sábado, 20 de abril de 2013

capítulo 2


CAPITULO II

BATALLON “CONCEPCION” N° 27

II CUERPO DE EJÉRCITO DEL CORONEL SUAREZ



El estallido de la batalla también había sorprendido a los soldados peruanos, pero rápidamente, casi sin esperar orden superior pronto comenzaron a abrir fuego sobre sus enemigos.

El Mayor Teodoro Peñaloza Arauco, envió a su ordenanza a traer su caballo rápidamente, el hombre tragó saliva y partió a la carrera en busca del animal.

Repentinamente al frente, sobre una muralla, a solo unos centenares de metros, los soldados vieron alzarse alto y desafiante un estandarte enemigo, los soldados casi por instinto transformaron la enseña enemiga en una diana, y dispararon numerosas descargas, con toda la velocidad que les permitían sus fusiles Peabody sobre ella, rápidamente el estandarte enemigo bajó, ante la algarabía de los soldados.

Algunos instantes después, al ronco ruido de los fusiles y cañones de los ejércitos, se sumó el fuego de las gruesas piezas de los buques chilenos, por un momento los hombres dejaron de disparar y se quedaron observando la parábola que una gigantesca bala de cañón naval trazaba para ir a caer en medio de una huaca, al torbellino de polvo que se elevó alto como una torre de iglesia se sumó un efecto inesperado, cientos de piedras lanzadas, en todas direcciones multiplicaban el efecto destructor, como si se tratara de una mortal metralla; los hombres se agazaparon institintivamente, uno de ellos dejó escapar un – Qué la parió.... –

El ayudante del Mayor Peñaloza Arauco, reapareció repentinamente trayendo el caballo de su jefe tirándolo por las riendas, el hombre avanzaba agachado, como si quisiera evitar las mortales balas enemigas, al hacerse más pequeño, sin embargo, no era de las balas de fusiles de las que debía cuidarse, en medio del horror de todos los que lo observaban desapareció en medio de un torbellino de humo y una explosión, una bala de cañón había reventado a los pies del animal; tras disiparse el polvo de la explosión, los hombres pudieron ver una silueta sin Kepí levantándose con las riendas aún en la mano, su mirada estaba desorientada, pero milagrosamente, salvo por el polvo y alguna que otra pequeña contusión, estaba indemne, pero el animal no había tenido tanta suerte alcanzado de lleno había sido volado, al presentarse aún con las riendas en la mano ante el Mayor, este le preguntó por su caballo, el hombre aún confuso no reaccionó – Ordenanza ¿Donde está mi yegua? – Reaccionando por fin el aludido solo atinó a balbucear – Se ha volado mi Mayor –

Un poco más allá los Monasterio, padre e hijo, y que ostentaban los grados de Teniente y Cabo de la 5° Compañía respectivamente, disparaban indiferentes a lo que pasaba a su alrededor, el muchacho era conocido entre los hombres como “el cabito”, de solamente 14 años había seguido a su padre cuando este se enlistó, despierto y jovial, había ganado su rango en base a sus méritos  silenciosamente disparaba con calma al tiempo que su padre orgulloso le alentaba – Más rápido Cabo Monasterio, no desperdicie munición – tras cargar su fusil se asomó sobre el parapeto para disparar por enesima vez, pero esta vez fue distinto, repentinamente el joven se ajitó en su puesto y cayó en silencio, una bala enemiga le había dado en la frente; el Teniente Monasterio no reaccionó inmediatamente, miró dos veces antes de darse cuenta que el caído era su propio hijo, y entonces sencillamente se dejó caer de rodillas a su lado, sin decir palabra acarició los cabellos del caído, deteniéndose en la herida, y entonces indiferente a lo gritos, órdenes, disparos y explosiones, se echó a llorar primero en un ahogado sollozo, y pronto desconsoladamente como un niño como el que acababa de perder.

El Capitán Sotillo en tanto, comandante de la 4° Compañía ordenaba a sus soldados – No malgasten municiones muchachos, calmen el ritmo de fuego, aún queda mucha batalla, disparen sobre seguro – Los hombres de la compañía respetaban tremendamente al oficial, a pesar de ser un hombre aún joven, de solo 25 años, pues era todo un veterano, que había pagado con sangre el servicio a la patria, antes de la guerra había servido en las Columnas de Celadores de Tarapacá e Iquique como Sargento, y una vez empezada esta había servido como Teniente del famoso Batallón de Guardias Nacionales “Tarapacá”, pasando luego al comando de la V División, tras la sangrienta batalla del mismo nombre, el 27 de noviembre de 1879, fue herido de gravedad, no pudiendo marchar junto con el resto del Ejército, fue capturado algunos días después por los chilenos, canjeado, nuevamente había vuelto al servicio y participado en la batalla de Tacna el 26 de mayo de 1880, donde también salió herido, esta vez en una de sus piernas, sin embargo, en esta ocasión pudo marchar al norte, pasando entonces al Batallón “Concepción”, en el reciente combate del 13, nuevamente había sido herido, aunque levemente; no hacía mucho rato había comentado al Mayor Peñaloza Arauco – He sido herido en todas las batallas de esta guerra en las que he participado, pero no me arrepiento de la sangre que me he dado por mí patria – Procuré cuidarse capitán, no vaya a ser que está vez le toque la definitiva – A lo que había respondido con una enigmática sonrisa.

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