domingo, 28 de abril de 2013

capitulo 3


CAPITULO III

REGIMIENTO “ACONCAGUA”

TERCERA DIVISIÓN LAGOS



El fuego había sorprendido al Regimiento “Aconcagua” mientras aún marchaba hacía el frente, de modo que debió desplegarse en batalla, en medio de la mayor confusión, recibiendo fuego oblicuo creyeron estar bajo fuego amigo, por lo que habían asomado su viejo estandarte para ser reconocido como unidad chilena, sin embargo, el viejo estandarte que había guiado a los soldados en el cruce del río Ancach, durante la guerra de 1839 en vez de servir para detener el fuego, este se había intensificado; el Comandante Díaz Muñoz a gritos ordenó a los hombres que se protegieran en las murallas, cuando vio que la mayor parte de los hombres había cumplido la orden desmontó, y abriendo los brazos ordenaba una y otra vez – No se amontonen, desplieguense en guerrilla – su corneta de órdenes no paraba de transmitir la orden con su instrumento, pero el ruido de la batalla, ahogaba las notas.

Levantando la cabeza un Sargento repentinamente gritó – ¡Nos dispara los Navales! – ¿Cómo? –  Sí miren esos hueones que nos fusilan son los del Naval – El Capitán Ricci observa la línea desde donde les disparan, es difícil orientarse en medio del fuego, el oficial duda, no puede ver muy bien, de modo que mira al comandante quien ordena parar el fuego, de modo que sólo hay una cosa por hacer, de modo que volviéndose a los hombres que tiene más cerca en dirección al estandarte grita a todo pulmón – ¡Suban el estandarte para que nos reconozcan! – La orden es repetida por varios más hasta que esta llega al abanderado – ¡Arriba el estandarte para que los Navales paren el fuego! – Maldiciendo lo que le parece una mala idea el Subteniente obedece de forma que el viejo estandarte  sube una vez más para ponerse a la vista sobre el muro, sin embargo el resultado no es el cese del fuego, sino por el contrario, este se acrecienta, el oficial siente que la enseña sufre un golpe, y rápidamente lo baja, dos soldados curiosos le señalan el extremo superior, un bala ha volado la punta de la alabarda – ¡¡¡Cholos maricones!!! ¡Peleén a pecho descubierto como los hombres! – sin embargo, por más grandes que fueran los insultos, estos no eran suficientes para ganar la batalla.

La alabarda del estandarte no es lo único que ha perdido el “Aconcagua”, tres hombres del grupo del Aconcagua, colocado de avanzada ya han sido herido de diversa gravedad uno de ellos con una horrible herida en la cabeza, los hombres aprendieron de esta forma lo peligroso que resultaba asomarse dos veces por el mismo sitio, pocos instantes después, el Capitán Augusto Nordenflytch, en circunstancias de que intentaba subir a su caballo para intentar enlazar con el resto de su retrasado Regimiento, recibió dos balas en el pecho, el animal, ni se inmuto cuando su jinete con el pie enredado aún en el estribo, cayo silencioso, un Sargento segundo le vio caer, y rápidamente se dirigió gateando a socorrerlo, sin embargo, era un esfuerzo inútil, en medio de convulsiones  el Capitán moría ahogado por su propia sangre, el Sargento, le sostuvo la cabeza de su superior por un instante, pero pronto cae en cuenta que ahora el reducido pelotón del “Aconcagua” está bajo su mando, sin culpa, el suboficial se apropia del revolver del cadáver, por un segundo tiene la tentación de revisarle los bolsillos, pero sabe que todos sus hombres le observan y de las decisiones que tome dependen sus vidas, de modo que cerrándole los ojos en un gesto cariñoso lo deja tendido, con emoción piensa al tiempo que se dirige a su puesto – Lástima que no pueda hacerle una tumba de inmediato, pues ya vendrán esos malditos buitres a desplumarlo mí capitán – al mismo tiempo comenzó a poner orden entre los suyos– Vamos niños, disparen, que a la guerra se viene a triunfar o morir, Ortíz y Godoy cubran el flanco derecho, no desperdicien balas – el Sargento no se ha dado cuenta aún, pero ha sufrido más bajas, aunque no producto del fuego enemigo, en medio de la confusión dos hombres se han escabullido silenciosamente hacía retaguardia.

El Subteniente Rosales, apenas se ha dado cuenta que el corneta del Comandante a tocado fuego en avance, este tras revisar su revólver se parado y a la carrera al grito de – Adelante aconcagüinos – se ha lanzado al frente por un muro derrumbado, todos los hombres que se encontraban junto a él, le siguen, otro soldado cae como si hubiese chocado con un muro invisible, sin embargo, ninguno para a ver si esta vivo, los hombres siguen al comandante quien avanza con la cabeza agachada, como si corriera en medio de un temporal de lluvia con viento, avanzando varios metros hasta otra tapia, donde se vuelven a parapetar, pero otros muchos soldados permanecen desorientados, el desorden es tremendo.

Rosales se da cuenta de que algunos soldados disparan sus armas por encima de la muralla sin apuntar – Esta tarde San Pedro quedará agujereado – se dice para sí mismo, el Subteniente sabe que debe calmar a la tropa y convencerlos de hacer su trabajo – Muchachos las batallas no las ganan los que hacen más ruido – increpa a un soldado que le mira con ojos desmesuradamente abiertos – Dame tú fusil un momento – el soldado duda un instante pero se la entrega, con gesto despreocupado el Subteniente lo carga y se asoma con calma sobre el muro y dispara, lo cierto es que no sabe si le ha dado a alguien pero presume – Lo vez ahora hay un cholo menos con quien combatir – al tiempo que le devuelve el fusil al soldado, este maquinalmente carga nuevamente el arma y esta vez se asoma a disparar, y vuelve a cargar – disparen con calma niños – poco a poco los hombres comienzan a seguir el ejemplo.

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