domingo, 27 de enero de 2013

CAPITULO IX


CAPÍTULO IX

TREN ESPECIAL DEL CUERPO DIPLOMÁTICO EXTRANJERO ACREDITADO EN LIMA

El Ministro de Vorges, representante de Francia en Lima, miró con cierto nerviosismo a Sir Spenser St John, representante del Reino Unido y al Decano del Cuerpo Diplomático, el Ministro del Salvador Jorge Tezanos Pinto, no cabían dudas que la gran flota que los neutrales habían reunido, compuesta por naves Italianas, Francesas y Británicas eran un excelente disuasor para proteger los intereses de las naciones europeas, pero en aquel momento el convoy ferroviario que acababan de abordar, compuesto por un solo carro y la locomotora, contaba con una única protección, el prestigio de las tres naciones que representaban, y la gran bandera blanca de parlamento que hondeaba en ella.

El informe del Teniente Le Leon, agregado al Cuartel General chileno, traído la noche anterior por el Teniente de Navío Ratomski del Hussard, era decidor, el ejército chileno, había vuelto a ponerse en un pie de disciplina suficiente para acometer operaciones ofensivas; de manera que las posibilidades de que dichas tropas se encontraran en condiciones de lanzar un asalto contra la segunda línea de defensa de la capital eran altisimas, y si superaban dicha línea, lo que le parecía muy probable, los intereses de los neutrales estaban realmente en grave peligro, el Ministro St. John, había obtenido informes iguales de su agregado en el Cuartel General Chileno; de esta manera, el cónsul alemán había expresado durante la reunión sostenida por el cuerpo diplomático la tarde anterior, que dicha situación resultaría fatal no solo para los bienes sino que también para las vidas de los cerca de 25.000 extranjeros residentes en Lima; el contralmirante Bergasse du Petit – Thouars, le había confidenciado que a su juicio era poco probable que en tal caso la mera presencia de los buques neutrales fuera un obstáculo para que la soldadesca, que sin lugar a dudas incendiaría Lima hasta sus cimientos, en tal caso, lo único que podían hacer el comandante francés era atacar a la escuadra chilena y hundirla; lo que por demás tendría consecuencias insospechadas, y no necesariamente impediría a los chilenos arrasar Lima, El Callao y así como los pequeños pueblos y haciendas del departamento.

De esta manera, sobre los hombros de los tres diplomáticos descansaba talvez la única posibilidad de evitar la destrucción de la ciudad de los virreyes.

Durante todo el día habían intentado convencer a Piérola de la necesidad de negociar, a lo que tosudamente este se había negado, no fue hasta bien entrada la noche que el Jefe Supremo de la nación había dado el beneplácito para iniciar algún sondeo diplomático a los chilenos; pero entonces, cerca de la media noche, por medio del Teniente Ratomski y otro oficial extranjero, con gran peligro de sus vidas, lograron llegar hasta las líneas chilenas, y solicitaron audiencia con el Comandante en Jefe Chileno, el General Baquedano, tras ser despertado les había mandado decir que les concedería audiencia para las siete de la mañana del día siguiente; que en ese momento que Ratomski pudo intercambiar algunas palabras con el Teniente Le Leon. Al saberse el resultado de la misión el Ministro St John había comentado íntimamente al secretario de la legación – Por cierto que no tiene apuro, lo han hecho esperar todo el día, si Piérola quiere un gran final, Baquedano solo reúne madera para la gran hoguera –

Sin embargo, nuevamente los diplomáticos estaban dispuestos a intentar conjurar la tormenta; mientras esperaban que el tren se pusiera en marcha comenzaron a hablar en francés, único idioma común a todos los diplomáticos – Mientras exista una esperanza, podemos salvar la ciudad – Creo que la actitud de Piérola, solo trata de guardar las formas, pero finalmente rendirá la ciudad – ¿Creé usted que se atreverá a dar una nueva batalla con su ejército mayormente destrozado? – No creo que pretenda sacrificar a lo mejor de la sociedad limeña que tiene reclutada en la reserva –

Lentamente el maquinista movió las palancas, chorros de vapor anunciaron que todo estaba listo, cuando la locomotora inició la marcha los diplomáticos guardaron silencio, el plan que habían fraguado consistía en dejar que el decano del Cuerpo Diplomático fuera quien dirigiera las conversaciones, los puntos a tratar ya estaban claros, de modo que los dados del destino ya estaban echados; el tren hizo sonar su silbato y comenzó a moverse hacía el sur.

Al atravesar el camino férreo de Miraflores, por las ventanas, los pasajeros pudieron notar gruesos diversos grupos de soldados moviéndose al iniciar el día, algunas nuevas obras de defensa habían sido construidas apresuradamente el día anterior, pudieron ver a simple vista algunos gruesos cañones navales extraidos de algún barco o bien talvez del mismísimo Callao; uno de los hombres exclamó – Esto es una locura –

Al cruzar al campo chileno, una multitud de soldados les salio al paso junto a las vías, en la medida que le tren pasaba por el centro del dispositivo chileno, los hombres agitaban sus kepíes al paso del convoy, y vivaban a Chile, saludando al mensajero de la paz – Tal vez aún exista esperanza – 

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