CAPITULO X
3°/I
DEL REGIMIENTO “ESMERALDA”
HACIENDA
DE SAN JUAN
Cuando
al comienzo de un nuevo día, los hombres comenzaban a moverse en sus
campamentos; la compañía del Capitán Baeza, había llegado hacía
largo rato a su destino, la subunidad había sido segregada del
“Esmeralda”, regimiento que se encontraba acuartelado en la
Escuela de Cabos, habiendo recibido orden de establecerse como
guarnición de la Hacienda de San Juan, el cambio había sido bien
tomado por los hombres, ya que les alejaba del cuartel donde hasta
hace poco tiempo se formaba el personal del ejército peruano; y que
tras la gigantesca batalla del día 13, había sido transformado por
los chilenos en un deposito de prisioneros, en un improvisado centro
logístico y en un gigantesco hospital de campaña, donde miles de
heridos eran atendidos; y es que con tanta gente en el cuartel, el
personal del regimiento había sido relegado a un pequeño espacio en
uno de los patios; al hacinamiento y al descanso al raso, debían
compartir el espacio con los ayes moribundos de los heridos, el
silencio hosco de los tuyidos, los miembros amputados, y la
improvisada fosa en la que se iban depositando los cuerpos de los
heridos que fallecían; si bien es cierto, los hombres conocían el
rigor de la vida en campaña o el horror de un campo de batalla, el
espectáculo que contemplaban no eran el premio que esperaban tras
haber sobrevivido a los tremendos eventos ocurridos cuarenta y ocho
horas antes.
Sin
embargo, ahora que ya habían llegado a los bien construidos
edificios de la hacienda, los mismos que tomaran por asalto durante
la batalla, y que formaban una suerte de pequeño pueblo, el humor de
los soldados había mejorado notablemente, si bien es cierto, aún se
atendían a unos cuantos centenares de heridos, el grueso de los que
habían sido recogidos por una ambulancia chilena, pertenecíentes
principalmente a la II División chilena, ya habían sido trasladados
a la Escuela de Cabos, incluso se comentaba que pronto todos los
heridos, así como todo el personal sanitario haría abandono de la
hacienda, con lo que el esplendido espacio quedaría completamente a
su disposición.
Aún
así, muchos de los muertos, fallecidos en los alrededores, aún
permanecían insepultos, y ya comenzaban a empozoñar el paraje; sin
embargo, fuera de esto y de la gran nube de moscas que volaban por
doquier, los hombres se sentían sumamente cómodos.
Hacía
ya algún rato que los hombres se habían instalado en las
dependencias, cuando un grupo de chinos, vestidos con los uniformes
de brin, con los que el comando chileno les había dotado, pasó
caminando lentamente ante la casa ocupada por los oficiales chilenos,
los orientales marchaban silenciosos, armados con chuzos, palas y una
lata de querosén, al verlos pasar, los soldados no les envidiaban, a
más de uno se le figuró que se trataban de una bandada de buitres;
al poco rato, relativamente cerca comenzó el fuego, tres cadáveres
apilados a la rápida comenzaban a arder, y es que no existían
reglas para la inumación de los cuerpos; dependiendo esto más bien
de la voluntad y ánimo de los chinos destinados a tal fin, aunque
por regla general a los muertos peruanos se les aplicaba la tea, los
cadáveres chilenos no eran inmunes a este fin, excecionalmente
algunas unidades chilenas, más puntillosas con el asunto, habían
tomado medidas especiales, por ejemplo el Regimiento “Atacama”
habían hecho el esfuerzo de reúnir la mayor cantidad de sus caídos
para enterrarlos “como Dios manda” en el camposanto de
Chorrillos.
Distribuidas
las guardias y las comisiones de servicio, el grueso de los hombres
comenzó a vagar dentro de los margenes del campamento, hacía el
este un grupo de jinetes, que los hombres supusieron chilenos, aunque
nadie hiciera nada por comprobarlo, pasaron raudamente al galope
rumbo al norte – Reconocimiento – dijo un veterano a un recluta
sin prestar mayor atención a la polvadera que se alejaba de ellos, y
siguió con sus quehaceres.
Un
par de soldados frente a la guardia establecida frente a la puerta
donde un numeroso contingente de prisioneros peruanos permanecía
encerrados conversaban animadamente al tiempo que se mostraban sus
tesoros obtenido de los muertos y los vivos; uno de ellos mostraba
alegremente un elegante reloj de bolsillo grabado con las iniciales
del que probablemente fue su dueño original, sin duda, sino lo
deseaba conservar obtendría un buen precio, un tercer hombre, un
soldado muy joven mostró entonces una sortija de matrimonio, los
otros dos le miraron consternados
–
¿De adonde lo
sacaste? –
– Se
lo quité a un cholo muerto que encontré, en una acequia en la
huerta de al lado, sabe al principio creí que era un herido pues
tenía la mano levantada como para que lo viera, pero cuando llegué
ví que estaba bien muerto, y entre sus deos negros tenía este lindo
anillo –
Los
otros hombres se miraron y uno de ellos le dijo – Malaya cabrito,
mejor desaste de eso, esta bien quedarse con las pertenencias de los
muertos, incluso con las de los vivos – el otro hombre tosió –
Es el derecho de conquista ¿sabes? pero los anillos son de mala
suerte; están cargados – El soldado sonrió pensando que era una
broma, pero los hombres le miraban seriamente – Ese anillo le
traera mala suerte amigo, creame – el otro soldado suspiró –
entierralo o vendelo rapidamente, creeme hijito, ya lo he visto otras
veces – Algo turbado el soldado jovén sonrió al tiempo que se
guardaba el anillo en un bolsillo, y salió caminando sin rumbo
sintiendo las miradas de los otros clavadas en su espalda.

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