CAPITULO V
NOCHE DEL 14 AL 15 DE ENERO DE 1881
BATERÍA DEL PINO
El Teniente Coronel Manuel Gonzáles Prada apenas si había logrado dormir la noche del 13 al 14, y aunque el agotamiento le había obligado derrotado la noche que moría, las emociones de los últimos días le habían obligado a levantarse cerca de las 4 de la mañana.
Desde entonces con un anteojo de campaña observaba con un morbo incredulo los incendios de Chorrillos y los otros pueblos capturados por los chilenos.
A la luz del macabro espectáculo recordó una de las muchas bolas que se escuchaban en el campamento después de la batalla “se dice que estos bestias fusilan hasta los bomberos que intentan apagar los incendios”; la incredulidad inicial había dado paso lentamente al temor de que lo que se decía fuera cierto.
Mirando fijamente la antorcha en la que se habia transformado el pueblito de Surco, pensó que lejos quedaban los que había llamado “días de los entorchados”, en que la mayor parte de los miembros del Ejército de Reserva de Lima marchaban orgullosos y con la frente en alto a los ejercicios diarios a los que eran llamados por las campanas de todas las iglesias de la capital, ahora al calor de los incendios y de la polvora habían sido reemplazados por los “días de los guerreros”, donde el heroismo petulante desplegado ante las limeñas, había dado paso al temor, las grandezas y bajezas.
Con una mezcla de ironía y negro humor, había comentado durante la última cena al hijo de Bolognesi, Francisco, quien también servía en la Batería, que cuando se formó la Reserva, en Julio a él sin ninguna experiencia o mérito le habían dado el grado de Capitán, y que en diciembre, cuando ya la batalla era inminente le habían ascendido rápidamente a Teniente Coronel – De haberse esperado los chilenos hasta Marzo, no me hubiese extrañado que me hubieran encontrado como General –
Sin embargo, también recordaba amargamente los incidentes tras la batalla; grandes pelotones de fugados de la primera línea, habían cruzado frente a la batería, pero muy pocos se habían dirijido al fuerte, o a algún lugar donde existieran tropas organizadas, más bien marchaban directamente a refugiarse a Lima; un Sargento enviado a cargo de una comisión para recoger dispersos y llevarlos a la batería, indignado le comentó – Los cobardes han abierto fuego contra nosotros mientras corrían a la ciudad, esos maricones, esperan que nosotros muramos defendiendolos –
Sin embargo, no todos los dispersos se fugaron, algunos al ver las comisiones se les unieron y fueron conducidos hasta la batería; de entre los hombres que formaban uno de dichos grupos, destacaban un par de indios serranos, sus atuendos eran una mezcla entre lo militar y lo autóctono; ambos hombres estaban visiblemente shockeados, quien sabe que peripecias habían debido pasar para llegar a retaguardia, pero aún así conservaban sus curiosos sombreros y sus fusiles, no hablaban mucho español, pero si lo suficiente para señalar que eran “Morocuchos”, un nombre que no les dijo mucho al grupo de oficiales que les interrogaba, irónicamenete Gonzales pendó al observar la escena “esta es la versión más sudaméricana de los zuavos”; un Cabo al que llamaban “el pirata” porque le faltaba un ojo, que aseguraba haber perdido en las campañas del sur, tomó el fusil de uno de los serranos, tras mirarlo unos instantes dijo – Este fusil está nuevo ni siquiera lo han disparado – al ser interrogados de por que no habían disparado contra el enemigo, uno de ellos respondió tras varios intentos en su medio español, que no habían podido cargar sus armas, esto provocó muchos comentarios, pues a juicio de “el pirata” señaló que el mecanismo estaba en perfecto estado, de modo que para terminar con el misterio se ordenó a uno de ellos “carga tú rifle”, las caras de incredulidad de los oficiales había sido mayúscula cuando vieron al soldado intentar cargar su arma por la boca del cañón, tal como se hacía con los viejos fusiles de chispa, la situación desencadenó entonces la furia de uno de los varios Coroneles que servían en la Batería, quien no dudó un segundo en propinar un fuerte golpe al hombre que tenía más a la mano – Indio imbécil – el serrano sorprendido no reaccionó cuando un empujón lo hizo caer al suelo – cobarde, mal peruano – fueron los epítetos más suaves con los que lo bombardeó al tiempo que descargaba su furia sobre el soldado.
No lo sabía Gonzáles, pero los dos hombres que tenía al frente pertenecían al Batallón de “Morocuchos” que se había formado en Ayacucho, por iniciativa del Coronel Pedro José Miota, en septiembre de 1880, y tras una muy elemental instrucción, el 12 de octubre habían iniciado la marcha a Lima, donde arribaron a principios de noviembre, su acantonamiento fue la estancia “Manzanilla”, donde efectivamente recibieron fusiles Minie para el servicio, mismos que se cargaban por la boca del fusil, y que muy poco antes de la batalla se les habían cambiado en parte, por armas más modernas, y que por falta de instructores adecuados y tiempo no todos los integrantes de dicho cuerpo habían logrado ser instruidos adecuadamente en su manejo, de allí la confusión de los pobres soldados al realizar la operación ante el Coronel.
En medio de los insultos Gonzáles decidió defender a los hombres – Oiga mí Coronel, estos pobres son más dignos de compasión que golpes – Pero el Coronel fuera de sí, continúo dando golpes al soldado que solo atinaba a cubrirse la cabeza; de este modo Gonzáles perdió el control y tomando fuertemente por el antebrazo al Coronel le había detendo al tiempo que le decía – Si pone usted las manos en otro soldado, tendrá usted que habérselas conmigo – el gesto, las palabras y la mirada furiosa del Comandante habían bastado para terminar con la paliza al soldado, sin embargo, el Coronel furioso de un tirón se liveró al tiempo que le enrostraba al Comandante su calidad de reservista.
– Soy un Coronel de Ejército, y usted es un “cachimbo” – le gritó con desdén, produciéndose un tenso silencio entre los hombres, por un momento pareció, que los altos oficiales hecharían manos a las armas, sin embargo, el Comandante Gozáles si bien puede que no haya sido un experto en los lances donde las bayonetas eran los argumentos decisivos a la hora de convencer a otro de la fuerza de sus argumentos, no era un hombre corto en palabras, o de los que se dejase intimidar por estas, casí sin pensarlo, como lo hubiera hecho en el salón de cualquier club de caballeros disparó certeramente las palabras.
– Si fuera usted un militar de honor, no se hallaría en la Reserva, sino batiéndose con la tropa de línea –
El Coronel se puso pálido de ira, y por un segundo se quedó pasmado sin atinar a decir nada, sin que se diera cuenta fue dio media vuelta y se alejó refunfuñando.
Gonzáles dueño del campo tras esa pequeña victoria, ordenó como si nada hubiese pasado que los hombres traídos a la batería fueran distribuidos para el servicio, muchos hombres sonrieron, y cuchichearon en torno a la torpeza de los serranos, nunca lo sabrían, pero de los poco más de doscientos hombres que formaron en el Batallón “Morocuchos”, solo bastarían los dedos de las manos para contar a los que retornarían vivos a sus hogares, el resto moriría defendiendo la ciudad que parecía despreciarles.

Es tu novela? como se llama? no puedo ver los primeros capítulos. Porfa publica algun enlace al capitulo 1 para comenzar a leerla.
ResponderEliminarA esos indios serranos, a los que te refieres, son "los Morochucos". Descendientes de los almagristas derrotados en la batalla de Chupas. Son los valientes vaqueros de Ayacucho. No saben utilizar el rifle pero si saben utilizar su latigo de vaquero. Almenos tienen la valentia de pelear por su patria Viva los Valientes Morochucos.
ResponderEliminarEso morochucos eran altos, blancos de ojos azules y abundante barba. Características de españoles solo que eran quechuahablantes y no entendian en castellano. Pero si le hubiesen enseñado a usar eos rifles correctamente hubiesen disparado.
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