CAPITULO
III
SALAVERRINA
El fuego graneado de los “Zapadores” chilenos, cobraba un
gran precio sobre los muchachos del “Concepción”, una de las Brigadas del Regimiento
chileno, superaban con mucho en personal a las 2 compañías y media del cuerpo peruano
empeñadas en la lucha, de
esta forma, los peruanos diezmados por el fuego, además de no contar con un liderazgo enérgico, comenzaron
a retirarse de regreso al amparo de los reductos.
Sin embargo, los restos de las compañías empeñadas no
volvieron directamente a sus posiciones originales, sino que a la derecha de
ellas, colocándose directamente en la línea de fuego de los cañones colocados
para cubrir el flanco izquierdo del reducto. José ya casi tocaba una de las
piezas de artillería, dispuesto a pasar al otro lado de la línea, cuando un
artillero le alcanzó a gritar – ¡¡¡Atrás!!! – el sorprendido Torres, solo atinó a lanzarse
de cabeza al suelo, al mismo tiempo que el cañón era disparado casi encima
mismo del “Distinguido”, conmocionado y ayudado por uno de sus camaradas, José
pudo llegar a la relativa seguridad de la posición; por atrás de las piezas el
batallón “Unión” pasaba formado rumbo a la derecha, y a sus filas se unieron
una buena parte de los hombres recién regresados del frente.
Sin embargo en su marcha el “Unión”, en vez de esquivar
la huaca que flanqueaba al Reducto N° 2, paso por sobre ella, exponiendo a los
soldados que sin cobertura se transformaron en un montón de dianas que clamaban
ser derribadas, instantáneamente cientos de fusiles chilenos dirigieron su fuego contra
ellos, y en instantes la huaca quedó cubierta por incontables cuerpos de uniformes
blancos de la infantería de línea peruana.
José, estaba entre los sobrevivientes, que entraron al
Reducto, en dicho lugar, los hombres de blanco se arremolinaban sobre unas
cajas de munición, tomando puñados de ellas llenando los morrales y bolsillos,
José se acercó al grupo dispuesto a tomar municiones, cuando notó que uno de
los reservistas, vestidos de azul y rojo, se encontraba armado con un fusil
Remington, de esos que eran conocidos como modelo “español”, rápidamente se
dirigió a uno de los oficiales de Reserva – Mi Teniente – El aludido le miró
indiferente – Debe usted detener la repartición de municiones – El oficial
arqueó una ceja, detener a los soldados que solamente estaban tomando
municiones para el combate, no dijo nada – Mi Teniente, esas municiones son
para fusil Remington, y los soldados de línea tenemos Peabody, la munición es ligeramente
diferente, y si se utiliza en otras armas, se corre el riesgo de inutilizar el
armamento – el oficial comprendió y rápidamente puso fin a la repartición de
balas.
En ese instante el Director de la banda del Batallón N° 2
de Reserva había hecho formar a sus músicos en el centro del reducto, allí no
molestaban a nadie, hasta ese momento, sus hombres se habían mostrado
confundidos, no tenían órdenes, muchos sentían deseos de tomar las armas y
ponerse a disparar, sin embargo no pocos de ellos no lo habían hecho nunca, por
lo que se sentían inútiles, dándose cuenta de eso el Director decidió que
debían hacer su parte, y cómo él tampoco sabía disparar se limitó a gritar –
Vamos con “la Salaverrina” – e inmediatamente los músicos subieron sus
instrumentos, el Director marcó el compás, los soldados, tanto reservistas como
de línea, se sorprendieron gratamente al escuchar los rápidos acordes de la
marcha llamada “El ataque de Uchumayo”, popularmente conocida como “la Salaverrina”
por quien fuera Presidente de Perú don Felipe Santiago Salaverry Escobar;
inmediatamente dejándose llevar por los alegres acordes los soldados comenzaron
a vivar al Perú.
Los gritos de José Torres, atrajeron la atención de uno
de los oficiales del Batallón de Reserva, quien tras mirarlo con algo de duda le
gritó – José, acá – el aludido no tardó en reconocer a Arturo Flores, quien
vestido como oficial de reserva le llamaba, los hombres, amigos desde la más
tierna infancia se fundieron en un caluroso
abrazo – Quién te iva a reconocer si estas negro de pólvora – Y tus hermanos ¿Qué
es de Ernesto y Oscar? – Preguntó José – Pues velos tú mismo – Dijo Flores al
tiempo que señalaba uno de los muros del reducto, allí maquinalmente dos
soldados realizaban fluidamente los movimientos de manual, de carga y descarga
de sus fusiles contra el enemigo – ¿Y mi tío? – Flores sonrió mostrándole la
derecha del Reducto, allí un Capitán con un habano en la boca dirigía el fuego
de sus hombres – El Capitán Rocavero, tampoco reconoció inmediatamente al
soldado que se plantaba frente a él – Hijo mío – Gritó por fin y le dio un gran
y alegre abrazo – Quédate aquí hijo – se atrevió a decir con vos emocionada,
pero al ver la cara de José, comprendió que el muchacho debía abandonar el
reducto con sus compañeros, y sólo se limitó a decir – Cuídate hijo, cuídate –
Torres junto a un grupo de soldados de línea abandonó el reducto.






