miércoles, 27 de febrero de 2013

capitulo II


CAPITULO II

LEGACION BRITÁNICA EN LIMA



Los diplomáticos se habían apeado por fin del ferrocarril en Lima, con el compromiso del General Baquedano de no lanzar un nuevo asalto contra las posiciones peruanas hasta esa media noche, daban por terminada la primera fase de su misión, sin embargo aún les resultaba incomoda la sensación al abandonar la Escuela de Cabos, lugar hasta donde les habían permitido llegar en el tren, y desde donde les habían conducido ante el alto mando chileno, el hedor era realmente impresionante; ni en el peor matadero se sentía aquel olor a carne destrozada, quemada y podrida, de forma que tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta debieron cubrirse el rostro con sus pañuelos, sin embargo, llamaba aún más la atención de los diplomáticos que a pesar de todo aquel cuadro de horrores, donde se veían los resultados del odio entre los hombres, habían visto a un oficial, que según les informaron era del Regimiento chileno “Esmeralda”, invitar a almorzar ese día a uno de los oficiales peruanos prisioneros.

Rápidamente los diplomáticos debían obtener del Dictador Piérola la aprobación del alto al fuego obtenido, de forma que le enviaron un delegado informal, solicitándole al dirigente peruano una audiencia para tratar los pormenores del potencial acuerdo.

Tras separarse para atender sus propios asuntos, quedaron de reunirse apenas tuvieran alguna novedad en la legación del señor Jorge Tezanos Pinto.

Spencer Saint John, había entrado hacía escasos minutos a su despacho, cuando se presentó su secretario personal, señalándole que un oficial de la Royal Navy, deseaba verle – Noticias del Almirante Stirling sin duda – se dijo al tiempo que le saludaba y ofrecía una taza de té; efectivamente, el joven teniente de marina era portador de las últimas informaciones en torno a la zona neutral establecida en Ancón.

El principal problema que se les presentaba a los marinos, era el del abastecimiento, la población había sido abandonada, no existiendo comercios ni se podía pretender que los civiles vivieran del saqueo, Stirling señalaba que de común acuerdo con los franceses y los italianos podrían disponer de algunos de los víveres embarcados en las naves, pero no debían hacerse ilusiones en torno a que se tenían grandes reservas; todo dependería de la cantidad de refugiados a albergar, y el tiempo que durara dicha situación “¿Cuántos refugiados extranjeros?” se preguntó Saint John, “pocos han querido o podido abandonar Lima, de modo que cuantos recibiremos cien, mil, cinco mil, veinte mil y cuantos peruanos, abandonarán la ciudad y buscaran protección extranjera”, además estaba claro que en el mar contaban con el notable argumento de las naves; pero en tierra el contingente de marinos era extremadamente pequeño “los Royal Marines apenas son los necesarios para mantener el control de los civiles y para desarmar a los eventuales dispersos, pero no para resistir el ataque de veinte mil hombres”; tras despachar al oficial naval, Saint John mascullo entre sus bigotes – Piérola debe aceptar, de no hacerlo, esto será un infierno – Seguidamente se puso a estudiar el catastro de súbditos británicos residentes en Lima que habían confeccionado para él – Esta muy incompleto – se dijo apenas lo hubo hojeado, sería muy difícil lograr saber con certeza cuántos eran sus compatriotas a los que eventualmente debía proteger – La gran mayoría fueron advertidos de abandonar la zona, pero muy pocos lo habían hecho – A ciencia cierta, no se casi nada –

La moral del diplomático mejoraría mucho de saber que en esos mismos momentos Piérola señalaba con un seco – Conforme, no habrán acciones bélicas sino hasta la media noche – pesaba aún en su ánimo la reunión sostenida con los militares, los Jefes de sus Ejércitos, Cuerpos y Divisiones, donde si bien solo él Coronel Suarez señaló que el Ejército no estaba en condiciones de un nuevo combate, le pareció, que con la excepción tal vez del Coronel Cáceres, la gran mayoría sostenía la posición contraria más bien como una cuestión de “honor nacional” que por una mirada realista;  al ser consultado entonces por la solicitud de audiencia para los representantes de los Gobiernos extranjeros, respondió – Creo que podemos almorzar juntos, los espero en la Quinta Shell a la una, no mejor a las dos de la tarde –

Algún rato después, varios ayudantes del Jefe Supremo de la nación, partían rumbo a Lima, su misión  citar a los miembros de la Corte Suprema y a los integrantes del Consejo de Estado, para una trascendental reunión a las seis de la tarde.  

sábado, 23 de febrero de 2013

II PARTE CAP I


II PARTE

CAPITULO I

LIMA

MAÑANA DEL 15 DE ENERO DE 1881


La ciudad de Lima siempre había despertado temprano; sin embargo, esta mañana era diferente, ya eran más de las ocho y pocas eran las personas que se aventuraban a caminar por sus veredas, el aspecto de la señorial ciudad distaba de ser el mejor, tanto en el palacio como en el más humilde conventillo de la ciudad, sus habitantes suspiraban por la suerte de sus seres queridos movilizados en los ejércitos que defendían la ciudad.

Las calles permanecían silenciosas, y es que no existía movimiento de caballos, tranvías, o coches de alquiler, toda vez que sus dueños y cuidadores habían sido reclutados para servir en el ejército, incluso los siempre ruidosos teatros chinos, lugares que casi funcionaban ininterrumpidamente, y donde tanto los orientales como otros habitantes de la ciudad acudían a ver los ruidosos espectáculos, fumar opio y apostar, permanecían cerrados y silenciosos, ello pues los chinos temían a la sensibilidad de los vecinos, a raíz de la ayuda que prestaban como auxiliares de las tropas chilenas varios centenares de orientales sacados de las haciendas al sur de los ditritos rurales del sur de la ciudad.

Ni siquiera la Guardia Civil de la ciudad patrullaba las calles, pues los policías de los cinco distritos de la ciudad, también había sido movilizados al frente, habían sido reemplazados por los bomberos de las bombas extranjeras de la ciudad, pero los improvisados guardianes del orden, contaban más con el respeto y la buena voluntad de los habitantes que con la experiencia, sin embargo, incluso los bomberos comenzaban a sentirse intranquilos, todo había comenzado como un rumor, al que no dieron mayor importancia, sin embargo, la historia repetida cientos de veces, ya había comenzado a hacer dudar incluso a los que menos prestaban atención a las bolas, nadie durante todo el día anterior había podido ver a un voluntario de la bomba italiana “Garibaldi” que desmintiera la masacre de sus miembros a manos de la soldadesca chilena.

Los extranjeros residentes en la ciudad de acuerdo con los representantes de sus gobiernos, habían optado por poner en los frontis de sus propiedades las banderas de sus naciones, ello con la esperanza de que en último caso pudieran servir como protección en caso de una batalla; más aún un número no menor de ellos habían optado por acoger en sus propiedades a familiares de amigos o socios peruanos reclutados entre los defensores de la ciudad, este tipo de acciones, así como los rumores en torno a la actividad del Cuerpo Diplomático, había producido una suerte de euforia entre los habitantes de la ciudad, los últimos rumores que circulaban esa mañana por la ciudad era que los almirantes neutrales habían comenzado a desembarcar marinería en Ancón, muchos señalaban que se trataba de una fuerza que ascendía a 4.000 soldados, principalmente franceses traídos desde las Islas Marquesas, donde habían terminado de pacificar un motín, tal vez sería una suerte de fuerza que los extranjeros opondrían a los chilenos en caso de que estos trataran de atacar la ciudad, algunos incluso añadían que las naves extranjeras tenían órdenes de hundir a la escuadra chilena en caso de que los chilenos intentasen asaltar Lima.

Robert R. Sturrock, era uno de los numerosos hijos del imperio británico asentados fuera de sus tierras, escocés, nacido en Dundee Angus, energico, despierto, de apenas 23 años, como muchos de sus contemporáneos había tenido la oportunidad de salir de su país natal y asumir un cargo de importancia en una de las miles de sucursales de empresas británicas en algún exotico lugar, pudo ser en Japón, en África, o como en este caso en Latinoamérica; de alguna manera, el instinto le decía que era hora de alejarse de la capital del Perú, durante la tarde del día anterior había conversado largamente con el doctor Loane de la “Shanon”, uno de los buques británicos destacados en la zona, quien junto con el doctor Ferguson de la “Thetis”, habían concurrido a prestar sus humanitarios servicios curando los heridos en el improvisado Hospital establecido en el Palacio de “La Exposición”; la visita a los médicos le había terminado de convencer de que un nuevo choque entre los ejércitos de Chile y Perú, sería favorable al primero, existiendo un serio riesgo de que los peruanos se replieguen a la ciudad, y que se produzcan los combates callejeros, que solo podían acarrear la destrucción de la ciudad; Wells compartía la opinión – Sí que es hora de que salgamos de la ciudad Robert; pero Woodsend nos la ha jugado, ha puesto bajo nuestra protección a las señoras y los niños – Entiendo, sin embargo creo que podemos ayudarlo a sacarlos – No Robert, la situación es de lo más seria, Woodsend estuvo anteayer conmigo, traía un telegrama donde se le ordenaba embarcara ayer rumbo a Valparaíso – Con flema única Robert señaló – Sin lugar a dudas, un muy oportuno telegrama que le saca de Lima, y pone las vidas de las señoras y los niños en nuestras manos – Sin duda que el inexcrupuloso lo tenía preparado con antelación – Sin duda, pero que haremos con esa gente, dudo que la “Union Jack” pueda protegerles en un combate, no podemos abandonarles, eso esta fuera de discusión, así que debemos evacuarlos – Claro, podriamos tratar de dirigirnos a Ancón por medio del ferrocarril, sería bueno que usted se dirija a la estación a averiguar los horarios de los trenes, debo serle honesto, me sentiré más seguro con los fusiles de los “Royal marines” del Almirante Stirling, que amparado con los pistones de los bomberos – Y es que efectivamente las marinas extranjeras con el acuerdo del gobierno del Perú, habían desembarcado una pequeña fuerza de marinos en Ancón a fin de establecer una zona protegida para sus nacionales.

viernes, 15 de febrero de 2013


OTRO ALTO EN EL CAMINO

Con el inicio de la marcha de las primeras tropas chilenas a la que se transformará en su línea de batalla, damos por terminada esta la primera parte de esta obra; de todo corazón espero les haya gustado;  insisto en que el desafío fue enorme, pero con el bosquejo planteado me siento bastante conforme; espero con el tiempo poder revisarlo y corregir errores de redacción, y de narración hasta llegar a una versión definitiva.

Lamento que este fin semana no podré actualizar el Blog (por eso subí los dos últimos capítulos durante la semana);  ello pues me tomaré una semanita de vacaciones, y la verdad es que voy a Argentina, y bueno no creo tener mucho tiempo para escribir entre parrilla y tango.

Algunas notas que pueden ser de interés:

El Capitán Nordenflycht es uno de los personajes bien documentados de la guerra; Arturo Benavides, señala su admiración por la estampa del oficial, y que  su sueño era volver de la guerra siendo capitán ayudante; también Justo Abel Rosales lo nombra bastante en su diario de campaña publicado con el título de “Mi campaña al Perú”; finalmente están las cartas que le escribió a Vicuña Mackenna, que nos permiten  tener una muy buena visión de su manera de pensar.

Uno de los relatos más impresionantes de la batalla lo da José Torres Lara en su “Memorias de un distinguido”, quien participó como un simple soldado del Batallón Concepción; de hecho ese relato, más los pocos partes existentes, y alguno que otro relato, son los que uso de base para ver lo que ocurría en el campo peruano.
Por cierto la descripción física de Ramón Rybeiro se la debo a su descendiente el escritor Ramón Rybeiro que lo describe de esa manera; por cierto parece que en esa familia no hay mucha imaginación con los nombres ¿no creen?

Bueno, en cuanto a las fotos, la del soldado del Aconcagua corresponde al Sargento Polanco de dicho Regimiento, me encanta el detalle del pañuelo al cuello; la ilustración del soldado de caballería peruano corresponde al mejor libro de uniformes de la guerra, publicado a mí juicio hasta ahora, en realidad corresponde a un soldado de la I Brigada de Caballería, nótese que el uniforme es el del Carabineros de Yungay Nº 1, capturado por el Húascar.
Bueno espero volver pronto, para iniciar la segunda parte.


Jorge Andrés Ojeda Frex

jueves, 14 de febrero de 2013

CAPITULO XV


CAPITULO XV

REGIMIENTO DE INFANTERÍA DE LA GUARDIA NACIONAL MOVILIZADA “ACONCAGUA”

COLUMNA EN MARCHA DESDE EL CAMPAMENTO DE LA III DIVISIÓN AL NORTE



El Capitán Ayudante Adolfo Nordentflycht era uno de los tantos ciudadanos con sangre germana asentados en Chile, y como muchos de ellos, acudió al poderoso llamado a las filas; anteriormente ya había servido en el Ejército, de modo que no le había sido difícil encontrar colocación en un cuerpo cívico como ayudante, de esta manera comenzó el servicio en el Regimiento Cívico Movilizado “Lautaro”, cuerpo al cual ayudo a formar, sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que fuera trasladado al Batallón Cívico “Aconcagua” Nº 1 de San Felipe; unidad que poco antes de la campaña se había refundido con el Nº 2 de la misma Provincia, transformándose en el Regimiento de Infantería de la Guardia Nacional Movilizada “Aconcagua”.

Junto a su unidad había cubierto guarnición durante largo tiempo en Antofagasta, para pasar luego a depender del Ejército de Operaciones para la campaña de Lima.

El Capitán tenía un alto concepto de sí mismo, y sin embargo no había logrado cumplir su deseo más alto desde que había estallado la guerra, el comandar un batallón organizado por él mismo; poco antes de salir a campaña con el “Aconcagua”, había manifestado vivamente su deseo de organizar el Batallón Cívico de la ciudad de Quillota, el que aseguraba, privadamente, poder organizar en solo veinte o veinticinco días, sin embargo la suerte había querido que siguiera con los despachos de Capitán en el “Aconcagua” mientras que otro oficial asumía el comando y organizara casi un año después el Batallón “Quillota”, mismo que había quedado en el puerto de Pisco, habiendo combatido en Humay, y que ese día debía desembarcar en Chorrillos; la seguridad del Capitán, sin embargo, no le evitaba la sensación de haber quedado en manos de hombres tan incapaces que “le disputan la redondez a las bolas” – Qué fácil sería abrirse camino a base de lisonjas y besando botas, como me hubiese ganado el favor de algunos jefes, solo por llevarles el amén a semejantes borricos – Pensó mientras avanzaba a la cabeza de la pequeña columna de cuarenta “Aconcagüinos” que marchaban atravesando el pueblo de Barranco.

La columna comandada por el Capitán Nordenflytch era la primera fuerza de la infantería chilena enviada al norte de Barranco, por orden del Coronel Pedro Lagos, a proteger la artillería de Campaña del Coronel Jo Velásquez, misma que hacía un rato había comenzado a moverse hacía las posiciones que este jefe les había asignado luego de su reconocimiento en la madrugada; más atrás marchando ordenadamente una segunda columna, formada por una compañía del Regimiento de Línea “Santiago” comenzaba la marcha desde su campamento con el mismo fin.
 
Volteando sobre su montura, el Capitán Nordenflytch observó a su tropa, esta marchaba ordenada y en silencio, las correas de las fornituras lucían apretadas, los fusiles habían sido revisado poco antes de salir, y las municiones también habían sido completadas; de no ser por el largo bostezo de un Cabo 2º, nada podía decirse de los hombres, y sin embargo, no sabía bien por qué, pero tenía una mala sensación en el estomago   
Solo desearía poder demostrarles a varios fatuos y pretenciosos que he tenido por jefes, que soy algo más capaz que ellos – Se dijo al tiempo que dejaban atrás a la artillería, y se abría ante ellos, el campo fortificado enemigo; observando con calma el terreno pudo ver por si mismo lo que le pareció un campo de matanza
Pero si estamos casi en las mismas barbas del enemigo, esto es una locura, bastaría cualquier incidente para desencadenar una batalla – y aunque la jodida sensación en el estómago era más fuerte exteriormente con calma y la elegancia que le valió la admiración de más de un joven en Valparaíso, que se reclutó con la esperanza de ser como él,  maniobró su caballo hasta salir del camino, con un gesto de la mano ordenó el alto, luego señaló un muro derruido algunas decenas de metros a la derecha del camino – Muy bien niños, nos estableceremos en ese punto, Sargento firme y visible su banderola, que sepa el enemigo que hemos llegado para quedarnos  – Rápidamente los hombres con sus fusiles al hombro comenzaron a moverse al trote, haciendo sonar sus caramayolas llenas de agua a su paso, un hombre se sujetó el kepí con una mano al tiempo que lanzaba una malhumorada queja por casi perderlo.

Desde algunos cientos de metros más al norte miles de ojos se quedaron fijos en ellos, en ellos había más bien sorpresa que odio, lentamente se asomó más de un fusil por sobre el muro, y talvez muchos más por las troneras, sin embargo ningún tiro salió contra los hombres que se desplegaban guiados por una pequeña bandera en un fusil; un poco más tarde la compañía del Santiago haría un idéntico despliegue a la izquierda del camino, con idéntica suerte.

martes, 12 de febrero de 2013

CAPÍTULO XIV


CAPITULO XIV


TIENDA DE CAMPAÑA DEL GENERAL EN JEFE DEL EJÉRCITO CHILENO

REUNIÓN DEL COMANDO CHILENO CON LOS REPRESENTANTES DEL CUERPO DIPLOMÁTICO EXTRANJERO ACREDITADO EN LIMA



Desde que se había creado el escalafón militar chileno en 1810, la República había nombrado a 64 Generales y Almirantes, de los cuales estaban en servicio un total de 7; de ellos el General de División Manuel Baquedano González, era sin lugar a dudas el más importante que había dado la República; nunca antes ni después, un Comandante chileno, comandaría en campaña de forma  simultánea tantos hombres;  a pesar de las criticas,  Manuel Baquedano había triunfado en todas las batallas que había dirigido; y ahora tras vencer en la que tal vez era la batalla más grande desarrollada hasta el momento en suelo Latinoaméricano, estaba listo para avanzar sobre Lima.

Junto al General estaban, en ese momento don José Francisco Vergara, Político, millonario chileno, Coronel de la Guardia Nacional, Ministro de la Guerra en campaña, y además el principal “Cucalón”, es decir civil ejerciendo funciones que los militares consideraban de su exclusiva competencia, y por tanto uno de los hombres menos simpáticos a ojos del cuerpo de oficiales profesionales del Ejército, sin embargo, era de señalarse que desde que había asumido el cargo, si bien cierto no había buscado una relación de amistad con Baquedano, al menos habían logrado mantener la tensión bajo un relativo control, el General se lo había dejado claro, Ministro manda y organiza, militares se encargan de la parte operativa, y Vergara tragándose su gran orgullo, pues sentía que incluso podía haber logrado el nombramiento de otro comandante en jefe, había aceptado. 

Los otros hombres que les acompañaban en la importantisima reunión eran don Eulogio Altamirano, uno de los más importantes políticos chilenos, con estudios en Estados Unidos y Alemania, y además de destacado editor de algunos de los periódicos más importantes del país, tales como el influyente diario "La Patria", quien concurría nombrado como Ministro Plenipotenciario por el Gobierno, enviado especialmente a tratar los términos de paz con el Gobierno del Perú, el otro asistente, era don Joaquín Godoy, Secretario Personal del Comandante en Jefe.

A la entrada de la tienda un oficial saludó marcialmente a los hombres, mientras unos soldados de infantería presentaban armas, rápidamente dos de ellos quedaron de pie en la entrada mientras el resto se alejaba prudentemente.

En la tienda esperaban de pie los tres ministros extranjeros, recién llegados en un tren especial desde Lima, tras el termino de los saludos protocolares, procedieron a sentarse en torno a una sencilla mesa, de la que nadie pregunto la procedencia, los hombres quedaron frente a frente, el Ministro Tezanos Pinto, con un suave acento caribeño abrió los fuegos – Señor General, nuestros gobiernos se encuentran preocupados por la eventualidad de que las acciones bélicas, pongan en riesgo las personas y bienes de las numerosas colonias extranjeras residentes en Lima, de esta forma, y con el acuerdo de todo el Cuerpo Diplomático acreditado, se nos ha comisionado a fin de solicitarle garantías de respeto tanto para las propiedades, como para las personas de los neutrales –

Durante el instante que demoró en responder, los Ministros trataron de sopesar al General Manuel Baquedano González, lo que más llamó su atención, confesaría íntimamente después el Ministro Vorges, fue la sobriedad del vestuario del General chileno, ello pues en contraste con el atuendo habitual del Jefe de Gobierno Peruano, que solía vestir en todo acto, un elegante uniforme, con casaca bordada con laureles, botas altas de charol y casco coronado con un águila, el jefe chileno, vestía su sencillo uniforme de campaña, donde destacaban como único símbolo de su elevado rango, los laureles del kepí que acababa de dejar frente a él, y las simples estrellas que adornaban las nada ostentosas charreteras de sus hombros, su pelo sumamente corto y delgado bigote, muy bien cuidado, único verdadero lujo que se permitía en campaña, así como su lenguaje corporal, daban a entender claramente que el General que tenían frente a ellos era quien mandaba. No miró a sus compañeros para responder, quedaba claro que había meditado mucho en torno a la petición de los neutrales, su ejército había vencido en el campo a los ejércitos peruanos, de modo que lo justo era que estos se hicieran responsables de los resultados; sin embargo, su respuesta aunque firme siguió siendo diplomática, sin repetir palabras como era su costumbre al hablar dijo derechamente:

 Tienen ustedes todas todas las garantías que no obsten al legítimo derecho de un beligerante – los Ministros respiraron aliviados, pero el General Baquedano volvió a hablar esta vez su tono fue más firme aún – Eso sí, entiendan ustedes que la garantía, garantía está condicionada a que los peruanos no intenten hacernos resistencia, resistencia dentro de Lima, en cuyo caso, ante las incertezas de una batalla, no se puede garantizar nada, nada – Los hombres comprendieron inmediatamente el punto al que se dirigía el General; si no había resistencia, sus tropas entrarían marchando a la ciudad, sino por el contrario, había batalla entonces Lima podía darse por perdida, no dudaría en arrasarla hasta sus cimientos.

La conversación continuó, el Ministro José Francisco Vergara señaló – Contrariamente a lo que señala la propaganda de nuestros enemigos, el Ejército de la República de Chile es una fuerza militar disciplinada, de lo que bien pueden dar cuenta los agregados militares que sus propios Gobiernos han solicitado agregar a nuestro Cuartel General, nosotros no tenemos el más mínimo interés en destruir la ciudad capital del Perú, ya hemos vencido en el campo de batalla a los ejércitos, destruido sus defensas y capturado una considerable cantidad de las armas con las que el Gobierno del Perú ha intentado impedirnos llegar a su ciudad, y aún más, a pesar de que ya nada puede impedir que tomemos la ciudad, hemos intentado hacer un esfuerzo por la paz, en vez de esperar que el vencido venga por los términos de la paz, ayer enviamos al señor Isidoro Errázuriz en compañía del Ministro de Guerra Peruano, quien es nuestro prisionero, a solicitar una entrega negociada de la plaza que sabemos no pueden defender, y sin embargo, nuestro enviado ni siquiera fue recibido, de esta forma es el Gobierno del Perú el que debe aceptar la fuerza de los hechos y evitar un trance que a nadie favorece – fue entonces que los diplomáticos vieron su oportunidad

 Tal vez, el Gobierno del Perú, este más dispuesto a llegar a un acuerdo, si es que conociese cuales son las condiciones del Gobierno de Chile, y se nos concediese un plazo prudente para conferenciar con los representantes del Gobierno del Perú –

Don Isidoro Errázuriz tomó entonces la palabra – Hemos de dejar establecido que la posición del Gobierno de Chile, tal como quedó establecido en las conferencias sostenidas en la rada de Arica en octubre del año próximo pasado, es que no acepta mediación de otras potencias, por muy bien intencionadas que sean sus intenciones –

El Ministro Saint John aclaró inmediatamente – La posición del Gobierno de Chile es bien conocida por todos, y ninguna de las potencias aquí representadas, que reiteramos, son todas las acreditadas ante el Gobierno del Perú, impondría sus buenos oficios, de no ser solicitado unánimemente por todos los beligerantes

 En ese caso, es el Comandante en Jefe del Ejército expedicionario quien debe señalar, por ser de su competencia, cuales serían las condiciones para no tomar “ manu militari” la ciudad de Lima – Las miradas volvieron a centrarse en el General Baquedano, se produjo un silencio solemne mientras el aludido meditaba la manera de exponer su respuesta
 El Callao, debe entregarse incondicionalmente El Callao – Se entiende que en durante la duración de la gestión el Ejército de su mando no lanzará un asalto contra las posiciones peruanas – Así es, puedo comprometerme a no lanzar un asalto hasta las dos de la tarde del día de hoy – Dada la importancia de la gestión ¿Es posible que ese plazo se amplié razonablemente? – Baquedano meditó un instante, era un hombre firme poco acostumbrado a ceder, pero la importancia de alcanzar la paz definitiva, le hizo ser más flexible – Hasta la media noche, media noche entonces, mis tropas no abrirán fuego, peruanos tampoco, pero dejo claro que me reservo el derecho de hacer los desplazamientos de tropas que considere oportunos, oportunos –

La despedida entre los hombres fue solemne, pero en el rostro de todos se notaban más aliviados, los Ministros se retiraron conformes, no era exactamente un armisticio en regla, pero era mucho más de lo que tenían el día anterior, y con cada minuto que ganaran mayores serían  las posibilidades de obtener una rendición negociada.

Aquella mañana el desayuno del alto mando chileno, sería, sin ninguna duda mucho más agradable, habiendo estando tanto tiempo al servicio del General Baquedano, rápidamente don Joaquín Godoy, comenzó a redactar las ordenes pertinentes para ser trasmitidas a los jefes de División, nadie debería abrir fuego hasta la media noche; el desayuno de los chilenos hubiese sido mucho más agradable si hubiesen sabido que durante el día anterior, Nicolás de Piérola había sostenido una reunión con todo los altos mandos de sus ejércitos, y la voluntad de resistir no era unánime entre los militares.  

sábado, 9 de febrero de 2013

capitulo XIII


CAPITULO XIII

CAMPAMENTO DE LA V BRIGADA DE CABALLERÍA

EJERCITO DE RESERVA DE LIMA



Los soldados habían hecho un buen trabajo limpiando sus caballos, un sargento 2º, asistido por un niño corneta de órdenes, revisaba que los caballos estuvieran bien herrados, más allá junto a unos sacos de avena, un pequeño grupo de hombres, sentados en sus sillas de montar, trabajaban afanosamente en recomponer sus uniformes, el sargento levantó la pata de un caballo alazán – Dame las tenazas Lorenzo – el corneta le entregó la herramienta al Sargento y se acercó a mirar la operación echándose a la espalda su instrumento.

El Sargento lanzó un par de maldiciones mientras sacaba el clavo torcido – Este aguantará bien – El niño corneta, un chico de no más de trece años preguntó – ¿El Combate mí Segundo? – El Sargento hizo una mueca que bien pareció ser una sonrisa – La revista niño, hoy no peleamos, y aunque tuviéramos que hacerlo, poco podríamos con esta caballada – ¿Como así? –

El Sargento acarició con cariño el lomo del animal, y se encontró con la cara del animal que pareció preguntar “¿por qué?” – Mira chico, estos no son caballos militares, son bestias nobles como pocas, pero no están hechos para el choque, estos como el alazán, son caballos de paso, de elegante y suave andar, sirven para desplazarse largas distancias; esos de allá son caballos de carretoneros o del tranvía  – Había casi pena en la voz del hombre cuando agregó – No son potros de batalla, los hemos tratado de entrenar lo mejor posible para que no se asusten con las balas o con las grandes masas de hombres, pero créeme hijo; no aguantarían el choque contra los potros como los que usan los del Mapocho – El muchacho le dedicó una mirada incrédula.

La V Brigada de Caballería, era la Caballería del Ejército de Reserva, formada oficialmente junto al resto del Ejército, pero organizada efectivamente en la segunda quincena de diciembre, y por esa razón, era también la peor equipada, la variedad de hombres que formaban el cuerpo era tan variado como las monturas que utilizaban, tal como describiera el Sargento, sus caballos eran una extraña mezcolanza de caballos de paso, famosos en la zona por su peculiar “paso peruano”, de suave andar y resistencia, caballos de los carros de sangre del tranvía urbano, carretoneros y e incluso uno que otro viejo rocín digno del Quijote; peor aún, la burocracia creada por Piérola había traído más de un dolor de cabeza a quienes intentaban procurar  los medios para equipar y entrenar adecuadamente a dicha fuerza de caballería, llegándose al absurdo de ordenar el arresto del Sargento Mayor Taramona y la requisición de todos los animales obtenidos en su comisión para requisar caballos para montar a la Brigada en las haciendas y valles de los alrededores de Lima, por haber requisado caballos en las haciendas y valles de los alrededores de Lima; cuando los soldados supieron de este incidente, después de uno y mil rumores, llegaron casi de forma unánime a la conclusión de que el problema había sido que el Mayor había requisado caballos de un conocido de Piérola, y este había reclamado formalmente ante el Dictador.

Organizados oficialmente en dos escuadrones uno de fusileros y otro de lanceros, realmente tenían tan pocos caballos como armas de fuego, de hechos algunos hombres habían preferido procurárselas por su propia cuenta cuando se aburrieron de esperar que el comando se las entregara, de hecho solo cuatro días antes se habían recibido las últimas armas provenientes del Estado Mayor General, de modo que no todos habían podido aprender el manejo de las mismas.

viernes, 8 de febrero de 2013

capitulo XII


CAPÍTULO XII

AL NORTE DE BARRANCO 


El grupo de jinetes detuvo el trote de sus cabalgaduras en una arboleda a unos doscientos o trescientos metros a la derecha de la línea férrea; el oficial al mando aspiró el humo de su cigarro y enfocó sus anteojos de campaña hacía las líneas peruanas; bajo el gran bigote rubio pareció maldecir a sus enemigos, tras unos instantes en los que permaneció como una estatua, volvió a aspirar el humo del cigarro, en un silencio casi religioso sus acompañantes esperaban ordenes; finalmente, como despertando de un trance habló

– ¿Qué opina Comandante? – El aludido Teniente Coronel Novoa, Comandante del Regimiento N° 2, se acercó a su superior – El enemigo a establecido su línea de batalla en todas las pequeñas elevaciones desde el mar hasta quien sabe dónde, probablemente han fortificado hasta el Rimac – Exacto, si se fija el terreno es bastante llano, y probablemente todos esos cerritos de aquí hasta el San Cristóbal estén fuertemente artillados –

Hubo una nueva pausa, el oficial del grueso bigote rubio, que no era otro que el Coronel José Velásquez, el más famoso artillero del Ejército chileno; volvió a mirar el terreno frente a él – Se da cuenta comandante que estamos a unos quinientos o seiscientos metros de la línea enemiga – chupó una vez más el cigarro – Solo unos minutos a pie nos separan de su línea de trincheras  reflexionando para sí añadió en un murmullo – Pero, no me gustaría ser el infante que se moverá esos tres o cinco minutos hasta el otro lado  volvió a fumar, esta vez casi con rabia  Les tirarán con todo, caerán muchos buenos hombres en ese momento 

El Comandante Novoa se atrevió a preguntar – ¿Cree que habrán torpedos enterrados? – Velásquez le respondió – Probablemente los haya en los espacio entre los fuertes, y sin duda que los mismos fuertes estarán minados –

Con un murmullo casi inteligible agregó la palabra “felones”; el día anterior, el Capitán Villarroel, conocido con el apodo de “General Dinamita” y sus chinos habían desenterrado de la batería “Martir Olaya” en el Morro Solar suficiente explosivo como para hacer desaparecer algo más que el fuerte.

El Coronel y sus hombres habían montado temprano a caballo ese día; sabía de los rumores que decían, que el General Baquedano mantendría una importante reunión esa mañana con los Diplomáticos, sin embargo, la tarde anterior el General en Jefe, en persona había ordenado a su Comandante General de Artillería que esa mañana hiciese un reconocimiento y desplegara su artillería con miras a otorgar apoyo a la infantería para el asalto final, y era lo que había estado haciendo desde las cinco de la mañana, en compañía de sus ayudantes y algunos oficiales del arma; con su anteojo de campaña enfocó a una columna de hombres que se movía entre las posiciones enemigas – Refuerzos, el enemigo sigue desplegando sus refuerzos en el frente; si hoy no hay combate será un milagro – tras morderse el labio se dirigió al más cercano de sus ayudantes le dijo – Tome nota y entréguelo personalmente a los jefes de las brigadas, deben iniciar traslado de las piezas a las posiciones que les serán indicadas por el práctico que queda a su disposición, señáleles además que deben poner especial cuidado en limpiar su frente, y derrumbar las tapias laterales necesarias para permitir el adecuado enlace sin que deban saltar los muros –

Rápidamente, llevándose a los soldados que habían sido comisionados expresamente para servir de guías de las distintas baterías, partieron al galope; el Coronel echó una nueva mirada a las posiciones enemigas – Debemos establecer una buena base de fuego para apoyar a nuestros infantes mientras cruzan por ese matadero; si tenemos la ocasión, podríamos tener unos setenta u ochenta cañones en posición – Novoa, con la confianza de años de trabajar juntos se atrevió a preguntar – ¿Cree usted que podremos emplazar nuestros cañones en batería antes que la infantería y caballería enemiga se nos eche encima – Lo sé, bastaría un jefe enemigo decidido para dejar al ejército sin artillería –

Los hombres volvieron a guardar silencio un rato mientras Velásquez seguía observando el campo enemigo – Ayudante, tome nota, al Comandante en jefe: “artillería avanzará posicionándose al frente de la III División, por lo que solicito disponga de una tropa para la protección de los cañones” – Cuando firmó la comunicación señaló – En marcha señores, debemos ir de visita donde lo de mí Coronel Lagos –


Al ponerse en marcha Velásquez sacó la cuenta que a pesar de que la guerra era una tremenda desgracia, también era una excelente segunda oportunidad para que muchos hombres pudieran retomar sus carreras, muchas veces truncadas injustamente, ¿Cuántas veces buenos soldados habían sido separados de las filas por un comentario estúpido que llegó a oídos del Intendente? pasando del Ejército Activo a oscuros puestos en alguna Comandancia de Armas o a mandar cívicos, sin embargo, y ahora por obra y gracias de las bayonetas volvían a estar en primera línea Martínez, pasó a mandar el cuerpo cívico más famoso del ejército y ahora mandaba una Brigada, Lagos, al mando de una División, del Canto, que de simple mayor ahora mandaba un regimiento de línea, el mismo que ahora era comandante general de un arma, por otro lado ¿Cuantos de los oficiales en activo han caído en desgracia desde que comenzó la guerra? Ortíz del Buin, Castro del 3º; ¿y los muertos? Santa Cruz del “Zapadores”, Oeckers de la Artillería de Marina, Ramírez del 2º, y en la batalla que se avecina ¿A quienes les tocará el número premiado con la gloria?

sábado, 2 de febrero de 2013

CAPITULO XI


CAPITULO XI
BATALLÓN N° 4 DE RESERVA
REDUCTO N° 2 AL COSTADO DE LA LÍNEA FÉRREA ENTRE BARRANCO Y MIRAFLORES

El Batallón N° 4, formaba parte de la 1° División, comandada por el millonario Dionisio Derteano, nombrado hace poco Coronel Provisional, el mismo que hacía sólo unos meses atrás había visto arrasadas con fuego y dinamita sus principales propiedades, cuando la expedición del Capitán de Navío Patricio Lynch, le solicitó el pago de un cupo de guerra de cien mil soles de plata, so pena de destrucción de sus haciendas de “Puente” y “Palo Seco”, a pesar de la fuerte presión entablada de manera oficial por los Gobiernos Británico y de Francia, fue inútil convencer a Lynch de obviar la contribución, de forma que cuando Derteano no pagó, Lynch cumplió su amenaza, y las que tal vez eran de las más caras propiedades del Perú, vieron sus bodegas vaciadas, sus inmuebles volados con dinamita y sus plantaciones pasto de las llamas.

El batallón N° 4, junto al grueso de las unidades del Ejército de Reserva de Lima, había sido formado a mediados de Junio del año anterior, esta fuerza originalmente se pensó como una poderosa fuerza de 10 divisiones, pero como señalara el Comandante Gonzáles de la Batería El Pino, al entusiasmo de junio había sucedido el temor de noviembre, de forma que algunos batallones quedaron en cuadro, al ser diezmada su tropa no por el fuego enemigo, sino por las deserciones.

Sin embargo, el N° 4 organizado en una plana mayor con cuatro compañías en activo y una de depósito, se había consolidado como una unidad cohesionada, ello talvez por la conciencia de sus integrantes, todos salidos de las aulas de la Universidad San Marcos de Lima o por algún extraño designio del destino.

Habían elegido a sus oficiales entre los más destacados académicos de dicha casa de estudios, su comandante era un reconocido Abogado y Político Limeño, hijo del Presidente de la Corte Suprema, con quien además compartía el nombre, se trataba del ahora Coronel Provisional don Ramón Rybeiro Álvarez del Villar; no era este jefe un hombre atractivo, algunos sencillamente dirían que era feo, bajo, orejón y con una alopecia cada vez más marcada, de forma que el uniforme militar a pesar de estar hecho por un sastre no podía compensar dichas características  con buen sentido, había optado por cómodo calzado en vez de las botas acordeonadas que hombres de piernas más largas preferían, sin embargo, las desventajas físicas que la naturaleza le había concedido, habían sido más que compensadas con una gran agudeza intelectual y retorica, que le habían transformado primero en uno de los más destacados abogados y académicos de su época  y ahora en uno de los jefes más caracterizados de la reserva de Lima.

Para Rybeiro la guerra era una calamidad, sin embargo la aceptaba resignadamente y con patriotismo, sin embargo, a pesar de no ser militar de carrera, seguía sin entender muchas cosas de la vida militar; algunas que pensaba eran incomprensibles para quien no tuviese la profesión de armas, y otras que simplemente le parecían insólitas  tales como la manía de haber mantenido la reserva en retaguardia el día de la batalla, prefiriendo usar sólo tropas desgastadas en combate, en vez de hacer avanzar los batallones de reservistas frescos y lanzar un gran asalto contra el enemigo, es que los jefes pensaban que los abogados de Lima, o los comerciantes del batallón N° 2 comandados por Lecca el Prior del consulado, no tenían el valor o la consciencia para combatir, al final se dijo – Ninguno de nosotros titubeará ante el fuego enemigo – Se dijo mientras se acercaba al reducto desde el pueblo, casi a la entrada detuvo su caballo y observó a sus hombres, un grupo formaba una línea ante un oficial, mientras a su izquierda un Cabo 2° del que no recordaba el apellido, explicaba en un rincón del reducto a un pequeño grupo de hombres como manejar la baqueta del fusil, al verlo realizar fluidamente aquellos movimientos tan militares, le pareció situarlo mentalmente vestido con una impecable levita negra en los escalones de la Corte, a principios del año anterior – Sí, el apellido del hombre es Suarez o Juarez o algo así; con uniforme casi no lo reconozco, salvo que en aquella ocasión en vez de un fusil Remington, estaba armado con un maletín y probablemente en vez de municiones llevase un Código Civil – un centinela al verlo entrar al reducto presentó armas, Rybeiro devolvió el saludo militarmente, y se preguntó – ¿Porque los que diseñaron esta fortificación no habrán cerrado el reducto a retaguardia?, bueno al menos no estamos tan mal a los del N° 6 no les fue tan bien – el Coronel de La Colina le había contado que cuando su batallón había llegado a su posición, el reducto no estaba concluido, de modo que debieron realizar una colecta para contratar jornales chinos que despejaran el frente del reducto y terminaran las obras, y peor aún cuando habían agotado el dinero, los hombres debieron terminar el trabajo, dejando de lado por algunas jornadas la instrucción.

Cuando hubo entregado su caballo a un ordenanza, el tercer comandante, que pacientemente le había esperado, se le apersonó a dar parte de las novedades – El enemigo no se deja ver en el frente, hace un rato ha salido un tren hacía las líneas enemigas, dicen que llevaba al Cuerpo Diplomático – Últimamente se dicen muchas cosas – Sí, pero la locomotora llevaba bandera de parlamento – Rybeiro asintió con la cabeza, y desmontó – ¿Hay desertores? – Hace como una hora que pasamos lista, no hay ausentes ni enfermos, estamos listos para pelear – Eso dependerá si los señores del tren no consiguen otra cosa – ¿Y usted que cree señor? – Yo pienso que todos cumpliremos con nuestro deber, ya sea marchando de vuelta a nuestras casas o plantando cara al enemigo – 

Una pausa en el relato



Uf, aún no tengo muy claro en el cacho que me estoy metiendo, pero debo admitir que siempre lo quise hacer....
Bueno esta versión novelada, la he tratado de construir en base a los relatos de los propios protagonistas, mencionaré que las principales fuentes son chilenas, las fuentes peruanas de la época son bastante más escasas; y más encima muchas de ellas están fuera de mi alcance, a medida que avance un poco más en el relato iré dando las pistas de donde saqué los relatos; pero no quiero de momento romper la sorpresa, para los que conocen del tema la mayor parte de las escenas les serán conocidas  leídas en cartas, diarios y relatos; obviamente que también me he tomado algunas licencias, pues es un relato novelado, pero solo para completar los vacios de acuerdo a la intuición; aunque en verdad agradecería que si alguien siente que “me arranco con los pavos”, tenga la bondad de hacérmelo saber.
En cuanto a las fotos, he tratado de usar las originales de la época, pero no siempre es posible encontrarlas; de forma que me he tomado algunas licencias; la de Gonzáles Prada por ejemplo es de 1884 (3 años después de los hechos relatados); la del Esmeralda fue tomada en Pocollay, después de la campaña de Tacna, y antes de la de Lima; si se fijan los soldados aún usan chaqueta corta con una sola hilera de botones, mientras que para la campaña de Lima utilizaban doble abotonadura; pero aún así es de solo algunos meses antes de la campaña, de modo que los hombres que se ven muy probablemente serían combatientes en el tiempo de la novela; en cuanto a la foto del capítulo VI, es una de mis favoritas, y muestra a tres soldados del Regimiento Valparaíso, es de muy poco después de la campaña, tomada entre enero y Abril de 1881, en alguno de los estudios fotográficos en Lima; se ven claramente las marcas tácticas de la unidad (letras RV en el kepí separados por la estrella, la letra V en genero blanco en el brazo izquierdo, y las tres barras blancas en el izquierdo, marca de la tercera División  Lagos, a la que pertenecieron hasta el 12 de enero de 1881.
Ah, y para para los que se preguntan quien es el personaje de la foto del Capítulo IX, les presento a Sir Spencer Buckinham Saint John; Cónsul de Gran Bretáña en Perú en la época
Bueno nada más que pedirles que disfruten el relato y agradecer a los que voluntaria o involuntariamente me han motivado a realizarlo....
Desde ya agradecido
Jorge  

viernes, 1 de febrero de 2013

CAPITULO X


CAPITULO X

3°/I DEL REGIMIENTO “ESMERALDA”
HACIENDA DE SAN JUAN

Cuando al comienzo de un nuevo día, los hombres comenzaban a moverse en sus campamentos; la compañía del Capitán Baeza, había llegado hacía largo rato a su destino, la subunidad había sido segregada del “Esmeralda”, regimiento que se encontraba acuartelado en la Escuela de Cabos, habiendo recibido orden de establecerse como guarnición de la Hacienda de San Juan, el cambio había sido bien tomado por los hombres, ya que les alejaba del cuartel donde hasta hace poco tiempo se formaba el personal del ejército peruano; y que tras la gigantesca batalla del día 13, había sido transformado por los chilenos en un deposito de prisioneros, en un improvisado centro logístico y en un gigantesco hospital de campaña, donde miles de heridos eran atendidos; y es que con tanta gente en el cuartel, el personal del regimiento había sido relegado a un pequeño espacio en uno de los patios; al hacinamiento y al descanso al raso, debían compartir el espacio con los ayes moribundos de los heridos, el silencio hosco de los tuyidos, los miembros amputados, y la improvisada fosa en la que se iban depositando los cuerpos de los heridos que fallecían; si bien es cierto, los hombres conocían el rigor de la vida en campaña o el horror de un campo de batalla, el espectáculo que contemplaban no eran el premio que esperaban tras haber sobrevivido a los tremendos eventos ocurridos cuarenta y ocho horas antes.

Sin embargo, ahora que ya habían llegado a los bien construidos edificios de la hacienda, los mismos que tomaran por asalto durante la batalla, y que formaban una suerte de pequeño pueblo, el humor de los soldados había mejorado notablemente, si bien es cierto, aún se atendían a unos cuantos centenares de heridos, el grueso de los que habían sido recogidos por una ambulancia chilena, pertenecíentes principalmente a la II División chilena, ya habían sido trasladados a la Escuela de Cabos, incluso se comentaba que pronto todos los heridos, así como todo el personal sanitario haría abandono de la hacienda, con lo que el esplendido espacio quedaría completamente a su disposición.

Aún así, muchos de los muertos, fallecidos en los alrededores, aún permanecían insepultos, y ya comenzaban a empozoñar el paraje; sin embargo, fuera de esto y de la gran nube de moscas que volaban por doquier, los hombres se sentían sumamente cómodos.

Hacía ya algún rato que los hombres se habían instalado en las dependencias, cuando un grupo de chinos, vestidos con los uniformes de brin, con los que el comando chileno les había dotado, pasó caminando lentamente ante la casa ocupada por los oficiales chilenos, los orientales marchaban silenciosos, armados con chuzos, palas y una lata de querosén, al verlos pasar, los soldados no les envidiaban, a más de uno se le figuró que se trataban de una bandada de buitres; al poco rato, relativamente cerca comenzó el fuego, tres cadáveres apilados a la rápida comenzaban a arder, y es que no existían reglas para la inumación de los cuerpos; dependiendo esto más bien de la voluntad y ánimo de los chinos destinados a tal fin, aunque por regla general a los muertos peruanos se les aplicaba la tea, los cadáveres chilenos no eran inmunes a este fin, excecionalmente algunas unidades chilenas, más puntillosas con el asunto, habían tomado medidas especiales, por ejemplo el Regimiento “Atacama” habían hecho el esfuerzo de reúnir la mayor cantidad de sus caídos para enterrarlos “como Dios manda” en el camposanto de Chorrillos.

Distribuidas las guardias y las comisiones de servicio, el grueso de los hombres comenzó a vagar dentro de los margenes del campamento, hacía el este un grupo de jinetes, que los hombres supusieron chilenos, aunque nadie hiciera nada por comprobarlo, pasaron raudamente al galope rumbo al norte – Reconocimiento – dijo un veterano a un recluta sin prestar mayor atención a la polvadera que se alejaba de ellos, y siguió con sus quehaceres.

Un par de soldados frente a la guardia establecida frente a la puerta donde un numeroso contingente de prisioneros peruanos permanecía encerrados conversaban animadamente al tiempo que se mostraban sus tesoros obtenido de los muertos y los vivos; uno de ellos mostraba alegremente un elegante reloj de bolsillo grabado con las iniciales del que probablemente fue su dueño original, sin duda, sino lo deseaba conservar obtendría un buen precio, un tercer hombre, un soldado muy joven mostró entonces una sortija de matrimonio, los otros dos le miraron consternados

¿De adonde lo sacaste? –

Se lo quité a un cholo muerto que encontré, en una acequia en la huerta de al lado, sabe al principio creí que era un herido pues tenía la mano levantada como para que lo viera, pero cuando llegué ví que estaba bien muerto, y entre sus deos negros tenía este lindo anillo –

Los otros hombres se miraron y uno de ellos le dijo – Malaya cabrito, mejor desaste de eso, esta bien quedarse con las pertenencias de los muertos, incluso con las de los vivos – el otro hombre tosió – Es el derecho de conquista ¿sabes? pero los anillos son de mala suerte; están cargados – El soldado sonrió pensando que era una broma, pero los hombres le miraban seriamente – Ese anillo le traera mala suerte amigo, creame – el otro soldado suspiró – entierralo o vendelo rapidamente, creeme hijito, ya lo he visto otras veces – Algo turbado el soldado jovén sonrió al tiempo que se guardaba el anillo en un bolsillo, y salió caminando sin rumbo sintiendo las miradas de los otros clavadas en su espalda.