CAPITULO XIII
CAMPAMENTO DE LA V BRIGADA DE CABALLERÍA
EJERCITO DE RESERVA DE LIMA
Los soldados habían hecho un buen trabajo limpiando sus caballos, un sargento 2º, asistido por un niño corneta de órdenes, revisaba que los caballos estuvieran bien herrados, más allá junto a unos sacos de avena, un pequeño grupo de hombres, sentados en sus sillas de montar, trabajaban afanosamente en recomponer sus uniformes, el sargento levantó la pata de un caballo alazán – Dame las tenazas Lorenzo – el corneta le entregó la herramienta al Sargento y se acercó a mirar la operación echándose a la espalda su instrumento.
El Sargento lanzó un par de maldiciones mientras sacaba el clavo torcido – Este aguantará bien – El niño corneta, un chico de no más de trece años preguntó – ¿El Combate mí Segundo? – El Sargento hizo una mueca que bien pareció ser una sonrisa – La revista niño, hoy no peleamos, y aunque tuviéramos que hacerlo, poco podríamos con esta caballada – ¿Como así? –
El Sargento acarició con cariño el lomo del animal, y se encontró con la cara del animal que pareció preguntar “¿por qué?” – Mira chico, estos no son caballos militares, son bestias nobles como pocas, pero no están hechos para el choque, estos como el alazán, son caballos de paso, de elegante y suave andar, sirven para desplazarse largas distancias; esos de allá son caballos de carretoneros o del tranvía – Había casi pena en la voz del hombre cuando agregó – No son potros de batalla, los hemos tratado de entrenar lo mejor posible para que no se asusten con las balas o con las grandes masas de hombres, pero créeme hijo; no aguantarían el choque contra los potros como los que usan los del Mapocho – El muchacho le dedicó una mirada incrédula.
La V Brigada de Caballería, era la Caballería del Ejército de Reserva, formada oficialmente junto al resto del Ejército, pero organizada efectivamente en la segunda quincena de diciembre, y por esa razón, era también la peor equipada, la variedad de hombres que formaban el cuerpo era tan variado como las monturas que utilizaban, tal como describiera el Sargento, sus caballos eran una extraña mezcolanza de caballos de paso, famosos en la zona por su peculiar “paso peruano”, de suave andar y resistencia, caballos de los carros de sangre del tranvía urbano, carretoneros y e incluso uno que otro viejo rocín digno del Quijote; peor aún, la burocracia creada por Piérola había traído más de un dolor de cabeza a quienes intentaban procurar los medios para equipar y entrenar adecuadamente a dicha fuerza de caballería, llegándose al absurdo de ordenar el arresto del Sargento Mayor Taramona y la requisición de todos los animales obtenidos en su comisión para requisar caballos para montar a la Brigada en las haciendas y valles de los alrededores de Lima, por haber requisado caballos en las haciendas y valles de los alrededores de Lima; cuando los soldados supieron de este incidente, después de uno y mil rumores, llegaron casi de forma unánime a la conclusión de que el problema había sido que el Mayor había requisado caballos de un conocido de Piérola, y este había reclamado formalmente ante el Dictador.
Organizados oficialmente en dos escuadrones uno de fusileros y otro de lanceros, realmente tenían tan pocos caballos como armas de fuego, de hechos algunos hombres habían preferido procurárselas por su propia cuenta cuando se aburrieron de esperar que el comando se las entregara, de hecho solo cuatro días antes se habían recibido las últimas armas provenientes del Estado Mayor General, de modo que no todos habían podido aprender el manejo de las mismas.

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