CAPITULO
IV
CORONEL
ANDRÉS CÁCERES
FORMACIÓN
DEL I CUERPO DE EJÉRCITO
EN
LA LÍNEA DE MIRAFLORES
La tropa de Caballería había estado preparando desde
el amanecer la Revista programada por el General Pedro Silva, de esta
forma tras el llamado del clarín, con el mismísimo Jefe de Estado
Mayor a la Cabeza, la gran columna de Caballería había roto la
marcha, comenzando a recorrer la línea de defensa.
Por orden del General, todos los cuerpos de los
Ejércitos, tanto los de Línea como los pertenecientes a la Reserva,
habían formado frente a sus campamentos a la espera de la columna de
más de setecientos jinetes.
El Coronel Andrés Cáceres, junto a sus ayudantes, a
regañadientes formaba a la cabeza de de sus tropas, en realidad
hubiese preferido seguir trabajando en la reconstrucción de sus
tropas y reforzando sus defensas en vez de presenciar el espectáculo
presentado por los jinetes; aún rumiaba la rabia que hace menos de
una hora antes de salir de su despacho le había proporcionado uno de
sus ayudantes, todavia pensaba en la cara de asombro que debió haber
puesto cuando el oficial le informó que habían llegado “ocho
sacos de balas”; un Cáceres incrédulo había tenido que pararse a
ver personalmente los insólitos envases de munición, aunque muy
pronto la incredulidad dio paso a la furia, el Coronel quiso
preguntar en ese momento, pero en realidad más bien bramó – ¿Cual
de mis ayudantes es el culpable de que la munición se transporte
así? – Se produjo un incomodo silencio entre los hombres, incluso
entre los que no se habían dado cuenta de lo que pasaba, la mayoría
solo se limitó a mirarse unos a otros sin atinar a responder.
– ¡Pero que carajo! ¿Cuantas municiones vendrán
defectuosas a causa del embalaje o la tierra? – Por fin un Capitán
se atrevió a hablar – Las municiones han sido despachadas así
desde el Parque General mí Coronel – la respuesta lejos de calmar
al veterano Cáceres, avivó la sensación de sabotaje que le había corroído desde hace semanas, por un segundo quiso preguntar
abiertamente “¿Qué demonios tiene el Jefe del Parque en la
cabeza? No se da cuenta que las municiones se embalan en cajones para
que no se dañen, pues un solo cartucho defectuoso, basta para
inutilizar un fusil”, sin embargo, solo se mordió con rabia el
labio inferior, luego, tras unos segundos, se limitó a señalar –
Prevengan a los jefes de División e incluso a los de Batallón que
deben revisar cuidadosamente las municiones que se le asignen –
Luego se había vuelto y regresado a su escritorio; se preguntó
entonces “¿Cuantas ocasiones perdidas durante esta guerra?” no
quiso pensar ni en Tarapacá, ni en Tacna, limitándose a recordar
las veces que sus planes habían sido desechos de un plumazo por un
superior incompetente durante la presente campaña; primero cuando
intentó marchar a Lurín con su División, para disputar el acceso
al agua del Ejército enemigo, de haberse mantenido unos pocos días
en esa posición, bien el enemigo se hubiese debido retirar o a
retrasar sus operaciones, en vez de eso le habían mantenido a la
defensiva en torno a San Juan, dejando que el enemigo sin ser
molestado desembarcara, avanzara hasta el agua, acampara, recibiera
armas y suministros, hiciera todos sus reconocimientos, y finalmente
planteara la batalla en el momento que quiso, haciendo con ello inútiles los esfuerzos de sus soldados, que sin ser apoyados
oportunamente por las tropas de Dávila habían sido desalojadas de
sus posiciones debiendo retirarse desorganizadamente hasta
Miraflores, esa misma noche, también le habían hecho abortar su
plan de atacar amparado en la oscuridad de la noche al Ejército
enemigo, por más que había señalado que la Reserva y a la “Brigada
Naval” estaban frescas, y eran plenamente capaces de encabezar un
asalto, además, aquella noche, los incendios provocados por las
dispersas tropas chilenas que ahora se sabía que no solo estaban
embriagadas de triunfo sino también de licor, hubiesen servido de
puntos de referencia para coordinar el asalto, y ahora la guinda de
la torta, municiones en saco, ya podía imaginar el resultado de todo
aquello, fusiles descompuestos, soldados que no podrían mantener la
cadencia de fuego, muchas muertes, solo una expresión se le había
salido entre dientes – Irresponsables –
Sin embargo, ahora, ahí estaba, formado disciplinadamente a la cabeza de sus tropas viendo pasar la larga
columna de jinetes, y aunque no fuera su intención, no pudo sino
alegrarse al ver a sus hombres, vitorear espontáneamente a los
jinetes a su paso.
La columna ya se había alejado en medio de una gran polvareda cuando uno de sus ayudantes se le apersonó y le extendió
un papel, el Coronel, lo desdobló y leyó, luego ordenó que se
ordenara a los jefes de División devolver a sus tropas a sus
posiciones de combate, y se mantuvieran alertas.
Las tropas enemigas desde hacía algún rato se movían
ostentosamente y en pequeñas columnas hasta situarse a unos pocos
cientos de metros de las líneas peruanas; sin embargo, esta
situación de la que ya había sido advertido y le preocupaba
sobremanera, no era la que le daba cuenta el mensaje, el Coronel
siguió de largo hasta llegar al mar, sin necesidad de anteojo pudo
ver claramente a la lejanía a cuatro naves enemigas que
evolucionaban a la altura de la Batería “Alfonso Ugarte” tras un
rato de que navegaran con rumbo Noroeste, repentinamente viraron
hacía tierra, acercándose a la costa, luego, con un rápido galope
se dirigió a primera línea, entrando al Reducto N° 1.
Un Teniente de artillería explicaba con paciencia a un
Sargento, dueño de una empresa de importación de telas, el
funcionamiento de la ametralladora del reducto, el oficial ponía
especial énfasis en que el movimiento de la palanca debía ser –
acompasado y constante – La calma en la operación es fundamental,
el poder de fuego de esta pieza equivale a la de diez fusileros, pero
no se debe malgastar la munición tirando al suelo o al cielo – dos
sirvientes de la pieza, observaban con atención mientras uno de
ellos sostenía en sus manos un cargador dispuesto, el Coronel
Cáceres no perdió tiempo observando a los hombres y se dirigió
directamente hacia el parapeto sur donde el Coronel Lecca observaba
preocupado, tras saludarse, ambos hombres se quedaron mirando en
silencio hacía el campo enemigo, entre las tapias a medio destruir
de frente al reducto pudieron ver cabezas, fusiles y banderolas
enemigas asomadas, claramente las posiciones hasta hace poco vacias
ahora estaban llenas de soldados enemigos, Lecca susurró a Cáceres
– No hay duda el enemigo se prepara para atacar – el Coronel
parpadeo y respondió – Prepare a su tropa Coronel, dudo que hoy no
vayamos a combatir, yo mandaré aviso al General Silva, creo que es
mejor que detenga su revista y que las tropas vuelvan a sus
atrincheramientos – Yo mandaré aviso a los reductos de Rybeiro y
de La Colina – Atrás de ellos el oficial de artillería concluía
la lección teórica y los hombres de la ametralladora comenzaban a
realizar el ejercicio práctico de carga, el tiempo que era
cronometrados.

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