CAPITULO II
BATALLON
“CONCEPCION” N° 27
II
CUERPO DE EJÉRCITO DEL CORONEL SUAREZ
El
estallido de la batalla también había sorprendido a los soldados
peruanos, pero rápidamente, casi sin esperar orden superior pronto
comenzaron a abrir fuego sobre sus enemigos.
El
Mayor Teodoro Peñaloza Arauco, envió a su ordenanza a traer su
caballo rápidamente, el hombre tragó saliva y partió a la carrera en busca del animal.
Repentinamente
al frente, sobre una muralla, a solo unos centenares de metros, los
soldados vieron alzarse alto y desafiante un estandarte enemigo, los
soldados casi por instinto transformaron la enseña enemiga en una
diana, y dispararon numerosas descargas, con toda la velocidad que
les permitían sus fusiles Peabody sobre ella, rápidamente el
estandarte enemigo bajó, ante la algarabía de los soldados.
Algunos
instantes después, al ronco ruido de los fusiles y cañones de los
ejércitos, se sumó el fuego de las gruesas piezas de los buques
chilenos, por un momento los hombres dejaron de disparar y se
quedaron observando la parábola que una gigantesca bala de cañón
naval trazaba para ir a caer en medio de una huaca, al torbellino de
polvo que se elevó alto como una torre de iglesia se sumó un efecto
inesperado, cientos de piedras lanzadas, en todas direcciones
multiplicaban el efecto destructor, como si se tratara de una mortal
metralla; los hombres se agazaparon institintivamente, uno de ellos
dejó escapar un – Qué la parió.... –
El
ayudante del Mayor Peñaloza Arauco, reapareció repentinamente
trayendo el caballo de su jefe tirándolo por las riendas, el hombre
avanzaba agachado, como si quisiera evitar las mortales balas
enemigas, al hacerse más pequeño, sin embargo, no era de las balas
de fusiles de las que debía cuidarse, en medio del horror de todos
los que lo observaban desapareció en medio de un torbellino de humo
y una explosión, una bala de cañón había reventado a los pies del
animal; tras disiparse el polvo de la explosión, los hombres
pudieron ver una silueta sin Kepí levantándose con las riendas aún
en la mano, su mirada estaba desorientada, pero milagrosamente, salvo
por el polvo y alguna que otra pequeña contusión, estaba indemne,
pero el animal no había tenido tanta suerte alcanzado de lleno había
sido volado, al presentarse aún con las riendas en la mano ante el
Mayor, este le preguntó por su caballo, el hombre aún confuso no
reaccionó – Ordenanza ¿Donde está mi yegua? – Reaccionando
por fin el aludido solo atinó a balbucear – Se ha volado mi Mayor
–
Un
poco más allá los Monasterio, padre e hijo, y que ostentaban los
grados de Teniente y Cabo de la 5° Compañía respectivamente,
disparaban indiferentes a lo que pasaba a su alrededor, el muchacho
era conocido entre los hombres como “el cabito”, de solamente 14
años había seguido a su padre cuando este se enlistó, despierto y
jovial, había ganado su rango en base a sus méritos silenciosamente
disparaba con calma al tiempo que su padre orgulloso le alentaba –
Más rápido Cabo Monasterio, no desperdicie munición – tras
cargar su fusil se asomó sobre el parapeto para disparar por enesima
vez, pero esta vez fue distinto, repentinamente el joven se ajitó en
su puesto y cayó en silencio, una bala enemiga le había dado en la
frente; el Teniente Monasterio no reaccionó inmediatamente, miró
dos veces antes de darse cuenta que el caído era su propio hijo, y
entonces sencillamente se dejó caer de rodillas a su lado, sin decir
palabra acarició los cabellos del caído, deteniéndose en la herida,
y entonces indiferente a lo gritos, órdenes, disparos y explosiones,
se echó a llorar primero en un ahogado sollozo, y pronto
desconsoladamente como un niño como el que acababa de perder.
El
Capitán Sotillo en tanto, comandante de la 4° Compañía ordenaba a
sus soldados – No malgasten municiones muchachos, calmen el ritmo
de fuego, aún queda mucha batalla, disparen sobre seguro – Los
hombres de la compañía respetaban tremendamente al oficial, a
pesar de ser un hombre aún joven, de solo 25 años, pues era todo un
veterano, que había pagado con sangre el servicio a la patria, antes
de la guerra había servido en las Columnas de Celadores de Tarapacá
e Iquique como Sargento, y una vez empezada esta había servido como
Teniente del famoso Batallón de Guardias Nacionales “Tarapacá”,
pasando luego al comando de la V División, tras la sangrienta
batalla del mismo nombre, el 27 de noviembre de 1879, fue herido de
gravedad, no pudiendo marchar junto con el resto del Ejército, fue
capturado algunos días después por los chilenos, canjeado,
nuevamente había vuelto al servicio y participado en la batalla de
Tacna el 26 de mayo de 1880, donde también salió herido, esta vez
en una de sus piernas, sin embargo, en esta ocasión pudo marchar al
norte, pasando entonces al Batallón “Concepción”, en el
reciente combate del 13, nuevamente había sido herido, aunque
levemente; no hacía mucho rato había comentado al Mayor Peñaloza Arauco – He sido herido en todas las batallas de esta guerra en las
que he participado, pero no me arrepiento de la sangre que me he dado
por mí patria – Procuré cuidarse capitán, no vaya a ser que está
vez le toque la definitiva – A lo que había respondido con una
enigmática sonrisa.
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