sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo XI

CAPITULO XI
FRENTE DE BATALLA ZONA ORIENTAL

SOLDADO  JOSÉ TORRES LARA SUBTENIENTE JUSTO ABEL ROSALES

II CUERPO DEL CORONEL SUAREZ
I BRIGADA DE LA 3ª DIVISIÓN



El asalto peruano ya se realizaba en toda regla por parte del I Cuerpo de Ejército al oeste de la línea de ferrocarril, el entusiasmo de los hombres había rápidamente contagiado a las tropas del  II Cuerpo del Coronel Suarez, un grupo de soldados del Batallón “Concepción” permanecían apoyados contra la muralla que les servía de parapeto, fieles a la consigna de disparar más lentos, se asomaban sobre el muro y disparaban por turnos, un soldado apareció repentinamente junto a ellos casi sin aliento – El Batallón de Marina ataca a la bayoneta – De inmediato el resto lo atosigó pidiendo detalles – Los he visto, yo mismo…. estaba en el Reducto Nº 2 y los vi salir clarito, y no solo ellos sino que casi todos los del otro lado de la línea – Un Sargento se apresuró a decir – Caballeros, un cigarrillo – los hombres volvieron a apoyarse en la tapia al tiempo que se repartían los cigarros – ¿Que pasará ahorita? – Preguntó un serrano – Pues hay que esperar la orden y atacar – El Capitán Sotillo apareció junto a ellos, a pesar de comandar otra compañía, era tenido por uno de los oficiales más caracterizados del Batallón – Prepararse muchachos – luego siguió de largo avisando a otros grupos. Los hombres apresuraron los cigarros, ya dos habían apagado sus colillas, cuando repentinamente el morral de municiones del Sargento estalló, todos saltaron en medio de la mayor confusión, un tiro chileno había golpeado el morral del Sargento pasando justo por medio de una de las pequeñas troneras del muro haciendo estallar tres o cuatro tiros, milagrosamente ninguno de los hombres salió herido, pero el susto que se llevaron fue colosal.

El Subteniente Rosales, había tomado el mando de cerca de una quincena de hombres del Aconcagua y del Naval, los que se habían adelantado a la línea de murallas que protegía a las líneas chilenas, el fuego de aquella tropa también se había reducido “para ahorrar municiones”, el Sargento que mandaba a los Navales se había sentado junto al Subteniente y ambos también compartían un cigarrillo al tiempo que observaban el fuego de sus hombres; el soldado del Puerto comentaba a Rosales, que hasta hacía muy poco era hijo de un auxiliar del Tribunal Civil del puerto, a lo que Rosales, sorprendido le contó que él era oficial de Secretaría de la Corte de Apelaciones de Santiago, de modo que la conversación había derivado en un reconocimiento mutuo de personajes y situaciones judiciales, hasta que una bala  había alcanzado en el codo al Sargento, este maldijo a viva voz al Perú, a los peruanos, a Lima,  al Pisco, y a todo lo que sonara a Perú.

Sin esperar órdenes, el Comandante del  Batallón “Zepita” ordenó a su Batallón lanzarse al asalto,  el ruido de los clarines que ordenaban a dicha fuerza pasará a la ofensiva, fue escuchado por una parte del Batallón “Concepción”, de modo que antes de darse cuenta, los hombres del Batallón del Coronel Valladares, saltaban de sus parapetos y comenzaban a cargar contra el enemigo.

La compañía del Capitán Sotillo, al completo había saltado tras su comandante, cuando este ordenó a la carga, el oficial no había dudado, alentando a sus hombres ordenaba – ¡Adelante muchachos! No malgasten tiros – los soldados avanzaban sin preocuparse conservar filas, disparando a cuanto chileno creían ver en medio de feroces gritos de –  ¡Viva el Perú! ¡Viva el Perú! –

En el lado chileno, imperaba la confusión, la Brigada de Urriola estaba siendo machacada por el fuego incesante de los Batallones peruanos lanzados al asalto, y comenzaban a perder terreno, el Naval se mantenía firme, pero el desorden del Aconcagua era preocupante, la artillería de campaña del Coronel Velásquez retrocedía, de modo que el apoyo quedaba restringido a la Brigada de artillería de montaña de la División, muchos dispersos de los distintos cuerpos comenzaban a abandonar la línea, huyendo hacía retaguardia, el Comandante Gorostiaga, observaba preocupado los acontecimientos al tiempo que masticaba silenciosamente un palo cigarro sin encender; solo el grito de uno de sus ayudantes le hizo recuperar algo de confianza, la Reserva del Coronel Martínez avanzaba desplegada aún a pesar de la terrible confusión de chinos y mujeres que huían a la desbandada –

La tropa del “Aconcagua” y del “Naval” que mandaba el Subteniente Rosales se encontraba en una espantosa situación, de modo que el oficial intentaba buscar un punto hacía el cual retirarse, mirando hacia atrás se dio cuenta de una arboleda a unos cien metros hacía su derecha, solo debían llegar a ese punto; el Sargento del Naval vendado le llamó la atención – Debemos irnos mi Subteniente – Rosales tragó saliva –Escuchen todos, a mi orden daremos dos descargas, la primera los Navales y la segunda los del Aconcagua, luego nos retiraremos a la carrera a esos árboles – Rosales miró al enemigo estaban a unos doscientos metros de su posición, los soldados les observaban en la mayor tensión – Bien Sargento, buena suerte, nos vemos en los árboles – El Sargento asintió con la cabeza,  los hombres esperaron – Fuego – Pero no todos los soldados corrieron hacia atrás, varios salieron hacía adelante.

El soldado Torres se había  juntado a los hombres del Capitán Sotillo, hacía unos instantes se había percatado de que el grueso de su compañía no había saltado el parapeto, de modo que ante la disyuntiva había decidido continuar siguiendo a un buen oficial; el Capitán marchaba solo armado de la espada, pero la fortuna aquel día había decidido que el oficial no había pagado aún con suficiente sangre la gloria, repentinamente alcanzado en la cara, quedó tendido al sol, dos de sus hombres lograron llegar a él, y sacarlo en de la línea de fuego, en una frazada, de modo que en el momento crítico, las tropas del Concepción quedaron sin su oficial más veterano y caracterizado.

Pero no todos los chilenos corrieron hacía los árboles como se les había ordenado, un pequeño grupo de cuatro o cinco de ellos salió al frente de su refugio dispuestos al sacrificio máximo para posibilitar la salvación de sus compañeros; sin embargo, fueron prontamente liquidados, por la fuerza peruana que avanzaba, pronto los hombres del “Concepción quedaron dueños de la posición, y desde allí comenzaron a seguir con su fuego a los enemigos que huían, en ese momento fue cuando en realidad se sintió la falta de un oficial enérgico como el caído  Capitán Sotillo, pues en dicho lugar el avance se detuvo, más cuando repentinamente uno de los chilenos muertos revivió y disparó ultimando a un soldado, este no tuvo tiempo de recargar su arma, rápidamente fue ultimado a balazos, Torres observó como uno de sus compañeros, comenzó a registrar al cadáver, y pronto lo descalzó de sus botas amarillas, y allí mismo bajo fuego, se cambio sus destrozados zapatos por el calzado del chileno en medio de la risa de todos los que contemplaban la escena, quienes recordaban la promesa del soldado de “cazar a un mapocho para quitarle las botas”.

El Subteniente Rosales llegó a los árboles, sin aliento, pero ninguno de sus compañeros se detuvo en el lugar, de modo que, tras recobrar un poco el aliento, en solitario se dirigió hacía retaguardia buscando unirse a cualquier grupo que encontrara.

La oportunidad perdida por los hombres del “Concepción”, que no siguieron empeñándose a fondo en explotar su éxito, no fue desaprovechada por los chilenos, repentinamente desde un muro a la derecha de la posición recién conquistada por los peruanos apareció un grueso pelotón de soldados chilenos, era casi toda una compañía, la Reserva chilena entraba de lleno en la lid.




sábado, 24 de agosto de 2013

CAPITULO X

FRENTE DE BATALLA
ZONA OCCIDENTAL

 I CUERPO DE EJÉRCITO 
II BRIGADA DE LA 3ª DIVISIÓN
REGIMIENTO DE ARTILLERÍA Nº 2


Al mismo tiempo que el Regimiento “Valparaíso” se desplegaba, y el Batallón “Guarnición de Marina”, iniciaba su asalto, otras unidades peruanas  del Cuerpo del Coronel Cáceres aumentaban la cadencia de fuego, e iniciaban su avance, pronto salieron a descubierto gruesos pelotones del Batallón "Canta", si bien no necesariamente avanzaban con el mismo ímpetu que los “chalacos”, eran suficientes para causar gran preocupación entre los chilenos. 

Un grupo de cómo veinte hombres de este último batallón, remanente de una compañía de infantería casi destruida durante la batalla del 13, se movió en dirección tal que, repentinamente quedaron a la vista de una batería chilena, el Teniente que mandaba a los hombres, sonrió triunfante, no podía creerlo, a trescientos o trescientos cincuenta metros estaban las despreciadas piezas chilenas, no necesitó gritar la orden, y la mayor parte de su grupo abrió fuego a aquella distancia. 

En el lado chileno, un artillero tragó saliva, sin dudas les estaban disparando a ellos – Quien puede ser tan huevón para mandar las piezas a primera línea a quedar expuestas al fuego del enemigo en cualquier momento – pensó, al tiempo que las balas rebotaban en un muro, sin embargo se cuidó muy bien de no dar a conocer públicamente su opinión, una bala de fusil arrancó astillas de la rueda del armón a su lado, y el hombre pestañeó – dos pesos al mes más que un infante o un jinete – se dijo pensando en la diferencia salarial con respecto a las otras armas, y es que de todas las armas los artilleros, con su capacidad de enviar la muerte a más larga distancia que los fusileros o los sableadores, eran los soldados más apreciados, no era un mal trabajo, pues normalmente quedaban menos expuestos al fuego enemigo que cualquier otra arma, además ya se habían ganado una notable reputación al detener el asalto aliado en su asalto al cerro San Francisco, durante la batalla de Dolores.

Sin embargo, la suerte de los atacantes no podía durar, pronto habían atraído sobre sí el fuego de varios grupos del Regimiento "Santiago", de forma que pronto sufrieron cuatro bajas, entre ellos el Teniente, que con un quejido sordo, cayó al suelo herido en su rodilla derecha, de esta forma no pudieron seguir disparando a los cañones, un joven sargento, se las arreglo como pudo para cargar al cada vez más pálido Teniente herido, con ayuda de otro soldado, sentaron al oficial en un fusil y lo sacaron de la línea de frente retirándose a un muro cercano, donde ya había convergido otros dispersos a tomar aliento o amunicionarse – Mi teniente tranquilo, que de acá lo mandamos a retaguardia – El oficial le apretó el brazo con fuerza desmedida, y medio desfalleciente le alargo un pañuelo que sacó del interior de su casaca – Esperaba casarme con ella – Una lagrima rodo por su mejilla.  

El artillero, suspiro aliviado cuando las balas dejaron de llover sobre su pieza, vio al grupo de peruanos situarse en una tapia a unos cuatrocientos metros, vio entonces al Teniente jefe de su pieza abrir la boca y taparse los oídos, al tiempo que el cañón abría fuego estruendosamente, no necesitó orden para maquinalmente agacharse y sacar una nueva munición – Mierda solo nos quedan ocho, y al ritmo que estamos tirando, no nos duran ni quince minutos – maquinalmente entregó la munición al tiempo que fijaba la vista en el proyectil de su pieza que estalló justo en la muralla de piedras donde se habían refugiados los peruanos que quedó envuelta en una nube de tierra – En el blanco – pensó feliz.

Con los botones abiertos, y la cara negra por la pólvora otro artillero metía el “chiporro” en la boca de su pieza, a fin de limpiar los residuos en el ánima del cañón, el Teniente y el Sargento se felicitaban mutuamente por el gran tiro que habían realizado, sin embargo, un soldado les llamó la atención sobre el “Rucio”, el caballo había sido alcanzado por el fuego enemigo, y ahora tendido en una posición que le hacía recordar más bien un quiltro apaleado que a un brioso percherón, respiraba dificultosamente, el soldado con los ojos llenos de lágrimas, no atinaba a nada, el artillero reacciono, hizo a un lado a su camarada de un empujón, y le dirigió algunas palabras de afecto al corcel, al tiempo que le acariciaba las crines, y es que resultaba difícil no encariñarse con el animal, pues era junto al “malacara”, los únicos de los caballos que habían servido con la batería desde Antofagasta, casi desde el principio mismo de la guerra, luego con voz tronante gritó – ¡Mi Teniente! ¡El Rucio no da pa’ más, se nos muere! –

El oficial, se despreocupó de las labores de carga de su pieza, y se acercó junto al caballo, con gesto de fastidio, sacó su revólver, no era algo que le gustara hacer, pero era lo que tenía que hacerse, sin embargo, al apuntar dudó un segundo, durante la marcha a Tacna casi la mitad de los caballos de la batería fueron dados de baja por inútiles, de modo que los hombres y solo cinco caballos debieron soportar el peso de la batalla, y todos ellos, hombres y bestias trabajando en conjunto lo habían logrado, el Artillero apretó los dientes y miró para otro lado, siguió un tiro y el olor a humo y sangre del Rucio, no hubo tiempo para llantos o lamentaciones, antes de que la pieza fuera cargada, un Capitán Ayudante apareció al Galope.

– Teniente la batería se repliega por escasez de municiones, enganchen su pieza  y sigan a la pieza número uno, nos situaremos quinientos metros a retaguardia – El teniente simplemente se cuadró y ladró algunas  órdenes que los hombres entendieron más por costumbre, pues la mayoría estaban ensordecidos por los estruendos, y en pocos instantes, la pieza comenzó a moverse, dejando tras de sí un montón de desechos y un caballo muerto.

En medio de las ruinas de un muro el Sargento, sacudió la cabeza, estaba vivo, buscó a sus compañeros con la mirada y no vio a ninguno, le dolía la cabeza, y pensó – Qué bueno sería un trago de agua – de pronto se encontró con el cuerpo del Teniente, estaba muerto, el oficial estaba muerto, aunque más bien parecía dormido, una amarga sensación le quedó en la garganta, sabía que tenía que moverse, pero no lo deseaba, se dio cuenta que en su mano aún sostenía el pañuelo que le diera el oficial, era de seda, y en uno de sus extremos tenía bordadas dos iniciales, con cuidado, lo abrió y tapó la cara del cadáver, luego gateando, sin arma, pues no la pudo encontrar se alejó.

miércoles, 21 de agosto de 2013

CAPÍTULO IX

LINEA DE BATALLA PERUANA

CAPITAN DE NAVÍO JUAN FANNING



El Capitán Fanning observó una vez más a su tropa – No hay dudas es el mejor cuerpo del Ejército – Se dijo lleno de orgullo. 

Los hombres permanecían agazapados junto a la pared dispuestos a lanzarse adelante apenas recibieran la orden, solo algunos pocos disparaban de vez en cuando sobre el enemigo que envalentonándose había comenzado a desplegar al frente de sus líneas a sus compañías guerrilleras 

– Equivalen al menos a uno o dos batallones – Se dijo Fanning confiado en lo que sus hombres pudieran hacer; con estudiada calma contempló su reloj casi con fastidio, faltaban aún algunos segundos, había decidido que como buen marino no era un buen jinete, de modo que había decidido encabezar el asalto como un infante, al ver a su jefe desmontar un soldado no pudo contenerse al hablarle a un compañero – Linda estatua sería un marino a caballo – el otro soldado sonrió de vuelta, un Sargento los fulminó a ambos con la mirada – Silencio en la fila – los hombres apretaron sus fusiles y callaron.

Fanning casi como si se tratara de un vulgar ejercicio, o si fuera a encabezar un desfile, desenvainó su espada, el Corneta de Ordenes escupió y rápidamente se llevó el instrumento a la boca, se produjo un silencio solemne –Ya está hecho, de aquí solamente nos espera la gloria – Pensó al tiempo que apuntaba hacia adelante, quinientos pares de ojos atentos a su comandante le vieron avanzar, y por fin el clarín con su sonido les alentaba a salir hacia delante, casi como un rugido se escuchó un sonoro  ¡Viva el Perú! – Y rápidamente los hombres salieron de sus refugios, haciendo un fuego devastador a las fuerzas enemigas. 

Más atrás mirando con su anteojo de campaña el Coronel Cáceres observaba la maniobra de los soldados del Callao junto con sus ayudantes estos en un silencio religioso entendían que en esos momentos estaban contemplando uno de esos momentos solemnes de la historia, el veterano Coronel solo se limitó a exclamar un seco – Magnifico – 

En el flanco del “Guarnición de Marina” un poco retrasado con respecto a la puntualidad de sus compañeros, el otro Batallón del Callao también comenzaba a avanzar; notoriamente el fuego en la línea peruana comenzó a incrementarse, y a lo largo de la línea, a medida que los Batallones del reconstituido I Cuerpo estaban listos también comenzaban a salir de sus atrincheramientos en medio de entusiastas ¡vivas al Perú!.

domingo, 11 de agosto de 2013

capitulo VIII

CAPÍTULO VIII

REGIMIENTO “VALPARAISO”

RAMÓN FREX

EN MARCHA A LA LÍNEA DE BATALLA



Al trote, el Regimiento avanzaba hacía la batalla, las descargas de fusilería habían comenzado a caer sobre ellos desde hacía unos instantes y ya dos o tres hombres habían caído alcanzados por los mortales proyectiles, de modo que la columna de “Valparaísos”, se había apretado inmediatamente, y a partir de ese momento los hombres habían continuado la marcha encorvados hacía adelante, con los fusiles al hombro, repentinamente la segunda mitad de la compañía de Ramón se vio estremecida por un golpe sordo en el suelo, y un montón de polvo arrojado al aire, una granada de cañón había caído en medio de las filas.

La cueva del chivato, la terrorífica historia que le contaba la Menche para mortificarlo un par de años atrás, cuando aún se le consideraba un niño, y que dicho sea de paso, lo tuvo casi sin dormir por dos o tres semanas, sí, la cueva del chivato, el mítico lugar en la costa de Valparaíso, donde por las noches aparecía el diablo con forma de macho cabrío, y arrojaba al acantilado a los imprudentes transeúntes que inadvertidamente osaran pasar de noche por la cercanías de sus dominios, su mente obsesiva no había cesado de imaginar la bestial criatura desde entonces, de alguna manera todo el resto había desaparecido de su mente, y ahí estaba “el mandinga”, el mismisimo chivato frente a él, llevando una vara de fuego en la mano izquierda y mirado hacía el mar, por más de seis meses, la cueva del chivato, le había obsesionado  y luego tras de que su padre le dijera que si bien la cueva existía, en realidad el único demonio que moraba en ella era un grupo de bandidos, que la utilizaban de refugio, pero que todo ello había terminado, cuando los ingleses a petición del Intendente, habían desembarcado un grupo de marinos, que habían limpiado el lugar, desde entonces creía que el chivato había desaparecido de su mente, sin embargo ahí estaba frente a él moviendo su bastón de fuego y riéndose de él, una mezcla de miedo y vergüenza le invadió el alma, quien pensaba que era él, su galón dorado era un simple adorno en su guerrera, no lo volvía un oficial, un soldado o un hombre; el chivato le estaba venciendo, sin embargo los sacudones de su ordenanza volvieron repentinamente a la realidad a Ramón, por unos instantes había estado de pie paralizado mientras el resto de la tropa continuaba adelante, la explosión del proyectil peruano había sido solo a pocos pasos de Ramón, y le había dejado irreconocible de tierra, cerca de él, un hombre se retorcía, en el suelo, le faltaba la pantorrilla derecha, que le había arrancado el cañonazo enemigo, un poco más allá, otro soldado sentado había quedado sordo, y le costaba mantener el equilibrio, tras pestañear un par de veces, Ramón volvió a tomar el control y el chivato desapareció, agarrando por la muñeca a su ordenanza ordenó – Adelante, no nos podemos quedar atrás – los otros dos hombres quedaron donde estaban sin ayuda, ni atención; mientras que el Regimiento “Valparaíso”, ya desplegado en batalla por orden de su comandante Marchant, comenzaba a avanzar dislocándose poco a poco mientras los obstáculos del terreno les impedía mantener cualquier tipo de formación.

Al trote el Aspirante y su ordenanza rápidamente alcanzaron a los grupos de retaguardia del Regimiento, a gritos Ramón animó a los rezagados a moverse, unos cuantos les siguieron, sin embargo, antes de alcanzar al grueso del Regimiento, la mitad ya se había quedado atrás, o echados al pie de las murallas tratando de recobrar el aliento.


El Comandante Marchant claramente visible montado en su caballo, serenamente impartía órdenes, el Segundo Comandante La Rosa, había desmontado, y observaba al enemigo detrás de una pirca, el Regimiento ya no se movía, aparentemente se había parapetado, y algunos comenzaban a abrir fuego esporádicamente, muchos más sin embargo, se mantenían agachados desorientados o esperando órdenes, había llamado la atención de Ramón que un numeroso grupos de chinos y mujeres, corrían asustados por un callejón hacía Barranco “A quien mierda se le ocurre ir al frente de batalla con mujeres” pensó Ramón, cuando una histérica “camarada” se había plantado frente al grupo de porteños gritándoles con los ojos desmezuradamente abiertos al tiempo que movái teatralmente los brazos – ¡Traición! ¡Traición! Los cholos están masacrando a la tercera división – los hombres quedaron impresionados, Ramón reaccionó gritando a los que le rodeaban – Nada de dudar, vamos adelante a luchar con los nuestros – y siguió adelante seguido por su ordenanza y cinco hombres.





sábado, 3 de agosto de 2013

CAPITULO VII

CAPÍTULO VII
ROBERT RAMSAY
LIMA


El estruendo de la batalla, semejante a una tormenta, que por momentos parecía arrecia, hicieron que Robert Ramsay recordara las palabras de un Flag officer del Almirante Stirling, con el que había hablado menos de una hora antes – El Almirante me ha confidenciado que las negociaciones para garantizar la propiedad de los neutrales en Lima han fracasado, le recomiendo que vaya a casa empaque lo que pueda y salga cuanto antes de la ciudad – Pero ¿Existe un lugar seguro donde ir? – Marche a Ancón, el Almirante ha decidido desembarcar los Royal Marines de la Shannon, se hacen gestiones para que personal del Ferrocarril Inglés, pueda operar un convoy especial a ese punto, son casi 30 millas de viaje, si fracasa el tren viaje como pueda, Ancón será el único lugar seguro en los próximos días.

Nervioso, Robert se había dirigido hasta su residencia dispuesto a salir cuanto antes hacía Ancón, mientras realizaba la marcha lamentó profundamente el reclutamiento de los encargados del transporte público de la ciudad, por un instante a medida que se había internado por las calles deseo correr, sin embargo, su orgullo le impidió hacerlo, por el contrario se limitó simplemente a caminar al ritmo de un hombre apurado, a su paso notó que la gente comenzaba a encerrarse en sus casas, cerrándose las ventanas y poniendo pesadas trancas en las puertas ya en la casa Ried, y él comenzaron a trazar los planes para marcharse cuanto antes de la ciudad, por sobre todas las cosas, tenían claro que era su deber proteger a las mujeres y niños – Tenga usted por seguro que si bien es cierto Rey ni los hombres de la Reserva no son los Granaderos Reales, tendrán la conciencia cierta de que nada podrá defender a sus familias si ellos no resisten el máximo de tiempo posible – De acuerdo, pero por sobre todas las cosas debemos llegar a la estación de Abajo del Puente,y confiar con que el ferrocarril haga el viaje – La señora de la casa apareció frente a los hombres ofreciéndoles hacerles servir una taza de té, los hombres correctamente rechazaron el ofrecimiento – La mujer de Rey pareciera no pensar en que el enemigo está en las puertas de su ciudad – Reid asintió al tiempo que encendía un cigarrillo – Repentinamente detuvo su acción dirigiéndose a la ventana, la abrió, con un gesto evitó que Robert le preguntara algo, luego dio una chupada a su cigarro – Escuche usted, son disparos – Robert asintió, al tiempo que simplemente se limitó a señalar – Debemos pedir a las damas que preparen a los niños, aunque debamos marchar a pie, debemos llegar a Ancón sea como sea – Dicho esto, se limitaron a hacer llamar la gente al salón, mientras esperaban a las damas y niños, el vecino Danburry entró apresuradamente a la casa, se le veía algo agitado, más no acobardado, cuando hubo retomado un poco el aliento les señaló – Logramos que el Tren de Ancón haga un viaje especial, saldrá en unos momentos, debemos llegar rápidamente a la estación, o saldrán sin nosotros, los refugiados de la casa Gibbs ya han comenzado a moverse a la estación, pero yo no podía partir sin avisarles – Reid y Robert agradecieron sinceramente el noble acto de Danburry, mientras se movían, Robert, tomó su escobilla de dientes del baño, unos pañuelos limpios y un abrigo gris.


En la calle pudieron ver, a los refugiados que había asilado la casa Gibbs & Co. marchando apresuradamente rumbo al Rimac – Por Dios, Danburry, ¿Cuanta gente habían tomado bajo su protección? – El aludido se secó la frente con un pañuelo, y sin pararse respondió – Pues, 175 personas, en su mayoría mujeres y niños – Pronto el grupo de Robert y Reid, se unieron a la columna, la señora de Rey, reclamaba por que no habían conseguido un coche para marchar cómodamente  Robert atribuyó el comentario a los nervios, o bien la señora abría olvidado que los hombres y animales estaban ahora en el frente de batalla, el sonido de los cañones se sintió claramente antes de que hubiesen avanzado una cuadra, algunas mujeres sollozaban en silencio, otras con grandes alaridos clamaban a Dios.