jueves, 25 de abril de 2024

 

CAPITULO III

SALAVERRINA

 


El fuego graneado de los “Zapadores” chilenos, cobraba un gran precio sobre los muchachos del “Concepción”, una de las Brigadas del Regimiento chileno, superaban con mucho en personal a las 2 compañías y media del cuerpo peruano empeñadas en la lucha, de esta forma, los peruanos diezmados por el fuego,  además de no contar con un liderazgo enérgico, comenzaron a retirarse de regreso al amparo de los reductos.

Sin embargo, los restos de las compañías empeñadas no volvieron directamente a sus posiciones originales, sino que a la derecha de ellas, colocándose directamente en la línea de fuego de los cañones colocados para cubrir el flanco izquierdo del reducto. José ya casi tocaba una de las piezas de artillería, dispuesto a pasar al otro lado de la línea, cuando un artillero le alcanzó a gritar – ¡¡¡Atrás!!! –  el sorprendido Torres, solo atinó a lanzarse de cabeza al suelo, al mismo tiempo que el cañón era disparado casi encima mismo del “Distinguido”, conmocionado y ayudado por uno de sus camaradas, José pudo llegar a la relativa seguridad de la posición; por atrás de las piezas el batallón “Unión” pasaba formado rumbo a la derecha, y a sus filas se unieron una buena parte de los hombres recién regresados del frente.

Sin embargo en su marcha el “Unión”, en vez de esquivar la huaca que flanqueaba al Reducto N° 2, paso por sobre ella, exponiendo a los soldados que sin cobertura se transformaron en un montón de dianas que clamaban ser derribadas, instantáneamente cientos de  fusiles chilenos dirigieron su fuego contra ellos, y en instantes la huaca quedó cubierta por incontables cuerpos de uniformes blancos de la infantería de línea peruana.

José, estaba entre los sobrevivientes, que entraron al Reducto, en dicho lugar, los hombres de blanco se arremolinaban sobre unas cajas de munición, tomando puñados de ellas llenando los morrales y bolsillos, José se acercó al grupo dispuesto a tomar municiones, cuando notó que uno de los reservistas, vestidos de azul y rojo, se encontraba armado con un fusil Remington, de esos que eran conocidos como modelo “español”, rápidamente se dirigió a uno de los oficiales de Reserva – Mi Teniente – El aludido le miró indiferente – Debe usted detener la repartición de municiones – El oficial arqueó una ceja, detener a los soldados que solamente estaban tomando municiones para el combate, no dijo nada – Mi Teniente, esas municiones son para fusil Remington, y los soldados de línea tenemos Peabody, la munición es ligeramente diferente, y si se utiliza en otras armas, se corre el riesgo de inutilizar el armamento – el oficial comprendió y rápidamente puso fin a la repartición de balas.

En ese instante el Director de la banda del Batallón N° 2 de Reserva había hecho formar a sus músicos en el centro del reducto, allí no molestaban a nadie, hasta ese momento, sus hombres se habían mostrado confundidos, no tenían órdenes, muchos sentían deseos de tomar las armas y ponerse a disparar, sin embargo no pocos de ellos no lo habían hecho nunca, por lo que se sentían inútiles, dándose cuenta de eso el Director decidió que debían hacer su parte, y cómo él tampoco sabía disparar se limitó a gritar – Vamos con “la Salaverrina” – e inmediatamente los músicos subieron sus instrumentos, el Director marcó el compás, los soldados, tanto reservistas como de línea, se sorprendieron gratamente al escuchar los rápidos acordes de la marcha llamada “El ataque de Uchumayo”, popularmente conocida como “la Salaverrina” por quien fuera Presidente de Perú don Felipe Santiago Salaverry Escobar; inmediatamente dejándose llevar por los alegres acordes los soldados comenzaron a vivar al Perú.

Los gritos de José Torres, atrajeron la atención de uno de los oficiales del Batallón de Reserva, quien tras mirarlo con algo de duda le gritó – José, acá – el aludido no tardó en reconocer a Arturo Flores, quien vestido como oficial de reserva le llamaba, los hombres, amigos desde la más tierna  infancia se fundieron en un caluroso abrazo – Quién te iva a reconocer si estas negro de pólvora – Y tus hermanos ¿Qué es de Ernesto y Oscar? – Preguntó José – Pues velos tú mismo – Dijo Flores al tiempo que señalaba uno de los muros del reducto, allí maquinalmente dos soldados realizaban fluidamente los movimientos de manual, de carga y descarga de sus fusiles contra el enemigo – ¿Y mi tío? – Flores sonrió mostrándole la derecha del Reducto, allí un Capitán con un habano en la boca dirigía el fuego de sus hombres – El Capitán Rocavero, tampoco reconoció inmediatamente al soldado que se plantaba frente a él – Hijo mío – Gritó por fin y le dio un gran y alegre abrazo – Quédate aquí hijo – se atrevió a decir con vos emocionada, pero al ver la cara de José, comprendió que el muchacho debía abandonar el reducto con sus compañeros, y sólo se limitó a decir – Cuídate hijo, cuídate – Torres junto a un grupo de soldados de línea abandonó el reducto.



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