viernes, 1 de febrero de 2013

CAPITULO X


CAPITULO X

3°/I DEL REGIMIENTO “ESMERALDA”
HACIENDA DE SAN JUAN

Cuando al comienzo de un nuevo día, los hombres comenzaban a moverse en sus campamentos; la compañía del Capitán Baeza, había llegado hacía largo rato a su destino, la subunidad había sido segregada del “Esmeralda”, regimiento que se encontraba acuartelado en la Escuela de Cabos, habiendo recibido orden de establecerse como guarnición de la Hacienda de San Juan, el cambio había sido bien tomado por los hombres, ya que les alejaba del cuartel donde hasta hace poco tiempo se formaba el personal del ejército peruano; y que tras la gigantesca batalla del día 13, había sido transformado por los chilenos en un deposito de prisioneros, en un improvisado centro logístico y en un gigantesco hospital de campaña, donde miles de heridos eran atendidos; y es que con tanta gente en el cuartel, el personal del regimiento había sido relegado a un pequeño espacio en uno de los patios; al hacinamiento y al descanso al raso, debían compartir el espacio con los ayes moribundos de los heridos, el silencio hosco de los tuyidos, los miembros amputados, y la improvisada fosa en la que se iban depositando los cuerpos de los heridos que fallecían; si bien es cierto, los hombres conocían el rigor de la vida en campaña o el horror de un campo de batalla, el espectáculo que contemplaban no eran el premio que esperaban tras haber sobrevivido a los tremendos eventos ocurridos cuarenta y ocho horas antes.

Sin embargo, ahora que ya habían llegado a los bien construidos edificios de la hacienda, los mismos que tomaran por asalto durante la batalla, y que formaban una suerte de pequeño pueblo, el humor de los soldados había mejorado notablemente, si bien es cierto, aún se atendían a unos cuantos centenares de heridos, el grueso de los que habían sido recogidos por una ambulancia chilena, pertenecíentes principalmente a la II División chilena, ya habían sido trasladados a la Escuela de Cabos, incluso se comentaba que pronto todos los heridos, así como todo el personal sanitario haría abandono de la hacienda, con lo que el esplendido espacio quedaría completamente a su disposición.

Aún así, muchos de los muertos, fallecidos en los alrededores, aún permanecían insepultos, y ya comenzaban a empozoñar el paraje; sin embargo, fuera de esto y de la gran nube de moscas que volaban por doquier, los hombres se sentían sumamente cómodos.

Hacía ya algún rato que los hombres se habían instalado en las dependencias, cuando un grupo de chinos, vestidos con los uniformes de brin, con los que el comando chileno les había dotado, pasó caminando lentamente ante la casa ocupada por los oficiales chilenos, los orientales marchaban silenciosos, armados con chuzos, palas y una lata de querosén, al verlos pasar, los soldados no les envidiaban, a más de uno se le figuró que se trataban de una bandada de buitres; al poco rato, relativamente cerca comenzó el fuego, tres cadáveres apilados a la rápida comenzaban a arder, y es que no existían reglas para la inumación de los cuerpos; dependiendo esto más bien de la voluntad y ánimo de los chinos destinados a tal fin, aunque por regla general a los muertos peruanos se les aplicaba la tea, los cadáveres chilenos no eran inmunes a este fin, excecionalmente algunas unidades chilenas, más puntillosas con el asunto, habían tomado medidas especiales, por ejemplo el Regimiento “Atacama” habían hecho el esfuerzo de reúnir la mayor cantidad de sus caídos para enterrarlos “como Dios manda” en el camposanto de Chorrillos.

Distribuidas las guardias y las comisiones de servicio, el grueso de los hombres comenzó a vagar dentro de los margenes del campamento, hacía el este un grupo de jinetes, que los hombres supusieron chilenos, aunque nadie hiciera nada por comprobarlo, pasaron raudamente al galope rumbo al norte – Reconocimiento – dijo un veterano a un recluta sin prestar mayor atención a la polvadera que se alejaba de ellos, y siguió con sus quehaceres.

Un par de soldados frente a la guardia establecida frente a la puerta donde un numeroso contingente de prisioneros peruanos permanecía encerrados conversaban animadamente al tiempo que se mostraban sus tesoros obtenido de los muertos y los vivos; uno de ellos mostraba alegremente un elegante reloj de bolsillo grabado con las iniciales del que probablemente fue su dueño original, sin duda, sino lo deseaba conservar obtendría un buen precio, un tercer hombre, un soldado muy joven mostró entonces una sortija de matrimonio, los otros dos le miraron consternados

¿De adonde lo sacaste? –

Se lo quité a un cholo muerto que encontré, en una acequia en la huerta de al lado, sabe al principio creí que era un herido pues tenía la mano levantada como para que lo viera, pero cuando llegué ví que estaba bien muerto, y entre sus deos negros tenía este lindo anillo –

Los otros hombres se miraron y uno de ellos le dijo – Malaya cabrito, mejor desaste de eso, esta bien quedarse con las pertenencias de los muertos, incluso con las de los vivos – el otro hombre tosió – Es el derecho de conquista ¿sabes? pero los anillos son de mala suerte; están cargados – El soldado sonrió pensando que era una broma, pero los hombres le miraban seriamente – Ese anillo le traera mala suerte amigo, creame – el otro soldado suspiró – entierralo o vendelo rapidamente, creeme hijito, ya lo he visto otras veces – Algo turbado el soldado jovén sonrió al tiempo que se guardaba el anillo en un bolsillo, y salió caminando sin rumbo sintiendo las miradas de los otros clavadas en su espalda.

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