CAPITULO XIV
TIENDA
DE CAMPAÑA DEL GENERAL EN JEFE DEL EJÉRCITO CHILENO
REUNIÓN
DEL COMANDO CHILENO CON LOS REPRESENTANTES DEL CUERPO DIPLOMÁTICO EXTRANJERO
ACREDITADO EN LIMA
Desde
que se había creado el escalafón militar chileno en 1810, la República había
nombrado a 64 Generales y Almirantes, de los cuales estaban en servicio un
total de 7; de ellos el General de División Manuel Baquedano González, era sin
lugar a dudas el más importante que había dado la República; nunca antes ni
después, un Comandante chileno, comandaría en campaña de forma simultánea tantos
hombres; a pesar de las criticas, Manuel Baquedano había triunfado en
todas las batallas que había dirigido; y ahora tras vencer en la que tal vez era la
batalla más grande desarrollada hasta el momento en suelo Latinoaméricano, estaba listo para
avanzar sobre Lima.
Junto
al General estaban, en ese momento don José Francisco Vergara, Político,
millonario chileno, Coronel de la Guardia Nacional, Ministro de la Guerra en
campaña, y además el principal “Cucalón”, es decir civil ejerciendo funciones que los
militares consideraban de su exclusiva competencia, y por tanto uno de los
hombres menos simpáticos a ojos del cuerpo de oficiales profesionales del
Ejército, sin embargo, era de señalarse que desde que había asumido el cargo,
si bien cierto no había buscado una relación de amistad con Baquedano, al menos habían
logrado mantener la tensión bajo un relativo control, el General se lo había dejado
claro, Ministro manda y organiza, militares se encargan de la parte
operativa, y Vergara tragándose su gran orgullo, pues sentía que incluso podía haber
logrado el nombramiento de otro comandante en jefe, había aceptado.
Los otros hombres que les acompañaban en la importantisima reunión eran don Eulogio Altamirano, uno de los más importantes políticos chilenos, con estudios en Estados Unidos y Alemania, y además de destacado editor de algunos de los periódicos más importantes del país, tales como el influyente diario "La Patria", quien concurría nombrado como Ministro Plenipotenciario por el Gobierno, enviado especialmente a tratar los términos de paz con el Gobierno del Perú, el otro asistente, era don Joaquín Godoy, Secretario Personal del Comandante en Jefe.
Los otros hombres que les acompañaban en la importantisima reunión eran don Eulogio Altamirano, uno de los más importantes políticos chilenos, con estudios en Estados Unidos y Alemania, y además de destacado editor de algunos de los periódicos más importantes del país, tales como el influyente diario "La Patria", quien concurría nombrado como Ministro Plenipotenciario por el Gobierno, enviado especialmente a tratar los términos de paz con el Gobierno del Perú, el otro asistente, era don Joaquín Godoy, Secretario Personal del Comandante en Jefe.
A
la entrada de la tienda un oficial saludó marcialmente a los hombres, mientras
unos soldados de infantería presentaban armas, rápidamente dos de ellos
quedaron de pie en la entrada mientras el resto se alejaba prudentemente.
En
la tienda esperaban de pie los tres ministros extranjeros, recién llegados en
un tren especial desde Lima, tras el termino de los saludos protocolares,
procedieron a sentarse en torno a una sencilla mesa, de la que nadie pregunto
la procedencia, los hombres quedaron frente a frente, el Ministro Tezanos
Pinto, con un suave acento caribeño abrió los fuegos – Señor General, nuestros
gobiernos se encuentran preocupados por la eventualidad de que las acciones
bélicas, pongan en riesgo las personas y bienes de las numerosas colonias
extranjeras residentes en Lima, de esta forma, y con el acuerdo de todo el
Cuerpo Diplomático acreditado, se nos ha comisionado a fin de solicitarle
garantías de respeto tanto para las propiedades, como para las personas de los
neutrales –
Durante
el instante que demoró en responder, los Ministros trataron de sopesar al
General Manuel Baquedano González, lo que más llamó su atención, confesaría íntimamente después el Ministro Vorges, fue la sobriedad del vestuario del
General chileno, ello pues en contraste con el atuendo habitual del Jefe de
Gobierno Peruano, que solía vestir en todo acto, un elegante uniforme, con
casaca bordada con laureles, botas altas de charol y casco coronado con un
águila, el jefe chileno, vestía su sencillo uniforme de campaña, donde
destacaban como único símbolo de su elevado rango, los laureles del kepí que
acababa de dejar frente a él, y las simples estrellas que adornaban las nada
ostentosas charreteras de sus hombros, su pelo sumamente corto y delgado
bigote, muy bien cuidado, único verdadero lujo que se permitía en campaña, así
como su lenguaje corporal, daban a entender claramente que el General que
tenían frente a ellos era quien mandaba. No miró a sus compañeros para
responder, quedaba claro que había meditado mucho en torno a la petición de los
neutrales, su ejército había vencido en el campo a los ejércitos peruanos, de
modo que lo justo era que estos se hicieran responsables de los resultados; sin
embargo, su respuesta aunque firme siguió siendo diplomática, sin repetir
palabras como era su costumbre al hablar dijo derechamente:
– Tienen
ustedes todas todas las garantías que no obsten al legítimo derecho de un
beligerante – los Ministros respiraron aliviados, pero el General Baquedano
volvió a hablar esta vez su tono fue más firme aún – Eso sí, entiendan ustedes
que la garantía, garantía está condicionada a que los peruanos no intenten
hacernos resistencia, resistencia dentro de Lima, en cuyo caso, ante las incertezas de una batalla, no se puede garantizar nada, nada – Los hombres
comprendieron inmediatamente el punto al que se dirigía el General; si no había
resistencia, sus tropas entrarían marchando a la ciudad, sino por el contrario,
había batalla entonces Lima podía darse por perdida, no dudaría en arrasarla
hasta sus cimientos.
La
conversación continuó, el Ministro José Francisco Vergara señaló – Contrariamente
a lo que señala la propaganda de nuestros enemigos, el Ejército de la República
de Chile es una fuerza militar disciplinada, de lo que bien pueden dar cuenta
los agregados militares que sus propios Gobiernos han solicitado agregar a
nuestro Cuartel General, nosotros no tenemos el más mínimo interés en destruir
la ciudad capital del Perú, ya hemos vencido en el campo de batalla a los
ejércitos, destruido sus defensas y capturado una considerable cantidad de las
armas con las que el Gobierno del Perú ha intentado impedirnos llegar a su
ciudad, y aún más, a pesar de que ya nada puede impedir que tomemos la ciudad,
hemos intentado hacer un esfuerzo por la paz, en vez de esperar que el vencido
venga por los términos de la paz, ayer enviamos al señor Isidoro Errázuriz
en compañía del Ministro de Guerra Peruano, quien es nuestro prisionero, a
solicitar una entrega negociada de la plaza que sabemos no pueden defender, y
sin embargo, nuestro enviado ni siquiera fue recibido, de esta forma es el
Gobierno del Perú el que debe aceptar la fuerza de los hechos y evitar un
trance que a nadie favorece – fue entonces que los diplomáticos vieron su
oportunidad
– Tal
vez, el Gobierno del Perú, este más dispuesto a llegar a un acuerdo, si es que
conociese cuales son las condiciones del Gobierno de Chile, y se nos concediese
un plazo prudente para conferenciar con los representantes del Gobierno del
Perú –
Don Isidoro Errázuriz tomó entonces la palabra – Hemos de dejar establecido que la
posición del Gobierno de Chile, tal como quedó establecido en las conferencias
sostenidas en la rada de Arica en octubre del año próximo pasado, es que no
acepta mediación de otras potencias, por muy bien intencionadas que
sean sus intenciones –
El
Ministro Saint John aclaró inmediatamente – La posición del Gobierno de Chile
es bien conocida por todos, y ninguna de las potencias aquí representadas, que
reiteramos, son todas las acreditadas ante el Gobierno del Perú, impondría sus
buenos oficios, de no ser solicitado unánimemente por todos los
beligerantes
– En
ese caso, es el Comandante en Jefe del Ejército expedicionario quien debe
señalar, por ser de su competencia, cuales serían las condiciones para no tomar
“ manu militari” la ciudad de Lima – Las miradas volvieron a centrarse en el
General Baquedano, se produjo un silencio solemne mientras el aludido meditaba
la manera de exponer su respuesta
– El
Callao, debe entregarse incondicionalmente El Callao – Se entiende que en
durante la duración de la gestión el Ejército de su mando no lanzará un asalto
contra las posiciones peruanas – Así es, puedo comprometerme a no lanzar un
asalto hasta las dos de la tarde del día de hoy – Dada la importancia de la
gestión ¿Es posible que ese plazo se amplié razonablemente? – Baquedano meditó
un instante, era un hombre firme poco acostumbrado a ceder, pero la importancia
de alcanzar la paz definitiva, le hizo ser más flexible – Hasta la media noche,
media noche entonces, mis tropas no abrirán fuego, peruanos tampoco, pero dejo
claro que me reservo el derecho de hacer los desplazamientos de tropas que
considere oportunos, oportunos –
La
despedida entre los hombres fue solemne, pero en el rostro de todos se notaban
más aliviados, los Ministros se retiraron conformes, no era exactamente un
armisticio en regla, pero era mucho más de lo que tenían el día anterior, y con
cada minuto que ganaran mayores serían las posibilidades de obtener una
rendición negociada.
Aquella
mañana el desayuno del alto mando chileno, sería, sin ninguna duda mucho más
agradable, habiendo estando tanto tiempo al servicio del General Baquedano,
rápidamente don Joaquín Godoy, comenzó a redactar las ordenes pertinentes para
ser trasmitidas a los jefes de División, nadie debería abrir fuego hasta la
media noche; el desayuno de los chilenos hubiese sido mucho más agradable si
hubiesen sabido que durante el día anterior, Nicolás de Piérola había sostenido
una reunión con todo los altos mandos de sus ejércitos, y la voluntad de
resistir no era unánime entre los militares.

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