CAPITULO III
NOCHE DEL 14 AL 15 DE ENERO DE 1881
PUESTO DE MANDO DEL CORONEL PEDRO LAGOS COMANDANTE DE LA III DIVISIÓN CHILENA
El Regimiento “Santiago” era el único Regimiento de Línea, es decir del ejército regular, de la 3ª División del Ejército chileno, una fuerza que por diversas circunstancias se hallaba reducida a unos 4.400 hombres, la mayor parte de ellos Guardias Nacionales, que solo con la excepción de los “Navales” de Valparaíso, apenas si habían hecho vida de guarnición.
Su comandante, era el Coronel Pedro Lagos Marchant, quien en esos momentos bebía la taza de café que un ordenanza había mezclado con un poco de aguardiente a fin de hacerla más fuerte, y es que desde el inicio de la campaña, cuando se ocupó el puerto peruano de Pisco a medio camino entre Arica y El Callao, lugar donde además se producía el excelente aguardiente del mismo nombre, este se había ido transformando en muy apreciado a lo largo de toda la cadena de mando del Ejército chileno.
De amplia frente, y mirada penetrante, Pedro Lagos era uno de los jefes más caracterizados del Ejército, sin embargo las bolsas bajo sus ojos, daban cuenta del hecho de que el Coronel no había dormido mucho en los últimos días, agachado ante un mapa, escasamente iluminado por dos cabos de vela, Lagos observaba sin hacer comentarios, los hombres que le rodeaban, sus ayudantes y su Estado Mayor esperaban pacientemente en silencio – ¿Es lo mejor que me han podido conseguir? – preguntó al más cercano de sus ayudantes – Ese lo conseguimos hoy en una casa de Barranco, antes de prender fuego al pueblo mí Coronel, es pequeño, pero parece mejor que el que nos dio el Estado Mayor General – Lagos frunció el ceño, en ninguna campaña o guerra, de las que había librado la República hasta ese momento un ejército chileno había contado con los recursos materiales conque disponía en ese momento, si hasta se le había dotado incluso de una imprenta, donde el Estado Mayor General, con asesoría del Servicio Hidrográfico de la Armada, encabezado por el Capitán de Navío Francisco Vidal Gormaz, había impreso para uso de los distintos comandantes del ejército unos pésimos mapas terrestres, y es que los hombres en general se tenía poco conocimiento del terreno del Teatro de Operaciones, razón por la cual debieron realizarse una serie de intensos reconocimientos, que permitieron actualizar algo la información, pero ahora que se había superado la primera línea de defensa peruana, nuevamente se estaba ante terreno desconocido.
A pesar de ser enero, y existir lo que se podía llamar un clima excelente, Lagos mantenía desde hace algunos días una desagradable molestia en la garganta, de modo que uno de sus ayudantes le había facilitado una bufanda blanca con la que se envolvía el cuello, los hombres le observaban, veían como la amplia frente de su oficial superior se arrugaba, seguramente producto de la profunda reflexión que debía estar haciendo en base a los informes que le habían entregado, a pesar de que la estancia estaba suavemente iluminada por las velas, podían ver claramente como el bigote del Coronel se movía, producto de suaves murmuraciones que se hacía a sí mismo.
El Coronel era considerado una leyenda por sus hombres, se comentaba frecuentemente entre estos que había iniciado su vida de militar “entre la tropa” y que a base de merito había ido ganando sus barras de oficial.
Antes de la guerra, había llegado a comandar al Batallón 4° de Línea, uno de los cuerpos más destacados del Ejército regular, el que había dirigido incluso durante las campañas araucanas, pero por sus ideas políticas, había sido llamado a retiro parcial por el Gobierno; viviendo modestamente con un medio sueldo, parecía que estaba llamado a pasar el resto de su vida en un oscuro anonimato; pero la guerra, obligó al Gobierno de Pinto a llamar a servicio a todos los jefes y oficiales disponibles, a Lagos, que por su experiencia merecía comandar una unidad de Línea, pero que por sus antecedentes podría significar problemas políticos, se le encargó organizar un nuevo Regimiento, no de Guardias Nacionales, sino que el único Regimiento de Infantería de Línea, que se había organizado hasta entonces, el “Santiago”, mismo que a diferencia de los demás cuerpos de Infantería de Línea, tenía solo el nombre y no un número asignado.
Una vez que su unidad, formada con una mezcla de voluntarios sin experiencia, veteranos retornados al servicio y que no encontraban colocación en sus cuerpos de origen, aventureros, e incluso algunos delincuentes condenados por delitos menores sacados de la cárcel de Santiago, a los que se les ofreció conmutarles sus sentencias por el servicio a la patria, se encontró en un pie más o menos aceptable de instrucción, fue enviado al norte, donde cubrieron largamente guarnición en el punto más adelantado de las posiciones chilenas en la zona, fue en dicho lugar, de frente al enemigo, donde “sus niños” sostuvieron algunos encuentros menores, Lagos apoyado decididamente por su segundo y tercero al mando, los eficientes Barceló y León, terminaron la instrucción de la tropa; producto de esto, lo que entonces se consideró un “buen trabajo”, el hasta entonces Teniente Coronel comenzó a recibir mejores comisiones, dirigiendo algunas pequeñas expediciones en Tarapacá, y ascendiendo al grado de Coronel, viendo catapultada su carrera a lo que pareció el cielo, en efecto, fue nombrado Jefe del Estado Mayor General, el segundo cargo en importancia en la estructura del Ejército.
Sin embargo, no todo lo que brilla es oro, frecuentes choques con el Comandante en Jefe, General Erasmo Escala, hicieron que los dos hombres más importantes de ese momento en el ejército chileno, y que se suponía debían actuar coordinadamente, como un solo hombre con dos cerebros, terminaran no hablando entre sí, en este estado de tensión bastaba una simple chispa para que, aquel polvorín explotase, y en efecto llegó de la manera más dolorosa para Lagos, le tocaron el Regimiento “Santiago”, por un asunto disciplinario menor, Escala ordenó el arresto de Barceló, el ex segundo al mando de Lagos, este asumió la situación como un insulto personal, cuento corto, el Coronel recibió orden de dirigirse al sur a “calificar servicios”, dicho de otra manera, su carrera militar había terminado de no mediar un milagro.
E increíblemente, ese milagro ocurrió, el General Escala también enemistado con el Ministro de Guerra Emilio Sotomayor, a raíz del apoyo que este le brindara a Lagos, lanzó un ultimátum al Gobierno, “el Ministro o yo”, y contra los cálculos del General, el Gobierno eligió al Ministro; de esta forma el hasta entonces, salvo por su brillante triunfo en la toma de la cuesta de Los Ángeles, oscuro General Manuel Baquedano González, asumió el comando en jefe del Ejército, y Lagos fue llamado nuevamente al frente, esta vez como ayudante del Comandante en Jefe, esto no significaba mucho menos un retorno triunfal, pero sí una oportunidad, y poco después de la sangrienta batalla de Tacna, esta se concretó, Baquedano, encargó a Lagos la toma de la plaza de Arica, el último reducto peruano en la zona, la posición estaba defendida por dos pequeñas divisiones de infantería, pero con buen sistema de atrincheramientos, minas eléctricas y mucha artillería, incluyendo la presencia del Monitor “Manco Capac”, lo que hacía de Arica una plaza formidable, de modo que todo hacía presagiar un largo y sangriento sitio, pero Lagos supo ponerle fin rápidamente, y a un costo más que aceptable, alrededor de 400 bajas entre muertos y heridos.
Tras el fracaso de las negociaciones de paz, realizadas en el “USS Lackawana”, el Gobierno chileno había optado por acelerar la mayor y más ambiciosa expedición emprendida hasta entonces, el objetivo fijado al Ejército fue ni más ni menos que Lima, la capital del Perú, y él, Pedro Lagos, había recibido uno de los puestos más importantes para la ocasión, comandante de una de las tres divisiones del Ejército, de hecho fue originalmente el único comandante de división de rango inferior a General de Brigada.
Por fin, Lagos dejo de murmurar para sí, se había hecho un cuadro de situación bastante claro – Comandante – dijo dirigiéndose a su Jefe de Estado Mayor, uno de los hermanos Gorosteaga – Es menester que hagas un reconocimiento del frente, sabemos que el enemigo mantiene muchas tropas atrincheradas al norte del río Surco, y en caso de que tengamos que combatir, no conocemos el terreno en que debemos movernos – luego agregó tajante – La tercera es la única división que se encuentra en el frente de batalla, y en caso de un ataque enemigo deberíamos resistir en solitario al menos una hora antes de recibir refuerzos – El aludido, José Eustaquio Gorosteaga, asintió, compartía el juicio de Lagos, luego agregó al tiempo que recorría con su dedo el mapa – La 1° División de Lynch descansa en los alrededores de Chorrillos, mientras que la 2° de Sotomayor lo hace sobre San Juan, ambas están demasiado retiradas para llegar rápidamente al frente en caso de un ataque, solo podríamos contar con la reserva, que sabemos acampa en algún lugar a nuestra retaguardia – Lagos asintió, cierto era que el 13 habían dado cuenta de una buena porción del ejército peruano, pero poco se sabía de la segunda línea de defensa y las tropas que la guarnecían, habían oído muchas cosas al respecto, pero existían pocas certezas, se calculaba que el grueso de los defensores pertenecerían a una reserva de cívicos, que habían comenzado su instrucción a mediados del año anterior, se sabía también que la escuadra chilena no había tenido mucho éxito en capturar los numerosos transportes con armas que habían llegado vía Panamá, de modo que se les presumía bien armadas, especialmente con rifles de largo alcance Peabody, mismos que constituían una de las más desagradables armas del ejército peruano, peor aún había sido encontrar al servicio del enemigo muchas piezas de artillería de fabricación local, donde se destacaban unas copias casi idénticas de cañones de montaña Krupp de calibre 60 mm, y que pese a los interrogatorios a que habían sido sometidos mucho de los artilleros prisioneros solo habían logrado establecer que estas se fabricaban ahuecando ejes de ferrocarril, pero no había logrado saber cuantas y desde cuando se habían estado fabricado.
Pero la orden de Lagos, aunque correcta, pero en apariencia tímida, pues se trataba solo de un elemental reconocimiento del frente, era todo cuanto podían hacer de momento pues se había anunciado que existía la posibilidad cierta de una rendición definitiva del enemigo; durante el día se había enviado como plenipotenciario a don Eulogio Altamirano, acompañado del Coronel enemigo Miguel Iglesias, quien hasta hace muy poco fuera Ministro de Guerra y comandante del I Cuerpo de Ejército, y que había sido capturado durante la batalla del día 13, también se decía que el Cuerpo Diplomático acreditado en Lima también había comenzado gestiones al respecto, de hecho Lagos era uno de los pocos que sabía que el General Baquedano ofuscado por la actitud altanera de Piérola ante Altamirano, había estado apunto de obviar los esfuerzos de los diplomáticos, en efecto, el General en jefe se había negado a atender al Cuerpo Diplomático acreditado en Lima, que había solicitado audiencia a altas horas de la noche, pero que finalmente había optado por conceder entrevista a los Ministros durante la mañana del día siguiente, y es por esta razón que había que evitar a toda costa el estallido accidental de una nueva batalla, pues si los peruanos estaban dispuestos a entregar Lima sin combatir, entonces otra carnicería carecía de sentido, ello al menos hasta que se despejara la incógnita diplomática.
Un Capitán ayudante, salió rápidamente para cursar las ordenes pertinentes, conforme a la costumbre de Lagos había que preparar todo rápidamente, así fue que el ordenanza del Jefe de Estado Mayor, salió a ensillar uno de sus caballos, al pasar junto un Sargento del Carabineros de Yungay jefe de la guardia que cuidaba los animales de los oficiales superiores de la División se vio interrumpido – Y García …. ¿Qué dicen los jefes? ¿Peleamos o entramos marchando a Lima? – Lo cierto compañero, es que ni don Pedro ni don Eustaquio han querido confiarme el plan, y solo me consideran digno de ensillarles el caballo – Pero tú algo habrás escuchado pues – Puede que sí, pero necesito un cigarrito pa recordar – El Carabinero sonrió y sacó uno que recién había liado y se lo alargó al ordenanza – Sabís que hay pena de vida pal que haga fuego – El ordenanza hizo una mueca entre sonrisa y resignación – Pero usted es un hombre de recursos gancho – al tiempo que le tocaba el poncho al Carabinero – Sea, entonces… – El Sargento hizo una seña a un soldado muy joven que se había mantenido a distancia de los dos hombres – Martínez ensíllale el Bayo a mí Comandante Gorosteaga – Los dos hombres se alejaron un poco, había mucho que conversar, la tensión vivida desde la batalla del 13, hacía que los hombres estuvieran habidos de información, y hasta el más elemental detalle era sumamente comentado, y uno de los ordenanzas de los jefes era en apariencia una de las mejores fuentes de información.
Al poco rato el Comandante Bulnes, comandante de los carabineros ya había designado la escolta que debía acompañar al Jefe de Estado Mayor, Lagos solicitó un nuevo café, y el ordenanza se acercó el caballo del Coronel Gorosteaga, los otros oficiales del pequeño Estado Mayor divisionario también se prepararon para montar, mientras un pequeño grupo de “Carabineros de Yungay” abrigados bajo gruesos ponchos de castilla, y que les servirían de escolta, les observaban impacientes, por fin tras algunos minutos el grupo, encabezado por el Comandante Gorosteaga se puso en movimiento; Lagos anotó la hora en una pequeña libreta, el grupo de jinetes se dirigió hacía la costa, desde allí, Gorosteaga planeaba dirigirse hasta lo más cerca que pudiese llegar del famoso lecho del Río Surco, y entonces recorrerlo en dirección Oeste a Este, y era que sin conocerlo aun efectivamente, al Oficial le pareció que sería el lugar más obvio para establecer la línea de batalla.

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