POSICIONES
AVANZADAS DEL EJÉRCITO CHILENO AL NORTE DEL PUEBLO DE BARRANCO
REGIMIENTO
DE CABALLERÍA CAZADORES A CABALLO
Los
“Cazadores” del Alférez Araya se habían mantenido en silencio
largo rato, ello desde que el día anunciara su llegada y el oficial
había ordenado montar, todos los rostros reflejaban la tensión de
una noche agotadora, pero a la larga tranquila, poco antes de las
cuatro, el Oficial había ordenado al Sargento 1° Ríos, acompañarlo
a realizar un reconocimiento más cercano de la línea enemiga, este
había elegido a cuatro compañeros y dirigió el avance
discretamente hasta donde creyó una distancia segura, luego por
medio de gestos desplegó a sus compañeros, mientras él seguía en
solitario adelante.
La
elección del Alférez para la temeraria aventura no había sido
casual, Ríos había servido en la frontera, allá en el sur, donde
los feroces mapuches seguían resistiendo la invasión a sus
territorios, iniciada hace más de tres siglos; el 1° Ríos, había
aprendido de los indios el arte del sigilo; desagradable sorpresa
para un ejército regular habían sido los “gateadores”; un grupo
seleccionado de guerreros mapuches, que en caso de combate debían
aproximarse utilizando el terreno, hasta sus enemigos y liquidarlos
cuerpo a cuerpo, la naturaleza le había dotado al 1° Ríos con un
gran instinto para medir el peligro y una habilidad prodigiosa para
infiltrarse sin ser detectado, incluso en el más custodiado de los
campamentos mapuche.
Apenas
había desapareció por entre las sombras, cuando el resto de los
hombres se dispuso a esperarle en silencio y con bala pasada en sus
carabinas Winchester modelo 1873, al tiempo que el oficial intentaba
taladrar la oscuridad con su mirada, mientras desenfundaba su
revolver, un Colt no reglamentario, pero sí muy confiable.
Tensos
por la espera y peligro de que algo saliera mal, ninguno tuvo
conciencia de cuanto tiempo pasó, más de una vez incluso su propia
respiración o la del compañero más cercano les parecía
obscenamente ruidosa, pero a pesar de lo incomodo de la posición,
ninguno de ellos titubeo un segundo, cuando una silueta apenas
distinguible se dirigió hacia ellos, no fue necesaria una orden,
rápidamente las armas apuntaron en su dirección, incluso el Alférez
amartillo lentamente su revolver.
–¿Quién
vive? – Preguntó una voz apenas audible en dirección a la
sombra, esta se quedó quieta y desapareció, durante una fracción
de tiempo que pareció eterno los hombres apretaron suavemente los
gatillos hasta que se escucho un murmullo apenas audible – ¡Chile!
–el Sargento Ríos había regresado de su misión; un suspiro
generalizado aflojó la tensión, el Sargento se arrastró
silenciosamente hasta el Alférez y dio su informe – Hay muchos
parapetos llenos de enemigos en todo el frente, más atrás hay una
suerte de fortín al que no pude llegar, parecen ser gente recluta,
pero están en guardia y no se ven para nada desmoralizados –
¿Cuántos crees que haya frente nuestro? – No se bien, al menos
debe ser una compañía, conté como 60 u 80, probablemente a
izquierda y derecha de la posición deben haber más – Araya
asintió, y deseo haber tenido un mapa para marcar la posición
enemiga, pero no se lo habían dado antes de partir – De acuerdo,
ya sabemos entonces, si el ejército avanza por acá, tendrá que
pasar peleando – El Alférez guardó su revolver en su funda y dio
la orden de retirarse a los caballos; tan silenciosamente como
llegaron los hombres marcharon hacía retaguardia.
De
eso, había pasado más de una hora, y ahora la pequeña columna
marchaba rumbo al este, pasando hacía algún rato la hoguera que era
el pueblo de Surco; la razón de elegir aquella ruta, más que seguir
una orden, decía más bien relación con el hecho de que para el
Alférez Araya no resultaba suficiente el resultado de su misión,
mientras marchaban recordó la aventura de su compañero el Alférez
Agustín Almarza, quien al inicio de la campaña, tras el desembarco
y ocupación de San Pedro, había recibido orden directa del mismísimo General Baquedano de abrirse paso “a cualquier precio”
desde Curayaco hasta el lugar donde encontrara a la Brigada de Lynch,
que avanzaba por tierra desde Pisco, la temeridad con que había
cumplido su comisión, le habían valido al “Cucho” Almarza el
despacho de Teniente; misma situación que le había valido no hace
muchos días, ser citado en la orden del día y los despachos de
Teniente al Alférez Vivanco del “Granaderos a Caballo”, quien
demostró su temerario valor el combate de Ate el 9 de enero.
Una
claridad mínima en el ambiente comenzó a notarse, el Sargento
Ríos, que hacía las veces de segundo al mando, llamó la atención
sobre el ruido de cascos que se escuchaban muy cerca de ellos, en una arboleda junto a un muro, los hombres se detuvieron en seco ante el
gesto del Sargento – ¿Nuestros? – Preguntó en un susurro el
oficial a su Sargento – Lo dudo – fue la respuesta, Araya tenía
que tomar una decisión rápida, talvez en otro momento o
circunstancias lo hubiese pensado mejor, pero en ese estado de cosas
estaba dispuesto a asumir el riesgo, el Ruido del otro grupo de
hombres se detuvo y se sintieron algunas voces apagadas, Araya había
tomado su decisión y susurró – Sables, los cargaremos – La voz
de “sables” recorrió la pequeña columna.
Por
unos segundos, el tiempo pareció detenerse, luego los hombres de
Araya, sacaron lo más silenciosamente posible sus afilados sables y
esperaron la orden, desde el otro grupo de hombres se escuchó una
voz con inconfundible acento peruano – ¿Quién vive? – La
respuesta fue – ¡¡¡A la carga!!! –sorprendiendo totalmente a
los diez jinetes peruanos que formaban una patrulla adelantada.
Aunque
se sintieron algunos disparos de carabina provenientes de la patrulla
enemiga, el entrevero no tardó en resolverse a favor de los hombres
de Araya, los peruanos rápidamente se retiraron al galope, al tiempo
que desde las posiciones cercanas se abría un intenso fuego sin
dirección definida, Araya reunió a sus hombres y al trote corto se
retiró.
La
breve escaramuza dejó un saldo de dos peruanos muertos y dos
“Cazadores” heridos a bala, el Sargento Godoy llevaba ensartado
en la punta de su sable, como recuerdo de la escaramuza un
kepí enemigo tomado del suelo, uno de esos que llamaban Ros de Olano,
en honor a un militar español, los hombres se retiraron contentos,
habían conseguido su tan anhelada cuota de gloria.

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