CAPITULO II
LEGACION
BRITÁNICA EN LIMA
Los diplomáticos se habían apeado por fin del
ferrocarril en Lima, con el compromiso del General Baquedano de no lanzar un
nuevo asalto contra las posiciones peruanas hasta esa media noche, daban por
terminada la primera fase de su misión, sin embargo aún les resultaba incomoda
la sensación al abandonar la Escuela de Cabos, lugar hasta donde les habían
permitido llegar en el tren, y desde donde les habían conducido ante el alto
mando chileno, el hedor era realmente impresionante; ni en el peor matadero se
sentía aquel olor a carne destrozada, quemada y podrida, de forma que tanto en
el trayecto de ida como en el de vuelta debieron cubrirse el rostro con sus pañuelos,
sin embargo, llamaba aún más la atención de los diplomáticos que a pesar de
todo aquel cuadro de horrores, donde se veían los resultados del odio entre los
hombres, habían visto a un oficial, que según les informaron era del Regimiento
chileno “Esmeralda”, invitar a almorzar ese día a uno de los oficiales peruanos
prisioneros.
Rápidamente los diplomáticos debían obtener del
Dictador Piérola la aprobación del alto al fuego obtenido, de forma que le
enviaron un delegado informal, solicitándole al dirigente peruano una audiencia
para tratar los pormenores del potencial acuerdo.
Tras separarse para atender sus propios asuntos,
quedaron de reunirse apenas tuvieran alguna novedad en la legación del señor Jorge Tezanos Pinto.
Spencer Saint John, había entrado hacía escasos
minutos a su despacho, cuando se presentó su secretario personal, señalándole que
un oficial de la Royal Navy, deseaba verle – Noticias del Almirante Stirling sin duda – se dijo al tiempo que le saludaba y ofrecía una taza de té;
efectivamente, el joven teniente de marina era portador de las últimas
informaciones en torno a la zona neutral establecida en Ancón.
El principal problema que se les presentaba a los
marinos, era el del abastecimiento, la población había sido abandonada, no
existiendo comercios ni se podía pretender que los civiles vivieran del saqueo,
Stirling señalaba que de común acuerdo con los franceses y los italianos
podrían disponer de algunos de los víveres embarcados en las naves, pero no
debían hacerse ilusiones en torno a que se tenían grandes reservas; todo
dependería de la cantidad de refugiados a albergar, y el tiempo que durara
dicha situación “¿Cuántos refugiados extranjeros?” se preguntó Saint John, “pocos
han querido o podido abandonar Lima, de modo que cuantos recibiremos cien, mil,
cinco mil, veinte mil y cuantos peruanos, abandonarán la ciudad y buscaran protección
extranjera”, además estaba claro que en el mar contaban con el notable
argumento de las naves; pero en tierra el contingente de marinos era
extremadamente pequeño “los Royal Marines apenas son los necesarios para
mantener el control de los civiles y para desarmar a los eventuales dispersos,
pero no para resistir el ataque de veinte mil hombres”; tras despachar al
oficial naval, Saint John mascullo entre sus bigotes – Piérola debe aceptar, de
no hacerlo, esto será un infierno – Seguidamente se puso a estudiar el catastro
de súbditos británicos residentes en Lima que habían confeccionado para él –
Esta muy incompleto – se dijo apenas lo hubo hojeado, sería muy difícil lograr
saber con certeza cuántos eran sus compatriotas a los que eventualmente debía
proteger – La gran mayoría fueron advertidos de abandonar la zona, pero muy
pocos lo habían hecho – A ciencia cierta, no se casi nada –
La moral del diplomático mejoraría mucho de saber que
en esos mismos momentos Piérola señalaba con un seco – Conforme, no habrán acciones
bélicas sino hasta la media noche – pesaba aún en su ánimo la reunión sostenida
con los militares, los Jefes de sus Ejércitos, Cuerpos y Divisiones, donde si
bien solo él Coronel Suarez señaló que el Ejército no estaba en condiciones de
un nuevo combate, le pareció, que con la excepción tal vez del Coronel Cáceres, la
gran mayoría sostenía la posición contraria más bien como una cuestión de “honor
nacional” que por una mirada realista; al
ser consultado entonces por la solicitud de audiencia para los representantes
de los Gobiernos extranjeros, respondió – Creo que podemos almorzar juntos, los
espero en la Quinta Shell a la una, no mejor a las dos de la tarde –
Algún rato después, varios ayudantes del Jefe Supremo
de la nación, partían rumbo a Lima, su misión citar a los miembros de la Corte
Suprema y a los integrantes del Consejo de Estado, para una trascendental
reunión a las seis de la tarde.

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