CAPITULO
IV
QUINTA
SCHELL
CUARTEL
GENERAL PERUANO
Los
Diplomáticos apenas si habían alcanzado a saludar a Piérola,
cuando el ronco rugido de la batalla comenzó, el Jefe Supremo de la
República, guardó silencio y se quedó mirando al cielo, el
Ministro Spencer Saint Jhon, pareció perder por un momento la flema,
y notoriamente palideció, el Ministro Vorges, que hasta el momento
había hablado en un perfecto español dejó escapar un – Mon
Dieu... – en tanto el señor Tezanos Pinto se limitó a mover la
cabeza tristemente; Piérola, se quedó parado, sus ojos se abrieron
desorbitadamente, al tiempo que seguía mirando fijamente al cielo
como buscando una explicación, hacía solo unos minutos que había
ordenado no abrir fuego; el General Buendia a su lado, fue el primero
en notar que el rostro de Piérola se volvía a cada momento más
rojo, y temió que el Jefe Supremo fuera a caer fulminado por un
ataque de apoplejía tal como se decía había ocurrido con el
Ministro chileno Rafael Sotomayor, en la previa de la batalla de
Tacna, sin embargo, lo que ocurría con Piérola era en realidad más
asimilable a un volcán a punto de estallar.
Efectivamente,
tras un instante que pareció interminable, Piérola paseó su mirada
por los rostros de todos los presentes, como si esperara que alguien hablara, un ayudante nerviosamente jugueteaba con los botones de su
casaca, Piérola gritó por fin – ¡Traición! ¡Los chilenos han
roto el armisticio! – El General Buendia avanzó hacía el Jefe
Supremo, este brúscamente le ordenó – ¡Mi espada! Traiga mi
espada, debemos correr al frente de batalla, la suerte del Perú esta
en juego – El General se irguió en todo su porte cuadrándose –
Ayudante prepare mi caballo, partimos de inmediato – El aludido
como impulsado por un rayo salió corriendo, al tiempo que
repentinamente los demás militares subitamente se ponían en
movimiento, saliendo rápidamente de la estancia, al cabo de unos
instantes el Ministro Saint John llamó la atención de los demás
Diplomáticso – Señores estamos ante una grave situación –
Vorges asintió – Se acercan días negros para Lima – No me
refiero solo a eso señores, miren ustedes, hemos quedado solos –
Los
Diplomáticos miraron incrédulos a su alrededor, y recorrieron la
solitaria estancia – Pero.... quien garantiza nuestra inmunidad –
El Guardia de la puerta también se ha ido – a solo unas decenas de
metros de la puerta a la vista de los hombres, una de las gruesas
granadas de la armada chilena estalló levantando una gran polvareda
y haciendo desaparecer un árbol y parte de una reja, los hombres
trastabillaron uno de ellos calló en la entrada de la puerta, al
tiempo que los vidrios de la quinta estallaban, el señor Tezanos
Pinto, con gestos llamó a los hombres aún ensordecidos por la
explosión; la decisión era lógica, los diplomáticos optaban por
huir hacía la ciudad.

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