CAPITULO
VI
AL
SUR DE BARRANCO
MEDIO
DÍA DEL 15 DE ENERO DE 1881
Cuando el Coronel Pedro Lagos leyó una preocupante nota
enviada por su Jefe de Estado Mayor; uno de los ayudantes de Lagos se
percató de que algo no andaba bien, pues el Coronel comenzó a
arrugar el entrecejo a medida que leía:
“Desde
un mirador de la casa italiana observo que el enemigo refuerza
apresuradamente su línea; veo llegar infantería y caballería; el
tren acarrea fuerzas, conviene venga inmediatamente la división,
disponga US. lo que guste.
J.
E. Gorostiaga.”
Lagos guardó el papel distraidamente, a medida que
mentalmente situaba el punto a que hacía referencia Gorostiaga, sus
ayudantes le observaban expectantes, en ese momento decidió enviar
parte al General Baquedano, solicitando hacer avanzar la reserva
hasta Barranco, no se había alejado el ayudante enviado a cumplir la
orden, cuando el Coronel ordenó redactar otras órdenes esta vez
dirigidas a sus dos comandantes de Brigada, la orden era simple pero
concisa “ avanzar” con voz segura dictó – La I Brigada se
desplegará a la derecha de la línea férrea, y la II tenderá su
línea desde la derecha de la línea férrea hasta llegar al mar –
una vez firmadas por el Coronel dos oficiales salieron raudamente a
entregarlas.
Tras esto, la cadena de mando de la División comenzó a
moverse rápidamente, apenas recibida las órdenes, de las
comandancias de Brigadas, partieron de estas nuevos oficiales a dar
las órdenes pertinentes a los distintos regimientos y batallones; y
poco después los clarines y tambores de los distintos cuerpos
comenzaron a resonar llamando a los soldados a formar.
Había
pasado una media hora desde que Lagos redactara la orden, cuando el
campamento del Batallón “Caupolicán” comenzó a agitarse,
aunque con gran calma los soldados habían comenzado a formar a la
orilla del camino, la gran mayoría creían la paz tan al alcance,
que los afanes bélicos más comunes les parecían casi fuera de
lugar, fue necesario que el Sargento Mayor Ramón Dardignac, bramara
para que los hombres salieran de su embotamiento – ¡¡¡¡Formar!!!!
¡Rápido niños! Vamos a la guerra, no a una función de Sarah
Bernhardt – entonces a la carrera los últimos hombres terminaron
de ponerse en línea.
Montando
ya en su caballo el Mayor paseó por el frente del Batallón
formado, con ojo crítico observó detenidamente a los hombres,
estaba seguro que no era la mejor tropa del mundo, pero habían
progresado notablemente desde que asumiera como segundo comandante
hacía un par de meses atrás.
El
Batallón de Infantería de la Guardia Nacional “Caupolicán”
había comenzado a organizarse en Santiago, en Septiembre del 79,
ello tras la disolución del Regimiento Cívico “Valdivia”, cuyo
personal se utilizó como reemplazos para cubrir las bajas del
personal del Ejército de Operaciones Norte, sirviendo el excedente,
especialmente los suboficiales como base para formar otros dos
batallones en la capital, el “Valdivia” y el “Caupolicán”.
Sin
embargo, a pesar de llevar casi un año y medio movilizado, no podía
considerarse al batallón como uno de los mejores cuerpos del
Ejército, en efecto el comando no se había mostrado nada conforme
con el batallón durante su incursión sobre Moquegua, una operación
menor desarrollada poco después de la toma del morro de Arica;
demasiados rezagados, vergonzosamente alrededor de un centenar de
hombres incluyendo oficiales no se consideraron capaces de terminar
la marcha, debiendo ser devueltos a mitad de camino.
El
Mayor Dardignac terminó entonces su revista, dejando al batallón en
posición de “firmes”, se cuadró ante su oficial superior –
Batallón formado y listo para partir mí Comandante – Conforme
Mayor en marcha hacía la línea de Miraflores – Volviendose a la
columna con voz potente ordenó – Batallón al hombro ar... –
Siguiendo las órdenes las compañías una a una cumplieron la orden,
se produjo un solemne silencio, y una nueva orden –
¡¡¡¡Batallón!!!! Giro a la izquier!!! – la orden fue
repetida de compañía en compañía por los capitanes, de manera que
tanto el comandante como el Mayor quedaron a la cabeza de la columna
– ¡¡¡Batallón..... mar....!!! – un tambor comenzó a sonar
y los hombres marcaron el paso, ajustando el ritmo al son de los
golpes en sus puestos, esperando la orden de moverse por fin se
escucho – ¡Primera Compañía mar....! – era el gritó potente
del Comandante de esa compañía y la columna comenzó a moverse al
compás de la marcha, un nuevo grito – ¡Segunda Compañía
mar....! – Y como si fuera una larga serpiente, la columna comenzó
a moverse rumbo al norte.
El
Sargento Mayor Ramón Dardignac, era considerado como un excelente
oficial, incluso algunos señalaban que el oficial consideraba al
ejército más como una orden religiosa, sabida era su predilección
por leer en las noches a beber con sus otrora viejos amigos; y es que
quien fuera tenido como uno de los más impetuosos oficiales de
artillería de su generación había sufrido una tremenda
transformación interna, ello tras estar dos veces a punto de ser
fusilado; en efecto la primera vez siendo solo un Teniente, se vio
envuelto en un lance en un bar de Valparaíso, la situación no
hubiese quedado siquiera como una anedocta del Puerto, pero resultó
de la pelea muerto un policía; el proceso que siguió fue corto, y
el Tribunal militar dictaminó que el Teniente Dardignac debía ser
pasado por las armas, pena que fue confirmada en la apelación;
finalmente en una postrer última instancia, el Consejo de Estado,
había conmutado la pena, por un año de presidio en la terrible
Penitenciaria de Santiago y un agregado de seis meses de
extrañamiento, fue durante su reclusión, en la soledad de su celda,
que se produjo el gran cambio; estando preso se casó con la joven
Elvira Castro, y de esta forma en 1874, partía al exilio a la
República Argentina donde encontró colocación en el Ejército de
dicha nación como Teniente Segundo; pero estaba visto que Dardignac
no la tendría simple, pues nuevamente estuvo a punto de ser pasado
por las armas, está vez en el año 1876, debió optar por entre el
paredón y un puesto entre las tropas de Avellaneda; optando por su
vida; tras la revolución fue ascendido a Teniente 1°, pasando a
retiro cuando las cosas se calentaron entre Argentina y Chile el 77,
volviendo entonces a Chile, al estallar la guerra, fue llamado
nuevamente a servicio activo, con su antigüo grado de Teniente,
pasando a desempeñarse como ayudante del Cuartel General, donde ganó
su ascenso a Capitán, como pocos se podía jactar Dardignac de que
había servido junto a tres Generales en Jefe, en efecto había
formado parte de los Cuarteles Generales del anciano General Arteaga, del manco General Escala, y del actual comandante en Jefe el General
Manuel Baquedano; aún así, como buen oficial deseaba un mando de
tropa, no es quese quejara de la comodidad del Cuartel General, sino
más bien, como una buena parte de los oficiales que habían recibido
su “segunda oportunidad”, necesitaba probarse a si mismo su
valer, por eso al presentarse la vacante de un segundo comandante
para el “Caupolicán” no había dudado un segundo en solicitar y
aceptar dicha comisión.
Para esos momentos, ya toda la tercera división había recibido orden de
ponerse en marcha hacía el frente, y con mayor o menor velocidad los
diferentes batallones y regimientos se alistaban, apretaban las
correas, formaban, ponían las armas al hombro y marchaban hacía
sus nuevas posiciones.
En el
Cuartel General en tanto, el General Baquedano preocupado también
por el parte que le había remitido el Coronel Lagos, había decidido
también tomar cartas en el asunto, tras leer el parte con calma,
había ordenado que se le enviara un propio al Coronel Arisitides Martínez comandante de la Reserva del Ejército, para que se
alistara, marchara y acampara al sur de los restos humeantes de
Barranco, punto al que también por orden del General debían
converger los tres regimientos que formaban la caballería del
Ejército, para lo cual ordenó despachar las órdenes pertinentes al
Teniente Coronel Emeterio Letelier, comandante General del arma.
Una
vez que salieron los hombres destinados a cumplir con estas órdenes,
el General se sintió preocupado por lo que eventualmente pudiera
ocurrir en el frente, de modo que volvió a examinar una segunda vez
el parte de Lagos, decidiendo entonces que él personalmente, con
todo el personal militar (incluyendo los observadores extranjeros)
del Cuartel General, practicarían un reconocimiento al frente de
batalla.

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