granada de cañón había caído en medio de las filas.

La cueva del chivato, la terrorífica historia que le contaba la Menche para mortificarlo un par de años atrás, cuando aún se le consideraba un niño, y que dicho sea de paso, lo tuvo casi sin dormir por dos o tres semanas, sí, la cueva del chivato, el mítico lugar en la costa de Valparaíso, donde por las noches aparecía el diablo con forma de macho cabrío, y arrojaba al acantilado a los imprudentes transeúntes que inadvertidamente osaran pasar de noche por la cercanías de sus dominios, su mente obsesiva no había cesado de imaginar la bestial criatura desde entonces, de alguna manera todo el resto había desaparecido de su mente, y ahí estaba “el mandinga”, el mismisimo chivato frente a él, llevando una vara de fuego en la mano izquierda y mirado hacía el mar, por más de seis meses, la cueva del chivato, le había obsesionado  y luego tras de que su padre le dijera que si bien la cueva existía, en realidad el único demonio que moraba en ella era un grupo de bandidos, que la utilizaban de refugio, pero que todo ello había terminado, cuando los ingleses a petición del Intendente, habían desembarcado un grupo de marinos, que habían limpiado el lugar, desde entonces creía que el chivato había desaparecido de su mente, sin embargo ahí estaba frente a él moviendo su bastón de fuego y riéndose de él, una mezcla de miedo y vergüenza le invadió el alma, quien pensaba que era él, su galón dorado era un simple adorno en su guerrera, no lo volvía un oficial, un soldado o un hombre; el chivato le estaba venciendo, sin embargo los sacudones de su ordenanza volvieron repentinamente a la realidad a Ramón, por unos instantes había estado de pie paralizado mientras el resto de la tropa continuaba adelante, la explosión del proyectil peruano había sido solo a pocos pasos de Ramón, y le había dejado irreconocible de tierra, cerca de él, un hombre se retorcía, en el suelo, le faltaba la pantorrilla derecha, que le había arrancado el cañonazo enemigo, un poco más allá, otro soldado sentado había quedado sordo, y le costaba mantener el equilibrio, tras pestañear un par de veces, Ramón volvió a tomar el control y el chivato desapareció, agarrando por la muñeca a su ordenanza ordenó – Adelante, no nos podemos quedar atrás – los otros dos hombres quedaron donde estaban sin ayuda, ni atención; mientras que el Regimiento “Valparaíso”, ya desplegado en batalla por orden de su comandante Marchant, comenzaba a avanzar dislocándose poco a poco mientras los obstáculos del terreno les impedía mantener cualquier tipo de formación.

Al trote el Aspirante y su ordenanza rápidamente alcanzaron a los grupos de retaguardia del Regimiento, a gritos Ramón animó a los rezagados a moverse, unos cuantos les siguieron, sin embargo, antes de alcanzar al grueso del Regimiento, la mitad ya se había quedado atrás, o echados al pie de las murallas tratando de recobrar el aliento.


El Comandante Marchant claramente visible montado en su caballo, serenamente impartía órdenes, el Segundo Comandante La Rosa, había desmontado, y observaba al enemigo detrás de una pirca, el Regimiento ya no se movía, aparentemente se había parapetado, y algunos comenzaban a abrir fuego esporádicamente, muchos más sin embargo, se mantenían agachados desorientados o esperando órdenes, había llamado la atención de Ramón que un numeroso grupos de chinos y mujeres, corrían asustados por un callejón hacía Barranco “A quien mierda se le ocurre ir al frente de batalla con mujeres” pensó Ramón, cuando una histérica “camarada” se había plantado frente al grupo de porteños gritándoles con los ojos desmezuradamente abiertos al tiempo que movái teatralmente los brazos – ¡Traición! ¡Traición! Los cholos están masacrando a la tercera división – los hombres quedaron impresionados, Ramón reaccionó gritando a los que le rodeaban – Nada de dudar, vamos adelante a luchar con los nuestros – y siguió adelante seguido por su ordenanza y cinco hombres.