sábado, 26 de enero de 2013

CAPITULO VII





POSICIONES AVANZADAS DEL EJÉRCITO CHILENO AL NORTE DEL PUEBLO DE BARRANCO
REGIMIENTO DE CABALLERÍA CAZADORES A CABALLO

Los “Cazadores” del Alférez Araya se habían mantenido en silencio largo rato, ello desde que el día anunciara su llegada y el oficial había ordenado montar, todos los rostros reflejaban la tensión de una noche agotadora, pero a la larga tranquila, poco antes de las cuatro, el Oficial había ordenado al Sargento 1° Ríos, acompañarlo a realizar un reconocimiento más cercano de la línea enemiga, este había elegido a cuatro compañeros y dirigió el avance discretamente hasta donde creyó una distancia segura, luego por medio de gestos desplegó a sus compañeros, mientras él seguía en solitario adelante.

La elección del Alférez para la temeraria aventura no había sido casual, Ríos había servido en la frontera, allá en el sur, donde los feroces mapuches seguían resistiendo la invasión a sus territorios, iniciada hace más de tres siglos; el 1° Ríos, había aprendido de los indios el arte del sigilo; desagradable sorpresa para un ejército regular habían sido los “gateadores”; un grupo seleccionado de guerreros mapuches, que en caso de combate debían aproximarse utilizando el terreno, hasta sus enemigos y liquidarlos cuerpo a cuerpo, la naturaleza le había dotado al 1° Ríos con un gran instinto para medir el peligro y una habilidad prodigiosa para infiltrarse sin ser detectado, incluso en el más custodiado de los campamentos mapuche.

Apenas había desapareció por entre las sombras, cuando el resto de los hombres se dispuso a esperarle en silencio y con bala pasada en sus carabinas Winchester modelo 1873, al tiempo que el oficial intentaba taladrar la oscuridad con su mirada, mientras desenfundaba su revolver, un Colt no reglamentario, pero sí muy confiable.

Tensos por la espera y peligro de que algo saliera mal, ninguno tuvo conciencia de cuanto tiempo pasó, más de una vez incluso su propia respiración o la del compañero más cercano les parecía obscenamente ruidosa, pero a pesar de lo incomodo de la posición, ninguno de ellos titubeo un segundo, cuando una silueta apenas distinguible se dirigió hacia ellos, no fue necesaria una orden, rápidamente las armas apuntaron en su dirección, incluso el Alférez amartillo lentamente su revolver.

¿Quién vive? – Preguntó una voz apenas audible en dirección a la sombra, esta se quedó quieta y desapareció, durante una fracción de tiempo que pareció eterno los hombres apretaron suavemente los gatillos hasta que se escucho un murmullo apenas audible – ¡Chile! –el Sargento Ríos había regresado de su misión; un suspiro generalizado aflojó la tensión, el Sargento se arrastró silenciosamente hasta el Alférez y dio su informe – Hay muchos parapetos llenos de enemigos en todo el frente, más atrás hay una suerte de fortín al que no pude llegar, parecen ser gente recluta, pero están en guardia y no se ven para nada desmoralizados – ¿Cuántos crees que haya frente nuestro? – No se bien, al menos debe ser una compañía, conté como 60 u 80, probablemente a izquierda y derecha de la posición deben haber más – Araya asintió, y deseo haber tenido un mapa para marcar la posición enemiga, pero no se lo habían dado antes de partir – De acuerdo, ya sabemos entonces, si el ejército avanza por acá, tendrá que pasar peleando – El Alférez guardó su revolver en su funda y dio la orden de retirarse a los caballos; tan silenciosamente como llegaron los hombres marcharon hacía retaguardia.

De eso, había pasado más de una hora, y ahora la pequeña columna marchaba rumbo al este, pasando hacía algún rato la hoguera que era el pueblo de Surco; la razón de elegir aquella ruta, más que seguir una orden, decía más bien relación con el hecho de que para el Alférez Araya no resultaba suficiente el resultado de su misión, mientras marchaban recordó la aventura de su compañero el Alférez Agustín Almarza, quien al inicio de la campaña, tras el desembarco y ocupación de San Pedro, había recibido orden directa del mismísimo General Baquedano de abrirse paso “a cualquier precio” desde Curayaco hasta el lugar donde encontrara a la Brigada de Lynch, que avanzaba por tierra desde Pisco, la temeridad con que había cumplido su comisión, le habían valido al “Cucho” Almarza el despacho de Teniente; misma situación que le había valido no hace muchos días, ser citado en la orden del día y los despachos de Teniente al Alférez Vivanco del “Granaderos a Caballo”, quien demostró su temerario valor el combate de Ate el 9 de enero.

Una claridad mínima en el ambiente comenzó a notarse, el Sargento Ríos, que hacía las veces de segundo al mando, llamó la atención sobre el ruido de cascos que se escuchaban muy cerca de ellos, en una arboleda junto a un muro, los hombres se detuvieron en seco ante el gesto del Sargento – ¿Nuestros? – Preguntó en un susurro el oficial a su Sargento – Lo dudo – fue la respuesta, Araya tenía que tomar una decisión rápida, talvez en otro momento o circunstancias lo hubiese pensado mejor, pero en ese estado de cosas estaba dispuesto a asumir el riesgo, el Ruido del otro grupo de hombres se detuvo y se sintieron algunas voces apagadas, Araya había tomado su decisión y susurró – Sables, los cargaremos – La voz de “sables” recorrió la pequeña columna.

Por unos segundos, el tiempo pareció detenerse, luego los hombres de Araya, sacaron lo más silenciosamente posible sus afilados sables y esperaron la orden, desde el otro grupo de hombres se escuchó una voz con inconfundible acento peruano – ¿Quién vive? – La respuesta fue – ¡¡¡A la carga!!! –sorprendiendo totalmente a los diez jinetes peruanos que formaban una patrulla adelantada.

Aunque se sintieron algunos disparos de carabina provenientes de la patrulla enemiga, el entrevero no tardó en resolverse a favor de los hombres de Araya, los peruanos rápidamente se retiraron al galope, al tiempo que desde las posiciones cercanas se abría un intenso fuego sin dirección definida, Araya reunió a sus hombres y al trote corto se retiró.

La breve escaramuza dejó un saldo de dos peruanos muertos y dos “Cazadores” heridos a bala, el Sargento Godoy llevaba ensartado en la punta de su sable, como recuerdo de la escaramuza un kepí enemigo tomado del suelo, uno de esos que llamaban Ros de Olano, en honor a un militar español, los hombres se retiraron contentos, habían conseguido su tan anhelada cuota de gloria.

No hay comentarios:

Publicar un comentario