CAPÍTULO VIII
REGIMIENTO
“VALPARAISO”
RAMÓN
FREX
EN
MARCHA A LA LÍNEA DE BATALLA
Al
trote, el Regimiento avanzaba hacía la batalla, las descargas de
fusilería habían comenzado a caer sobre ellos desde hacía unos
instantes y ya dos o tres hombres habían caído alcanzados por los
mortales proyectiles, de modo que la columna de “Valparaísos”,
se había apretado inmediatamente, y a partir de ese momento los
hombres habían continuado la marcha encorvados hacía adelante, con
los fusiles al hombro, repentinamente la segunda mitad de la compañía
de Ramón se vio estremecida por un golpe sordo en el suelo, y un montón de polvo arrojado al aire, una granada de cañón había caído
en medio de las filas.
La
cueva del chivato, la terrorífica historia que le contaba la Menche
para mortificarlo un par de años atrás, cuando aún se le
consideraba un niño, y que dicho sea de paso, lo tuvo casi sin
dormir por dos o tres semanas, sí, la cueva del chivato, el mítico
lugar en la costa de Valparaíso, donde por las noches aparecía el
diablo con forma de macho cabrío, y arrojaba al acantilado a los
imprudentes transeúntes que inadvertidamente osaran pasar de noche
por la cercanías de sus dominios, su mente obsesiva no había cesado
de imaginar la bestial criatura desde entonces, de alguna manera todo
el resto había desaparecido de su mente, y ahí estaba “el
mandinga”, el mismisimo chivato frente a él, llevando una vara de
fuego en la mano izquierda y mirado hacía el mar, por más de seis
meses, la cueva del chivato, le había obsesionado y luego tras de
que su padre le dijera que si bien la cueva existía, en realidad el
único demonio que moraba en ella era un grupo de bandidos, que la
utilizaban de refugio, pero que todo ello había terminado, cuando
los ingleses a petición del Intendente, habían desembarcado un
grupo de marinos, que habían limpiado el lugar, desde entonces creía
que el chivato había desaparecido de su mente, sin embargo ahí
estaba frente a él moviendo su bastón de fuego y riéndose de él,
una mezcla de miedo y vergüenza le invadió el alma, quien pensaba
que era él, su galón dorado era un simple adorno en su guerrera, no
lo volvía un oficial, un soldado o un hombre; el chivato le estaba
venciendo, sin embargo los
sacudones de su ordenanza volvieron repentinamente a la realidad a
Ramón, por unos instantes había estado de pie paralizado mientras
el resto de la tropa continuaba adelante, la explosión del proyectil
peruano había sido solo a pocos pasos de Ramón, y le había dejado
irreconocible de tierra, cerca de él, un hombre se retorcía, en el
suelo, le faltaba la pantorrilla derecha, que le había arrancado el
cañonazo enemigo, un poco más allá, otro soldado sentado había
quedado sordo, y le costaba mantener el equilibrio, tras pestañear
un par de veces, Ramón volvió a tomar el control y el chivato
desapareció, agarrando por la muñeca a su ordenanza ordenó –
Adelante, no nos podemos quedar atrás – los otros dos hombres
quedaron donde estaban sin ayuda, ni atención; mientras que el
Regimiento “Valparaíso”, ya desplegado en batalla por orden de
su comandante Marchant, comenzaba a avanzar dislocándose poco a poco
mientras los obstáculos del terreno les impedía mantener cualquier
tipo de formación.
Al
trote el Aspirante y su ordenanza rápidamente alcanzaron a los
grupos de retaguardia del Regimiento, a gritos Ramón animó a los
rezagados a moverse, unos cuantos les siguieron, sin embargo, antes
de alcanzar al grueso del Regimiento, la mitad ya se había quedado
atrás, o echados al pie de las murallas tratando de recobrar el
aliento.
El
Comandante Marchant claramente visible montado en su caballo, serenamente impartía órdenes, el Segundo Comandante La Rosa, había
desmontado, y observaba al enemigo detrás de una pirca, el
Regimiento ya no se movía, aparentemente se había parapetado, y
algunos comenzaban a abrir fuego esporádicamente, muchos más sin
embargo, se mantenían agachados desorientados o esperando órdenes,
había llamado la atención de Ramón que un numeroso grupos de
chinos y mujeres, corrían asustados por un callejón hacía Barranco
“A quien mierda se le ocurre ir al frente de batalla con mujeres”
pensó Ramón, cuando una histérica “camarada” se había
plantado frente al grupo de porteños gritándoles con los ojos
desmezuradamente abiertos al tiempo que movái teatralmente los
brazos – ¡Traición! ¡Traición! Los cholos están masacrando a
la tercera división – los hombres quedaron impresionados, Ramón
reaccionó gritando a los que le rodeaban – Nada de dudar, vamos
adelante a luchar con los nuestros – y siguió adelante seguido por
su ordenanza y cinco hombres.

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