sábado, 16 de marzo de 2013

capítulo VI


CAPITULO VI

AL SUR DE BARRANCO

MEDIO DÍA DEL 15 DE ENERO DE 1881




Cuando el Coronel Pedro Lagos leyó una preocupante nota enviada por su Jefe de Estado Mayor; uno de los ayudantes de Lagos se percató de que algo no andaba bien, pues el Coronel comenzó a arrugar el entrecejo a medida que leía:


Desde un mirador de la casa italiana observo que el enemigo refuerza apresuradamente su línea; veo llegar infantería y caballería; el tren acarrea fuerzas, conviene venga inmediatamente la división, disponga US. lo que guste.

                                                                               J. E. Gorostiaga.

Lagos guardó el papel distraidamente, a medida que mentalmente situaba el punto a que hacía referencia Gorostiaga, sus ayudantes le observaban expectantes, en ese momento decidió enviar parte al General Baquedano, solicitando hacer avanzar la reserva hasta Barranco, no se había alejado el ayudante enviado a cumplir la orden, cuando el Coronel ordenó redactar otras órdenes esta vez dirigidas a sus dos comandantes de Brigada, la orden era simple pero concisa “ avanzar” con voz segura dictó – La I Brigada se desplegará a la derecha de la línea férrea, y la II tenderá su línea desde la derecha de la línea férrea hasta llegar al mar – una vez firmadas por el Coronel dos oficiales salieron raudamente a entregarlas.

Tras esto, la cadena de mando de la División comenzó a moverse rápidamente, apenas recibida las órdenes, de las comandancias de Brigadas, partieron de estas nuevos oficiales a dar las órdenes pertinentes a los distintos regimientos y batallones; y poco después los clarines y tambores de los distintos cuerpos comenzaron a resonar llamando a los soldados a formar.

Había pasado una media hora desde que Lagos redactara la orden, cuando el campamento del Batallón “Caupolicán” comenzó a agitarse, aunque con gran calma los soldados habían comenzado a formar a la orilla del camino, la gran mayoría creían la paz tan al alcance, que los afanes bélicos más comunes les parecían casi fuera de lugar, fue necesario que el Sargento Mayor Ramón Dardignac, bramara para que los hombres salieran de su embotamiento – ¡¡¡¡Formar!!!! ¡Rápido niños! Vamos a la guerra, no a una función de Sarah Bernhardt – entonces a la carrera los últimos hombres terminaron de ponerse en línea.

Montando ya en su caballo el Mayor paseó por el frente del Batallón formado, con ojo crítico observó detenidamente a los hombres, estaba seguro que no era la mejor tropa del mundo, pero habían progresado notablemente desde que asumiera como segundo comandante hacía un par de meses atrás.

El Batallón de Infantería de la Guardia Nacional “Caupolicán” había comenzado a organizarse en Santiago, en Septiembre del 79, ello tras la disolución del Regimiento Cívico “Valdivia”, cuyo personal se utilizó como reemplazos para cubrir las bajas del personal del Ejército de Operaciones Norte, sirviendo el excedente, especialmente los suboficiales como base para formar otros dos batallones en la capital, el “Valdivia” y el “Caupolicán”.

Sin embargo, a pesar de llevar casi un año y medio movilizado, no podía considerarse al batallón como uno de los mejores cuerpos del Ejército, en efecto el comando no se había mostrado nada conforme con el batallón durante su incursión sobre Moquegua, una operación menor desarrollada poco después de la toma del morro de Arica; demasiados rezagados, vergonzosamente alrededor de un centenar de hombres incluyendo oficiales no se consideraron capaces de terminar la marcha, debiendo ser devueltos a mitad de camino.

El Mayor Dardignac terminó entonces su revista, dejando al batallón en posición de “firmes”, se cuadró ante su oficial superior – Batallón formado y listo para partir mí Comandante – Conforme Mayor en marcha hacía la línea de Miraflores – Volviendose a la columna con voz potente ordenó – Batallón al hombro ar... – Siguiendo las órdenes las compañías una a una cumplieron la orden, se produjo un solemne silencio, y una nueva orden – ¡¡¡¡Batallón!!!! Giro a la izquier!!! – la orden fue repetida de compañía en compañía por los capitanes, de manera que tanto el comandante como el Mayor quedaron a la cabeza de la columna – ¡¡¡Batallón..... mar....!!! – un tambor comenzó a sonar y los hombres marcaron el paso, ajustando el ritmo al son de los golpes en sus puestos, esperando la orden de moverse por fin se escucho – ¡Primera Compañía mar....! – era el gritó potente del Comandante de esa compañía y la columna comenzó a moverse al compás de la marcha, un nuevo grito – ¡Segunda Compañía mar....! – Y como si fuera una larga serpiente, la columna comenzó a moverse rumbo al norte.

El Sargento Mayor Ramón Dardignac, era considerado como un excelente oficial, incluso algunos señalaban que el oficial consideraba al ejército más como una orden religiosa, sabida era su predilección por leer en las noches a beber con sus otrora viejos amigos; y es que quien fuera tenido como uno de los más impetuosos oficiales de artillería de su generación había sufrido una tremenda transformación interna, ello tras estar dos veces a punto de ser fusilado; en efecto la primera vez siendo solo un Teniente, se vio envuelto en un lance en un bar de Valparaíso, la situación no hubiese quedado siquiera como una anedocta del Puerto, pero resultó de la pelea muerto un policía; el proceso que siguió fue corto, y el Tribunal militar dictaminó que el Teniente Dardignac debía ser pasado por las armas, pena que fue confirmada en la apelación; finalmente en una postrer última instancia, el Consejo de Estado, había conmutado la pena, por un año de presidio en la terrible Penitenciaria de Santiago y un agregado de seis meses de extrañamiento, fue durante su reclusión, en la soledad de su celda, que se produjo el gran cambio; estando preso se casó con la joven Elvira Castro, y de esta forma en 1874, partía al exilio a la República Argentina donde encontró colocación en el Ejército de dicha nación como Teniente Segundo; pero estaba visto que Dardignac no la tendría simple, pues nuevamente estuvo a punto de ser pasado por las armas, está vez en el año 1876, debió optar por entre el paredón y un puesto entre las tropas de Avellaneda; optando por su vida; tras la revolución fue ascendido a Teniente 1°, pasando a retiro cuando las cosas se calentaron entre Argentina y Chile el 77, volviendo entonces a Chile, al estallar la guerra, fue llamado nuevamente a servicio activo, con su antigüo grado de Teniente, pasando a desempeñarse como ayudante del Cuartel General, donde ganó su ascenso a Capitán, como pocos se podía jactar Dardignac de que había servido junto a tres Generales en Jefe, en efecto había formado parte de los Cuarteles Generales del anciano General Arteaga, del manco General Escala, y del actual comandante en Jefe el General Manuel Baquedano; aún así, como buen oficial deseaba un mando de tropa, no es quese quejara de la comodidad del Cuartel General, sino más bien, como una buena parte de los oficiales que habían recibido su “segunda oportunidad”, necesitaba probarse a si mismo su valer, por eso al presentarse la vacante de un segundo comandante para el “Caupolicán” no había dudado un segundo en solicitar y aceptar dicha comisión.

Para esos momentos, ya toda la tercera división había recibido orden de ponerse en marcha hacía el frente, y con mayor o menor velocidad los diferentes batallones y regimientos se alistaban, apretaban las correas, formaban, ponían las armas al hombro y marchaban hacía sus nuevas posiciones.

En el Cuartel General en tanto, el General Baquedano preocupado también por el parte que le había remitido el Coronel Lagos, había decidido también tomar cartas en el asunto, tras leer el parte con calma, había ordenado que se le enviara un propio al Coronel Arisitides Martínez comandante de la Reserva del Ejército, para que se alistara, marchara y acampara al sur de los restos humeantes de Barranco, punto al que también por orden del General debían converger los tres regimientos que formaban la caballería del Ejército, para lo cual ordenó despachar las órdenes pertinentes al Teniente Coronel Emeterio Letelier, comandante General del arma.

Una vez que salieron los hombres destinados a cumplir con estas órdenes, el General se sintió preocupado por lo que eventualmente pudiera ocurrir en el frente, de modo que volvió a examinar una segunda vez el parte de Lagos, decidiendo entonces que él personalmente, con todo el personal militar (incluyendo los observadores extranjeros) del Cuartel General, practicarían un reconocimiento al frente de batalla.

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