sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo XI

CAPITULO XI
FRENTE DE BATALLA ZONA ORIENTAL

SOLDADO  JOSÉ TORRES LARA SUBTENIENTE JUSTO ABEL ROSALES

II CUERPO DEL CORONEL SUAREZ
I BRIGADA DE LA 3ª DIVISIÓN



El asalto peruano ya se realizaba en toda regla por parte del I Cuerpo de Ejército al oeste de la línea de ferrocarril, el entusiasmo de los hombres había rápidamente contagiado a las tropas del  II Cuerpo del Coronel Suarez, un grupo de soldados del Batallón “Concepción” permanecían apoyados contra la muralla que les servía de parapeto, fieles a la consigna de disparar más lentos, se asomaban sobre el muro y disparaban por turnos, un soldado apareció repentinamente junto a ellos casi sin aliento – El Batallón de Marina ataca a la bayoneta – De inmediato el resto lo atosigó pidiendo detalles – Los he visto, yo mismo…. estaba en el Reducto Nº 2 y los vi salir clarito, y no solo ellos sino que casi todos los del otro lado de la línea – Un Sargento se apresuró a decir – Caballeros, un cigarrillo – los hombres volvieron a apoyarse en la tapia al tiempo que se repartían los cigarros – ¿Que pasará ahorita? – Preguntó un serrano – Pues hay que esperar la orden y atacar – El Capitán Sotillo apareció junto a ellos, a pesar de comandar otra compañía, era tenido por uno de los oficiales más caracterizados del Batallón – Prepararse muchachos – luego siguió de largo avisando a otros grupos. Los hombres apresuraron los cigarros, ya dos habían apagado sus colillas, cuando repentinamente el morral de municiones del Sargento estalló, todos saltaron en medio de la mayor confusión, un tiro chileno había golpeado el morral del Sargento pasando justo por medio de una de las pequeñas troneras del muro haciendo estallar tres o cuatro tiros, milagrosamente ninguno de los hombres salió herido, pero el susto que se llevaron fue colosal.

El Subteniente Rosales, había tomado el mando de cerca de una quincena de hombres del Aconcagua y del Naval, los que se habían adelantado a la línea de murallas que protegía a las líneas chilenas, el fuego de aquella tropa también se había reducido “para ahorrar municiones”, el Sargento que mandaba a los Navales se había sentado junto al Subteniente y ambos también compartían un cigarrillo al tiempo que observaban el fuego de sus hombres; el soldado del Puerto comentaba a Rosales, que hasta hacía muy poco era hijo de un auxiliar del Tribunal Civil del puerto, a lo que Rosales, sorprendido le contó que él era oficial de Secretaría de la Corte de Apelaciones de Santiago, de modo que la conversación había derivado en un reconocimiento mutuo de personajes y situaciones judiciales, hasta que una bala  había alcanzado en el codo al Sargento, este maldijo a viva voz al Perú, a los peruanos, a Lima,  al Pisco, y a todo lo que sonara a Perú.

Sin esperar órdenes, el Comandante del  Batallón “Zepita” ordenó a su Batallón lanzarse al asalto,  el ruido de los clarines que ordenaban a dicha fuerza pasará a la ofensiva, fue escuchado por una parte del Batallón “Concepción”, de modo que antes de darse cuenta, los hombres del Batallón del Coronel Valladares, saltaban de sus parapetos y comenzaban a cargar contra el enemigo.

La compañía del Capitán Sotillo, al completo había saltado tras su comandante, cuando este ordenó a la carga, el oficial no había dudado, alentando a sus hombres ordenaba – ¡Adelante muchachos! No malgasten tiros – los soldados avanzaban sin preocuparse conservar filas, disparando a cuanto chileno creían ver en medio de feroces gritos de –  ¡Viva el Perú! ¡Viva el Perú! –

En el lado chileno, imperaba la confusión, la Brigada de Urriola estaba siendo machacada por el fuego incesante de los Batallones peruanos lanzados al asalto, y comenzaban a perder terreno, el Naval se mantenía firme, pero el desorden del Aconcagua era preocupante, la artillería de campaña del Coronel Velásquez retrocedía, de modo que el apoyo quedaba restringido a la Brigada de artillería de montaña de la División, muchos dispersos de los distintos cuerpos comenzaban a abandonar la línea, huyendo hacía retaguardia, el Comandante Gorostiaga, observaba preocupado los acontecimientos al tiempo que masticaba silenciosamente un palo cigarro sin encender; solo el grito de uno de sus ayudantes le hizo recuperar algo de confianza, la Reserva del Coronel Martínez avanzaba desplegada aún a pesar de la terrible confusión de chinos y mujeres que huían a la desbandada –

La tropa del “Aconcagua” y del “Naval” que mandaba el Subteniente Rosales se encontraba en una espantosa situación, de modo que el oficial intentaba buscar un punto hacía el cual retirarse, mirando hacia atrás se dio cuenta de una arboleda a unos cien metros hacía su derecha, solo debían llegar a ese punto; el Sargento del Naval vendado le llamó la atención – Debemos irnos mi Subteniente – Rosales tragó saliva –Escuchen todos, a mi orden daremos dos descargas, la primera los Navales y la segunda los del Aconcagua, luego nos retiraremos a la carrera a esos árboles – Rosales miró al enemigo estaban a unos doscientos metros de su posición, los soldados les observaban en la mayor tensión – Bien Sargento, buena suerte, nos vemos en los árboles – El Sargento asintió con la cabeza,  los hombres esperaron – Fuego – Pero no todos los soldados corrieron hacia atrás, varios salieron hacía adelante.

El soldado Torres se había  juntado a los hombres del Capitán Sotillo, hacía unos instantes se había percatado de que el grueso de su compañía no había saltado el parapeto, de modo que ante la disyuntiva había decidido continuar siguiendo a un buen oficial; el Capitán marchaba solo armado de la espada, pero la fortuna aquel día había decidido que el oficial no había pagado aún con suficiente sangre la gloria, repentinamente alcanzado en la cara, quedó tendido al sol, dos de sus hombres lograron llegar a él, y sacarlo en de la línea de fuego, en una frazada, de modo que en el momento crítico, las tropas del Concepción quedaron sin su oficial más veterano y caracterizado.

Pero no todos los chilenos corrieron hacía los árboles como se les había ordenado, un pequeño grupo de cuatro o cinco de ellos salió al frente de su refugio dispuestos al sacrificio máximo para posibilitar la salvación de sus compañeros; sin embargo, fueron prontamente liquidados, por la fuerza peruana que avanzaba, pronto los hombres del “Concepción quedaron dueños de la posición, y desde allí comenzaron a seguir con su fuego a los enemigos que huían, en ese momento fue cuando en realidad se sintió la falta de un oficial enérgico como el caído  Capitán Sotillo, pues en dicho lugar el avance se detuvo, más cuando repentinamente uno de los chilenos muertos revivió y disparó ultimando a un soldado, este no tuvo tiempo de recargar su arma, rápidamente fue ultimado a balazos, Torres observó como uno de sus compañeros, comenzó a registrar al cadáver, y pronto lo descalzó de sus botas amarillas, y allí mismo bajo fuego, se cambio sus destrozados zapatos por el calzado del chileno en medio de la risa de todos los que contemplaban la escena, quienes recordaban la promesa del soldado de “cazar a un mapocho para quitarle las botas”.

El Subteniente Rosales llegó a los árboles, sin aliento, pero ninguno de sus compañeros se detuvo en el lugar, de modo que, tras recobrar un poco el aliento, en solitario se dirigió hacía retaguardia buscando unirse a cualquier grupo que encontrara.

La oportunidad perdida por los hombres del “Concepción”, que no siguieron empeñándose a fondo en explotar su éxito, no fue desaprovechada por los chilenos, repentinamente desde un muro a la derecha de la posición recién conquistada por los peruanos apareció un grueso pelotón de soldados chilenos, era casi toda una compañía, la Reserva chilena entraba de lleno en la lid.




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