CAPITULO
XV
REGIMIENTO
DE INFANTERÍA DE LA GUARDIA NACIONAL MOVILIZADA “ACONCAGUA”
COLUMNA
EN MARCHA DESDE EL CAMPAMENTO DE LA III DIVISIÓN AL NORTE
El
Capitán Ayudante Adolfo Nordentflycht era uno de los tantos
ciudadanos con sangre germana asentados en Chile, y como muchos de
ellos, acudió al poderoso llamado a las filas; anteriormente ya
había servido en el Ejército, de modo que no le había sido difícil
encontrar colocación en un cuerpo cívico como ayudante, de esta
manera comenzó el servicio en el Regimiento Cívico Movilizado
“Lautaro”, cuerpo al cual ayudo a formar, sin embargo, no pasó
mucho tiempo antes de que fuera trasladado al Batallón Cívico
“Aconcagua” Nº 1 de San Felipe; unidad que poco antes de la
campaña se había refundido con el Nº 2 de la misma Provincia,
transformándose en el Regimiento de Infantería de la Guardia
Nacional Movilizada “Aconcagua”.
Junto
a su unidad había cubierto guarnición durante largo tiempo en
Antofagasta, para pasar luego a depender del Ejército de Operaciones
para la campaña de Lima.
El
Capitán tenía un alto concepto de sí mismo, y sin embargo no había
logrado cumplir su deseo más alto desde que había estallado la
guerra, el comandar un batallón organizado por él mismo; poco antes
de salir a campaña con el “Aconcagua”, había manifestado
vivamente su deseo de organizar el Batallón Cívico de la ciudad de
Quillota, el que aseguraba, privadamente, poder organizar en solo
veinte o veinticinco días, sin embargo la suerte había querido que
siguiera con los despachos de Capitán en el “Aconcagua” mientras
que otro oficial asumía el comando y organizara casi un año después
el Batallón “Quillota”, mismo que había quedado en el puerto de
Pisco, habiendo combatido en Humay, y que ese día debía desembarcar
en Chorrillos; la seguridad del Capitán, sin embargo, no le evitaba
la sensación de haber quedado en manos de hombres tan incapaces que
“le disputan la redondez a las bolas” – Qué fácil sería
abrirse camino a base de lisonjas y besando botas, como me hubiese
ganado el favor de algunos jefes, solo por llevarles el amén a
semejantes borricos – Pensó mientras avanzaba a la cabeza de la
pequeña columna de cuarenta “Aconcagüinos” que marchaban
atravesando el pueblo de Barranco.
La
columna comandada por el Capitán Nordenflytch era la primera fuerza
de la infantería chilena enviada al norte de Barranco, por orden del
Coronel Pedro Lagos, a proteger la artillería de Campaña del
Coronel José Velásquez, misma que hacía un rato había comenzado a
moverse hacía las posiciones que este jefe les había asignado luego
de su reconocimiento en la madrugada; más atrás marchando
ordenadamente una segunda columna, formada por una compañía del
Regimiento de Línea “Santiago” comenzaba la marcha desde su
campamento con el mismo fin.
Volteando
sobre su montura, el Capitán Nordenflytch observó a su tropa, esta
marchaba ordenada y en silencio, las correas de las fornituras lucían
apretadas, los fusiles habían sido revisado poco antes de salir, y
las municiones también habían sido completadas; de no ser por el
largo bostezo de un Cabo 2º, nada podía decirse de los hombres, y
sin embargo, no sabía bien por qué, pero tenía una mala sensación
en el estomago
– Solo
desearía poder demostrarles a varios fatuos y pretenciosos que he
tenido por jefes, que soy algo más capaz que ellos – Se dijo al
tiempo que dejaban atrás a la artillería, y se abría ante ellos,
el campo fortificado enemigo; observando con calma el terreno pudo
ver por si mismo lo que le pareció un campo de matanza
– Pero
si estamos casi en las mismas barbas del enemigo, esto es una locura,
bastaría cualquier incidente para desencadenar una batalla – y
aunque la jodida sensación en el estómago era más fuerte
exteriormente con calma y la elegancia que le valió la admiración
de más de un joven en Valparaíso, que se reclutó con la esperanza
de ser como él, maniobró su caballo hasta salir del camino,
con un gesto de la mano ordenó el alto, luego señaló un muro
derruido algunas decenas de metros a la derecha del camino – Muy
bien niños, nos estableceremos en ese punto, Sargento firme y
visible su banderola, que sepa el enemigo que hemos llegado para
quedarnos – Rápidamente los hombres con sus fusiles al
hombro comenzaron a moverse al trote, haciendo sonar sus caramayolas
llenas de agua a su paso, un hombre se sujetó el kepí con una mano
al tiempo que lanzaba una malhumorada queja por casi perderlo.
Desde
algunos cientos de metros más al norte miles de ojos se quedaron
fijos en ellos, en ellos había más bien sorpresa que odio,
lentamente se asomó más de un fusil por sobre el muro, y talvez
muchos más por las troneras, sin embargo ningún tiro salió contra
los hombres que se desplegaban guiados por una pequeña bandera en un
fusil; un poco más tarde la compañía del Santiago haría un
idéntico despliegue a la izquierda del camino, con idéntica suerte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario