viernes, 29 de marzo de 2013

Capitulo VIII


CAPITULO VIII


REGIMIENTO "ACONCAGUA"

EN MARCHA HACIA EL FRENTE


Mientras la tropa mandada por el Capitán Nordenflytch permanecía parapetada en el frente, observando ansiosamente al enemigo, el resto del Regimiento, mucho más relajado marchaba indiferente a lo riesgoza de la situación.

Si bien es cierto el Comando de la Brigada le había ordenado ponerse en movimiento, también los comandantes de cuerpo estaban informados sobre la tregua; de esta forma, lo que preocupaba en ese momento al Comandante del Regimiento Teniente Coronel Rafael Díaz Muñoz era lo avanzado de la hora y que su cuerpo no había comido todavia, y es que los proveedores no habían estado muy efecientes durante la campaña, de hecho por momentos se habían escuchado criticas incluso dentro del cuerpo de oficiales.

Tras cruzar Barranco, el Sargento que hacía las veces de ordenanza del comandante le llamó la atención sobre una hermosa casa quinta a la izquierda del camino, Díaz la observó atentamente y sobre la marcha ordenó a uno de sus oficiales adelantarse hasta ellugar para ver si habíam provisiones, el comisionado no tardó este en regresar – Mi comandante hay una gran fuente con agua limpia y también muchas verduras y árboles frutales – Díaz no lo pensó mucho y al llegar frente a la finca ordenó el alto, la columna se detuvo, y se ordenó reunión de oficiales, en ella el comandante ordenó que por compañías la tropa tomaralo más rapidamente posible lo que necesitara – Hagámoslo en orden y rapidamente para que alcance para todos, sólo cinco minutos por compañía nada más, adelante, adelante – de esta forma, mientras el regimiento permanecía formado junto a la vía férrea la primera compañía del primer batallón, entraba al predio, rápidamente los soldados se amontonaron en el estanque a llenar sus caramayolas con agua, el ambiente se relajó, y pronto comenzaron las bromas, pronto el huerto fue victima de los soldados, quienes con rapidez asombrosa comenzaron a sacar frutas y verduras con avidez, afuera, el Capitán Ricci daba instrucciones a su compañía – sólo tres minutos para la compañía muchachos, así que hagamoslo rápido y en orden –

El Subteniente Justo Abel Rosales, de la tercera compañía del primer batallón, no sentía de momento necesidad de agua, en la mañana poco antes de ponerse en marcha había mezclado en su caramayola, veinte centavos de aguardiente que había comprado a un soldado de su compañía, y es que, desde el inicio de la campaña, y en especial tras la batalla de Chorrillos existía un verdadero mercado en el ejército, en el se transaban todo tipo de bienes, principalmente obtenidos del pillaje, independiente de los grados jerarquicos nadie parecía sentír muchos remordimientos, y quienes no estaban de acuerdo, hacían vista gorda, de forma que todos se lo tomaban con pragmatismo y como una suerte de compensación a los sufrimientos de la campaña; muchos eran los que habían adquirido “un recuerdo” durante la campaña, siendo especialmente apreciados los relojes, Rosales no pudo contener una sonrisa al ver salir a varios hombres, ya no solo con frutas o verduras, sino con los fusiles adornados con hermosas flores de todos los colores, la segunda compañía entró entonces, Rosales en un discreto murmullo le dijo a su compañero más cercano – Ya nos tocara el turno a nosotros – Me impancienta prepararme pal carnaval – Respondió el Teniente aludido con una gran sonrisa.

La detención del Regimiento, no había pasado desapercibida a los hombres en la casa italiana, el Coronel Pedro Lagos había llegado hacía apenas unos minutos, dirigiéndose rapidamente a uno de los miradores, tras contemplar el paso de un escuadrón de Caballería, el Comandante de la División cayó en cuenta que el Regimiento no se movía desde hacía rato, tras contemplar unos segundos la escena preguntó al Comandante Gorostiaga – ¿Qué diablos hace detenido el “Aconcagua”? – El aludido apuntó su anteojo de inmediato, al sector pero tardo unos segundos en responder, cuando comprendió lo que pasaba señaló secamente – Se están “aprovisionando” mí Coronel – Lagos lanzó una gruesa maldición que aludía a la madre del comandante del Regimiento, de modo que casi sin esperar la orden un ayudante bajo a la carrera hasta la puerta y salió al galope.

Algunos “Aconcaguas” que volvían cantando a las filas debieron dar paso al jinete enviado por Lagos, ya para entonces la Cuarta compañía del Primer Batallón estaba en el interior de la finca, el oficial se apersonó ante el Comandante, cuadrándose sin desmontar ante Díaz Muñoz se limitó a señalar – Por orden directa del Coronel Pedro Lagos, el Regimiento “Aconcagua” debe terminar con su detención, y continuar inmediatamente la marcha al frente, sin más demora – Poniendo un gesto incrédulo el Comandante Díaz tomó repentinamente conciencia de que talvez la tregua no era tan firme; el Sargento Mayor Briones ordenó entonces a los comandantes de compañía que por orden superior no se tomara más agua, al pasar frente a la tercera compañía del primer batallón gritó – Más adelante hay agua fresca en abundancia muchachos, ahora debemos marchar –

En medio de la alegria de los hombres, en los momentos en que la cuarta compañía formaba para reiniciar la marcha, el Comandante Díaz palideció aún más, el mismisimo General Baquedano, seguido por su Estado Mayor, pasaba al galope corto hacía el frente, el General saludó a la tropa con un gesto, y los soldados rapidamente le abrieron paso, el comandante Díaz saludo militarmente al jefe del Ejército, este no podía olvidar la mala experiencia que había significado la única visita que el General Baquedano había realizado al Regimiento mientras estaba acantonado en Tacna, en aquella ocasión el General en Jefe también había aparecido por sorpresa en el cuartel que ocupaba el Regimiento, en aquella ocasión salió reprendido un tambor que en su nerviosismo ante la presencia del Comandante en Jefe, no paró de tocar redoble, hasta que un ayudante del General, por orden de este le ordenó parar el a esas alturas molesto redoble.

Tras haber perdido unos veinte o treinta minutos, y ante el desaliento del segundo Batallón, que no alcanzaron a aprivisionarse, las filas se recompusieron, y a paso acompasado volvieron a ponerse en marcha.

sábado, 23 de marzo de 2013

capitulo VII


CAPÍTULO VII

POSICIONES DEL BATALLÓN Nº 29 “ZEPITA”

EN LOS ALREDEDORES DEL REDUCTO Nº 2


Tal como los chilenos, los peruanos se mantenían expectantes a los movimientos de las tropas enemigas desde que habían divisado temprano las columnas en movimiento, de forma que aunque a esas horas ya todos sabían del armisticio, pocos eran los que dudaban de que el enfrentamiento inminentemente explotaría de un momento a otro, y aún así, solo podían esperar.

El batallón “Zepita”, del Cuerpo del Coronel Suarez había sido muy golpeado durante la batalla anterior, se le había mantenido formado en los alrededores de San Juan recibiendo mortal fuego del enemigo y luego enviado a reconquistar el balneario de Chorrillos, en un mortal combate callejero, sin embargo, la mayor parte de los hombres estaban resignados a luchar, morir y hacer pagar caro a los invasores su osadia, el comandante no era ajeno al sentimiento de sus hombres, ni dudaba que pronto estallaría el combate, de modo que apenas tuvo esa certeza ordenó a los rancheros del Batallón preparar una comida para la tropa – Pónganle esmero – habia dicho, pensando en que merecían una buena comida, pero inmediatamente pasó por su mente una nube negra, para cuantos sería la última.

Sin dejar de mirar al sur los encargados de la comida, pusieron rápidamente manos a la obra; sin embargo, cuando el rancho estuvo listo, pudieron notar cuan devastador había sido el combate de dos días atrás, por costumbre habían cocinado como de costumbre para todo el batallón, sin embargo, solo la mitad de los hombres que formaban hace unos días se presentó a comer, el resto eran bajas.

Cerca de ellos un grupo de soldados del Batallón Nº 27 “Concepción”, más específicamente de la compañía del veterano Capitán Sotillo, sus vecinos más cercanos, conversaban animadamente junto a una tapia, uno de ellos se quejaba de sus zapatos rotos, y decía a un compañero que debía quitar a un enemigo un par nuevo, sin embago, los principales temas de conversación de la mañana habían girado en torno al diario que había leído para sus compañeros el soldado Lara, y la historia que esa madrugada unos “mapochos” habían sido emboscados por hombres del batallón “Guarnición de Marina”, llegado hace poco de El Callao – Dice mi compadre que eran hombres a caballo y que los dejaron acercarse hasta ponerse a tiro, incluso me mostró la cartera que recogieron de uno de ellos, era un mozo joven y por el bordado del pañuelo parece que estaba comprometido para casarse – Uno de los soldados agregó casi al instante – Una novia más que se queda sin marido por culpa de esta puta guerra – nadie se percato de que el hombre jugaba entre sus dedos, con un fino anillo de compromiso.

El Sargento Arroyo, muy popular entre la tropa por su fama de valiente a toda prueba se acercó al grupo – Miren la gracia de los chilenos, mientras su ejército nos va a atacar por el frente, sus buques nos flanquearán por mar – luego agregó – ¡Cobardes!...... Miserables! – Los hombres guardaron silencio, de alguna manera los grandes cañones de los barcos provocaban entre la tropa mayor inquietud que la más numerosa y probadamente más letal artillería de campaña chilena.

El soldado Torres, sintió que ante el incomodo silencio de sus compañeros de alguna manera debía animarlos – No me llega el susto al pecho, como no nos llegarán sus bombas – El Sargento Arroyo, se sintió tocado por el comentario, y deseo dejar en claro inmediatamente que lo suyo era una simple apreciación de los hechos y no temor – Y a mi aunque lleguen – El soldado Porfias que se había mantenido en silencio hasta ese momento intervino –¿No llegarán? ¿Cómo es eso “distinguido”? – Torres, improvisó un pequeño discurso de artillero – No, porque la distancia a que tendría que obrar su artillería para lograr ángulo de tiro sería superior al alcance de sus cañones – Porfias no pareció muy convencido – ¿Y con sus obuses? – Torres respondió suelto de cuerpo – Sucedería lo contrario, tendrían que acercarse a tiro de la batería “Alfonso Ugarte” que ya los tiene escarmentados – Los hombres aprobaron inmediatamente olvidando que el que entregaba la información con tanta soltura apenas si había pasado los veinte años, y que sus conocimientos bélicos apenas si eran similares a los del resto.

Una delgada figura apareció entonces junto a ellos, el hombre parecía más bien un cadáver, flaco y caminando pesadamente, apenas si arrastraba los pies, su rostro moreno y sudoroso denotaba claramente que sufría por la fiebre y los dolores, sin embargo no era lástima lo que había llegado a buscar, sino información – ¿De verás chelenos veniendo? – Era el soldado Ramos, un serrano, enfermo de disentería, y que desde hacía varios días había recibido su licencia absoluta – Ve a casa hombre, mejórate y vuelve a pelear – le había dicho el Coronel Valladares, cuando personalmente intentó convencer a Ramos, que se había negado a partir, sin embargo, fue tanta su tozudez de permanecer en servicio, que finalmente le habían permitido quedarse bajo su riesgo, ello pese a que notoriamente se deterioraba más y más con el pasar de los días.

Uno de los soldados le dijo – Sí, ya vienen; anda vete mejor, Ramos, tú no puedes pelear y te van a matar sin defensa – Pero a pesar de su demacrado aspecto, el hombre se mantenía firme – No matarán sen defender, todavea podiendo con refle – dijo mostrando el arma que llevaba colgada al hombro, los demás supieron que convencer al serrano de volver a su tierra sería inútil de modo que decidieron integrarlo a la conversación.

Un ranchero del “Zepita” se les allegó – Muchachos, nos ha sobrado comida, los que gusten tomar un poco de caldo, vengan – Los hombres del grupo se miraron durante una fracción de segundo, para disolverse rápidamente en medio del mayor alboroto en demanda de la comida ofrecida.

Utilizando cualquier tipo de envases, improvisaron platos, en medio del jolgorio general el cucharon fue sirviendo generosas porciones de un oloroso y caliente caldo que los hombres agradecieron de todo corazón.

Sin embargo, el destino, no les deseaba un almuerzo tranquilo, el clarín del batallón sonó en un largo toque de atención, los hombres quedaron petrificados al instante, luego el toque de “generala”, llamaba a los hombres a las filas, Porfias llamó la atención de Torres que dudaba con su plato en la mano – A formar hombre, a formar – Ante la disyuntiva el aludido no dudó en beber el ardiente caldo de un solo golpe – No podía botarlo – le confesaría después a su compañero.

sábado, 16 de marzo de 2013

capítulo VI


CAPITULO VI

AL SUR DE BARRANCO

MEDIO DÍA DEL 15 DE ENERO DE 1881




Cuando el Coronel Pedro Lagos leyó una preocupante nota enviada por su Jefe de Estado Mayor; uno de los ayudantes de Lagos se percató de que algo no andaba bien, pues el Coronel comenzó a arrugar el entrecejo a medida que leía:


Desde un mirador de la casa italiana observo que el enemigo refuerza apresuradamente su línea; veo llegar infantería y caballería; el tren acarrea fuerzas, conviene venga inmediatamente la división, disponga US. lo que guste.

                                                                               J. E. Gorostiaga.

Lagos guardó el papel distraidamente, a medida que mentalmente situaba el punto a que hacía referencia Gorostiaga, sus ayudantes le observaban expectantes, en ese momento decidió enviar parte al General Baquedano, solicitando hacer avanzar la reserva hasta Barranco, no se había alejado el ayudante enviado a cumplir la orden, cuando el Coronel ordenó redactar otras órdenes esta vez dirigidas a sus dos comandantes de Brigada, la orden era simple pero concisa “ avanzar” con voz segura dictó – La I Brigada se desplegará a la derecha de la línea férrea, y la II tenderá su línea desde la derecha de la línea férrea hasta llegar al mar – una vez firmadas por el Coronel dos oficiales salieron raudamente a entregarlas.

Tras esto, la cadena de mando de la División comenzó a moverse rápidamente, apenas recibida las órdenes, de las comandancias de Brigadas, partieron de estas nuevos oficiales a dar las órdenes pertinentes a los distintos regimientos y batallones; y poco después los clarines y tambores de los distintos cuerpos comenzaron a resonar llamando a los soldados a formar.

Había pasado una media hora desde que Lagos redactara la orden, cuando el campamento del Batallón “Caupolicán” comenzó a agitarse, aunque con gran calma los soldados habían comenzado a formar a la orilla del camino, la gran mayoría creían la paz tan al alcance, que los afanes bélicos más comunes les parecían casi fuera de lugar, fue necesario que el Sargento Mayor Ramón Dardignac, bramara para que los hombres salieran de su embotamiento – ¡¡¡¡Formar!!!! ¡Rápido niños! Vamos a la guerra, no a una función de Sarah Bernhardt – entonces a la carrera los últimos hombres terminaron de ponerse en línea.

Montando ya en su caballo el Mayor paseó por el frente del Batallón formado, con ojo crítico observó detenidamente a los hombres, estaba seguro que no era la mejor tropa del mundo, pero habían progresado notablemente desde que asumiera como segundo comandante hacía un par de meses atrás.

El Batallón de Infantería de la Guardia Nacional “Caupolicán” había comenzado a organizarse en Santiago, en Septiembre del 79, ello tras la disolución del Regimiento Cívico “Valdivia”, cuyo personal se utilizó como reemplazos para cubrir las bajas del personal del Ejército de Operaciones Norte, sirviendo el excedente, especialmente los suboficiales como base para formar otros dos batallones en la capital, el “Valdivia” y el “Caupolicán”.

Sin embargo, a pesar de llevar casi un año y medio movilizado, no podía considerarse al batallón como uno de los mejores cuerpos del Ejército, en efecto el comando no se había mostrado nada conforme con el batallón durante su incursión sobre Moquegua, una operación menor desarrollada poco después de la toma del morro de Arica; demasiados rezagados, vergonzosamente alrededor de un centenar de hombres incluyendo oficiales no se consideraron capaces de terminar la marcha, debiendo ser devueltos a mitad de camino.

El Mayor Dardignac terminó entonces su revista, dejando al batallón en posición de “firmes”, se cuadró ante su oficial superior – Batallón formado y listo para partir mí Comandante – Conforme Mayor en marcha hacía la línea de Miraflores – Volviendose a la columna con voz potente ordenó – Batallón al hombro ar... – Siguiendo las órdenes las compañías una a una cumplieron la orden, se produjo un solemne silencio, y una nueva orden – ¡¡¡¡Batallón!!!! Giro a la izquier!!! – la orden fue repetida de compañía en compañía por los capitanes, de manera que tanto el comandante como el Mayor quedaron a la cabeza de la columna – ¡¡¡Batallón..... mar....!!! – un tambor comenzó a sonar y los hombres marcaron el paso, ajustando el ritmo al son de los golpes en sus puestos, esperando la orden de moverse por fin se escucho – ¡Primera Compañía mar....! – era el gritó potente del Comandante de esa compañía y la columna comenzó a moverse al compás de la marcha, un nuevo grito – ¡Segunda Compañía mar....! – Y como si fuera una larga serpiente, la columna comenzó a moverse rumbo al norte.

El Sargento Mayor Ramón Dardignac, era considerado como un excelente oficial, incluso algunos señalaban que el oficial consideraba al ejército más como una orden religiosa, sabida era su predilección por leer en las noches a beber con sus otrora viejos amigos; y es que quien fuera tenido como uno de los más impetuosos oficiales de artillería de su generación había sufrido una tremenda transformación interna, ello tras estar dos veces a punto de ser fusilado; en efecto la primera vez siendo solo un Teniente, se vio envuelto en un lance en un bar de Valparaíso, la situación no hubiese quedado siquiera como una anedocta del Puerto, pero resultó de la pelea muerto un policía; el proceso que siguió fue corto, y el Tribunal militar dictaminó que el Teniente Dardignac debía ser pasado por las armas, pena que fue confirmada en la apelación; finalmente en una postrer última instancia, el Consejo de Estado, había conmutado la pena, por un año de presidio en la terrible Penitenciaria de Santiago y un agregado de seis meses de extrañamiento, fue durante su reclusión, en la soledad de su celda, que se produjo el gran cambio; estando preso se casó con la joven Elvira Castro, y de esta forma en 1874, partía al exilio a la República Argentina donde encontró colocación en el Ejército de dicha nación como Teniente Segundo; pero estaba visto que Dardignac no la tendría simple, pues nuevamente estuvo a punto de ser pasado por las armas, está vez en el año 1876, debió optar por entre el paredón y un puesto entre las tropas de Avellaneda; optando por su vida; tras la revolución fue ascendido a Teniente 1°, pasando a retiro cuando las cosas se calentaron entre Argentina y Chile el 77, volviendo entonces a Chile, al estallar la guerra, fue llamado nuevamente a servicio activo, con su antigüo grado de Teniente, pasando a desempeñarse como ayudante del Cuartel General, donde ganó su ascenso a Capitán, como pocos se podía jactar Dardignac de que había servido junto a tres Generales en Jefe, en efecto había formado parte de los Cuarteles Generales del anciano General Arteaga, del manco General Escala, y del actual comandante en Jefe el General Manuel Baquedano; aún así, como buen oficial deseaba un mando de tropa, no es quese quejara de la comodidad del Cuartel General, sino más bien, como una buena parte de los oficiales que habían recibido su “segunda oportunidad”, necesitaba probarse a si mismo su valer, por eso al presentarse la vacante de un segundo comandante para el “Caupolicán” no había dudado un segundo en solicitar y aceptar dicha comisión.

Para esos momentos, ya toda la tercera división había recibido orden de ponerse en marcha hacía el frente, y con mayor o menor velocidad los diferentes batallones y regimientos se alistaban, apretaban las correas, formaban, ponían las armas al hombro y marchaban hacía sus nuevas posiciones.

En el Cuartel General en tanto, el General Baquedano preocupado también por el parte que le había remitido el Coronel Lagos, había decidido también tomar cartas en el asunto, tras leer el parte con calma, había ordenado que se le enviara un propio al Coronel Arisitides Martínez comandante de la Reserva del Ejército, para que se alistara, marchara y acampara al sur de los restos humeantes de Barranco, punto al que también por orden del General debían converger los tres regimientos que formaban la caballería del Ejército, para lo cual ordenó despachar las órdenes pertinentes al Teniente Coronel Emeterio Letelier, comandante General del arma.

Una vez que salieron los hombres destinados a cumplir con estas órdenes, el General se sintió preocupado por lo que eventualmente pudiera ocurrir en el frente, de modo que volvió a examinar una segunda vez el parte de Lagos, decidiendo entonces que él personalmente, con todo el personal militar (incluyendo los observadores extranjeros) del Cuartel General, practicarían un reconocimiento al frente de batalla.

martes, 12 de marzo de 2013

capitulo V


CAPITULO V

GENERAL PEDRO SILVA

LINEA DE DEFENSA PERUANA AL SUR DE MIRAFLORES

El General Pedro Silva detuvo su revista al llegar a la Hacienda Calera de la Merced, donde lo alcanzó un mensajero enviado por el Coronel Andrés Cáceres, el mensaje era de lo más preocupante, no era el Jefe del I Cuerpo un hombre timorato de esos que confundiría una partida de reconocimiento enemiga con un avance general del Ejército enemigo, el General al menos, se consoló pensando que había logrado revisar las posiciones de la parte más importante de la línea, y pudo darse cuenta que contra lo que creía las tropas en general estaban bien dispuestas para la batalla.
El Estado Mayor General tenía una plantilla de personal de alrededor de cien hombres, de modo que el General Silva no tuvo problemas en encontrar personal para cursar las órdenes necesarias para que las distintas fracciones de caballería pasaran a ocupar sus posiciones a retaguardia, mientras que con el mismo oficial que llevara el mensaje del Coronel aprobó su determinación, otros dos partieron al galope en busca de los Coroneles Suarez y Dávila para que ordenaran a sus tropas ocupar sus posiciones y prepararse para una eventual batalla.
El tramo de la línea de defensa peruana recorrida por el General comenzaba en la costa a unos novecientos a mil doscientos metros al sur de la población del pueblo de Miraflores  apoyándose en una profunda hondonada, lecho seco del río Surco, en una corta la planicie de poniente a oriente en toda su extensión, inclinándose en su extremo derecho hacia el norte y formando así una especie de arco.
Los bordes del cauce lo componían una serie de pequeñas alturas, presentando una serie de montículos separados, de una formación de acarreo y cubiertas de lajas y guijarros.
Todo el borde del lado norte se encontraba coronado en una extensión de unos cuantos kilómetros por una tapia no interrumpida que solamente permitía el paso de la línea férrea y la carretera.
Este muro seguía las ondulaciones del terreno, aumentando con su altura la profundidad del barranco, dicha barrera había sido horadada con las bayonetas por los soldados, que sin ordenes al respecto habían creado, de este modo, una serie de improvisadas troneras que les permitirían disparar sin exponer el dorso por encima del muro.
La línea estaba reforzada por una serie de puntos fuertes, el más occidental de ellos era la batería “Alfonso Ugarte”, posición que debía proteger la línea de eventuales ataques desde el mar, pero que también podía ofender a un asaltante que avanzara por tierra, para ello contaba con dos secciones de artillería, una compuesta por dos piezas Rodman, traídas desde el muelle Darsena de El Callao, la otra por dos piezas Parrot, su comandante era el Sargento Mayor Ernesto Diez Canceco, competente oficial de artillería, que ahora, además, tras la captura del Coronel Arnaldo Panizo en el morro Solar, se había visto promovido del puesto de Jefe del Detall a Comandante General Accidental de las baterías de Chorrillos y Miraflores  dicha posición estaba circundaba por una alta y ancha muralla de sacos de arena resguardada por un terraplén de piedras y tierra que descendía hasta un foso de tres metros de profundidad por más de cuatro de anchura.
Se extendían después de occidente a oriente una serie de diez reductos, los cuales se encontraban numerados del 1 al 10, la idea original era que los reductos formaran puntos fuertes en la línea separados entre sí aproximadamente por mil metros, la forma era en general rectangular  protegido por muros formados por sacos de arena de siete a ocho hileras de elevación, con un ancho foso al frente, mismo que debería estar lleno de agua y provistos por la parte interior con una serie de escalinatas, cada uno de estos reductos debía ser defendido por un batallón del Ejército de Reserva.
En la teoría, la línea era bastante fuerte, pero sea por falta de tiempo o desidia no se habían tomado todas las medidas que hubiesen magnificado aún más las posibilidades de los defensores, en efecto, no habían sido despejado los campos de tiro, de modo que los asaltantes de las línea, contarían con alguna protección otorgada por los numerosos muros y las cortinas de árboles, principalmente los abundantes álamos y sauces de la comarca.
El Reducto número 1, estaba guarnecido por el batallón N° 2, formado por las personas ligadas al comercio de Lima, y que era además comandado por el Prior del Consulado, el ahora Coronel Provisional Manuel Lecca, contaban estos reservistas con una ametralladora para aumentar su poder de fuego. El terraplén de este Reducto, estaba formado por trozos de tapia, y visto desde el sur ofrecía el aspecto de un castillo desmoronado.
Fuera del reducto, hacía el oriente se había emplazado una batería compuesta por tres piezas “Grieve”, cañones producidos localmente por el Ingeniero Juan Grieve, cuando ante un requerimiento del Ejército, se solicitó el diseño y fabricación de artillería a nivel local, toda vez que se notó la carencia de estas armas, y las dificultades para adquirir dichas armas en el mercado internacional, Grieve basó su diseño en una pieza Krupp de montaña de 60 mm, adquirida por el Gobierno de Bolivia y que se encontraba en tránsito hacía el país altiplánico, tras un concienzudo estudio de todas las piezas del cañón, decidió que la mejor manera de proceder, sería ahuecando ejes de ferrocarril  para lo cual habilitó la “Escuela de artes”, aunque el rayado del ánima se realizaba en la maestranza del ferrocarril inglés, estas piezas eran muy lijeras, pues pesaban apenas 107 kilos, lo que las hacía muy maniobrables, lo que compensaba su alcance máximo de solo dos mil quinientos metros, sin lugar a dudas eran las mejores piezas del arsenal peruano; sin embargo, a pesar del gran esfuerzo físico e intelectual desplegado, solo se habían logrado construir entre marzo de 1880 y enero de 1881, un total de 32 piezas, habiendo caído en manos de los chilenos, un número nada despreciable, durante la batalla del 13 de enero.
A retaguardia de este reducto en las afueras del pueblo de Miraflores  se había levantado durante el 14 una batería provisional, en la cual se había emplazado un cañón Dahlgren traído del arsenal de El Callao.
A unos mil metros al oriente del primer reducto, pasada la línea férrea, se encontraba el Reducto N° 2, mismo que estaba guarnecido por el batallón N° 4, formado por los funcionarios del poder judicial, abogados, procuradores y los funcionarios y estudiantes de la Universidad San Marcos, era comandado por el prestigioso Abogado, ahora devenido en Coronel Provisional Ramón Rybeiro, este reducto ocupaba la altiplanicie denominada Huaca Juliana; se trataba de un cuadrilátero estrecho, mal encuadrado en el horizonte, porque no se tuvo en cuenta la forma del terreno, ni la sensible inclinación de éste hacia la zona de maniobras del enemigo; una estacada cerrando el recinto de la plaza, un foso inconcluso y sin agua en el exterior, y por último abierto completamente a retaguardia, pues nunca llegó a gola o remate de esta clase de obras, tal era lo que enfáticamente se llamó reducto y con cuyo nombre pasaría a la historia, a su derecha se habían emplazado dos ametralladoras y diez piezas de artillería, en su mayor parte cañones “White”, otra pieza de producción local, consistente en copias de piezas “Vavasseur” de 55 mm, estas piezas, de mucha menor calidad que la “Grieve”, fueron aceptadas en servicio a pesar de sus deficiencias, pues era más rápida y fácil de producir, en efecto tras algunas modificaciones se les consideraron aptas para el servicio, produciéndose 80, entre piezas de campaña y montaña, las que tenían un alcance máximo tres mil ochocientos y dos mil quinientos metros respectivamente, según se rumoreaba entre los artilleros encargados del servicio de algunas de estas piezas, varias de ellas no se les debía considerar aptas para el servicio, pues adolecían de tales deficiencias que eran peligrosas de operar, pero, sin embargo, a raíz de la imperiosa necesidad de artillería en el frente, se les había aceptado en servicio.
Cubriendo el frente entre los reductos 1 y 2, estaban la infantería del I Cuerpo de Ejército del Coronel Cáceres, reforzado con la “Brigada Naval”, compuesta por los batallones “Guarnición de Marina” comandado por el Capitán de Navío Juan Fanning, el “Guardia Chalaca” comandado por Carlos Arrieta y la columna de “Celadores de El Callao”, llegada desde El Callao durante la noche del 13 al 14.
Seguían en la línea el II Cuerpo de Ejército del Coronel Suarez  destacando entre sus batallones el “Zepita” y el “Concepción”-
Unos mil metros más al oriente, se encontraba el Reducto N° 3, defendido por el batallón N° 6, comandado por el Abogado, ahora Coronel Provisional Narciso de la Colina.
Más al oriente se encontraba el Reducto N° 4, en los potreros del Fundo La Palma, se encontraba defendido por el Batallón N° 8, formado por los empleados públicos  comandado por el jefe del Ministerio de Hacienda, ahora Coronel Provisional Juan de Dios Rivera.
Cubriendo los reductos 3 y 4 estaban distribuidas las tropas del III Cuerpo de Ejército del Coronel Justo Pastor Dávila.
Posteriormente se encontraba el Reducto N° 5, hubicado en la hacienda “Calera de la Merced” estaba defendido por el Batallón N° 10, comandado por el dueño de la misma, el terrateniente, ahora Coronel Provisional José León.
En las antiguas casas en ruinas de la hacienda, el día anterior también se habían colocado un par de piezas muy bien camufladas, que se esperaba fueran una desagradable sorpresa para el enemigo.
Finalmente cerraban el dispositivo de defensa, una serie de posiciones artilladas situadas en los cerros, El Cobre, El Pino, San Bartolomé y San Cristóbal, también habían sido artillados, sus sirvientes era una heterogénea mezcla de civiles voluntarios, marinos e incluso los bomberos de la primera compañía de Lima.
El General Silva, decidió volver al galope a la quinta Schell, donde se ubicaba el Cuartel General, Piérola le había informado de las gestiones de los diplomáticos extranjeros – Si hasta me dijo que hasta almorzarían juntos – el Subjefe de Estado Mayor se le acercó a pedir órdenes para el Escuadrón “Guías”, cuerpo de caballería especial, formado por medio centenar de jinetes, y uno de los pocos bien montados del Ejército, que hacía las veces de escolta del Estado Mayor General – Ordene que nos sigan, marchamos a ver al Jefe Supremo –


Especiales agradecimientos a Jonatan Saona Reyes, quien me ayudó a reconstruir la línea de defensa peruana desde el mar a la hacienda Calera de la Merced, enviando incluso un muy buen croquis del Fuerte "Alfonso Ugarte".

sábado, 9 de marzo de 2013

capitulo IV

CAPITULO IV


CORONEL ANDRÉS CÁCERES

FORMACIÓN DEL I CUERPO DE EJÉRCITO

EN LA LÍNEA DE MIRAFLORES



La tropa de Caballería había estado preparando desde el amanecer la Revista programada por el General Pedro Silva, de esta forma tras el llamado del clarín, con el mismísimo Jefe de Estado Mayor a la Cabeza, la gran columna de Caballería había roto la marcha, comenzando a recorrer la línea de defensa.

Por orden del General, todos los cuerpos de los Ejércitos, tanto los de Línea como los pertenecientes a la Reserva, habían formado frente a sus campamentos a la espera de la columna de más de setecientos jinetes.

El Coronel Andrés Cáceres, junto a sus ayudantes, a regañadientes formaba a la cabeza de de sus tropas, en realidad hubiese preferido seguir trabajando en la reconstrucción de sus tropas y reforzando sus defensas en vez de presenciar el espectáculo presentado por los jinetes; aún rumiaba la rabia que hace menos de una hora antes de salir de su despacho le había proporcionado uno de sus ayudantes, todavia pensaba en la cara de asombro que debió haber puesto cuando el oficial le informó que habían llegado “ocho sacos de balas”; un Cáceres incrédulo había tenido que pararse a ver personalmente los insólitos envases de munición, aunque muy pronto la incredulidad dio paso a la furia, el Coronel quiso preguntar en ese momento, pero en realidad más bien bramó – ¿Cual de mis ayudantes es el culpable de que la munición se transporte así? – Se produjo un incomodo silencio entre los hombres, incluso entre los que no se habían dado cuenta de lo que pasaba, la mayoría solo se limitó a mirarse unos a otros sin atinar a responder.

– ¡Pero que carajo! ¿Cuantas municiones vendrán defectuosas a causa del embalaje o la tierra? – Por fin un Capitán se atrevió a hablar – Las municiones han sido despachadas así desde el Parque General mí Coronel – la respuesta lejos de calmar al veterano Cáceres, avivó la sensación de sabotaje que le había corroído desde hace semanas, por un segundo quiso preguntar abiertamente “¿Qué demonios tiene el Jefe del Parque en la cabeza? No se da cuenta que las municiones se embalan en cajones para que no se dañen, pues un solo cartucho defectuoso, basta para inutilizar un fusil”, sin embargo, solo se mordió con rabia el labio inferior, luego, tras unos segundos, se limitó a señalar – Prevengan a los jefes de División e incluso a los de Batallón que deben revisar cuidadosamente las municiones que se le asignen – Luego se había vuelto y regresado a su escritorio; se preguntó entonces “¿Cuantas ocasiones perdidas durante esta guerra?” no quiso pensar ni en Tarapacá, ni en Tacna, limitándose a recordar las veces que sus planes habían sido desechos de un plumazo por un superior incompetente durante la presente campaña; primero cuando intentó marchar a Lurín con su División, para disputar el acceso al agua del Ejército enemigo, de haberse mantenido unos pocos días en esa posición, bien el enemigo se hubiese debido retirar o a retrasar sus operaciones, en vez de eso le habían mantenido a la defensiva en torno a San Juan, dejando que el enemigo sin ser molestado desembarcara, avanzara hasta el agua, acampara, recibiera armas y suministros, hiciera todos sus reconocimientos, y finalmente planteara la batalla en el momento que quiso, haciendo con ello inútiles los esfuerzos de sus soldados, que sin ser apoyados oportunamente por las tropas de Dávila habían sido desalojadas de sus posiciones debiendo retirarse desorganizadamente hasta Miraflores, esa misma noche, también le habían hecho abortar su plan de atacar amparado en la oscuridad de la noche al Ejército enemigo, por más que había señalado que la Reserva y a la “Brigada Naval” estaban frescas, y eran plenamente capaces de encabezar un asalto, además, aquella noche, los incendios provocados por las dispersas tropas chilenas que ahora se sabía que no solo estaban embriagadas de triunfo sino también de licor, hubiesen servido de puntos de referencia para coordinar el asalto, y ahora la guinda de la torta, municiones en saco, ya podía imaginar el resultado de todo aquello, fusiles descompuestos, soldados que no podrían mantener la cadencia de fuego, muchas muertes, solo una expresión se le había salido entre dientes – Irresponsables –

Sin embargo, ahora, ahí estaba, formado disciplinadamente a la cabeza de sus tropas viendo pasar la larga columna de jinetes, y aunque no fuera su intención, no pudo sino alegrarse al ver a sus hombres, vitorear espontáneamente a los jinetes a su paso.

La columna ya se había alejado en medio de una gran polvareda  cuando uno de sus ayudantes se le apersonó y le extendió un papel, el Coronel, lo desdobló y leyó, luego ordenó que se ordenara a los jefes de División devolver a sus tropas a sus posiciones de combate, y se mantuvieran alertas.

Las tropas enemigas desde hacía algún rato se movían ostentosamente y en pequeñas columnas hasta situarse a unos pocos cientos de metros de las líneas peruanas; sin embargo, esta situación de la que ya había sido advertido y le preocupaba sobremanera, no era la que le daba cuenta el mensaje, el Coronel siguió de largo hasta llegar al mar, sin necesidad de anteojo pudo ver claramente a la lejanía a cuatro naves enemigas que evolucionaban a la altura de la Batería “Alfonso Ugarte” tras un rato de que navegaran con rumbo Noroeste, repentinamente viraron hacía tierra, acercándose a la costa, luego, con un rápido galope se dirigió a primera línea, entrando al Reducto N° 1.

Un Teniente de artillería explicaba con paciencia a un Sargento, dueño de una empresa de importación de telas, el funcionamiento de la ametralladora del reducto, el oficial ponía especial énfasis en que el movimiento de la palanca debía ser – acompasado y constante – La calma en la operación es fundamental, el poder de fuego de esta pieza equivale a la de diez fusileros, pero no se debe malgastar la munición tirando al suelo o al cielo – dos sirvientes de la pieza, observaban con atención mientras uno de ellos sostenía en sus manos un cargador dispuesto, el Coronel Cáceres no perdió tiempo observando a los hombres y se dirigió directamente hacia el parapeto sur donde el Coronel Lecca observaba preocupado, tras saludarse, ambos hombres se quedaron mirando en silencio hacía el campo enemigo, entre las tapias a medio destruir de frente al reducto pudieron ver cabezas, fusiles y banderolas enemigas asomadas, claramente las posiciones hasta hace poco vacias ahora estaban llenas de soldados enemigos, Lecca susurró a Cáceres – No hay duda el enemigo se prepara para atacar – el Coronel parpadeo y respondió – Prepare a su tropa Coronel, dudo que hoy no vayamos a combatir, yo mandaré aviso al General Silva, creo que es mejor que detenga su revista y que las tropas vuelvan a sus atrincheramientos – Yo mandaré aviso a los reductos de Rybeiro y de La Colina – Atrás de ellos el oficial de artillería concluía la lección teórica y los hombres de la ametralladora comenzaban a realizar el ejercicio práctico de carga, el tiempo que era cronometrados. 

lunes, 4 de marzo de 2013

Capitulo III


CAPITULO III

MAÑANA DEL 15 DE ENERO DE 1881

BARRANCO

PUESTO DE OBSERVACIÓN DE LA III DIVISIÓN



La elegante casita de dos pisos, perteneciente a un italiano, había sobrevivido al incendio provocado por orden del Coronel Pedro Lagos, quien había ordenado este proceder por temor a una dispersión de una parte de su tropa para dedicarse al saqueo de las ricas viviendas del lugar; aparte de las naturales comodidades que proveía un techo y muebles  desde el punto de vista militar poseía además una excelente vista que permitía que los observadores de un ejército que marchaba de sur a norte, pudieran desde el balcón tener una excelente panorámica tanto del potencial campo de batalla como de sus vías de acceso.

El Comandante Gorostiaga había tomado posesión del lugar poco después de encontrarse con el Coronel Velásquez en el puente del pueblo, entonces fue que el Comandante General de la Artillería, le había solicitado infantería para proteger sus piezas; petición que al Jefe de Estado Mayor de la III División, le había parecido más que razonable.

La tropa que escoltaba al Comandante en tanto descansaba, un Carabinero del Yungay cuidaba de los caballos mientras que otro montaba guardia en la puerta de la casa, un par de jinetes sustraídos de la vista de los jefes habían comenzado a explorar el área, buscando algún tesoro o algo para comer con sus compañeros, en tanto dos ordenanzas se las habían arreglado para para preparar café para los oficiales.

El Comandante Gorostiaga sorbió su café y apuntó su anteojo de campaña de manera de tener una vista panorámica del campo chileno, al norte de su posición podía ver claramente los trabajos de los artilleros, varios hombres votaban los muros laterales de las chacras para comunicar las baterías entre sí, en tanto otros construían sobre una acequia un improvisado puente fuera del camino, a raíz de la petición de Velásquez, Gorosteaga había hecho marchar al frente la guardia que había destacado cerca del pueblo el regimiento “Aconcagua” y una compañía del “Santiago”, no contento con eso había enviando órdenes para que la I y II Brigada del Regimiento desplegaran tres compañías de infantería cada una, despachando además un mensaje al Coronel Lagos, no hacía mucho habían pasado hacía el frente otras tres compañías del Regimiento “Santiago”; una nube de polvo en el camino desde el sur atrajo su mirada, contemplando atentamente distinguió claramente una columna de hombres marchando, debían ser las tres compañías del “Naval” que había solicitado al Comandante Fierro – Siete compañías y el grupo del “Aconcagua” – se dijo al tiempo que sorbía otro trago de café – Equivalen casi a un regimiento, serán suficiente como gran guardia – sacando entonces de un bolsillo al interior de su chaqueta sacó su pequeña libreta y un lápiz, tras meditar un segundo anotó.

Abajo los dos Carabineros de Yungay que habían salido a “explorar” habían regresado con algunos frascos de conserva que compartieron con sus compañeros, formándose una pequeña algazara  el Sargento del pelotón, que permanecía fumando sentado aparte del grupo en una silla que había sacado de una casa de una casa vecina, levantó su carabina y con ella apuntó a uno de los hombres, este asintió con la cabeza; escondida en su morral, una macisa botella de champaña francés, un “Dom Pérignon” del año 1876, encontrada casualmente bajo un mueble volcado y salvado providencialmente de las llamas, era el mejor tesoro obtenido por los hombres, en el momento oportuno el fino licor sería bebido acompañando un trozo de charqui seco y galleta marinera.

Pocos minutos después, al paso acompasado marcado por los Sargentos de las compañías “ izquier.... izquier.... izquier... dos.... tres.... cuatro” los veteranos soldados de las tres compañías del batallón “Artillería Naval”, de la infantería cívica de Valparaíso, cruzaban por Barranco rumbo al norte, la mayor parte del personal de este cuerpo llevaba en campaña desde hacía casi dos años, participando activamente en las distintas campañas de la guerra, ganando un gran prestigio, de forma que para emprender esta última campaña el primitivo batallón de 600 plazas había sido transformado en un batallón de 6 compañías de 150 fusileros, con un total 900 hombres; el comandante Gorostiaga sonrió satisfecho, dirigió su anteojo a las líneas peruanas, no hacía mucho había visto llegar un tren desde Lima, lo que no había ayudado precisamente a calmarlo, irónicamente se dijo – No parece que estos entiendan que están derrotados –