sábado, 9 de marzo de 2013

capitulo IV

CAPITULO IV


CORONEL ANDRÉS CÁCERES

FORMACIÓN DEL I CUERPO DE EJÉRCITO

EN LA LÍNEA DE MIRAFLORES



La tropa de Caballería había estado preparando desde el amanecer la Revista programada por el General Pedro Silva, de esta forma tras el llamado del clarín, con el mismísimo Jefe de Estado Mayor a la Cabeza, la gran columna de Caballería había roto la marcha, comenzando a recorrer la línea de defensa.

Por orden del General, todos los cuerpos de los Ejércitos, tanto los de Línea como los pertenecientes a la Reserva, habían formado frente a sus campamentos a la espera de la columna de más de setecientos jinetes.

El Coronel Andrés Cáceres, junto a sus ayudantes, a regañadientes formaba a la cabeza de de sus tropas, en realidad hubiese preferido seguir trabajando en la reconstrucción de sus tropas y reforzando sus defensas en vez de presenciar el espectáculo presentado por los jinetes; aún rumiaba la rabia que hace menos de una hora antes de salir de su despacho le había proporcionado uno de sus ayudantes, todavia pensaba en la cara de asombro que debió haber puesto cuando el oficial le informó que habían llegado “ocho sacos de balas”; un Cáceres incrédulo había tenido que pararse a ver personalmente los insólitos envases de munición, aunque muy pronto la incredulidad dio paso a la furia, el Coronel quiso preguntar en ese momento, pero en realidad más bien bramó – ¿Cual de mis ayudantes es el culpable de que la munición se transporte así? – Se produjo un incomodo silencio entre los hombres, incluso entre los que no se habían dado cuenta de lo que pasaba, la mayoría solo se limitó a mirarse unos a otros sin atinar a responder.

– ¡Pero que carajo! ¿Cuantas municiones vendrán defectuosas a causa del embalaje o la tierra? – Por fin un Capitán se atrevió a hablar – Las municiones han sido despachadas así desde el Parque General mí Coronel – la respuesta lejos de calmar al veterano Cáceres, avivó la sensación de sabotaje que le había corroído desde hace semanas, por un segundo quiso preguntar abiertamente “¿Qué demonios tiene el Jefe del Parque en la cabeza? No se da cuenta que las municiones se embalan en cajones para que no se dañen, pues un solo cartucho defectuoso, basta para inutilizar un fusil”, sin embargo, solo se mordió con rabia el labio inferior, luego, tras unos segundos, se limitó a señalar – Prevengan a los jefes de División e incluso a los de Batallón que deben revisar cuidadosamente las municiones que se le asignen – Luego se había vuelto y regresado a su escritorio; se preguntó entonces “¿Cuantas ocasiones perdidas durante esta guerra?” no quiso pensar ni en Tarapacá, ni en Tacna, limitándose a recordar las veces que sus planes habían sido desechos de un plumazo por un superior incompetente durante la presente campaña; primero cuando intentó marchar a Lurín con su División, para disputar el acceso al agua del Ejército enemigo, de haberse mantenido unos pocos días en esa posición, bien el enemigo se hubiese debido retirar o a retrasar sus operaciones, en vez de eso le habían mantenido a la defensiva en torno a San Juan, dejando que el enemigo sin ser molestado desembarcara, avanzara hasta el agua, acampara, recibiera armas y suministros, hiciera todos sus reconocimientos, y finalmente planteara la batalla en el momento que quiso, haciendo con ello inútiles los esfuerzos de sus soldados, que sin ser apoyados oportunamente por las tropas de Dávila habían sido desalojadas de sus posiciones debiendo retirarse desorganizadamente hasta Miraflores, esa misma noche, también le habían hecho abortar su plan de atacar amparado en la oscuridad de la noche al Ejército enemigo, por más que había señalado que la Reserva y a la “Brigada Naval” estaban frescas, y eran plenamente capaces de encabezar un asalto, además, aquella noche, los incendios provocados por las dispersas tropas chilenas que ahora se sabía que no solo estaban embriagadas de triunfo sino también de licor, hubiesen servido de puntos de referencia para coordinar el asalto, y ahora la guinda de la torta, municiones en saco, ya podía imaginar el resultado de todo aquello, fusiles descompuestos, soldados que no podrían mantener la cadencia de fuego, muchas muertes, solo una expresión se le había salido entre dientes – Irresponsables –

Sin embargo, ahora, ahí estaba, formado disciplinadamente a la cabeza de sus tropas viendo pasar la larga columna de jinetes, y aunque no fuera su intención, no pudo sino alegrarse al ver a sus hombres, vitorear espontáneamente a los jinetes a su paso.

La columna ya se había alejado en medio de una gran polvareda  cuando uno de sus ayudantes se le apersonó y le extendió un papel, el Coronel, lo desdobló y leyó, luego ordenó que se ordenara a los jefes de División devolver a sus tropas a sus posiciones de combate, y se mantuvieran alertas.

Las tropas enemigas desde hacía algún rato se movían ostentosamente y en pequeñas columnas hasta situarse a unos pocos cientos de metros de las líneas peruanas; sin embargo, esta situación de la que ya había sido advertido y le preocupaba sobremanera, no era la que le daba cuenta el mensaje, el Coronel siguió de largo hasta llegar al mar, sin necesidad de anteojo pudo ver claramente a la lejanía a cuatro naves enemigas que evolucionaban a la altura de la Batería “Alfonso Ugarte” tras un rato de que navegaran con rumbo Noroeste, repentinamente viraron hacía tierra, acercándose a la costa, luego, con un rápido galope se dirigió a primera línea, entrando al Reducto N° 1.

Un Teniente de artillería explicaba con paciencia a un Sargento, dueño de una empresa de importación de telas, el funcionamiento de la ametralladora del reducto, el oficial ponía especial énfasis en que el movimiento de la palanca debía ser – acompasado y constante – La calma en la operación es fundamental, el poder de fuego de esta pieza equivale a la de diez fusileros, pero no se debe malgastar la munición tirando al suelo o al cielo – dos sirvientes de la pieza, observaban con atención mientras uno de ellos sostenía en sus manos un cargador dispuesto, el Coronel Cáceres no perdió tiempo observando a los hombres y se dirigió directamente hacia el parapeto sur donde el Coronel Lecca observaba preocupado, tras saludarse, ambos hombres se quedaron mirando en silencio hacía el campo enemigo, entre las tapias a medio destruir de frente al reducto pudieron ver cabezas, fusiles y banderolas enemigas asomadas, claramente las posiciones hasta hace poco vacias ahora estaban llenas de soldados enemigos, Lecca susurró a Cáceres – No hay duda el enemigo se prepara para atacar – el Coronel parpadeo y respondió – Prepare a su tropa Coronel, dudo que hoy no vayamos a combatir, yo mandaré aviso al General Silva, creo que es mejor que detenga su revista y que las tropas vuelvan a sus atrincheramientos – Yo mandaré aviso a los reductos de Rybeiro y de La Colina – Atrás de ellos el oficial de artillería concluía la lección teórica y los hombres de la ametralladora comenzaban a realizar el ejercicio práctico de carga, el tiempo que era cronometrados. 

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