II PARTE
CAPITULO I
CAPITULO I
LIMA
MAÑANA
DEL 15 DE ENERO DE 1881
La
ciudad de Lima siempre había despertado temprano; sin embargo, esta
mañana era diferente, ya eran más de las ocho y pocas eran las
personas que se aventuraban a caminar por sus veredas, el aspecto de
la señorial ciudad distaba de ser el mejor, tanto en el palacio
como en el más humilde conventillo de la ciudad, sus habitantes
suspiraban por la suerte de sus seres queridos movilizados en los
ejércitos que defendían la ciudad.
Las
calles permanecían silenciosas, y es que no existía movimiento de
caballos, tranvías, o coches de alquiler, toda vez que sus dueños y
cuidadores habían sido reclutados para servir en el ejército,
incluso los siempre ruidosos teatros chinos, lugares que casi funcionaban ininterrumpidamente, y donde tanto los orientales como
otros habitantes de la ciudad acudían a ver los ruidosos
espectáculos, fumar opio y apostar, permanecían cerrados y
silenciosos, ello pues los chinos temían a la sensibilidad de los
vecinos, a raíz de la ayuda que prestaban como auxiliares de las
tropas chilenas varios centenares de orientales sacados de las
haciendas al sur de los ditritos rurales del sur de la ciudad.
Ni
siquiera la Guardia Civil de la ciudad patrullaba las calles, pues
los policías de los cinco distritos de la ciudad, también había
sido movilizados al frente, habían sido reemplazados por los
bomberos de las bombas extranjeras de la ciudad, pero los
improvisados guardianes del orden, contaban más con el respeto y la
buena voluntad de los habitantes que con la experiencia, sin embargo,
incluso los bomberos comenzaban a sentirse intranquilos, todo había
comenzado como un rumor, al que no dieron mayor importancia, sin
embargo, la historia repetida cientos de veces, ya había comenzado a
hacer dudar incluso a los que menos prestaban atención a las bolas,
nadie durante todo el día anterior había podido ver a un voluntario
de la bomba italiana “Garibaldi” que desmintiera la masacre de
sus miembros a manos de la soldadesca chilena.
Los
extranjeros residentes en la ciudad de acuerdo con los representantes
de sus gobiernos, habían optado por poner en los frontis de sus
propiedades las banderas de sus naciones, ello con la esperanza de
que en último caso pudieran servir como protección en caso de una
batalla; más aún un número no menor de ellos habían optado por
acoger en sus propiedades a familiares de amigos o socios peruanos
reclutados entre los defensores de la ciudad, este tipo de acciones,
así como los rumores en torno a la actividad del Cuerpo Diplomático,
había producido una suerte de euforia entre los habitantes de la
ciudad, los últimos rumores que circulaban esa mañana por la ciudad
era que los almirantes neutrales habían comenzado a desembarcar marinería en Ancón, muchos señalaban que se trataba de una fuerza
que ascendía a 4.000 soldados, principalmente franceses traídos
desde las Islas Marquesas, donde habían terminado de pacificar un
motín, tal vez sería una suerte de fuerza que los extranjeros
opondrían a los chilenos en caso de que estos trataran de atacar la
ciudad, algunos incluso añadían que las naves extranjeras tenían
órdenes de hundir a la escuadra chilena en caso de que los chilenos
intentasen asaltar Lima.
Robert
R. Sturrock, era uno de los numerosos hijos del imperio británico
asentados fuera de sus tierras, escocés, nacido en Dundee Angus,
energico, despierto, de apenas 23 años, como muchos de sus
contemporáneos había tenido la oportunidad de salir de su país
natal y asumir un cargo de importancia en una de las miles de
sucursales de empresas británicas en algún exotico lugar, pudo ser
en Japón, en África, o como en este caso en Latinoamérica; de
alguna manera, el instinto le decía que era hora de alejarse de la
capital del Perú, durante la tarde del día anterior había
conversado largamente con el doctor Loane de la “Shanon”, uno de
los buques británicos destacados en la zona, quien junto con el
doctor Ferguson de la “Thetis”, habían concurrido a prestar sus
humanitarios servicios curando los heridos en el improvisado Hospital
establecido en el Palacio de “La Exposición”; la visita a los
médicos le había terminado de convencer de que un nuevo choque
entre los ejércitos de Chile y Perú, sería favorable al primero,
existiendo un serio riesgo de que los peruanos se replieguen a la
ciudad, y que se produzcan los combates callejeros, que solo podían
acarrear la destrucción de la ciudad; Wells compartía la opinión
– Sí que es hora de que salgamos de la ciudad Robert; pero
Woodsend nos la ha jugado, ha puesto bajo nuestra protección a las
señoras y los niños – Entiendo, sin embargo creo que podemos
ayudarlo a sacarlos – No Robert, la situación es de lo más
seria, Woodsend estuvo anteayer conmigo, traía un telegrama donde se
le ordenaba embarcara ayer rumbo a Valparaíso – Con flema única
Robert señaló – Sin lugar a dudas, un muy oportuno telegrama que
le saca de Lima, y pone las vidas de las señoras y los niños en
nuestras manos – Sin duda que el inexcrupuloso lo tenía preparado
con antelación – Sin duda, pero que haremos con esa gente, dudo
que la “Union Jack” pueda protegerles en un combate, no podemos
abandonarles, eso esta fuera de discusión, así que debemos
evacuarlos – Claro, podriamos tratar de dirigirnos a Ancón por
medio del ferrocarril, sería bueno que usted se dirija a la estación
a averiguar los horarios de los trenes, debo serle honesto, me
sentiré más seguro con los fusiles de los “Royal marines” del
Almirante Stirling, que amparado con los pistones de los bomberos –
Y es que efectivamente las marinas extranjeras con el acuerdo del
gobierno del Perú, habían desembarcado una pequeña fuerza de
marinos en Ancón a fin de establecer una zona protegida para sus
nacionales.

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