sábado, 23 de febrero de 2013

II PARTE CAP I


II PARTE

CAPITULO I

LIMA

MAÑANA DEL 15 DE ENERO DE 1881


La ciudad de Lima siempre había despertado temprano; sin embargo, esta mañana era diferente, ya eran más de las ocho y pocas eran las personas que se aventuraban a caminar por sus veredas, el aspecto de la señorial ciudad distaba de ser el mejor, tanto en el palacio como en el más humilde conventillo de la ciudad, sus habitantes suspiraban por la suerte de sus seres queridos movilizados en los ejércitos que defendían la ciudad.

Las calles permanecían silenciosas, y es que no existía movimiento de caballos, tranvías, o coches de alquiler, toda vez que sus dueños y cuidadores habían sido reclutados para servir en el ejército, incluso los siempre ruidosos teatros chinos, lugares que casi funcionaban ininterrumpidamente, y donde tanto los orientales como otros habitantes de la ciudad acudían a ver los ruidosos espectáculos, fumar opio y apostar, permanecían cerrados y silenciosos, ello pues los chinos temían a la sensibilidad de los vecinos, a raíz de la ayuda que prestaban como auxiliares de las tropas chilenas varios centenares de orientales sacados de las haciendas al sur de los ditritos rurales del sur de la ciudad.

Ni siquiera la Guardia Civil de la ciudad patrullaba las calles, pues los policías de los cinco distritos de la ciudad, también había sido movilizados al frente, habían sido reemplazados por los bomberos de las bombas extranjeras de la ciudad, pero los improvisados guardianes del orden, contaban más con el respeto y la buena voluntad de los habitantes que con la experiencia, sin embargo, incluso los bomberos comenzaban a sentirse intranquilos, todo había comenzado como un rumor, al que no dieron mayor importancia, sin embargo, la historia repetida cientos de veces, ya había comenzado a hacer dudar incluso a los que menos prestaban atención a las bolas, nadie durante todo el día anterior había podido ver a un voluntario de la bomba italiana “Garibaldi” que desmintiera la masacre de sus miembros a manos de la soldadesca chilena.

Los extranjeros residentes en la ciudad de acuerdo con los representantes de sus gobiernos, habían optado por poner en los frontis de sus propiedades las banderas de sus naciones, ello con la esperanza de que en último caso pudieran servir como protección en caso de una batalla; más aún un número no menor de ellos habían optado por acoger en sus propiedades a familiares de amigos o socios peruanos reclutados entre los defensores de la ciudad, este tipo de acciones, así como los rumores en torno a la actividad del Cuerpo Diplomático, había producido una suerte de euforia entre los habitantes de la ciudad, los últimos rumores que circulaban esa mañana por la ciudad era que los almirantes neutrales habían comenzado a desembarcar marinería en Ancón, muchos señalaban que se trataba de una fuerza que ascendía a 4.000 soldados, principalmente franceses traídos desde las Islas Marquesas, donde habían terminado de pacificar un motín, tal vez sería una suerte de fuerza que los extranjeros opondrían a los chilenos en caso de que estos trataran de atacar la ciudad, algunos incluso añadían que las naves extranjeras tenían órdenes de hundir a la escuadra chilena en caso de que los chilenos intentasen asaltar Lima.

Robert R. Sturrock, era uno de los numerosos hijos del imperio británico asentados fuera de sus tierras, escocés, nacido en Dundee Angus, energico, despierto, de apenas 23 años, como muchos de sus contemporáneos había tenido la oportunidad de salir de su país natal y asumir un cargo de importancia en una de las miles de sucursales de empresas británicas en algún exotico lugar, pudo ser en Japón, en África, o como en este caso en Latinoamérica; de alguna manera, el instinto le decía que era hora de alejarse de la capital del Perú, durante la tarde del día anterior había conversado largamente con el doctor Loane de la “Shanon”, uno de los buques británicos destacados en la zona, quien junto con el doctor Ferguson de la “Thetis”, habían concurrido a prestar sus humanitarios servicios curando los heridos en el improvisado Hospital establecido en el Palacio de “La Exposición”; la visita a los médicos le había terminado de convencer de que un nuevo choque entre los ejércitos de Chile y Perú, sería favorable al primero, existiendo un serio riesgo de que los peruanos se replieguen a la ciudad, y que se produzcan los combates callejeros, que solo podían acarrear la destrucción de la ciudad; Wells compartía la opinión – Sí que es hora de que salgamos de la ciudad Robert; pero Woodsend nos la ha jugado, ha puesto bajo nuestra protección a las señoras y los niños – Entiendo, sin embargo creo que podemos ayudarlo a sacarlos – No Robert, la situación es de lo más seria, Woodsend estuvo anteayer conmigo, traía un telegrama donde se le ordenaba embarcara ayer rumbo a Valparaíso – Con flema única Robert señaló – Sin lugar a dudas, un muy oportuno telegrama que le saca de Lima, y pone las vidas de las señoras y los niños en nuestras manos – Sin duda que el inexcrupuloso lo tenía preparado con antelación – Sin duda, pero que haremos con esa gente, dudo que la “Union Jack” pueda protegerles en un combate, no podemos abandonarles, eso esta fuera de discusión, así que debemos evacuarlos – Claro, podriamos tratar de dirigirnos a Ancón por medio del ferrocarril, sería bueno que usted se dirija a la estación a averiguar los horarios de los trenes, debo serle honesto, me sentiré más seguro con los fusiles de los “Royal marines” del Almirante Stirling, que amparado con los pistones de los bomberos – Y es que efectivamente las marinas extranjeras con el acuerdo del gobierno del Perú, habían desembarcado una pequeña fuerza de marinos en Ancón a fin de establecer una zona protegida para sus nacionales.

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