miércoles, 27 de febrero de 2013

capitulo II


CAPITULO II

LEGACION BRITÁNICA EN LIMA



Los diplomáticos se habían apeado por fin del ferrocarril en Lima, con el compromiso del General Baquedano de no lanzar un nuevo asalto contra las posiciones peruanas hasta esa media noche, daban por terminada la primera fase de su misión, sin embargo aún les resultaba incomoda la sensación al abandonar la Escuela de Cabos, lugar hasta donde les habían permitido llegar en el tren, y desde donde les habían conducido ante el alto mando chileno, el hedor era realmente impresionante; ni en el peor matadero se sentía aquel olor a carne destrozada, quemada y podrida, de forma que tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta debieron cubrirse el rostro con sus pañuelos, sin embargo, llamaba aún más la atención de los diplomáticos que a pesar de todo aquel cuadro de horrores, donde se veían los resultados del odio entre los hombres, habían visto a un oficial, que según les informaron era del Regimiento chileno “Esmeralda”, invitar a almorzar ese día a uno de los oficiales peruanos prisioneros.

Rápidamente los diplomáticos debían obtener del Dictador Piérola la aprobación del alto al fuego obtenido, de forma que le enviaron un delegado informal, solicitándole al dirigente peruano una audiencia para tratar los pormenores del potencial acuerdo.

Tras separarse para atender sus propios asuntos, quedaron de reunirse apenas tuvieran alguna novedad en la legación del señor Jorge Tezanos Pinto.

Spencer Saint John, había entrado hacía escasos minutos a su despacho, cuando se presentó su secretario personal, señalándole que un oficial de la Royal Navy, deseaba verle – Noticias del Almirante Stirling sin duda – se dijo al tiempo que le saludaba y ofrecía una taza de té; efectivamente, el joven teniente de marina era portador de las últimas informaciones en torno a la zona neutral establecida en Ancón.

El principal problema que se les presentaba a los marinos, era el del abastecimiento, la población había sido abandonada, no existiendo comercios ni se podía pretender que los civiles vivieran del saqueo, Stirling señalaba que de común acuerdo con los franceses y los italianos podrían disponer de algunos de los víveres embarcados en las naves, pero no debían hacerse ilusiones en torno a que se tenían grandes reservas; todo dependería de la cantidad de refugiados a albergar, y el tiempo que durara dicha situación “¿Cuántos refugiados extranjeros?” se preguntó Saint John, “pocos han querido o podido abandonar Lima, de modo que cuantos recibiremos cien, mil, cinco mil, veinte mil y cuantos peruanos, abandonarán la ciudad y buscaran protección extranjera”, además estaba claro que en el mar contaban con el notable argumento de las naves; pero en tierra el contingente de marinos era extremadamente pequeño “los Royal Marines apenas son los necesarios para mantener el control de los civiles y para desarmar a los eventuales dispersos, pero no para resistir el ataque de veinte mil hombres”; tras despachar al oficial naval, Saint John mascullo entre sus bigotes – Piérola debe aceptar, de no hacerlo, esto será un infierno – Seguidamente se puso a estudiar el catastro de súbditos británicos residentes en Lima que habían confeccionado para él – Esta muy incompleto – se dijo apenas lo hubo hojeado, sería muy difícil lograr saber con certeza cuántos eran sus compatriotas a los que eventualmente debía proteger – La gran mayoría fueron advertidos de abandonar la zona, pero muy pocos lo habían hecho – A ciencia cierta, no se casi nada –

La moral del diplomático mejoraría mucho de saber que en esos mismos momentos Piérola señalaba con un seco – Conforme, no habrán acciones bélicas sino hasta la media noche – pesaba aún en su ánimo la reunión sostenida con los militares, los Jefes de sus Ejércitos, Cuerpos y Divisiones, donde si bien solo él Coronel Suarez señaló que el Ejército no estaba en condiciones de un nuevo combate, le pareció, que con la excepción tal vez del Coronel Cáceres, la gran mayoría sostenía la posición contraria más bien como una cuestión de “honor nacional” que por una mirada realista;  al ser consultado entonces por la solicitud de audiencia para los representantes de los Gobiernos extranjeros, respondió – Creo que podemos almorzar juntos, los espero en la Quinta Shell a la una, no mejor a las dos de la tarde –

Algún rato después, varios ayudantes del Jefe Supremo de la nación, partían rumbo a Lima, su misión  citar a los miembros de la Corte Suprema y a los integrantes del Consejo de Estado, para una trascendental reunión a las seis de la tarde.  

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