jueves, 17 de enero de 2013

CAPITULO IV


CAPITULO IV
NOCHE DEL 14 AL 15 DE ENERO DE 1881
PUESTO DE MANDO DEL CORONEL ANDRÉS CÁCERES COMANDANTE DEL I CUERPO DE EJÉRCITO (EX IV CUERPO)

Un ayudante se apersonó a la puerta del improvisado despacho del Jefe del Cuerpo, la mayor parte de las casas más lujosas del sector ya estaban ocupadas cuando el Comando del Cuerpo debió instalarse; sin embargo a pesar de la improvisación reinante por todos lados, el oficial no pudo sino llamarle la atención del orden reinante en este comando, esperando ordenes dos jóvenes ayudantes esperaban prestos a salir, al tiempo que ordenanzas cuidaban los caballos ya ensillados; otro oficial con aspecto cansado, reprimía un bostezo, pero seguía transcribiendo órdenes para los distintos cuerpos de tropas y reparticiones.

Al entrar al despacho, el oficial pudo ver al Coronel, Comandante del Cuerpo sentado tras un tosco escritorio, al tiempo que otros oficiales se movían afanosos, se acercó hasta que el Coronel reparó en él y le puso atención, entonces, cuadrándose reglamentariamente informó – Parte del Estado Mayor General mí Coronel – Cáceres devolvió el saludo y estiró la mano, el oficial sacó de su cartera un legajo de sobres, y los alargó al Coronel; hacía poco menos de una hora que Cáceres se había levantado, pero al igual que Pedro Silva, poco había podido dormir.

Tras estudiar rapidamente los documentos, siguió con la vista puesta en uno que ya estudiaba desde hacía algún rato, era el detalle del estado del personal del Cuerpo, lista que había ido creciento conforme se reorganizaban las unidades, y parte de los dispersos de San Juan se unían a sus cuerpos.
El Coronel parpadeo un par de veces al ver la suma final; a pesar del esfuerzo desplegado aún no era el ideal, la tenue luz que iluminaba la estancia hizo muy visible la cicatriz que mucho tiempo atrás una bala le dejara cerca del ojo, tras unos segundos en silencio al fin habló
– Esto es definitivo – Preguntó en tono perentorio

– Si mí Coronel, esta basado en la última lista de anoche, debí esperarlo antes de venir, pues aún estaban confeccionandolo, fue el último documento que me entregaron –

Cáceres a la sazón de 44 años, era uno de los oficiales más destacados del ejército peruano, entró siendo casi un niño al servicio, en el año 1854, cuando se alistó a raíz de rebelión de Vivanco, además era un veterano de la guerra civil del 1856, y en su bocamanga derecha llevaba cocido el parche bordado que lo acreditaba como defensor del Callao el famoso 2 de mayo de 1866, sin embargo, su nombre se había ligado indeleblemente al “Zepita” batallón de infantería de línea que comandara desde el año 1872, hasta la campaña de Tarapacá.

Durante la guerra había participado activamente, siendo nombrado comandante de la 2° División del I Ejército del Sur, en la campaña de Tarapacá, fue uno de los actores principales de la sangrienta victoria en la quebrada del mismo nombre, el 27 de noviembre de 1879, tras el desastre que supuso la batalla de Tacna, fue llamado desde el sur para la defensa de Lima, originalmente se le había confiado el comando de la 5° División del Ejército del Centro, y cuando se organizaron los Cuerpos de Ejército, le dieron el mando del IV, el segundo más grande después del I de Iglesias, el 13 sus hombres habían peleado bien en San Juan, pero los batallones habían sufrido muchas bajas durante la batalla y la retirada.

Ahora tras la debacle, su Cuerpo había sido reorganizado, rebautizado como I, y al igual que los Cuerpos de Dávila y Suarez disponía solo de dos divisiones, una menos que para la anterior batalla, como compensación se le había agregado un batallón y una compañía improvisados con dispersos de varios cuerpos desaparecidos en la batalla anterior, además se le había prometido enviar a su zona una unidad fresca del Callao, una cuyo nombre le sonó algo extraño, se trataba de la “Brigada Naval”, sin contar estas tropas su Cuerpo solo agrupaba en números redondos a 2.500 soldados, número que se le antojó muy reducido para frenar al potente ejército chileno que acampaba sobre los aún humeantes escombros de lo que fuera el famoso balneario limeño de Chorrillos.

Cáceres frunció el entrecejo, su apoyo más próximo debía ser otorgado por el Ejército de Reserva de Lima, más específicamente por los batallones número dos y cuatro, de la 1° División de Reserva, los que cubrían los reductos del sector, y aunque oficialmente no estaban bajo su comando, sumaban alrededor de 700 u 800 soldados “Qué estupidez” pensó el Coronel “dos cadenas de mando, superponiéndose en un mismo sector”; a diferencia de otros Cáceres tenía una relativamente buena impresión de los soldados de reserva, los batallones eran pequeños, pero a su juicio, los hombres compensaban cualquier falencia con determinación, “los cobardes y pusilanimes ya se fueron, los que quedan no correran a los primeros disparos”; los jefes de la reserva habían mostrado la mejor disposición el día anterior, cuando el Coronel visitó los reductos, sin embargo, le pareció bastante extraño, por decirlo de alguna manera, ver a varios conocidos suyos, incluso cuando se acercó a un conocido Juez de la Capital que ahora era oficial del Batallón N° 2, este le había dicho – Ya ve don Andrés, ayer mandaba en mí despacho, hoy mis únicos despachos son los de Capitán de Infantería –

Y Cáceres se sintió emocionado ante dicha muestra de patriotismo, si tan solo lograra que el resto de los hombres tuviesen un poco más de confianza en el triunfo, entonces, el enemigo sería incapaz de entrar a Lima.

A lo largo de los años y de numerosos combates, tanto internos como contra los enemigos externos, Cáceres había llegado a convencerse de que tan importante como tener los medios para el combate, era necesaria una “voluntad de victoria”, un elemento subjetivo, tan antigüo como se podía recordar, y del que incluso los romanos se valieron más de una vez durante las inumerables crisis que debieron sortear, a su juicio solo después que los romanos renunciaron a este simple principio, cuando ya no desearon prevalecer sobre los otros pueblos que les asediaban, prefiriendo pagar “un precio en oro por la paz” que “vencerlos sin importar el sacrificio” que empezó la verdadera decadencia de su mundo.
Cáceres fijó su atención entonces sobre los documentos que acababa de recibir, y pudo leer sus órdenes, incrédulo, releyó la firmada por el Jefe de Estado Mayor General Pedro Silva, haciendo una mueca con el labio preguntó a uno de sus subordinados – ¿Redactaron ya la orden del día? – Sí mi Coronel – Pues hay que hacerla de nuevo – Cáceres tomó el lápiz del escritorio y tras vacilar un segundo firmó una copia del documento recibido, acusando recibo del mismo, al tiempo que lo alargaba de vuelta al oficial que se la había entregado; no le agradaba mucho la idea de realizar una revista con el enemigo victorioso al frente, pero que diablos órdenes eran órdenes, tras un segundo de silencio Cáceres siguió adelante – Necesito que se me confirme por parte de los jefes de cuerpo, si sus tropas están debidamente amunicionadas, y necesito que se me informe antes de las nueve de las municiones que mantenemos en el parque, si estalla una batalla no sería grato quedarnos sin balas – 

Tras recibir su copia el oficial se retiró, de regreso al Estado Mayor General, no le quedaba dudas de que en caso de lucha, los hombres del Cuerpo de Cáceres opondrían sin duda una gran resistencia, mientras se alejaba pudo aún escuchar a Cáceres dirigiéndose a otro oficial – Hay que asegurarse de que las capsulas correspondan a las del armamento de la tropa, menos grato es encontrarse que hay balas pero no sirven, de modo que coordine usted con los jefes de batallón para alistar un adecuado transporte de municiones desde el parque hasta el frente, también asegurese de saber de que sistema son las municiones que usan en los reductos, ello puede ser de vital importancia en caso de que debamos compartir municiones con el ejército de reserva –

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