sábado, 23 de marzo de 2013

capitulo VII


CAPÍTULO VII

POSICIONES DEL BATALLÓN Nº 29 “ZEPITA”

EN LOS ALREDEDORES DEL REDUCTO Nº 2


Tal como los chilenos, los peruanos se mantenían expectantes a los movimientos de las tropas enemigas desde que habían divisado temprano las columnas en movimiento, de forma que aunque a esas horas ya todos sabían del armisticio, pocos eran los que dudaban de que el enfrentamiento inminentemente explotaría de un momento a otro, y aún así, solo podían esperar.

El batallón “Zepita”, del Cuerpo del Coronel Suarez había sido muy golpeado durante la batalla anterior, se le había mantenido formado en los alrededores de San Juan recibiendo mortal fuego del enemigo y luego enviado a reconquistar el balneario de Chorrillos, en un mortal combate callejero, sin embargo, la mayor parte de los hombres estaban resignados a luchar, morir y hacer pagar caro a los invasores su osadia, el comandante no era ajeno al sentimiento de sus hombres, ni dudaba que pronto estallaría el combate, de modo que apenas tuvo esa certeza ordenó a los rancheros del Batallón preparar una comida para la tropa – Pónganle esmero – habia dicho, pensando en que merecían una buena comida, pero inmediatamente pasó por su mente una nube negra, para cuantos sería la última.

Sin dejar de mirar al sur los encargados de la comida, pusieron rápidamente manos a la obra; sin embargo, cuando el rancho estuvo listo, pudieron notar cuan devastador había sido el combate de dos días atrás, por costumbre habían cocinado como de costumbre para todo el batallón, sin embargo, solo la mitad de los hombres que formaban hace unos días se presentó a comer, el resto eran bajas.

Cerca de ellos un grupo de soldados del Batallón Nº 27 “Concepción”, más específicamente de la compañía del veterano Capitán Sotillo, sus vecinos más cercanos, conversaban animadamente junto a una tapia, uno de ellos se quejaba de sus zapatos rotos, y decía a un compañero que debía quitar a un enemigo un par nuevo, sin embago, los principales temas de conversación de la mañana habían girado en torno al diario que había leído para sus compañeros el soldado Lara, y la historia que esa madrugada unos “mapochos” habían sido emboscados por hombres del batallón “Guarnición de Marina”, llegado hace poco de El Callao – Dice mi compadre que eran hombres a caballo y que los dejaron acercarse hasta ponerse a tiro, incluso me mostró la cartera que recogieron de uno de ellos, era un mozo joven y por el bordado del pañuelo parece que estaba comprometido para casarse – Uno de los soldados agregó casi al instante – Una novia más que se queda sin marido por culpa de esta puta guerra – nadie se percato de que el hombre jugaba entre sus dedos, con un fino anillo de compromiso.

El Sargento Arroyo, muy popular entre la tropa por su fama de valiente a toda prueba se acercó al grupo – Miren la gracia de los chilenos, mientras su ejército nos va a atacar por el frente, sus buques nos flanquearán por mar – luego agregó – ¡Cobardes!...... Miserables! – Los hombres guardaron silencio, de alguna manera los grandes cañones de los barcos provocaban entre la tropa mayor inquietud que la más numerosa y probadamente más letal artillería de campaña chilena.

El soldado Torres, sintió que ante el incomodo silencio de sus compañeros de alguna manera debía animarlos – No me llega el susto al pecho, como no nos llegarán sus bombas – El Sargento Arroyo, se sintió tocado por el comentario, y deseo dejar en claro inmediatamente que lo suyo era una simple apreciación de los hechos y no temor – Y a mi aunque lleguen – El soldado Porfias que se había mantenido en silencio hasta ese momento intervino –¿No llegarán? ¿Cómo es eso “distinguido”? – Torres, improvisó un pequeño discurso de artillero – No, porque la distancia a que tendría que obrar su artillería para lograr ángulo de tiro sería superior al alcance de sus cañones – Porfias no pareció muy convencido – ¿Y con sus obuses? – Torres respondió suelto de cuerpo – Sucedería lo contrario, tendrían que acercarse a tiro de la batería “Alfonso Ugarte” que ya los tiene escarmentados – Los hombres aprobaron inmediatamente olvidando que el que entregaba la información con tanta soltura apenas si había pasado los veinte años, y que sus conocimientos bélicos apenas si eran similares a los del resto.

Una delgada figura apareció entonces junto a ellos, el hombre parecía más bien un cadáver, flaco y caminando pesadamente, apenas si arrastraba los pies, su rostro moreno y sudoroso denotaba claramente que sufría por la fiebre y los dolores, sin embargo no era lástima lo que había llegado a buscar, sino información – ¿De verás chelenos veniendo? – Era el soldado Ramos, un serrano, enfermo de disentería, y que desde hacía varios días había recibido su licencia absoluta – Ve a casa hombre, mejórate y vuelve a pelear – le había dicho el Coronel Valladares, cuando personalmente intentó convencer a Ramos, que se había negado a partir, sin embargo, fue tanta su tozudez de permanecer en servicio, que finalmente le habían permitido quedarse bajo su riesgo, ello pese a que notoriamente se deterioraba más y más con el pasar de los días.

Uno de los soldados le dijo – Sí, ya vienen; anda vete mejor, Ramos, tú no puedes pelear y te van a matar sin defensa – Pero a pesar de su demacrado aspecto, el hombre se mantenía firme – No matarán sen defender, todavea podiendo con refle – dijo mostrando el arma que llevaba colgada al hombro, los demás supieron que convencer al serrano de volver a su tierra sería inútil de modo que decidieron integrarlo a la conversación.

Un ranchero del “Zepita” se les allegó – Muchachos, nos ha sobrado comida, los que gusten tomar un poco de caldo, vengan – Los hombres del grupo se miraron durante una fracción de segundo, para disolverse rápidamente en medio del mayor alboroto en demanda de la comida ofrecida.

Utilizando cualquier tipo de envases, improvisaron platos, en medio del jolgorio general el cucharon fue sirviendo generosas porciones de un oloroso y caliente caldo que los hombres agradecieron de todo corazón.

Sin embargo, el destino, no les deseaba un almuerzo tranquilo, el clarín del batallón sonó en un largo toque de atención, los hombres quedaron petrificados al instante, luego el toque de “generala”, llamaba a los hombres a las filas, Porfias llamó la atención de Torres que dudaba con su plato en la mano – A formar hombre, a formar – Ante la disyuntiva el aludido no dudó en beber el ardiente caldo de un solo golpe – No podía botarlo – le confesaría después a su compañero.

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