domingo, 11 de agosto de 2013

capitulo VIII

CAPÍTULO VIII

REGIMIENTO “VALPARAISO”

RAMÓN FREX

EN MARCHA A LA LÍNEA DE BATALLA



Al trote, el Regimiento avanzaba hacía la batalla, las descargas de fusilería habían comenzado a caer sobre ellos desde hacía unos instantes y ya dos o tres hombres habían caído alcanzados por los mortales proyectiles, de modo que la columna de “Valparaísos”, se había apretado inmediatamente, y a partir de ese momento los hombres habían continuado la marcha encorvados hacía adelante, con los fusiles al hombro, repentinamente la segunda mitad de la compañía de Ramón se vio estremecida por un golpe sordo en el suelo, y un montón de polvo arrojado al aire, una granada de cañón había caído en medio de las filas.

La cueva del chivato, la terrorífica historia que le contaba la Menche para mortificarlo un par de años atrás, cuando aún se le consideraba un niño, y que dicho sea de paso, lo tuvo casi sin dormir por dos o tres semanas, sí, la cueva del chivato, el mítico lugar en la costa de Valparaíso, donde por las noches aparecía el diablo con forma de macho cabrío, y arrojaba al acantilado a los imprudentes transeúntes que inadvertidamente osaran pasar de noche por la cercanías de sus dominios, su mente obsesiva no había cesado de imaginar la bestial criatura desde entonces, de alguna manera todo el resto había desaparecido de su mente, y ahí estaba “el mandinga”, el mismisimo chivato frente a él, llevando una vara de fuego en la mano izquierda y mirado hacía el mar, por más de seis meses, la cueva del chivato, le había obsesionado  y luego tras de que su padre le dijera que si bien la cueva existía, en realidad el único demonio que moraba en ella era un grupo de bandidos, que la utilizaban de refugio, pero que todo ello había terminado, cuando los ingleses a petición del Intendente, habían desembarcado un grupo de marinos, que habían limpiado el lugar, desde entonces creía que el chivato había desaparecido de su mente, sin embargo ahí estaba frente a él moviendo su bastón de fuego y riéndose de él, una mezcla de miedo y vergüenza le invadió el alma, quien pensaba que era él, su galón dorado era un simple adorno en su guerrera, no lo volvía un oficial, un soldado o un hombre; el chivato le estaba venciendo, sin embargo los sacudones de su ordenanza volvieron repentinamente a la realidad a Ramón, por unos instantes había estado de pie paralizado mientras el resto de la tropa continuaba adelante, la explosión del proyectil peruano había sido solo a pocos pasos de Ramón, y le había dejado irreconocible de tierra, cerca de él, un hombre se retorcía, en el suelo, le faltaba la pantorrilla derecha, que le había arrancado el cañonazo enemigo, un poco más allá, otro soldado sentado había quedado sordo, y le costaba mantener el equilibrio, tras pestañear un par de veces, Ramón volvió a tomar el control y el chivato desapareció, agarrando por la muñeca a su ordenanza ordenó – Adelante, no nos podemos quedar atrás – los otros dos hombres quedaron donde estaban sin ayuda, ni atención; mientras que el Regimiento “Valparaíso”, ya desplegado en batalla por orden de su comandante Marchant, comenzaba a avanzar dislocándose poco a poco mientras los obstáculos del terreno les impedía mantener cualquier tipo de formación.

Al trote el Aspirante y su ordenanza rápidamente alcanzaron a los grupos de retaguardia del Regimiento, a gritos Ramón animó a los rezagados a moverse, unos cuantos les siguieron, sin embargo, antes de alcanzar al grueso del Regimiento, la mitad ya se había quedado atrás, o echados al pie de las murallas tratando de recobrar el aliento.


El Comandante Marchant claramente visible montado en su caballo, serenamente impartía órdenes, el Segundo Comandante La Rosa, había desmontado, y observaba al enemigo detrás de una pirca, el Regimiento ya no se movía, aparentemente se había parapetado, y algunos comenzaban a abrir fuego esporádicamente, muchos más sin embargo, se mantenían agachados desorientados o esperando órdenes, había llamado la atención de Ramón que un numeroso grupos de chinos y mujeres, corrían asustados por un callejón hacía Barranco “A quien mierda se le ocurre ir al frente de batalla con mujeres” pensó Ramón, cuando una histérica “camarada” se había plantado frente al grupo de porteños gritándoles con los ojos desmezuradamente abiertos al tiempo que movái teatralmente los brazos – ¡Traición! ¡Traición! Los cholos están masacrando a la tercera división – los hombres quedaron impresionados, Ramón reaccionó gritando a los que le rodeaban – Nada de dudar, vamos adelante a luchar con los nuestros – y siguió adelante seguido por su ordenanza y cinco hombres.





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