CAPÍTULO
VII
POSICIONES
DEL BATALLÓN Nº 29 “ZEPITA”
EN
LOS ALREDEDORES DEL REDUCTO Nº 2
Tal
como los chilenos, los peruanos se mantenían expectantes a los
movimientos de las tropas enemigas desde que habían divisado
temprano las columnas en movimiento, de forma que aunque a esas horas
ya todos sabían del armisticio, pocos eran los que dudaban de que el
enfrentamiento inminentemente explotaría de un momento a otro, y aún
así, solo podían esperar.
El
batallón “Zepita”, del Cuerpo del Coronel Suarez había sido
muy golpeado durante la batalla anterior, se le había mantenido
formado en los alrededores de San Juan recibiendo mortal fuego del
enemigo y luego enviado a reconquistar el balneario de Chorrillos, en
un mortal combate callejero, sin embargo, la mayor parte de los
hombres estaban resignados a luchar, morir y hacer pagar caro a los
invasores su osadia, el comandante no era ajeno al sentimiento de sus
hombres, ni dudaba que pronto estallaría el combate, de modo que
apenas tuvo esa certeza ordenó a los rancheros del Batallón
preparar una comida para la tropa – Pónganle esmero – habia
dicho, pensando en que merecían una buena comida, pero
inmediatamente pasó por su mente una nube negra, para cuantos sería
la última.
Sin
dejar de mirar al sur los encargados de la comida, pusieron
rápidamente manos a la obra; sin embargo, cuando el rancho estuvo
listo, pudieron notar cuan devastador había sido el combate de dos
días atrás, por costumbre habían cocinado como de costumbre para
todo el batallón, sin embargo, solo la mitad de los hombres que
formaban hace unos días se presentó a comer, el resto eran bajas.
Cerca
de ellos un grupo de soldados del Batallón Nº 27 “Concepción”,
más específicamente de la compañía del veterano Capitán Sotillo,
sus vecinos más cercanos, conversaban animadamente junto a una
tapia, uno de ellos se quejaba de sus zapatos rotos, y decía a un
compañero que debía quitar a un enemigo un par nuevo, sin embago,
los principales temas de conversación de la mañana habían girado
en torno al diario que había leído para sus compañeros el soldado
Lara, y la historia que esa madrugada unos “mapochos” habían
sido emboscados por hombres del batallón “Guarnición de
Marina”, llegado hace poco de El Callao – Dice mi compadre que
eran hombres a caballo y que los dejaron acercarse hasta ponerse a
tiro, incluso me mostró la cartera que recogieron de uno de ellos,
era un mozo joven y por el bordado del pañuelo parece que estaba
comprometido para casarse – Uno de los soldados agregó casi al
instante – Una novia más que se queda sin marido por culpa de esta
puta guerra – nadie se percato de que el hombre jugaba entre sus
dedos, con un fino anillo de compromiso.
El
Sargento Arroyo, muy popular entre la tropa por su fama de valiente a
toda prueba se acercó al grupo – Miren la gracia de los chilenos,
mientras su ejército nos va a atacar por el frente, sus buques nos
flanquearán por mar – luego agregó – ¡Cobardes!......
Miserables! – Los hombres guardaron silencio, de alguna manera los
grandes cañones de los barcos provocaban entre la tropa mayor
inquietud que la más numerosa y probadamente más letal artillería
de campaña chilena.
El
soldado Torres, sintió que ante el incomodo silencio de sus
compañeros de alguna manera debía animarlos – No me llega el
susto al pecho, como no nos llegarán sus bombas – El Sargento
Arroyo, se sintió tocado por el comentario, y deseo dejar en claro
inmediatamente que lo suyo era una simple apreciación de los hechos
y no temor – Y a mi aunque lleguen – El soldado Porfias que se
había mantenido en silencio hasta ese momento intervino –¿No
llegarán? ¿Cómo es eso “distinguido”? – Torres, improvisó
un pequeño discurso de artillero – No, porque la distancia a que
tendría que obrar su artillería para lograr ángulo de tiro sería
superior al alcance de sus cañones – Porfias no pareció muy
convencido – ¿Y con sus obuses? – Torres respondió suelto de
cuerpo – Sucedería lo contrario, tendrían que acercarse a tiro de
la batería “Alfonso Ugarte” que ya los tiene escarmentados –
Los hombres aprobaron inmediatamente olvidando que el que entregaba
la información con tanta soltura apenas si había pasado los veinte
años, y que sus conocimientos bélicos apenas si eran similares a
los del resto.
Una
delgada figura apareció entonces junto a ellos, el hombre parecía
más bien un cadáver, flaco y caminando pesadamente, apenas si
arrastraba los pies, su rostro moreno y sudoroso denotaba claramente
que sufría por la fiebre y los dolores, sin embargo no era lástima
lo que había llegado a buscar, sino información – ¿De verás
chelenos veniendo? – Era el soldado Ramos, un serrano, enfermo de
disentería, y que desde hacía varios días había recibido su
licencia absoluta – Ve a casa hombre, mejórate y vuelve a pelear –
le había dicho el Coronel Valladares, cuando personalmente intentó
convencer a Ramos, que se había negado a partir, sin embargo, fue
tanta su tozudez de permanecer en servicio, que finalmente le habían
permitido quedarse bajo su riesgo, ello pese a que notoriamente se
deterioraba más y más con el pasar de los días.
Uno
de los soldados le dijo – Sí, ya vienen; anda vete mejor, Ramos,
tú no puedes pelear y te van a matar sin defensa – Pero a pesar de
su demacrado aspecto, el hombre se mantenía firme – No matarán
sen defender, todavea podiendo con refle – dijo mostrando el arma
que llevaba colgada al hombro, los demás supieron que convencer al
serrano de volver a su tierra sería inútil de modo que decidieron
integrarlo a la conversación.
Un
ranchero del “Zepita” se les allegó – Muchachos, nos ha
sobrado comida, los que gusten tomar un poco de caldo, vengan – Los
hombres del grupo se miraron durante una fracción de segundo, para
disolverse rápidamente en medio del mayor alboroto en demanda de la
comida ofrecida.
Utilizando
cualquier tipo de envases, improvisaron platos, en medio del jolgorio
general el cucharon fue sirviendo generosas porciones de un oloroso y
caliente caldo que los hombres agradecieron de todo corazón.
Sin
embargo, el destino, no les deseaba un almuerzo tranquilo, el clarín
del batallón sonó en un largo toque de atención, los hombres
quedaron petrificados al instante, luego el toque de “generala”,
llamaba a los hombres a las filas, Porfias llamó la atención de
Torres que dudaba con su plato en la mano – A formar hombre, a
formar – Ante la disyuntiva el aludido no dudó en beber el
ardiente caldo de un solo golpe – No
podía botarlo – le confesaría después a su compañero.

Que bonito relato
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