jueves, 17 de enero de 2013

CAPITULO VI



CAPÍTULO VI

CAMPAMENTO DEL REGIMIENTO CIVICO “VALPARAÍSO”
A RETAGUARDIA DE LA III DIVISIÓN

La Provincia de Valparaíso había realizado un generoso aporte en hombres al esfuerzo de la guerra, todos daban por hecho que  el grueso de los 3.000 o más hombres que vestían el uniforme de la armada eran oriundos del puerto, pero además en el ejército, al Regimiento “Valparaíso” organizado para remplazar al batallón del mismo nombre, y que había sido formado con la policía municipal, se sumaban los Batallones “Artillería naval” y “Quillota”, además del Regimiento “Lautaro”, de suerte que los porteños representaban alrededor del 15% del total de soldados que amenazaban Lima.

De todas las unidades del ejército se decía que habían muy pocas tan bien uniformadas como los hombres del puerto, y es que sus equipos habían sido costeados por algunos de los personajes con mayores fortunas en Chile, destacando el aporte de Agustín Edwards, eso se sumaba al hecho de que por un desconocido azar la tropa del Regimiento era en promedio más alta que los de la mayoría de los otros cuerpos.

Oficialmente aún no se levantaba el día para los miembros del cuerpo porteño, pero muy pocos de ellos dormían en esos momentos, “el aire huele a muerte” habían dicho algunos, augurando un nuevo combate, y si bien los oficiales hablaban de los rumores de un posible acuerdo de paz, no habían podido sustraer del ambiente de pesimismo que se había ido apoderando de la unidad.

Un joven subteniente sentado en un cajón de municiones meditaba en silencio sobre su experiencia guerrera, hacía no mucho había recibido sus despachos de “Aspirante” a oficial, un rango que le hacía tener los mismos privilegios y responsabilidades que un “Subteniente”, pero con solo la mitad de sueldo, hijo de un inmigrante llegado de Alemania, que se había establecido en el principal puerto de la República, ya pocos de los que le conocían recordaban este origen, de forma que cuando a mediados del año anterior se supo que se organizaría un nuevo regimiento en el puerto, Ramón no pudo sino rogar a su familia el beneplácito para enlistarse 
– Pero si usted apenas sabe limpiarse la nariz y quiere ir a la guerra – fue el primer comentario de su padre, pero la resistencia fue meramente simbólica, “los Frex son los seres más porfiados de Europa, por eso me echaron de allá” solía decir en son de broma y en el joven Ramón Frex ese rasgo parecía haberse acentuado aún más; de esta forma y tras ingentes gestiones de su padre ante viejos conocidos de la colonia Alemana de Valparaíso había conseguido el apoyo necesario para ingresar en el Regimiento con un rango superior al de soldado.

Distraídamente, con una mano tocaba la gran “V” de genero que utilizaban en el brazo izquierdo como marca táctica del Regimiento todos los miembros de la unidad, la guerra no era como se la había imaginado, la mayor parte de la vida militar era monótona, en su vida recordaba haber caminado tantas leguas como en los últimos meses, aún estaba fresco en su memoria el apretón de estomago ante los primeros disparos en el bautizo de fuego de la unidad, no es que se sintiera avergonzado de su actuación, y es que el Comandante Marchant, jefe del Regimiento, había sido muy explicito al hablar con la oficialidad más joven – Oficiales siempre al frente mandando con el ejemplo, los soldados siempre siguen a los valientes y menosprecian a los cobardes – Y en el “Valparaíso” aquella máxima se seguía con sumo rigor, sin embargo, aún le molestaba la sensación de temor al saber que desde “el otro lado” uno o más peruanos estaban dispuestos a matarlo.

Se decía así mismo, a modo de consuelo que a pesar de sus quejas al menos las comidas eran regulares, y su ordenanza se las había arreglado muy bien para conseguir abundantes pertrechos de boca, y es que a pesar de la seriedad exterior del Subteniente, solía estar casi siempre hambriento, por suerte los oficiales de la 2ª compañía del II Batallón habían formado un grupo cohesionado, de suerte que se había establecido la sana costumbre de realizar las comidas en común.

– No la piense tanto mí Suteniente – La voz del ordenanza, le trajo de nuevo a la realidad, en un gran jarro de loza tomado quien sabe de donde, este le alargaba un humeante café – Me conseguí también sopaipillas con el ranchero – Ramón agradecido de la buena voluntad del hombre encargado de servirle, no quiso preguntar como había convencido al ranchero, pero si podía imaginar que seguramente las habría cambiado por “algo” de lo que encontró en Chorrillos; luego del primer trago, observó que el ordenanza traía con el un lápiz y un papel, y recordó que el hombre le había pedido que le escribiera una carta a su familia, él mismo sintió la nostalgia del hogar lejano, y no pudo dejar de pensar en la frase “huele a muerte”, mientras que al este el sol comenzaba a anunciar que pronto asomaría.

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