CAPITULO
VIII
POSICIONES
DEL BATALLÓN N° 27 “CONCEPCIÓN”
MADRUGADA
DEL 15 DE ENERO DE 1881
Las
diferencias entre los limeños y los que venían del interior se
hacían más y más notorias con el curso de los acontecimientos, en
efecto, imperaba entre los capitalinos un aire de manifiesta
superioridad sobre sus compatriotas, este sentimiento se hacía
especialmente insoportable para los serranos, en efecto los soldados
del Batallón “Concepción”, eran un grupo afiatado y en general
se les podía definir como veteranos, un buen número de ellos
permanecía bajo las banderas desde hacía casi dos años, cuando
habían dejado su provincia para instalarse en la capital, algunos de
los oficiales nuevos, como el Capitán Sotillo eran veteranos de las
campañas del sur, de modo que los reclutas eran los menos; durante
la batalla del 13 habían tenido un buen comportamiento, al punto de
haber combatido no solo en los alrededores de San Juan, sino que
habían podido retirarse en orden y ser lanzados nuevamente al
combate cuando el Estado Mayor General intentó recuperar el pueblo
de Chorrillos, pero incluso en medio de aquella confusión, soldados
y oficiales supieron guardar la cohesión, de forma que llegada la
hora del repliegue general ante la imposibilidad de lograr una
ventaja sobre el enemigo, lo habían realizado en orden y sin perder
la cohesión.
Pero
todo el heroísmo y sangre derramados de poco había servido, pues
cuando llegaban a la línea de Miraflores, formados y en orden, los
Reservistas lejos de demostrar respeto por la disciplina del cuerpo,
incluso aún dolían a los soldados el solo recordar los comentarios
de los improvisados reservistas – Estos se vinieron al completo –
dando a entender que se habían retirado en masa sin combatir.
Cuando
el batallón se detuvo y se le asignó una improvisada zona de
responsabilidad en los alredores del Reducto N° 2, y luego se pasó
la lista, se supo que el Batallón había perdido en combate
alrededor de un centenar de hombres, más de uno de los soldados
sintió los criminales deseos de vaciar sus arma contra su
compatriota de la Reserva.
El
Batallón del Coronel Valladares, cubría los alrededores del Reducto
N° 2, metido en un potrero al costado de las posiciones de los
restos del Batallón “Zepita” N° 29; muchos de los hombres
dormían exhaustos por los esfuerzos de los días anteriores, sin
embargo un grupo no menor observaba silenciosamente las llamas del
pueblo de Barranco, incendiado por órdenes del Coronel Lagos durante
la noche – Es que los chilenos pretenden quemarlo todo – Le había
dicho el soldado Porfias a su compañero, el joven soldado Lara; y
en esos momentos la ira de los hombres contra el enemigo del sur
aumentó.
Los
hombres, comenzaron lentamente a incorporarse, mientras la claridad
del alba comenzaba a anunciar un nuevo día, un centinela bostezó
largamente, los hombres que tímidamente se incorporaban lo hacían
acompañados por sus fusiles Peabody, no lo sabían pero sus armas
eran las mismas que utilizaba el ejército inglés, un arma de
cadencia de tiro más lenta que los Comblain o Gras de los chilenos,
pero bastante robusta y a juicio incluso de sus propios enemigos de
mucho mayor alcance.
Un
soldado de la tercera compañía, se sacó los zapatos, y con un
trozo de cuerda trató de arreglar la suela abierta, y es que
deficiencias en la logística del ejército habían impedido que el
calzado de la tropa fuera repuesto oportunamente, peor aún, desde
hacía más de un mes, que la gran mayoría de los que tenían dinero
para procurárselos de forma particular, no tenían donde hacerlo –
Ya me cazaré a un Araucano y me verás calzado con patas amarillas –
dijo a su compañero que le observaba realizar la operación,
haciendo alusión a las botas descarnadas con las que estaban
equipados los chilenos.
Uno
de los serranos sacó de su morral un trozo de pan duro, partiéndolo
se lo dio a uno de sus compañeros, pronto se formaron algunos
pequeños grupos entre los hombres que no estaban de servicio, en el
grupo de Porfias y Lara un soldado sacó un diario – Podría leerlo
para todos “distinguido” – dijo alargándole las dos hojas a
Lara, este lo observó unos instantes y luego lo leyó para su grupo:
“DIARIO
DE LA CAMPAÑA
Lima,
enero 14 de 1881
¡A
las armas!
Ya
el enemigo acerca su planta aleve y Lima debe pagar su tributo de
sangre.
Mucho
tiempo hemos estado esperando estos momentos y nuestra energía
debe retemplarse al aproximarse la hora de la venganza.
Antes
la muerte que la deshonra.
Este
debe ser nuestro único credo.
Tenemos
al frente a la horda que viene asesinando, desde hace tiempo, a
nuestras débiles mujeres, a los inválidos ancianos, a los tiernos
niños.
Un
momento de debilidad, entregará al enemigo la honra y la vida de
nuestras esposas, de nuestros hijos, de todo lo más caro para
nosotros.
¿Habrá
quién pueda sobrevivir a la deshonra de su hermana, de su esposa o
hija?
¡No,
mil veces no!
No
hay en Lima quien pueda soportar tamaña infamia.
¡A
las armas, pues!
Y
aunque nuestro ejército sabrá contener al enemigo e impedirle la
entrada a Lima, que Lima se levante y presente el hermoso aspecto de
una reserva inagotable.”
El
grupo de hombres, comenzó a crecer rápidamente, pronto eran más de
una decena los que escuchaban atentos la lectura.
“LA
CAMPAÑA
Hoy
se presentó en el campamento de Miraflores, con las formalidades
usuales, y como parlamentario, el señor doctor don Isidoro
Errázuriz, redactor de La Patria de Valparaíso.
Acompañábale
el señor Secretario de Guerra coronel Iglesias que en el combate de
ayer cayó prisionero.
Ambos
regresaron al campamento chileno después de haberse detenido en el
nuestro poco rato.
Después
llegó un segundo parlamentario el señor Guillermo Lira Errázuriz
que entregó un pliego.
En
la tarde se ha reunido una junta de los oficiales generales de
nuestro ejército cuya deliberación ignoramos.”
–
Entonces hay paz –
preguntó con duda un serrano – Vino el Coronel Iglesias – Lara
continuó leyendo mientras los hombres continuaban comentando cada
palabra que leía
“Sr.Director:
Nada
nuevo ha ocurrido hoy aquí.
Las
fuerzas enemigas no avanzan de su línea, a pesar de que las nuestras
las hostilizan con frecuencia a corta distancia de sus posiciones.
Han
quedado fatigados de la jornada de ayer y procuran reorganizarse.
Se
dice que sus bajas son grandes y se han desalentado.
Nuestro
ejército, por el contrario, en medio del más grande entusiasmo y
con la fe del triunfo, aguarda impaciente la hora suprema.
Y
en esta solemne situación, tócale una gran parte, talvez la
principal, el ejército de Reserva, que desde la organización ha
venido dando ejemplos de abnegación y patriotismo.”
Ante
el nombre de la Reserva, se produjo un silencio, varios aún estaban
lastimados por la fría recepción de los reservistas cuando volvían
de Chorrillos, Porfias se dijo así mismo “Estos
se vinieron al completo”;
la lectura continuó:
Es
preciso recorrer su línea y revistar todos y cada uno de los
batallones que la componen, para comprender el entusiasmo que reina
entre ellos.
Serenos
como siempre y seguros de cumplir con sus deberes hasta el
sacrificio, aguardan la hora de la prueba para convertir en hechos
sus promesas.
Y
ese espíritu alentador, esa fe en el triunfo la transmite, como por
la acción galvánica, al ejército activo, con quien forma hoy un
solo cuerpo.
¡Un
saludo entusiasta a esos valientes!
- Bah las señoritas
de Lima se batirán encerrados en su reducto, mientras los serranos
del Concepción lo hacen de frente al enemigo – un murmullo se
aprobación y a la vez de protesta salio de todo el grupo obligando a
Lara a callar, su mente le recordó el jactancioso santa, seña y
contraseña de la noche que recién moría – Reserva – Dara –
Triunfo – quisó unirse a las protestas de sus camaradas, pero en
vez de eso continuó leyendo:
En
el combate de ayer, nuestras fuerzas tomaron algunos prisioneros. Su
número debió haber sido grande, pero como muchos de ellos tenían
uniforme exactamente igual a varios de nuestros cuerpos de línea y
aún de la Reserva, lograron escapar.
Hemos
visto también un competente número de rifles comblain arrebatados a
los enemigos.
La
guerra que nos hacen hoy los chilenos es la misma que nos han hecho
siempre.
Ayer,
poco después de haber ocupado Chorrillos, saquearon los pocos
establecimientos al por menor que allí existían, especialmente las
pulperías y chinganas.
Los
soldados se embriagaron y cometieron las iniquidades de siempre, de
tal modo, que hasta sus mismos jefes se avergonzaban de los hechos.
Poco
después de las tres de la tarde principiaron a saquear los ranchos y
enseguida a incendiarlos.
Los
de los señores Tenderini, Canevaro, General Pezet, fueron los
primeros que desaparecieron.
El
Ministro de la Guerra, General Vergara, tuvo que abandonar antes, el
tercero de los ranchos que ocupaba, junto con nuestros prisioneros,
pues calculaba que debían incendiarlo.
Ni
los jefes ni los oficiales se creen seguros de la salvaje ferocidad
de sus tropas.”
Los
hombres instintivamente miraron sobre el parapeto a las largas
columnas de humo que se elevaban al cielo, tomando conciencia de la
suerte que esperaba a Miraflores y a todos los pueblos de los
alrededores de Lima, e incluso a la misma capital si es que el
enemigo no era detenido.

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